P O R T A D A    

 

Brasil    
      Luis Fernando Veríssimo   punto de encuentro
  29 tierra - prosa    

Ocho
narraciones

Traducciones de Paula Vera y Carlos Bonfim

  índice de autores
             
         

Basura

 

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.

— Buenos días...

— Buenos días.

— La señora es del 610.

— Y, el señor del 612.

— Sí.

— Yo aún no lo conocía personalmente...

— De hecho...

— Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura...

— ¿Mi qué?

— Su basura.

— Ah...

— Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña...

— En realidad sólo soy yo.

— Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.

— Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar...

— Entiendo.

— Y usted también...

— Puede tutearme.

— También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así...

— Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...

— Usted... ¿Tú no tienes familia?

— Tengo, pero no son de aquí.

— Son de Espírito Santo.

— ¿Cómo lo sabe?

— Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.

— Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.

— ¿Ella es profesora?

— ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?

— Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.

— Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.

— Así es.

— Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.

— Así fue.

— ¿Malas noticias?

— Mi padre. Murió.

— Lo siento mucho.

— Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

— ¿Fue por eso que volviste a fumar?

— ¿Cómo es que sabes?

— De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.

— Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.

— Yo, gracias a Dios, nunca fumé.

— Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura...

— Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.

— ¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?

— ¿Eso, también lo descubriste en la basura?

— Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.

— Es que lloré mucho, pero ya pasó.

— Pero incluso hoy vi unos pañuelitos...

— Es que estoy un poquito resfriada.

— Ah.

— Veo muchos crucigramas en tu basura.

— Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.

— ¿Polola?

— No.

— Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.

— Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.

— No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.

— ¡Tú estás analizando mi basura!

— No puedo negar que tu basura me interesó.

— Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.

— ¡No! ¿Viste mis poemas?

— Vi y me gustaron mucho.

— Pero, ¡si son tan malos!

— Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.

— Si yo supiera que los ibas a leer...

— Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?

— Creo que no. Basura es de dominio público.

— Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?

— Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que...

— Ayer, en tu basura...

— ¿Qué?

— ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?

— Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.

— ¡Me encantan los camarones!

— Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos...

— ¿Cenar juntos?

— ¿Por qué no?

— No quiero darte trabajo.

— No es ningún trabajo.

— Pero vas a ensuciar tu cocina.

— Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.

— ¿En tu basura o en la mía?

 


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Título original "Lixo", cuento incluido en O Analista de Bagé y, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985). Traducción de Paula Vera.

 

 

 

Realismo

 

El escritor estaba delante de la pantalla vacía de su computadora cuando la mujer entró volando por la ventana. Él no le hizo caso y siguió mirando fijamente la pantalla. Necesitaba empezar una novela. Necesitaba escribir por lo menos un capítulo. ¡Necesitaba una frase! Y no tenía ni una sola idea.

La mujer le tocó el hombro.

— ¿Qué?, dijo él sin mirarla.

— ¿No me viste llegar?

— Sí, sí.

— ¿Y?

— ¿"Y" qué?

— Un inicio para tu novela. Escritor delante de la computadora. Entra la mujer volando por la ventana.

— No sirve.

— ¿Como que no sirve? Mírame. Estoy desnuda. Tengo un tatuaje en el trasero. Un corazón, un ancla y un nombre: "Capitán Carrancho". Sólo hasta aquí ya tienes una novela.

— ¿No supiste? El realismo mágico murió.

— ¿Qué?

— Nadie más vuela, nadie más tiene 300 años de edad o 200 metros de altura. Acabó.

La mujer se sentó en un sillón, desanimada.

— ¡Caramba!

— Gracias, de cualquier manera.

— Bueno.

Luego de un rato ella vuelve a hablar.

— ¿Y si, en lugar de una novela, tu contaras una experiencia tuya, una experiencia mística en lavida real? En la ficción ya no se puede, pero en la no—ficción sí que se puede. La realidad es el último reducto de la metafísica. Yo puedo ser tu ángel de la guarda.

— Yo nunca tuve una experiencia mística.

— ¡La estás teniendo ahora!

— No es lo mismo. Tú sólo te estás haciendo pasar por un ángel. ¿Y dónde se ha visto un ángel tatuado?

— Yo renuncio al tatuaje. Nunca conocí al Capitán Carruncho. ¡Ni siquiera tengo trasero!

— No, gracias, pero no.

— OK, dijo la mujer, resignada. Chao.

El escritor no tuvo tiempo de avisarla. Cuando gritó "¡Por la ventana no! Tú no vuelas m..." ya era tarde. Ella ya había salido. Él corrió hacia la ventana. El cuerpo estaba estirado en la vereda, allá abajo. Ya había personas alrededor suyo. Alguien miraba hacia arriba. Y lo señalaba.

El escritor volvió a la computadora. Se quedó esperando. Luego golpearon a la puerta. Él fue a abrirla. Era un policía.

— ¿Fue de aquí que, hace poco, se cayó un mujer desnuda?

Está bien, pensó el escritor. En la duda se apela para una intriga policíaca. Luego pensamos en cómo desarrollarla. Lo importante era empezar.

— Depende. ¿Cómo es la mujer? — pregunté, notando que él no había entendido la ironía.


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Título original: "Realismo", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 340—341 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

Río arriba

 

Todos los ríos llevan al misterio. Del Aar al Zwetll. Del Orinoco al Deseado, pasando por el Oyapoque y por el Chuy. Del Negro al Blanco. Del Madera al Plata. Del Grande al Chico, el de las Antas, el de las Viejas, el de los Monos, el de las Muertes. El río de la vida, señoras y señores. Agárrense hasta que pasemos las pororocas. Aquí el Amazonas recibe las aguas del su mayor afluente, el Atlántico. Aquí el Nilo cambia de nombre y pasa a ser Mediterráneo. Por esta boca el Mississipi expelió Cuba, Puerto Rico y todas las islas de las Caraibas. Aquí termina el Tajo y empieza el mundo, una obra de Camões. Aquí empieza nuestro tour.

Río arriba. Observen como, desde donde estamos, vemos pasar las orillas de ambos lados... Una equivocación, somos nosotros los que pasamos. Protejan la cabeza del sol y mediten sobre la finitud humana. Se servirá un refrigerio antes de que pasemos por la fábrica de celulosa, porque después nadie podrá comer. A la izquierda, una usina nuclear. Miren los peces fosforescentes. Miren a los nadadores fosforescentes. No pongan las manos en el agua si no la quieren perder. A la derecha, flotando, algunos mendigos. Prisioneros de manos atadas. Varios fetos. Zapatos. Orinales. Llantas. Señales de civilización.

Una nota personal, señoras y señores. Aquella casa en la orilla derecha es mía. Tenía una palmera al lado que, pobrecita, de nostalgia, se murió. Y el videoshop al otro lado, claro, es nuevo. Aquella es mi familia, y aquél niño con agua hasta la cintura, saludándonos, soy yo. Pero esto también ya pasó.¡Río arriba!

El niño abandonado en aquél barco es Huckleberry Finn. Saluden, saluden. Aquella figura que acaba de lanzarse al río desde un árbol es Tarzán. Miren como se le acerca un cocodrilo. Los dos se atracan. No se preocupen, Tarzán vencerá. Al margen derecho, un lobo y un cordero conversando. Desde el margen izquierdo Guimarães Rosa contempla la tercera orilla. El bebé flotando dentro de la canasta es Moisés.

¡Estamos en el Rubicón! Qué suciedad, ¿no es cierto? Ustedes notarán que muchos ríos históricos no merecen el nombre que tienen. El Danubio, lo veremos más adelante, no es azul. El Rojo es marron. El Amarillo es gris. El Mekong es rojo de tanta sangre. Río arriba. Estamos en el Tames. Ahora en el Avon. Aquél allí en la orilla, pensativo, es Shakespeare. Miren, en el medio del río, rodeada de flores, manteniéndose a flote por las vestes infladas, la dulce Ofelia. Saluden, saluden. ¿No dije que este tour tenía de todo? Ahora preparen sus cámaras. Ahí viene, en su barca imperial, Cleopatra bajando el Nilo. Río arriba. Estamos en el Reno, en el Poh, en el Yang-tsé, en el San Francisco, en el Tigre, en el Eufrates, en el Volga, en el Jordán. Aquella escena ustedes seguramente querrán fotografiar: Juan Bautista bautizándole a Jesús. Estamos en el Ganges, donde los vivos vierten sus muertos y luego se lavan. El río es siempre el mismo y nunca es el mismo. El agua que purifica es la misma que recibe el desecho ácido. El agua que mata la sed es la misma que ahoga, la que pasa y no pasa.

Río es Portela. A la derecha, Paulinho da Viola. Aquella cabecita de nadador allí es la de Mao.

Ramas, troncos, casas, ganado, canoas volcadas, cuatro con timón y sin timón — ¡y una fábrica entera remolcada del Japón!

Las aguas empiezan a ponerse lodosas. Los grandes árboles se tocan sobre el río. Estamos en el Congo, rumbo al corazón de las tinieblas. De la fuente obscura de todo. Mistah Kurtz, he dead. El olor ácido de limo y fósiles. El horror, el horror. El mar está lejos, llegamos a nuestra vertiente. Y el origen de todo no es el misterio, es un hueco en el suelo. Hay otros ríos por debajo de estos y es allá adonde nos vamos un día. Río abajo. La propina es voluntaria, gracias.


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Título original: "Rio acima", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 315—316 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

 

Choricitos

 

La conversación en aquel bar había llegado a ese punto en que sólo quedan dos alternativas: o largarse a casa o largar a decir tonteras. Y nadie parecia dispuesto a irse a casa.
Cléber empezó. Habló directamente al Patrullero, que tenía este apodo porque cuando pequeño había pedido un autógrafo al Patrullero Toddy. Cléber habló apuntando el dedo a la nariz de Patrullero.

— ¿Tú eres responsable por la muerte de cuántas criaturas?

El Patrullero no parpadeó. Pidió una aclaración.

— Define "criatura".

— Criatura. El nombre lo dice. Un ser creado por Dios.

— ¿Racional o irracional?

— Da igual.

Patrullero pensó.

— ¿Mosquito cuenta?

— Mosquito, mosca, pajarito, reptil, gente...

— Mosquitos — dijo el Patrullero — unos ciento diecisiete, así por encima. Algunas moscas también. Pocas. Ah, y una vez aplasté una lagartija.

Norinha advirtió:

— ¡No queremos detalles!

— Yo ya maté una serpiente — contó Dado.

— Yo ya atropellé un perro, dijo alguien.

— ¡Cucarachas!, se acordó otro.

Miranda levantó una cuestión. Había mandado dedetizar el departamento. ¿Era responsable por las muertes causadas? El consenso fue de que Miranda había actuado como un general que manda que sus tropas ataquen al enemigo pero no mata a nadie directamente. Moralmente, sin embargo, tenía decenas de insectos muertos en su currículo.

— Ustedes se están olvidando de los bichos que mueren por nuestra culpa, dijo Norinha. Bueyes, carneros...

— Gallinas... dijo Marta.

A Marta le encantada comer gallina. Nunca había pensado en su muerte. Quedó súbitamente deprimida.

— Esperen un poquito, pidió el Patrullero. Existe un equema montado para matar a esos bichos desde que el mundo es mundo. Existiría incluso si no estuviéramos vivos o si fuéramos vegetarianos.

— Pero ellos mueren para alimentarnos.

El Patrullero propuso un plebiscito. ¿Cuántos se sentían responsables por la muerte del bicho cuya carne había sido usada en aquellos choricitos? Tres dijeron que no se sentían responsables, dos dijeron que no estaban seguros, una (Marta) dijo que se sí se sentía responsable, uno dijo que se sentía desobligado de votar porque no había comido el chorizo y Cléber preguntó de qué bicho mismo era la carne del chorizo y concluyeron que era mejor no saberlo. Pisieron otra ronda de chop, pero el pedido de más choricito lo vetó Marta.

El Patrullero propuso entonces el test del botón. Les pidió a todos que se imaginasen un botón en el centro de la mesa. El que aplastase el botón estaría matando a cien personas en el Tibet, pero se ganaría el gran premio de la lotería.

Miranda quiso detalles. Las personas en el Tibet caerían fulminadas o serían víctimas, por ejemplo, de una avalancha? Cléber perdió la paciencia con Miranda. ¿Qué diferencia había? Marta preguntó si los muertos incluirían a personas de todas las edades, si no podrían ser sólo viejitos o bandidos y si podía no ser en el Tibet, país con el cual ella simpatizaba a causa del Dalai Lama y de Richard Gere, sino en China, que al fin y al cabo ya tenía tanta gente... Cléber miró el cielo pidiendo piedad, Patrullero argumentó que aquello era un asunto serio y la confusión que se siguió sólo se interrumpió cuando dado se levantó bruscamente, se inclinó sobre la mesa y, con un gesto decidido, pulsó el botón imaginario. Luego se sentó y miró alrededor. Todos los miraban, asombrados.

— ¿Qué pasó?, dijo Dado, desafiador.

— ¡Caramba, Dado!, dijo Marta.

— Está hecho, dijo Dado.

Se hizo un silencio lleno de tibetanos muertos y de resentimiento.

Luego, cuando Dado y Marta se fueron, todos concordaron que la escena del botón no había tenido nada que ver con la responsabilidad moral de cada uno. Algo no iba bien con la pareja. Ah, no. Norinha recordó incluso un detalle de la noche que sólo ahora cobraba sentido. Cada vez que Marta hablaba, Dado reviraba los ojos.


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Título original: "Lingüicinhas", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 294—296 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

 

El caníbal

 

La familia está almorzando. Viene la empleada y dice que hay un mendigo en la puerta pidiendo comida. La señora le dice a la empleada que le dé un pedazo de pan. El marido protesta. Es mejor no dar nada, si no se le acostumbra mal. El vagabundo que vaya a buscar trabajo. El hijo mayor, un liberal, dice:

— Por lo menos un pedazo de pan, papá.

La hija algo de izquierda dice que es mejor no dar nada.

— Así él se rebela de una vez.

— Esto es típico de ustedes — dice el hijo liberal.

— ¡La caridad no sirve de nada! — responde la hija algo de izquierda.

— Por lo menos un miserable tendrá un pedazo de pan — contesta el hijo liberal.

— Señora, interrumpe la empleada, creo que pan él no aceptará, ¿eh?

— ¿Ah, no? — exclama el marido, sarcástico. ¿No querrá a lo mejor mi filete? ¿Papas sautée? ¿Quiere ver la carta de vinos?

La empleada explica que el mendigo había preguntado si había alguien que comer. Silencio en el comedor. ¿Cómo?

— Preguntó si había alguien que comer. Dijo que hasta podría ser un niño. Alguien que no fueran a echar de menos...

Junior, el benjamín, salta de su silla y, lleno de curiosidad, corre hacia la puerta antes de que los demás le puedan detener. Luego de algunos minutos el marido le dice a la empleada que vaya a ver qué pasó. Ella vuelve y dice que no hay vestigios de Junior y que el mendigo todavía sigue allí. El padre dice:

— Jorgito, anda tú.

— ¡Mi hijito no!, protesta la señora.

— Ve, Jorgito. Si te come a ti también, sabremos cuáles son sus verdaderas intenciones.

Jorgito salta con entusiasmo de su silla y corre hacia la puerta. La empleada va a ver y de regreso dice que Jorgito desapareció, pero que el mendigo sigue con hambre.

— ¡Yo dije que Jorgito estaba muy delgado!, solloza la señora.

El hijo liberal toma una decisión. Se levanta y anuncia:

— Tendré una conversación con él. Él tiene que entender que la violencia no lleva a ningún lado. Debe reivindicar sus derechos a través de la política partidaria, en un diálogo franco y abierto. Regresaré en pocos minutos.

Luego de algunos minutos el marido le dice a la empleada que vaya a ver qué sucedió. Ella regresa diciendo que del hijo liberal sólo quedaron los anteojos. El mendigo sigue allí.

— ¿Y todavía no está satisfecho?

— Parece que no.

— Sólo queda una cosa por hacer — dice el marido, levantándose. Voy a traer mi arma.

— ¡Yo voy contigo!, dice la señora.

— De acuerdo. Tú le distraes mientras yo voy por detrás de la casa y lo ataco. Con esa gente sólo a bala.

Los dos salen del comedor, donde sólo quedan la hija algo de izquierda y la empleada. Después de algún tiempo, la hija algo de izquierda le dice a la empleada que vaya a ver qué sucedió. La empleada vuelve y dice que de la pareja sólo quedó el arma y un pendiente de la señora.

— ¿Y el mendigo?

— Está con cara de quien comió y no disfrutó.

— Esto no me sorprende — dice la hija algo de izquierda. Bueno, nadie puede decir que soy una persona insensible. Sé lo que hay que hacer.

Ella empieza a levantarse. La empleada le pregunta si ella también se va a ofrecer al caníbal.

— No seas tonta. Le voy a dar un Alka Seltzer. Yo siempre dije que esta familia era indigesta.

Pero el caníbal se traga a la hija algo de izquierda con el Alka Seltzer.


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Título original: "O canibal", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 311—312 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

 

Medio poeta

 

El día que Mónica y Octavio regresaron de la luna de miel, Mónica llegó a la casa de sus padres y se encerró en el cuarto con la mamá. Necesitaba contarle una cosa y no quería que el padre escuchase.

— Octavio es poeta, mamá.

La mamá se lleva las manos a la boca.

— ¡Ave, María purísima!

Luego preguntó:

— ¿Cómo te enteraste?

— En la primera noche. La luna estaba llena. Él hizo unas frases sobre la luz de la luna sobre mi cuerpo.

— ¿Pero estás segura de que era poesía? ¿Rimaba?

— No rimaba, pero era poesía. ¡Él mismo lo dijo, mamá! Yo le pregunté "¿Qué es eso?" y él respondió "Yo soy medio poeta".

— Bien que tu papá sospechó algo...

— ¿Crees que debemos contarle a papá?

— ¡Por supuesto! Y ahora.

El papá dijo "Lo sabía" y determinó que llamasen a Octavio que se explicara. Mónica dijo que Octavio había quedado en buscarla allí después del trabajo. Los tres esperaron la llegada de Octavio. La madre, temiendo algún exceso del padre, intentó amenizar la situación.

— Él dijo que es sólo "medio" poeta...

El padre no dijo nada. Cuando sonó el timbre, mandó que la hija fuese al cuarto. Octavio saludó a los suegros efusivamente — era la primera vez que los veía después de la fiesta de la boda — pero pronto notó su frialdad.

— ¿Qué pasó? — preguntó.

— No nos contaste que eras poeta, dijo el padre.

— Pero yo no...

— No lo niegues. Mónica nos lo contó. ¿Creíste que ella no nos contaría?

— Pero si fue sólo un...

— Lo sé. Un poemita. Es así como se empieza. Un versito hoy, un versito mañana. No tarda y ya estarás haciendo poemas épicos, odas a cualquier cosa, diariamente. Ya vi suceder. Terminarás abandonando el trabajo, robando la mensualidad de mi hija para mantener el hábito.

— Pero yo...

— Vas a decir que puedes dejarlo cuando quieras. Es lo que dicen todos.

— Hijo mío, intervino la mamá afligida, ¿no te das cuenta del mal que te puede hacer la poesía? ¿Hace cuánto que tú...

— No importa, le interrumpió el padre. Y lo que él hizo antes no nos interesa. Pero ahora está casado. Tiene responsabilidades, tiene que trabajar para mantener a la familia. Está en una ramo competitivo, no puede facilitar. Lo sé, lo sé. La poesía es tentadora. Yo mismo, de joven, hice mis sonetos...

— ¡Eurico!

— Nunca te lo conté, Marta, pero lo hice. Afortunadamente tuve un padre que me orientó y lo dejé a tiempo. A Mónica la criamos sin cualquier poesía. Cualquier insicuación de métrica la reprimíamos. Y siempre la alertamos contra los poetas.

— ¿No existirá — sugirió la mamá — un programa de rehabilitación? Alguien con quien te puedas aconsejar...

Una vez más el papá la interrumpió.

— La decisión tiene que ser tuya, Octavio. Y tiene que ser ahora. Tú comprendes que no podemos dejar que Mónica salga de esta casa, donde tuvo siempre toda la seguridad, para vivir con un poeta. Haz tu elección. Mónica, una familia, una vida normal... o la poesía.

Octavio juró que abandonaría la poesía para siempre. Le llamaron a Mónica, los dos se fueron al nuevo departamento, Mónica sospechando un poco todavía, Octavio oyendo la advertencia a la salida: "Ojo, ¿eh?"

Hoy, siempre que habla con Mónica por teléfono, la madre le pregunta:

— ¿Y Octavio?

— Está bien, mamá.

— Nunca más...

— No.

A veces, cuando la familia está toda reunida, Octavio dice unas cosas que provocan el intercambio de miradas entre los demás y la sospecha de una recaída. Luego Mónica asegura que aquello no es poesía, es sólo su forma de hablar. Pero el señor Eurico y doña Marta viven preocupados por la hija. En las noches de luna llena, entonces, doña Marta ni siquiera puede dormir bien.


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Título original: "Meio poeta", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 258—260 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

 

Variaciones

 

Todos conocen la clásica historia de Blancanieves y los Siete Enanitos. De cómo la madrastra le preguntó al espejo mágico si existía en el mundo alguien más hermosa que ella y el espejo respondió: "¿Lo quiere en orden alfabético?"De cómo la madrastra decidió vengarse, mandando matar a su entenada Blancanieves. De cómo el cazador encargado de matar a Blancanieves le tuvo pena y, en un gesto humanitario, exclamó: "¿Cuánto me das para que yo te deje escapar?" De cómo Blancanieves huyó por el bosque y descubrió una casita con siete camitas, siete sillitas, siete cepillitos de dientes y llegó a una conclusión: "Aquí debe vivir un gigante con hábitos extraños." Pero los siete enanitos llegaron del trabajo — eran leñadores y estaban derribando arbustos — y le adoptaron a Blancanieves. Al contrario de lo que se comenta, nunca hubo nada entre ellos. Una noche uno de los enanitos se emborrachó e invadió el cuarto de Blancanieves, pero ella lo arrojó por la ventana. Después de esa noche, Blancanieves se compró un perrito pequinés para mantener a los enanitos a la distancia. La madrasta se enteró de que Bancanieves todavía vivía y, disfrazada de bruja, fue a la casita a ofrecer una manzana envenenada a Blancanieves, que murió. Más tarde, un príncipe encantado le despertó a Blancanieves de la muerte con un beso y los dos se casaron. Años después, algo desencantada con el príncipe, Blancanieves daría su opinión sobre el marido:

— La manzana me gustó más.

Pero existen otras versiones de la misma historia. Por ejemplo: Blancanieves y los Siete Pecados Capitales.

Blancanieves debía llevar una canasta con pasteles a su abuelita que vivía en una casa de chocolate. En el camino encontró a los siete pecados capitales, de sombreritos rojos. La Envidia, con el ojo puesto en la canasta de Blanca, intenta convencer a los demás a atacar a la niña. La Gula adhiere al plan apenas se entera de los pasteles. La Lujuria le encuentra algo simpática a Blanca y también concuerda. La Ira, que está eternamente buscando pelea, quiere atacar pronto. Pero la Soberbia, por no querer rebajarse tanto, y la Pereza, por pereza, no concuerdan. Blancanieves entrega su canasta a las atracadoras y éstas, para contener a la Lujuria y a la Ira, que no quieren los pasteles, quieren a Blanca, entregan la canasta a la Avaricia para que la cuide y, claro, jamás la vuelven a ver. Mientras tanto, en su casa de chocolate, la abuelita le entretiene al lobo malo con galletitas, absinto y fragmentos de una edición de De Sade para Viejitas frente a la chimenea, servidos por Hansel y Gretel. Golpean la puerta y es un príncipe enano.

Otra versión es la de Blancanieves y los Siete Samurais.

Estamos en el Japón durante la dinastía Ping. Una guerra feudal revuelve al país. Luego, van a ver y no es una guerra feudal: es un terremoto.

Cae la dinastía Ping.

Blancanieves llega al castillo de Toshiro Mifune, interpretado por Toshiro Mifune. Él es el líder de seis samurais, todos interpretados por Toshiro Mifune, siendo uno de ellos transistorizado. Los siete samurais le adoptan a Blancanieves y la prohíben ir al baile del club donde el príncipe Yamaha escogerá a una esposa. Blancanieves, ayudada por un hada madrina (Toshiro Mifune), terminará por ir al baile montada en una calabaza tirada por seis ratones (la varita mágica, fabricada en Hong Kong, no funcionó). Cuando ocurre el terremoto de medianoche, Blancanieves sale corriendo del palacio, pero deja caer su botita en las escaleras. Al ver el tamaño del zapato, el príncipe se desilusiona e intenta el suicidio con una manzana envenenada, pero no puede sostenerla con los palillos y desiste.

La dinastía Ping se levanta.

 


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Título original: "Variações", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 317—318 — traducido por Carlos Bonfim.

 

 

 

Recreación

 

Dios suspiró. Estaba cansado. Hacía mil millones de años, cuando era más joven y ambicioso, la idea de crear un Universo no le había parecido absurda. Ahora se arrepentía. El emprendimiento había escapado a su control. No podía acordarse más ni de cuántas lunas tenía Saturno. Estaba, definitivamente, envejeciendo.

Miró alrededor de la mesa de reuniones. Su presencia allí era dispensable. Como Director—Presidente, tenía la última palabra, pero las decisiones las tomaba su asesoría. Aquellos jóvenes tecnócratas pensaban que tenían respuesta para todo. Querían hacer Su proyecto más moderno y dinámico. Pero trabajo de verdad había sido el Suyo. Había creado todo literalmente de la nada. Cuando ellos ni siquiera habían nacido. Pero paciencia. Necesitaba acompañar los tiempos. Ordenó que empezaran los trabajos, vetando la propuesta del asesor de RRPP de que todos se uniesen en una oración. Odiaba a los chupamedias.

— ¿Cuánto tiempo tardará la Recreación? — preguntó.

El coordinador del proyecto dudó. El Viejo, como siempre, quería respuestas sencillas y directas. Con Él era todo luz, luz, tinieblas, tinieblas. Pero las cosas ya no eran tan sencillas. El Director de la división de obras intervino.

— Tenemos que hacer un análisis de costos. Luego un organigrama, un fluxograma, un…

— Yo hice todo en seis días — interrumpió el Director—Presidente. Y solito. Sólo descansé el domingo. En mi tiempo no había semana inglesa.

Allí venía Él con sus reminiscencias. Nadie negaba su importancia. Pero el tiempo de los pioneros ya había pasado. Ahora era el tiempo de los técnicos. De los gerentes. De los especialistas.

— Creo que deberíamos empezar cerrando la Tierra — arriesgó el Director Financiero.

Aquél era un asunto delicado. El Viejo tenía una predilección especial por la Tierra. Incluso por cuestiones familiares. Pero Él se quedó en silencio. El Director Financiero prosiguió:

— Creo que la Tierra ya dio lo que tenía que dar. Todos sus recursos están agotados. Ya no es rentable. No hay como recuperarla. Debemos acabar con ella antes de que comprometa a todo el Grupo.

— ¿Quieres decir sencillamente... liquidarla?

— Eso es. Dudo que algún otro grupo quiera comprarla. Incluso un grupo árabe. Nuestro representante allí, el Papa, recibiría una indemnización, claro. O lo traeríamos acá. No veo mayores problemas. Y tendríamos qué deducir del impuesto a la renta...

El asesor de RRPP mostró alguna preocupación.

— En términos de imagen quedaría mal.

¿Por qué? — preguntó el Director de Planificación e Investigaciones. Ya eliminamos millones de otros planetas, algunos mucho más grandes. No pasa un día sin que disolvamos una estrella.

— No sé, no sé...

— Administrar un Universo es un proceso aético, mi amigo. Tenemos un proyecto que cumplir, metas por alcanzar. No podemos estar preocupándonos por cada planetita...

— El problema es el tipo de colonización elegido para la Tierra — observó el Director Financiero, mirando de reojo al Viejo. Desde el inicio, con la pareja aquella, se podía ver que no iba a funcionar. Muy ingenuos, sin iniciativa...

— ¿Y qué tal si se rehace la Tierra en otros moldes, más empresariales? — sugirió el asesor de RRPP. Días más largos, para aumentar la productividad y bajar la natalidad. Una nueva inyección de petróleo...

— Olvídalo — dijo el Director Financiero. La Tierra no tiene más remedio. Fue muy mal administrada. Está quebrada. Sólo estaríamos prolongando su agonía, con subsidios. Propongo el cierre.

La propuesta fue aprobada por mayoría. Pasaron a discutir el formato que tendría el nuevo Universo. La idea era aumentar la centralización, acabar con la expansión constante para facilitar la administración y cortar los costos de mantenimiento...

En la cabecera de la gran mesa el Viejo parecía dormir.


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Título original: "Recriação", publicado en Novas Comédias da Vida Privada, Porto Alegre: L&PM, 1996, pp. 319—320 — traducido por Carlos Bonfim.

 

   
             
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