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Una
tarde cae en el amanecer. El sol, con su vaso trizado
por la noche, vibra en el mar. Las vibraciones de las escamas
del sol, hacen brillar unos ojos que en la costa se deshacen.
Me acerco. Dos caracoles abren sus bocas para pedir agua.
La sal de las lágrimas, los puentes de la arena, se
desvían de las voces de aquellos moluscos. De pronto,
la tarde ha sido amanecer. Los caracoles abandonan sus huesos
en la arena y despiertan.
El lucero se sumerge en el pan y en los árboles. Las
resinas de la tarde, ocultas en mi espalda, tocan mi anatomía
como a un laúd. Columnas, vestíbulos, puertas
hidráulicas: todo ha sido inventado para oír.
El gran tímpano ha sido tallado con dibujos de árboles
invertidos dentro de vasos. El oído de mármol
escucha a la sangre salpicar en su roca: escucha a los dedos
de la sangre invadir su corazón, tocar en la sala vacía
el cuerpo desangrado de la cal. Allí, sacrificado en
las murallas, un oído lanza sus néctares de
rosa en celo. Mi anatomía lo encierra. El agua que
ejercita mis pórticos lubrica las cuerdas del laúd.
Y las cuerdas vibran y evaporan el mar sedimentado en el oído.
El pulso del laúd emergiendo desde la tarde hacia el
amanecer, como un día que palidece ante el horror de
su muerte. El sonido, las prácticas del aire penetrado,
la sangre entrando por las narices. El sonido que apedrea
los cuerpos, los tímpanos que caminan hacia las esquinas
en que los cuerpos caen, también, como piedras sobre
aquellos embriones. Caracoles y hombres sepultados en la misma
espuma, caracoles que ingresan a los oídos y dan placer
a los muertos. Hombres atiborrados de caracoles en el cerebro,
babas que lubrican los hemisferios que crecen como manzanas.
Hombres con los pechos brotados de algas y peces de porcelana.
Hombres de terciopelo, colmados de sonidos en el cuerpo en
lugar de huesos. Y de sangre que penetra sus narices hasta
borrarles el sueño.
Necesito
su oído para oír. Oír consiste en dejarme
matar por un hombre. Un hombre que llega hasta mi sombra y
la reclama. Y la desforma, llenándola de agujeros del
tamaño de su ojo enfermo: un hombre me mataba, pero
yo me aparecía bajo su piel. El hombre también
poseía un brazo mórbido: sus venas eran enredaderas
que asfixiaban los huesos hasta triturarlos, hasta convertir
el calcio en partículas de luz liberadas a través
de los poros. En la sombra de la luz, en el rastro mucoso
del sol mineral, mi mano apenas nacida tocaba su carne fláccida.
Y era un hombre de sangre. Y era un perro, el hematoma de
un ladrido que aparecía sin pulso. Mi corazón
de hombre muerto agitaba su rosa, cada vez que bebía
la sangre que era el hombre de mi muerte.
Una
rosa de esperma bordada en la sangre. Una rosa cuyo aroma
era el de un niño afiebrado, un niño de mercurio
con los pies enfermos, abierto de par en par como una navaja.
Pequeñas manos en la forma, callando la línea
que le separa de mí. El olor de los pies enfermos era
un tabaco, un tabaco verde, un jarabe de aire que mataba,
un hongo que se anidaba en mi boca y en su boca. Mi inquieta
mirada recorre los puntos luminosos de su cuerpo, en donde
los tendones se alargan hasta la muerte, hasta unir la muerte
y el espacio. Los puntos luminosos situados dejan su rastro
de sombra. Y en aquel mínimo rastro que evapora el
movimiento de la luz, antes de que todo concluya y los poros
se cierren, nace mi mano. Nace mi mano de su mano, con su
boca ensombrecida hacia el pezón de la muerte. El pezón
de la muerte y su leche negra. Oscuridades en el cielo. Entonces
esa historia, la historia de la rosa, debe concluir. Debe
presagiarte:
Todas
las mentes de todas las aguas, pasan por los bosques y sus
sombras. Todas las mentes de todos mis ombligos silban en
ese abismo de la carne: la detención extrema del sonido,
la sílaba que penetra una y otra vez tu boca.
Te
toco detrás de la hoja: este cristal blanco lleno de
hormigas. Palabras, hormigas, hojas que son huesos. Tus huesos
unidos en mi cama, juntos, formando el cuerpo que dejas cada
vez que te recuestas sobre un caballo. Tus reliquias y su
sudor: la sábana que invades en mínimos cuerpos
de hormigas. Llegas de todos lados, en viento, en cerraduras
violadas, en los cuerpos inestables de esas hormigas de miel
y madera. En el vacío de tus huesos, mi saliva se deposita
como en el fondo de una caverna. Mi saliva vinosa, cae gota
a gota sobre tus reliquias. Tus huesos rojos enrojecidos.
En las cuencas, en la oquedad de tu calavera, resuena el mar.
El mar, la playa, especialmente la arena que se derrumba sobre
los escarabajos aplastándolos. Cada grano de arena
es un dedo de niño sorprendido entre sus piernas. El
mar resuena en tus reliquias enrojecidas. Tus huesos reman
por mis sábanas.
Mis sábanas desde las que me levanto. Un fantasma.
Soplo mi figura, mi pecho se borra y sólo permanecen
tus pies sumergidos en mi corazón. Tus pies que recorren
mi pulso con sus sombras, tus pies que se asoman desde mi
cuerpo como espinas. La rosa. Soplo mi figura, la figura que
adquiere el agua al contacto con el aire. Soplo mi figura,
la que escoge la sangre cuando penetra en tus ojos. La santidad.
El cerebro inundado de pliegues y jaurías. Mis sábanas
que te amenazan con su vacío. El vacío rugoso
de los vegetales que nacen entre las jaurías e inscriben
en tus huesos la suave forma de un caracol despojado de su
concha. Era un hombre, tan sólo un hombre desnudo ante
el fuego que abrazaba a los árboles: escuchaba madurar
la llama azul, la vulva que en la noche se extiende para oír
la respiración del agua.
Entre
tus piernas un caracol en pleamar. Abres tus piernas sobre
la tierra, y reptas. Sales, desnuda, arrojando espuma por
los oídos, por los párpados, por debajo de las
uñas: trazas un camino. Tu cuerpo alcanforado, hilvana
un sendero entre las piedras, las losas, los nichos en que
los árboles entierran sus pies. Lo funerario del olor
alcanza las uniones entre mis signos vivos y muertos: alcanfor
en los caminos, es tu sangre bajo las piedras la que escucha
cómo se abren los cuerpos en que el rastro de un caracol
fosforece. Esos cuerpos ahogados y mudos que transitan desnudos
debajo de la tierra, aquellos torsos que incendian la vértebra
gris que horada mi pecho. Esos rostros brillantes de calcio,
fosforeciendo desde mis entrañas hacia la tierra. Hombres
que caminan por tu sangre como por alfombras, antes, justo
antes, de perder sus huesos. Es la marcha nupcial del fin.
Tu sangre sólo escucha el rechazo de la carne ante
el laberinto óseo. Un hombre escucha el laúd
que taconea en tu oído:
El hombre de mi muerte viene de una mujer. Una mujer carcomida
por la arena, por el silbido de las rocas abiertas por el
mar. Una mujer cuyo cuerpo se halla indisolublemente unido
a la prolongación del tiempo. Todos sus huesos atraviesan
el mar como navíos cargados de hormigas. Una mujer
carcomida por un hombre ve pasar el naufragio desde la arena.
El naufragio que son las pisadas del hombre que viene.
Viene del encierro, desde una jaula de sal que aprisiona en
su útero, desde una roca anidada en el fondo, que gira
como la hija muerta del maíz. Una roca de templo en
la jaula que, a su vez, es el párpado del hombre: son
las uñas que se abren en ventanas ovales, el ombligo
que perfora cinco veces su cuerpo que me llega a las rodillas:
es un hombre pequeño, un hombre de porcelana.
La
tarde cae en el amanecer. El viento en los árboles
agita un dado en las hojas y verdecen en sus caras, en sus
rostros cuajados de neblina, la frágil escama, el murmullo
del cielo que abre lentamente sus ojos. Alguien me observa
detrás del árbol. Sin embargo, todo el cielo
es trizado por los dedos de la madera. Todo el cielo desfondándose
en su herida, en su rumor, en el ojo abatido por una mano
quebrada. El vórtice de tu seno es un espejo tapizado
por esas manos quebradas, una ciénaga vítrea.
Una gota de sudor, una sola gota, el espejo que se derrite
en aquella muñeca incierta, una hoja: el sonido de
lo perdido que retorna en astillas, el deseo de la santidad
desnuda bajo la sábana: mi imagen con las muñecas
retorcidas y quebradas. Las he memorizado: ambas pedían
agua para sus llagas, para aquellos labios entreabiertos y
mojados con arena. Ambas abrían esas llagas y vomitaban
mar y peces duros, roqueríos coagulados que se instalaban
en tu sangre para erosionar mi cuerpo, mi carne agitada por
el aire que penetraba a través de mis poros.
Un
molusco recogía tierra con sus manos y la llevaba a
la boca: la boca con que untas mis venas que se balancean
como un péndulo muerto en las raíces. La tarde
oscurecía la frente del hombre de porcelana: el pensamiento
escrito en el fondo del té, el pensamiento transparente
que roza en mi garganta la cuerda que retiene a tus muslos.
Es la marcha nupcial del fin, el llanto del hijo rescatado
por su madre desde las brasas.
Hubiera
la brasa palpado las escamas agrias del hijo y escuchado un
lamento (el lamento del pez que palpas en el aire) antes de
caer en medio de ti: la cuerda rozada apenas, el tendón
liberándose como el chacal que sostiene al árbol:
su aullido es su nudo, la cabeza de la cuerda que pierde al
cuerpo, despertándose sólo cuando se sumergen
y oscurecen dos oídos.
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