P O R T A D A     Detalle de "Balleneros en el mar a la puesta del sol", 1845, de Turner    
      Francisco Robles   punto de encuentro
  29 tierra - prosa    

IV

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Una tarde cae en el amanecer. El sol, con su vaso trizado por la noche, vibra en el mar. Las vibraciones de las escamas del sol, hacen brillar unos ojos que en la costa se deshacen. Me acerco. Dos caracoles abren sus bocas para pedir agua. La sal de las lágrimas, los puentes de la arena, se desvían de las voces de aquellos moluscos. De pronto, la tarde ha sido amanecer. Los caracoles abandonan sus huesos en la arena y despiertan.

El lucero se sumerge en el pan y en los árboles. Las resinas de la tarde, ocultas en mi espalda, tocan mi anatomía como a un laúd. Columnas, vestíbulos, puertas hidráulicas: todo ha sido inventado para oír. El gran tímpano ha sido tallado con dibujos de árboles invertidos dentro de vasos. El oído de mármol escucha a la sangre salpicar en su roca: escucha a los dedos de la sangre invadir su corazón, tocar en la sala vacía el cuerpo desangrado de la cal. Allí, sacrificado en las murallas, un oído lanza sus néctares de rosa en celo. Mi anatomía lo encierra. El agua que ejercita mis pórticos lubrica las cuerdas del laúd. Y las cuerdas vibran y evaporan el mar sedimentado en el oído.

El pulso del laúd emergiendo desde la tarde hacia el amanecer, como un día que palidece ante el horror de su muerte. El sonido, las prácticas del aire penetrado, la sangre entrando por las narices. El sonido que apedrea los cuerpos, los tímpanos que caminan hacia las esquinas en que los cuerpos caen, también, como piedras sobre aquellos embriones. Caracoles y hombres sepultados en la misma espuma, caracoles que ingresan a los oídos y dan placer a los muertos. Hombres atiborrados de caracoles en el cerebro, babas que lubrican los hemisferios que crecen como manzanas. Hombres con los pechos brotados de algas y peces de porcelana. Hombres de terciopelo, colmados de sonidos en el cuerpo en lugar de huesos. Y de sangre que penetra sus narices hasta borrarles el sueño.

Necesito su oído para oír. Oír consiste en dejarme matar por un hombre. Un hombre que llega hasta mi sombra y la reclama. Y la desforma, llenándola de agujeros del tamaño de su ojo enfermo: un hombre me mataba, pero yo me aparecía bajo su piel. El hombre también poseía un brazo mórbido: sus venas eran enredaderas que asfixiaban los huesos hasta triturarlos, hasta convertir el calcio en partículas de luz liberadas a través de los poros. En la sombra de la luz, en el rastro mucoso del sol mineral, mi mano apenas nacida tocaba su carne fláccida. Y era un hombre de sangre. Y era un perro, el hematoma de un ladrido que aparecía sin pulso. Mi corazón de hombre muerto agitaba su rosa, cada vez que bebía la sangre que era el hombre de mi muerte.

Una rosa de esperma bordada en la sangre. Una rosa cuyo aroma era el de un niño afiebrado, un niño de mercurio con los pies enfermos, abierto de par en par como una navaja. Pequeñas manos en la forma, callando la línea que le separa de mí. El olor de los pies enfermos era un tabaco, un tabaco verde, un jarabe de aire que mataba, un hongo que se anidaba en mi boca y en su boca. Mi inquieta mirada recorre los puntos luminosos de su cuerpo, en donde los tendones se alargan hasta la muerte, hasta unir la muerte y el espacio. Los puntos luminosos situados dejan su rastro de sombra. Y en aquel mínimo rastro que evapora el movimiento de la luz, antes de que todo concluya y los poros se cierren, nace mi mano. Nace mi mano de su mano, con su boca ensombrecida hacia el pezón de la muerte. El pezón de la muerte y su leche negra. Oscuridades en el cielo. Entonces esa historia, la historia de la rosa, debe concluir. Debe presagiarte:

Todas las mentes de todas las aguas, pasan por los bosques y sus sombras. Todas las mentes de todos mis ombligos silban en ese abismo de la carne: la detención extrema del sonido, la sílaba que penetra una y otra vez tu boca.

Te toco detrás de la hoja: este cristal blanco lleno de hormigas. Palabras, hormigas, hojas que son huesos. Tus huesos unidos en mi cama, juntos, formando el cuerpo que dejas cada vez que te recuestas sobre un caballo. Tus reliquias y su sudor: la sábana que invades en mínimos cuerpos de hormigas. Llegas de todos lados, en viento, en cerraduras violadas, en los cuerpos inestables de esas hormigas de miel y madera. En el vacío de tus huesos, mi saliva se deposita como en el fondo de una caverna. Mi saliva vinosa, cae gota a gota sobre tus reliquias. Tus huesos rojos enrojecidos. En las cuencas, en la oquedad de tu calavera, resuena el mar. El mar, la playa, especialmente la arena que se derrumba sobre los escarabajos aplastándolos. Cada grano de arena es un dedo de niño sorprendido entre sus piernas. El mar resuena en tus reliquias enrojecidas. Tus huesos reman por mis sábanas.

Mis sábanas desde las que me levanto. Un fantasma. Soplo mi figura, mi pecho se borra y sólo permanecen tus pies sumergidos en mi corazón. Tus pies que recorren mi pulso con sus sombras, tus pies que se asoman desde mi cuerpo como espinas. La rosa. Soplo mi figura, la figura que adquiere el agua al contacto con el aire. Soplo mi figura, la que escoge la sangre cuando penetra en tus ojos. La santidad. El cerebro inundado de pliegues y jaurías. Mis sábanas que te amenazan con su vacío. El vacío rugoso de los vegetales que nacen entre las jaurías e inscriben en tus huesos la suave forma de un caracol despojado de su concha. Era un hombre, tan sólo un hombre desnudo ante el fuego que abrazaba a los árboles: escuchaba madurar la llama azul, la vulva que en la noche se extiende para oír la respiración del agua.

Entre tus piernas un caracol en pleamar. Abres tus piernas sobre la tierra, y reptas. Sales, desnuda, arrojando espuma por los oídos, por los párpados, por debajo de las uñas: trazas un camino. Tu cuerpo alcanforado, hilvana un sendero entre las piedras, las losas, los nichos en que los árboles entierran sus pies. Lo funerario del olor alcanza las uniones entre mis signos vivos y muertos: alcanfor en los caminos, es tu sangre bajo las piedras la que escucha cómo se abren los cuerpos en que el rastro de un caracol fosforece. Esos cuerpos ahogados y mudos que transitan desnudos debajo de la tierra, aquellos torsos que incendian la vértebra gris que horada mi pecho. Esos rostros brillantes de calcio, fosforeciendo desde mis entrañas hacia la tierra. Hombres que caminan por tu sangre como por alfombras, antes, justo antes, de perder sus huesos. Es la marcha nupcial del fin. Tu sangre sólo escucha el rechazo de la carne ante el laberinto óseo. Un hombre escucha el laúd que taconea en tu oído:

El hombre de mi muerte viene de una mujer. Una mujer carcomida por la arena, por el silbido de las rocas abiertas por el mar. Una mujer cuyo cuerpo se halla indisolublemente unido a la prolongación del tiempo. Todos sus huesos atraviesan el mar como navíos cargados de hormigas. Una mujer carcomida por un hombre ve pasar el naufragio desde la arena. El naufragio que son las pisadas del hombre que viene.

Viene del encierro, desde una jaula de sal que aprisiona en su útero, desde una roca anidada en el fondo, que gira como la hija muerta del maíz. Una roca de templo en la jaula que, a su vez, es el párpado del hombre: son las uñas que se abren en ventanas ovales, el ombligo que perfora cinco veces su cuerpo que me llega a las rodillas: es un hombre pequeño, un hombre de porcelana.

La tarde cae en el amanecer. El viento en los árboles agita un dado en las hojas y verdecen en sus caras, en sus rostros cuajados de neblina, la frágil escama, el murmullo del cielo que abre lentamente sus ojos. Alguien me observa detrás del árbol. Sin embargo, todo el cielo es trizado por los dedos de la madera. Todo el cielo desfondándose en su herida, en su rumor, en el ojo abatido por una mano quebrada. El vórtice de tu seno es un espejo tapizado por esas manos quebradas, una ciénaga vítrea. Una gota de sudor, una sola gota, el espejo que se derrite en aquella muñeca incierta, una hoja: el sonido de lo perdido que retorna en astillas, el deseo de la santidad desnuda bajo la sábana: mi imagen con las muñecas retorcidas y quebradas. Las he memorizado: ambas pedían agua para sus llagas, para aquellos labios entreabiertos y mojados con arena. Ambas abrían esas llagas y vomitaban mar y peces duros, roqueríos coagulados que se instalaban en tu sangre para erosionar mi cuerpo, mi carne agitada por el aire que penetraba a través de mis poros.

Un molusco recogía tierra con sus manos y la llevaba a la boca: la boca con que untas mis venas que se balancean como un péndulo muerto en las raíces. La tarde oscurecía la frente del hombre de porcelana: el pensamiento escrito en el fondo del té, el pensamiento transparente que roza en mi garganta la cuerda que retiene a tus muslos. Es la marcha nupcial del fin, el llanto del hijo rescatado por su madre desde las brasas.

Hubiera la brasa palpado las escamas agrias del hijo y escuchado un lamento (el lamento del pez que palpas en el aire) antes de caer en medio de ti: la cuerda rozada apenas, el tendón liberándose como el chacal que sostiene al árbol: su aullido es su nudo, la cabeza de la cuerda que pierde al cuerpo, despertándose sólo cuando se sumergen y oscurecen dos oídos.

 

   
             
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