P O R T A D A    


Juan Diego Incardona

El hombre de las botas de cuero

Detalle de la estela de Polixena. Atenas, National Archaeological Museum.    
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  29 tierra - prosa    

en el camino
de carbón
y las infinitas muertes de Polixena

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Sobre el sueño fúnebre de la madrugada, cuando los rostros independientes que anidaban dentro de mi cabeza se empaparon de sangre, tomé la decisión de calzarme las botas de cuero, tomar mi hacha y caminar sobre el camino de carbón hasta el ciprés que siempre he visto desde la ventana de mi cuarto. A la derecha, un monstruo con tijeras se mostraba rápidamente y me intimidaba, provocando escándalos que distorsionaban el silencio. Escasez de obstáculos o saturación de nada. No me importó y caminé a ritmo regular, levantando polvareda negra a cada paso. De pronto, el cielo se tiñó de múltiples colores semejantes a la tinta tornasolada que frecuentemente utilizo al escribir mis cuadernos y comencé a cantar una tonada melancólica que me enseñó mi madre cuando murió mi padre. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, los pasos apoyaban la suela de mis botas a ritmo regular sobre el carbón. Un pájaro grande, quizás un águila, llevaba un talismán entre sus garras, pero no pude verlo, aunque sí pude escucharlo. Polixena estaba por morir debajo del ciprés y su cuello aún se ofrecía caliente al cuchillo y a la hecatombe. Iba hacia ella y los pasos golpeaban la tierra carbonífera y la oscuridad del polvo negro que envenena al viento norte me abrazó y me convirtió vaya uno a saber en qué romántico elemento del paisaje. Si hubo ojos que pudieron verme, les ofrezco ahora mis manos en alto, aunque todo es en vano, no por el tiempo, puesto que es blando, sino porque mi figura fue tan lisa como la extensión interminable sólo interrumpida por el camino que caminaba hacia Polixena. Mis ojos y mi pelo cambiaron de color, tendidos de la atmósfera turbia. ¡Uhhhh! ¿Qué clase de bestia devoraba desnudos como si fueran golosinas y se reía a carcajadas sin pudores sin edad sin permiso? A la derecha, la criatura se mostraba soberbia, indiferente, dueña del quincuagésimo segundo altar de Neoptólemo, hijo de Aquiles, hijo de Peleo. El dolor del mundo y el carbón y mis pasos a ritmo regular me llevaban, quizás, a las muertes cíclicas de Polixena, pero, a un costado, una villa era incendiada por sujetos orgánicos al aparato represivo y niños desnudos desnutridos gemían de dolor entre los dientes de la feroz criatura anteriormente mencionada y escrita. Debía hacer algo. Después de una breve reflexión y posterior lucha interna entre el miedo y la convicción, dispuse tomar venganza y fabriqué gracias a mis mañas una bomba molotov que tendría que arrojar sobre el mismo ojo derecho de la colérica criatura y sobre las cabezas rapadas marcadas con cruces de los sujetos orgánicos. Pero el camino de carbón pareció cobrar vida y levantó inexpugnables paredones también de carbón tan altos como edificios. No tuve alternativa y continué caminando hacia Polixena.

Vuelvo atrás, al monstruo con tijeras. Los escándalos que provocaba y que distorsionaban el silencio eran tan insoportables que tuve que arrancarle el cuerpo a pedazos con el hacha hasta matarlo. El camino de carbón no me impidió este crimen y el tiempo se levantaba negro a cada paso. Polixena todavía ofrecía el cuello caliente y las villas, posiblemente, ya eran fuego. Volví al camino y vuelvo adelante.

No, aún no.

Los ríos que imaginé nunca aparecieron; el hacha la abandoné, incrustada, en el cuerpo yaciente de la bestia; mi cuerpo liso como la extensión era arrojado en perspectiva por ojos que posiblemente me han visto, pero que no conozco.

Ahora sí.

Continué a ritmo regular el camino de carbón encerrado y aunque parecía imposible, me encontré, por fin, a pocos metros del ciprés. Pero antes de llegar a mi meta, tan cerca de mi meta, me vino un hambre insoportable y debí alimentarme de las bellotas que antes había encontrado. Vuelvo atrás, al pájaro grande, quizás un águila, que llevaba un talismán entre sus garras, que no pude ver, aunque sí pude escuchar, escuchar las bellotas que arrojó, quizás porque el talismán le pesaba demasiado. Las bellotas las guardé en mi bolsa. Vuelvo más atrás, al momento de la decisión de calzarme las botas de cuero, tomar mi hacha y caminar sobre el camino de carbón hasta el ciprés que siempre he visto desde la ventana de mi cuarto. También tomé mi bolsa, pensando que podía encontrar algo en el camino que pudiera servirme. Hice bien. Seguramente, aunque mis pasos aún no marcaban compás sobre el carbón, Polixena ya ofrecía su cuello caliente. Vuelvo un poco adelante: Polixena ya ofrecía su cuello caliente y el cuchillo su cuello frío. Vuelvo más adelante: comía las bellotas y, aunque no saciaba todo mi hambre, lograba contener el vacío abrumador. A pocos metros estaba Polixena. Súbitamente, me arrojé sobre ella e intenté detener su muerte pero a lo lejos el camino de carbón levantaba paredones más altos, los desnudos eran masticados por la feroz criatura, las villas eran arrasadas aún arrasadas y mi cuello caliente ofrecía su patética versión al cuello frío del cuchillo que probaba mi sangre. Polixena me miraba como si no me viera o como si estuviera intentando descifrarme en el paisaje donde yo debía estar escondido, convertido en llanura y en carbón, enterrado debajo del ciprés que todavía se alimenta de mi sangre y mis palabras. El cuchillo brillaba para siempre, como si fuera un pájaro grande, quizás un águila hija de Equidna y Tifón, y yo Prometeo encadenado.

Polixena tiene puestas mis botas de cuero.

Vuelvo atrás, al momento en que Polixena intentaba descifrarme del paisaje. De pronto, Polixena comenzó a reírse de mí. Todavía se ríe.

 

   
             
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