P O R T A D A                 Mujeres desnudas    
      Víctor Montoya   punto de encuentro
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Cuando alcancé el umbral de la pubertad y empezaron a salirme vellos donde menos me imaginaba, llegó a mis manos la primera revista porno. Me la dio mi cuñado con suma discreción, intentando evitar cualquier sospecha que pudiera provocar un escándalo familiar. No era para menos, una revista porno, en medio de un ambiente conservador, donde jamás se habló de las intimidades del cuerpo, era como tener una bomba de tiempo en las manos.

La escondí debajo de la chompa y, sin decir nada a nadie, me la llevé al cuarto, mientras en mi mente zumbaban todavía las palabras de mi cuñado: "Toma esto, así sabrás lo que hacen un hombre y una mujer". Apenas cerré la puerta, mirando en derredor como si las paredes tuviesen ojos, me apresuré en esconderla debajo de una pila de revistas, libros y folletos guardados en un viejo armario, con la certeza de que no la encontraría nadie, ni siquiera removiendo la casa con la furia de un ventarrón.

Esa misma noche, luego de cenar, saqué la revista del armario y, picado por el bichito de la curiosidad, me la llevé hasta la ladera del río, donde tenía una pequeña cueva. Allí estaban mis juguetes y allí me ponía a llorar cuando me regañaban mis padres. La cueva, cubierta con piedras, latas y cartones, era el único sitio donde me refugiaba cuando necesitaba estar solo y el único lugar donde me sentía seguro. Era, por decirlo de alguna manera, una suerte de fortaleza o territorio privado, donde nadie podía ingresar sin mi permiso.

Envuelto en la noche, sin luna ni estrellas, encendí la vela y me dejé caer de bruces sobre el camastro de cueros viejos. Saqué la revista y, acercándola ante la luz, miré detenidamente las cubiertas y hojeé las páginas de color sepia, enterándome de una realidad que me deslumbró a primera vista. Las fotografías, algunas más grande y más nítidas que otras, mostraban a mujeres y hombres entregándose en diferentes poses, como fieras dispuestas a husmearse y devorarse.

Aunque a ratos sentí la extraña sensación de estar cometiendo el mayor pecado de mi vida, debo confesar que los hombres, con abundante vello en el pecho y el pubis, me devolvieron la autoestima y me dieron la certeza de que las transformaciones de mi cuerpo eran normales y no un castigo divino, mientras las mujeres, hermosas como las modelos de pasarela, me permitieron descubrir la ranurita que se les abría cual sonrisa vertical entre las piernas. Los hombres, con sus miembros gruesos como el rebenque de mi abuela, embestían contra las mujeres por abajo y por arriba, por adelante y por atrás, entretanto ellas, ofreciendo los frutos maduros de su cuerpo, se abrían como plantas carnívoras queriendo tragarse el mundo.

Las imágenes voluptuosas, sobre las cuales volví la mirada una y otra vez, aceleraron el ritmo de mi corazón y aumentaron la temperatura de mi cuerpo, sobre todo la imagen de esa mujer de rostro angelical, pelo suelto, senos enormes y nalgas protuberantes que, puesta a gatas sobre el diván, tenía a un hombre penetrándola por la boca y a otro por el ano. No sé cómo explicarlo, pero el impacto visual de una mujer poseída por dos hombres, me despertó una fantasía erótica increíble y me provocó una excitación indomable, hasta que de pronto se me atascó la respiración en el pecho y la tensión muscular se me aflojó como cuerda. Recién entonces, cuando me vi con el calzoncillo mojado por un líquido tibio y pegajoso, comprendí que el primer acto de placer carnal que uno experimenta no es con otra persona sino consigo mismo.

Claro que después del gusto, me asaltó el miedo y la duda de haber incurrido en un pecado imperdonable. Sequé la humedad del calzoncillo con el pañuelo y me levanté del camastro. Me ajusté los pantalones, acomodé la revista debajo de la chompa, apagué la vela de un soplido y salí de la cueva rumbo a mi casa. Entré en el cuarto con la mente todavía atravesada por las imágenes de la revista, pero también atacado por un puñado de nervios devorándome por dentro, quizás porque sabía que no debía tocarme "ahí abajo", para evitar que me tentara el demonio con su lujuria infernal.

Así, entre la fantasía erótica y la revista porno, le fui cogiendo el gustito a la autosatisfacción. No era casual que todos los días, apenas terminaba de cenar, corría a refugiarme en la cueva, como quien acude, noche tras noche, a la ceremonia de una pasión secreta. Allí, alejado de los ojos indiscretos de la gente, encendía la vela, me tumbaba en el camastro, corría el cierre de la bragueta y, hojeando la revista hasta detenerme en mi imagen favorita, me abandonaba en una masturbación compulsiva que, por mucho que intentaba evitarla, terminaba disparándome en una explosión de semen y una ola de sensaciones inimaginables.

Cierto día, como suele ocurrir en la mayoría de los casos, cansado ya de guardar celosamente este secreto, se lo conté a un amigo íntimo, quien, como toda persona de criterios morales arraigados en el catolicismo, me dijo con voz temblorosa:

—Te quedarás ciego y te crecerán pelos en la palma de la mano.

Inmediatamente me miré las palmas y, aun constatando que no tenía pelos, se me acrecentó el miedo y la duda. Me lo dijo con tanta seriedad que me quedé pensando en que un día podía cumplirse la advertencia.

Después corrió la voz en la escuela y mi secreto dejó de ser secreto; los muchachos me miraban con cierto recelo y hasta mis oídos llegaron las creencias más inverosímiles que imaginarse pueda. Unos decían que la masturbación era un acto perverso, inmoral, sucio y dañino; en tanto otros aseveraban que la masturbación provocaba ataques epilépticos, tuberculosis, locura, parálisis, pérdida del cabello y ceguera.

Los comentarios fueron tantos que se me acrecentó aún más la duda, sobre todo, cuando en la misa del domingo, el párroco dijo:

—Los hombres son más fácilmente estimulados de manera visual que las mujeres, pero las mujeres pueden ser tan vulnerables a las fantasías sexuales en el reino emocional. Cualquiera de los dos que lo haga está cometiendo un pecado, y los dos deben poner en práctica el dominio propio, controlando sus impulsos y pensamientos a través del poder de la palabra de Dios...

Estaba sentado cerca del púlpito y desde allí miraba de reojo en derredor, intentando observar las reacciones de los demás feligreses, mas éstos parecían no inmutarse por el sermón del párroco, quien, enseñando la Biblia y el crucifijo, seguía arengando con voz celestial:

—Toda inmoralidad sexual empieza con un pensamiento. Y un pensamiento lujurioso lleva en el futuro a otras perversiones. Si nosotros no desechamos nuestros malos pensamientos, ellos se arraigan en nuestro corazón y, poco a poco, nos convierten en su esclavo. Satanás nos tienta a cometer el pecado de la carne, él pone en nuestro camino, como piedras en el sendero del arriero, las fantasías que perturban nuestra mente. Ser tentado no es pecado, pero sí dejar que un pensamiento lujurioso se apodere de nuestra imaginación. Dios está interesado en lo que pensamos y Cristo no sólo vino al mundo para liberarnos del pecado de la carne, sino también de la maldad que empieza en la mente y el corazón humanos...

De vuelta a casa, bajo un cielo cargado de cúmulos, me fui pensando en las palabras del párroco, quien tuvo la mirada puesta en mí mientras hablaba de los pecados de la carne. Esa noche no pude conciliar el sueño y, lo que es peor, me asaltó una pesadilla en la cual me vi ardiendo en el infierno, en tanto los diablos, trinches en mano y miradas de fuego, se reían a carcajadas de mi sufrimiento. Cuando desperté, sudoroso y exaltado, lo primero que pensé fue recurrir a mi cuñado, para decirle que él era el culpable de mi malestar por haber puesto en mis manos la revista porno.

Así lo hice, lo esperé en su cuarto, donde convivía con mi hermana, y apenas llegó del trabajo, le dije en voz baja, casi soplándole al oído:

—Quiero hablar contigo.

—¿Qué te pasa? —preguntó con cierto asombro—. ¿Por qué tienes esa carita de dame cincuenta?

—Se trata de la revista —contesté algo inseguro—. Me está trayendo problemas desde el día en que me la pasaste.

—¿Cómo? No entiendo —repuso. Frunció el ceño y achinó los ojos. Luego añadió—: ¿Cuáles son los problemas?

Fue entonces cuando le expliqué que la revista me estaba pervirtiendo la mente, pues eso dijeron mis compañeros en la escuela y eso escuché en boca del párroco.

—Lo que dijeron tus compañeros no me importa —asistió enérgico—. Y lo que dijo el cura es una gran mentira. La masturbación no es un acto inmoral ni causa daños. Sólo antes se creía que era algo bochornoso y se aplicaban castigos a quienes la practicaban; las mujeres eran obligadas a utilizar guantes ásperos a la hora de dormir y los hombres usaban correas de castidad para evitar que se les pare. Ahora las cosas han cambiado...

—¿Tampoco es un pecado? —pregunté.

—El tener fantasías sexuales nunca ha sido pecado. Como dicen mis amigos: correrse la paja, hacerse la manuela o apretarse el muñeco, no mata ni enferma. Así que déjate de macanas y sigue disfrutando de la revista porno —contestó con una sonrisa pícara, a modo de amainar el dramatismo del caso y despejar mis dudas.

En ese instante me quedé callado, sin saber qué decir. Clavé la mirada avergonzada en el piso y por dentro sentí alivio.

—Es más —dijo mi cuñado—, te enseñaré en la práctica lo que hacen un hombre y una mujer.

—¿Cómo? —pregunté apartándome de él.

—Fácil —repuso—. Esta noche, mientras todos estén durmiendo, te acercas al ojo de la cerradura de esta puerta y verás en la práctica lo que ya viste en la revista porno.

Entrada la noche, cuando todos se retiraron a dormir, me levanté a hurtadillas y me acerqué con silencio felino hacia el dormitorio, donde estaba mi cuñado con mi hermana, una joven de cuerpo esbelto y labios sensuales, senos redondos, nalgas perfectas y voz clara como agua de manantial.

Me detuve delante de la puerta, en pijamas y descalzo, y escuché las risitas y palabras que provenían desde adentro. Cuando miré por el ojo de la cerradura, me enfrenté a una escena parecida a la que vi en la revista porno: ante la luz de la lámpara del velador, mi hermana y mi cuñado, exhibiéndose en su estado más natural, se acariciaron las concavidades oscuras del cuerpo y se besaron con pasión infinita, hasta que él se bajó de la cama, con el miembro largo, grueso y erecto, como si llevara un unicornio entre las piernas.

Mi hermana, cuyos atributos eran mi tormento porque todos me llamaban "cuñadito", se puso en posición de cuatro y en el borde de la cama, como entregándose de retro a mi cuñado que, parado a sus espaldas y dispuesto a penetrarla lo más profundo posible, la acometió con fuerza y decisión. Mi hermana separó las piernas y se quejó con pequeños gritos, mientras él le estrujaba los senos de pezones erguidos.

Como estaba a escasos metros de ellos, con la respiración contenida, un ojo cerrado y el otro abierto, escuché todas las palabras que les brotaba con un jadeo que se hizo cada vez más intenso y entrecortado, a la vez que la luz de la lámpara proyectaba sus sombras en la pared de enfrente.

De súbito, ella volvió su cara en dirección a él y, encorvando la columna como una gata, suplicó con un gesto de dolor:

—Basta ya, mi amor... No más, no...

Pero después, cuando mi cuñado se empinó y apretó las nalgas como si fuese a recibir un palmetazo, mi hermana entornó los párpados, se aferró a las sábanas y repitió sin cesar:

—Sí, sí... Más, más...

Mi cuñado, todavía empinado y tirándola por los cabellos, como el jinete tira de las riendas de su caballo, terminó el acto con un pujido bestial, antes de tumbarse sobre las espaldas de mi hermana.

Luego se acostaron entre risitas y apagaron la luz de la lámpara.

Me retiré del ojo de la cerradura y volví de puntillas a mi cuarto, pensando en que ya no hacía falta la revista porno cuando tenía dos excelentes actores al alcance de la mano.

   
             
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