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Poco
antes de mediodía, Mariano bajó del
tren.
Siguiendo
una vieja costumbre, respiró profundamente. Después
de un par de horas encerrado en el vagón, el aire del
andén siempre le parecía delicioso, a pesar
de la abundante contaminación existente en la Ciudad.
Miró a ambos lados, como buscando a alguien, a sabiendas
de que nadie podía estar esperándole pero aun
así escudriñando todos los rostros, acaso con
una secreta esperanza. Al entrar en la zona acristalada, se
miró de reojo en un espejo, gesto mecánico que
nunca lograba convencerle de que su apariencia era normal,
de que no tenía pinta de pueblerino con su traje negro
de catorce años atrás y su camisa blanca recién
sacada del armario. Nunca pudo soportar la corbata, por lo
que tampoco la usó en esta ocasión. Naturalmente,
una vez que se vio en marcha, navegando sobre las vías
a toda velocidad, le entraron los remordimientos y tuvo nostalgia
de la corbata que nunca fue capaz de ponerse.
Pero
ahora ya estaba en la ciudad. Como en años anteriores,
un joven fornido, tocado con una gorra de visera, se ofreció
a llevarle el equipaje. Como siempre, Mariano rehusó
con timidez, recordando lo que le ocurrió la primera
vez que vino a la Ciudad, cuando un joven muy parecido al
que ahora le ofrecía su ayuda desapareció de
repente con su maleta y un hatillo repleto de rosquillas que
traía para invitar a los otros agricultores. En aquella
ocasión, por suerte, Mariano llevaba el dinero encima,
por lo que maleta y hatillo fueron encontrados por un anciano
a dos manzanas de la estación y restituidos a su legítimo
dueño.
Cuando salió de la estación, miró el
cielo sin nubes, miró la calle, repleta de peatones
y de automóviles que atravesaban raudos la avenida,
miró la parada de taxis pensando acaso en tomar uno.
Finalmente, con gesto decidido, echó a andar en dirección
al hotel de todos los años, del que apenas le separaban
cuatro o cinco manzanas. Unos pasos más allá,
cuando cruzó el semáforo, ya no recordaba la
desagradable impresión de sentirse extraño en
la Ciudad, de saberse un aldeano de paso. En ese momento sintió
la conocida transformación. De repente le parecía
que en realidad había vivido allí siempre, que
aquel era su auténtico hogar; aquellas plazas con fuentes
y palomas, aquellas avenidas con olor a gasolina, aquellas
calles llenas de sombra, aquellas esquinas tras las que podía
ocurrir cualquier cosa, eran más suyas que los áridos
campos en los que llevaba toda una vida trabajando. "Este
año, este año quizá..." pensó.
Mas ahuyentó con un encogimiento de hombros la idea
que estaba formándose en su mente y aceleró
el paso para llegar al hotel con tiempo suficiente para comer
algo.
Luego, por la tarde, tras una brevísima siesta, visitó
la Feria. Sin intención de comprar nada, apenas cumpliendo
un ritual tan antiguo como inútil. Saludó fugazmente
a algunos conocidos de años anteriores. Charló
con agricultores venidos de otros pueblos, de otras regiones.
Se interesó sin el menor interés por los pormenores
del funcionamiento de alguna máquina, por el precio
del abono, por las innovaciones técnicas. Anotó
números de teléfono, aceptó tarjetas
y sonrisas mecánicas de los vendedores, hizo acopio
de folletos informativos, se aburrió en abundancia.
Absurdos paseos entre expositores y corredores iluminados,
tediosos minutos cuyo fin no parecía llegar nunca.
Cuando estuvo bien seguro de que algunos paisanos le habían
visto, se despidió con amabilidad del comerciante que
en ese momento trataba de colocarle una buena partida de semillas
y tomó el autobús en dirección al hotel.
Al entrar en la habitación consultó el reloj.
Sin pérdida de tiempo, tomó una ducha, se afeitó,
perfumó su piel y sus ropas y bajó a cenar,
solo. Si bien en la aldea toleraba las conversaciones con
sus convecinos, aquí en la Ciudad la sola idea de tener
que compartir la misma mesa le resultaba insoportable, casi
ridícula. Aquí, él era otro. O dicho
de otro modo, era él mismo, no el sumiso Mariano que
conocían los campesinos, no el callado Mariano que
perdía irremediablemente en las partidas de cartas
de la sobremesa en el café, no el comprensivo Mariano
que aceptaba con humildad las variopintas excusas que su esposa
enarbolaba noche tras noche para evitar las embestidas de
su cuerpo ansioso. Aquí, sólo aquí, entre
estas calles, podía volver a ser el muchacho de veinte
años que fuera en otro tiempo, aquel que las almas
mezquinas de sus vecinos mataron definitivamente en aquel
largo verano que ya no podía borrarse.
Tras la cena, escasa pero sabrosa, salió a dar un paseo.
Como en años anteriores, se encaminó al barrio
de las prostitutas. Sin la menor vacilación entró
en el bar de siempre, tomó asiento en una banqueta
junto al mostrador, miró en torno, pidió una
copa de anís y se dispuso a esperar. Algunas chicas
se le acercaron y él las rechazó con suavidad.
La mujer que le había servido el anís le lanzaba
de vez en cuando fugaces miradas como tratando de recordarle
de alguna otra ocasión, pero, por más que le
miraba, no conseguía reconocerle. Sin embargo, una
sensación de intranquilidad se iba abriendo paso en
su interior. Una joven de unos treinta años, morena,
hermosa, tomó asiento junto a Mariano y se puso a mirarle
fijamente.
¿No
vas a invitarme a una copita? preguntó al poco
rato.
Me gustaría mucho respondió él
pero estoy esperando a una amiga.
¿Es más guapa que yo? dijo la chica
fingiendo sentir celos.
Las dos sois muy guapas, pero ella y yo somos amigos
desde hace muchos años.
Algo pareció agitarse en los ojos de la chica, ensombreciéndolos,
en el momento en que volvió a hablar.
¿Quién es? ¿Cuál es su nombre?
¿Qué más da?
Dímelo, por favor el ruego de la joven
desconcertó a Mariano por la extraña intensidad
de su voz, por el límpido brillo aparecido de pronto
en sus ojos. La mujer de la barra también se había
acercado con una expresión extraña en su mirada.
Bueno, aquí le dicen "Visi".
Un repentino silencio se extendió entre ellos. Los
ojos de la chica buscaban apoyo en la camarera, que tragaba
saliva con dificultad y parecía tener algún
problema para respirar. Otra de las chicas se había
acercado lo suficiente para oír las últimas
palabras y se había quedado allí, inmóvil,
con los ojos fijos en el entarimado, apoyada sin fuerzas en
la barra, amenazando caerse de un momento a otro. Finalmente,
cuando ya Mariano empezaba a preguntarse que podía
significar la extraña actitud de aquellas mujeres,
fue la camarera la que habló, con un hilo de voz que
poco a poco se iba rompiendo en sollozo, dijo:
La "Visi" se mató hace un mes. Se enteró
de que había cogido el SIDA y no quiso seguir aguantando.
Se tiró a las vías... y el tren, el tren...
No pudo seguir hablando. Un llanto convulsivo e imparable
se apoderó de ella.
Las
otras también lloraban, aunque con menor desconsuelo.
Mariano se quedó inmóvil, como ajeno a las palabras
que sus oídos acababan de percibir. Callado e inerte,
apoyado en la barra, no terminaba de admitir la realidad de
lo escuchado. Su pensamiento se remontó en el tiempo,
buscando en el pasado lo que el presente le estaba negando,
acaso también como una ineficaz escapatoria a la tragedia
sucedida.
Se recordó veinte años atrás, paseando
del brazo de la "Visi" (Visitación Crespo,
la hija de Marcelino, por aquel entonces) por las calles de
su pueblo. Tan sólo eran dos adolescentes, caminando
sin prisa bajo la atenta mirada de todas las personas respetables
del lugar. Su relación (si podía llamarse de
ese modo) consistía en esos largos paseos vespertinos
a la vista de todo el pueblo, en las cortas y asfixiantes
visitas a la casa de los Crespo los domingos por la tarde,
en regalos tradicionales y no menos tradicionales conversaciones
hábilmente dirigidas por la señora Ascensión,
madre de la "Visi". Pero ya en aquel tiempo borroso,
Mariano estaba enamorado de la chica.
Mientras
él se pasaba las noches suspirando y soñando
con el día en que pudiese tener por fin a Visitación
entre sus brazos, Ramón, otro de los mozos de su quinta,
fue menos sutil y una noche, durante las fiestas patronales,
aprovechando la oscuridad y los efluvios del alcohol y la
música, se la llevó al descampado donde la luz
de la luna y las falsas promesas deslumbraron a la doncella,
que de este modo dejó de serlo, con tan mala suerte
que algunos vecinos que paseaban cerca del lugar, por casualidad,
no pudieron evitar ver el deshonroso lance.
Los
padres de Visitación la repudiaron, las gentes de bien
le negaron a partir de entonces el saludo. Ramón, por
supuesto, evadió cualquier responsabilidad y escurrió
el bulto alegando que la chica no era virgen y él no
iba a cargar con ella por un pequeño desliz. En efecto,
la chica ya no era virgen, pero nadie le dio la oportunidad
de explicar que lo había sido hasta esa noche, lo cual,
por otro lado, había dejado de tener la menor importancia.
Hasta Mariano, dolido en su amor propio, se apartó
de ella, abandonándola a su desdicha.
El pueblo entero se había vuelto de espaldas y Visitación,
llena de una inmensa amargura, hubo de marcharse a la Ciudad,
sin más equipaje que algunas prendas de vestir y un
billete de tren que su padre se apresuró a comprar
para perderla de vista lo antes posible. Aquel día,
Mariano fue a la estación con intención de despedirse
de ella, de ofrecerle su perdón, de rogarle que se
quedase, pero nada de eso ocurrió. Mariano, vencido
por la timidez o el orgullo herido, acobardado por causas
que aún desconocía, permaneció escondido
tras unos setos y sólo pudo contemplar, impotente,
como la única mujer que había significado algo
en su vida se marchaba para siempre a la Ciudad, que por entonces
era casi lo mismo que decir al extranjero.
La vida en el pueblo no sufrió cambios significativos.
El Paseo había perdido a dos de sus más fieles
adeptos. En la mesa de los Crespo había un cubierto
de menos. Eso fue todo. Eso y la desesperación de Mariano,
que no podía soportar la idea de vivir sin amor. Al
principio, incluso pensó en fugarse, en fatigar los
caminos y las aldeas en busca de su amada, pero la ignorancia
respecto al posible paradero de Visitación logró
disuadirle por completo. También soñó
inmisericordes venganzas contra Ramón, venganzas que
hubo de posponer una y otra vez, debido principalmente a la
diferencia de peso y tamaño entre él y su rival.
El
tiempo fue pasando y las heridas fueron dejando paso, según
suele ocurrir, a las feas cicatrices. Mariano, resignado,
se dejó querer por Charito, la hija del alcalde. Con
bastante alboroto, se celebró la boda un domingo por
la mañana. A partir de entonces, Mariano se refugió
en el trabajo. Las enseñanzas de su padre y las fértiles
tierras que el alcalde había aportado como dote le
convirtieron en uno de los mejores y más respetados
agricultores de la zona. Su afán de mejorar fue lo
que, un día cualquiera, le llevó a plantearse
la necesidad de viajar a la ciudad para visitar la Feria,
como hacían otros. A pesar de la inicial oposición
de su esposa, cuyo instinto le decía que ese viaje
era peligroso, logró convencerla de que no había
otro modo de modernizar los aperos y herramientas para poder
seguir ofreciendo los mejores productos.
Mientras
apuraba el tercer anís, Mariano salió un momento
de su ensoñación. La chica morena seguía
sentada junto a él, sin turbar su silencio, sólo
acompañándole, como una muestra de solidaridad
y de duelo. Su mano suave de largas uñas se posó
sobre la de él, en un gesto de ternura. A pesar de
la aparente impasibilidad del rostro, era evidente que el
hombre sufría y que nada, en ese momento terrible,
podría mitigar su pena, pero aquella mano que descansaba
sobre la suya era como un asidero, algo a lo que aferrarse
en los peores momentos. No se trataba de la mano lasciva de
la puta Andrea tratando de seducir por el simple contacto
o la caricia experta. En esa hora dolorosa no era más
que la mano amiga de Andrea, la mujer, que intentaba rescatar
de las tinieblas a un hombre al que ni siquiera conocía.
Esa noche, sin proponérselo, sin siquiera sospecharlo,
Andrea fue Ana, la joven indigente que le salvó la
vida a Thomas de Quincey; fue, como tantas otras, un símbolo,
pero allí no había ningún intérprete
de símbolos, por lo que Andrea, para el mundo, siguió
siendo nada más que una prostituta, linda y voluptuosa.
El
descubrimiento de la Ciudad cambió algo en el interior
de Mariano. La sola visión de los edificios, de las
luces, de la gente que llenaba las calles, los almacenes,
los modernos bares, le produjo un cálido sentimiento
de familiaridad, como si finalmente hubiese llegado al sitio
que durante años había estado buscando sin saberlo.
El aire olía a gasolina quemada, a plástico,
a humanidad, pero permitía respirar la libertad. Fue
como si jamás hubiese estado en otro sitio, como si
los surcos y las semillas y el sueño inquieto que presagia
una aplazada tormenta no fuesen sino el recuerdo de un cuento
oído tiempo atrás y ya casi olvidado.
Aquella primera vez, el tiempo corría vertiginoso.
La Feria estaba muy bien, había muchas máquinas
que podrían ahorrar trabajo y hasta peones, infinidad
de artículos que jamás hubiera podido soñar,
pero el hábil agricultor había dejado paso al
explorador ávido y la estancia de Mariano en la Feria
fue más bien breve (más tarde, en el tren, durante
el viaje de vuelta, tuvo que estudiar a fondo los folletos
para poder explicarle a Charito las cosas que teóricamente
había estado viendo durante todo el fin de semana).
Durante la mayor parte del sábado se dedicó
a recorrer el centro. Visitó grandes almacenes repletos
de ropa, objetos de cocina, artículos deportivos, electrodomésticos
y un sinfín de aparatos de dudosa utilidad. Pero no
había tiempo para preguntar a los vendedores por sus
funciones. La Ciudad era enorme, infinita, y sólo disponía
de otro día más. Recorría las calles
aspirando el inconfundible aroma, sólo perceptible
por quienes vienen del campo. Se adentró en callejuelas
estrechas y en zaguanes oscuros. Vagó sin dirección
y sin memoria por las interminables avenidas atestadas de
gente, de vehículos, de ruido. Se perdió entre
setos y glorietas. Se dejó arrastrar por algo que podía
ser una intuición innata. De ese modo llegó,
insólitamente, frente a la puerta del hotel en que
se había hospedado. Pero su ansia urbana no había
quedado satisfecha, así que, después de cenar
con algunos convecinos que también se alojaban allí,
alegó un pretexto banal o increíble y volvió
a salir al frescor de las calles y al bullicio de los bares
que aún permanecían abiertos.
¿Cómo
no evocar, en ese momento en que ya el alcohol empezaba a
adueñarse de sus recuerdos, el instante preciso en
que divisó a la mujer y creyó reconocerla? Su
mano se cerró con fuerza sobre la de Andrea, que permanecía
allí, junto a Mariano, silenciosa y ajena al ajetreo
del bar y a las solicitudes de los clientes.
Un
camarero le había dado unas indicaciones. Mariano tomó
por la avenida, cruzó tres calles y una plaza, giró
a la izquierda, siguió durante unos cien metros y se
introdujo por otra calle lateral, algo más estrecha.
Al llegar a una pared que tapiaba el fondo de la calleja,
supo que se había equivocado. Volvió sobre sus
pasos. Al desembocar de nuevo en la avenida, la vio. Incrédulo,
la siguió durante un rato. Finalmente la alcanzó,
la tomó de los hombros y se quedó mirándola
en los ojos, sin una sola palabra. Para un espectador casual,
la seriedad que reflejaba su rostro hubiese contrastado, casi
brutalmente, con la franca sonrisa que nació en los
labios de la mujer, que se abrazó a él entre
agudas exclamaciones y ruidosas carcajadas.
Habían pasado siete años y Visitación
estaba mucho más hermosa. Un fondo de tristeza en sus
ojos la embellecía aún más si cabe. Allí
detenidos bajo el influjo de las luces eléctricas,
en medio de la avenida, ruidosa a pesar de la tardía
hora, dejaron deslizarse los segundos sin hablar. Sus miradas
decían más de lo que hubieran podido decir sus
palabras. Pero la gente pasaba junto a ellos contemplándoles
con curiosidad. Alguien rompió el silencio y comenzaron
a caminar entrelazados. Tomaron asiento en una terraza, consumieron
algún licor y charlaron. De pronto, la mujer miró
el reloj y respingó involuntariamente. "Debo ir
a trabajar" musitó.
El cambio de expresión en su rostro no pasó
desapercibido para Mariano. "¿A trabajar? ¿A
estas horas?" preguntó él, asombrado. Ella
esgrimió evasivas, pero al final, ante la insistencia
del hombre, no le quedó otro remedio que confesar la
verdad: Servía copas y alternaba con los clientes en
un bar de dudosa reputación. No pudo evitar que Mariano
la acompañase hasta la puerta del local, donde se despidieron
con un beso, no sin intercambiar teléfonos y fijar
una cita para el día siguiente.
Pero ése fue un ritual inútil, aunque ella en
ese momento no hubiera alcanzado a sospecharlo. Una hora más
tarde, Mariano entraba por la puerta del Club. Con aplomo,
tomó asiento en la barra, solicitó una copa
y buscó a su amiga con la mirada. Sólo unos
minutos más tarde se dio cuenta de que todo podía
haber sido un engaño. Quizá ella le había
conducido a otro lugar sospechando lo que planeaba. Quizá
a estas horas se encontraba en el otro extremo de la ciudad.
Apuró su copa y pidió otra. Al menos el anís
era bueno.
En
ese momento, al levantar la vista buscando a la camarera,
vio a Visitación. Bajaba por una escalera, de la mano
de un hombre que casi le doblaba la edad. Sonreía,
pero de una forma muy diferente a como le había sonreído
a él un rato antes. Al verle allí sentado, palideció.
Se despidió de su acompañante con un beso mecánico
y se acercó a Mariano con un destello de furor en la
mirada.
¿Qué estás haciendo aquí?
Sólo quiero estar contigo respondió
él humildemente.
Deberías irte. Aquí no hay nada bueno
para ti.
Estás tú. Quiero pasar la noche contigo.
Llevo muchos años esperando esto. Si ha de ser de este
modo, así sea. Te quiero demasiado para que me importe.
Increíblemente,
a ella tampoco le importó. Habló un momento
con una compañera algo mayor, volvió junto a
Mariano, bebió de su copa mirándole a los ojos
y dijo: "Llévame a tu hotel".
Los detalles de ese primer encuentro carecen de importancia.
Baste decir que a ella le pareció que ésa había
sido su primera vez y que Mariano conoció esa noche
el amor físico. (Con su inevitable mezcla de temor,
deseo y algo de desesperación. Nada que ver con los
fugaces y anodinos encuentros con Charito).
Mariano
regresó, no podía ser de otro modo, a su pueblo,
a las cosechas, al café, al velado cariño conyugal,
a la vida insulsa del invierno en la aldea. Pero ahora tenía
algo: Una isla habitable en medio del mar de mediocridad y
desconsuelo. Una feria que se celebraba anualmente y que le
daba la oportunidad de vivir, siquiera por unas horas, la
vida que realmente hubiera deseado. Desde entonces, sus visitas
a la capital se repitieron cada doce meses. Durante esos dos
o tres días que permanecía allí, Visitación
guardaba fiesta y le acompañaba a todas partes. Después,
volvía la rutina y el ciclo de la espera recomenzaba.
A causa de algunos cambios bastante evidentes en su marido,
Charito supo lo que ocurría desde el primer momento,
pero algunas amigas le aconsejaron que hiciera la vista gorda.
Al parecer, las escapadas de los agricultores a la Ciudad
eran comunes y, según algunas que se las daban de modernas,
necesarias para preservar la paz en el matrimonio. Así
pues, ignorante de la identidad de la amante de su marido,
Charito se encogió de hombros y toleró, como
tantas otras, con idéntica resignación, los
viajes de Mariano.
También la "Visi", según el testimonio
de sus compañeras, sufrió una transformación
importante. Seguía siendo la amiga alegre, pero ahora,
además, había en sus ojos un fulgor nuevo. Se
la veía ilusionada, feliz. Dos días al año
no son gran cosa, es cierto, pero son mucho más que
nada. Un pequeño remanso donde tomar fuerzas para seguir
nadando río arriba, tal vez hacia ninguna parte, pero
nadando a pesar de todo, con ayuda del recuerdo de la última
Feria y la esperanza de la próxima.
Durante catorce años la vida fue eso, un antes y un
después del fin de semana mágico que cada otoño
les tenía reservado. En muchas ocasiones Mariano propuso
alargar hasta el infinito esas horas, quedarse allí,
junto a ella, compartiendo su vida, pero siempre los labios
de la "Visi" tapaban los suyos en un cálido
beso y no volvía a hablarse del asunto. La ciudad era
el escenario perfecto. Nunca dejaron de sentir que, en el
fondo, el sórdido incidente del pasado era lo que había
propiciado su encuentro lejos de las calles del pueblo. No
era posible evitar el sentimiento compartido de que las cosas
jamás hubiesen podido ser iguales entre las viejas
casas de la aldea, bajo los ojos vigilantes y acusadores de
los vecinos. La felicidad se hallaba bajo las circunstancias
más extrañas.
Y ahora, la "Visi" se había marchado. Por
segunda vez se le había ido sin que él pudiera
esbozar siquiera una breve despedida. Y lo peor era esa obstinada
voz que, por encima de los efluvios del anís, le repetía
que esta vez era para siempre, que esta vez no iba a tener
la suerte de encontrársela al filo de los años
en las calles de la Ciudad.
Se
percató de que Andrea estaba hablándole en voz
baja. Supo que las palabras no eran tan importantes como el
hecho de que alguien estuviese pronunciándolas. Notó
que lloraba y no trató de evitarlo ni de ocultarlo.
Dejó que las lágrimas corriesen por su rostro
mientras el dolor de la pérdida roía su corazón.
Pagó las copas y se dispuso a marcharse. Andrea, sin
que nadie lo pidiese, le acompañó. Caminaron
por las estrechas callejas donde la noche, dicen, es peligrosa;
sintieron el aire fresco demorándose en sus rostros,
tal vez charlaron.
Esa noche, en brazos de Andrea, Mariano consiguió olvidar
el dolor, siquiera durante brevísimos momentos. El
alcohol y los besos de la chica le transportaron a otras noches
y a otros besos. Volvió a sentir la vida bullendo en
su interior, el calor y el frenesí de la Ciudad nocturna,
la expectación ante cada umbral por trasponer, el fuego
de la carne. Se juró que jamás regresaría
a las noches vacías de la aldea, a la intolerable madrugada,
a la siembra, a las insulsas partidas de cartas, al lecho
frío.
Al día siguiente, al despertar, la habitación
estaba desierta. A su lado, entre las sábanas, no había
nadie. Mariano comprendió, suspiró, se levantó,
se duchó, hizo la maleta, bajó a desayunar,
pagó la cuenta, caminó hasta la estación,
sacó un billete y tomó el tren. Mientras los
campos pasaban vertiginosos al otro lado del cristal, con
un gesto seco enjugó su última lágrima.
Sus tierras le esperaban. Habría otros años
y otras ferias. La vida, inconcebiblemente, seguía.
Pero he aquí que en ese instante de suprema renuncia,
Mariano recuerda un detalle que había permanecido agazapado
en su mente. En su mano, de repente, surge un sobre cerrado.
Es una carta que la "Visi" dejó para él.
Rasga el sobre, extrae el papel doblado y lee. Su rostro va
adquiriendo una expresión diferente. La resignación
desaparece, una creciente calma va ganando el pecho del viajero,
una vaga sonrisa surca de pronto su cara campesina.
Ignoramos
el texto de la carta. Sólo sabemos que Mariano, después
de doblarla cuidadosamente y depositar en ella un tierno beso,
la guarda en su bolsillo, mira por la ventanilla, se incorpora,
no se toma siquiera la molestia de recoger su equipaje y se
apea en la primera estación.
Más
tarde tomará otro tren que le devuelva a la ciudad,
a la que ahora, definitivamente, pertenece.
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