P O R T A D A                    
      Betuel Bonilla Rojas   punto de encuentro
  27 tierra - prosa    

Pasajeros
de la memoria

Relato del libro del mismo título

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Para Marisol,
quien me dio la primera luz.

 

Siempre es lo mismo. El recuerdo ha aparecido así, de repente, sin previo aviso, empujado enigmáticamente por una fuerza que lo protege de su destierro definitivo. Entonces yo callo porque ellas se disponen a conversar todo el tiempo entre sí y se olvidan que yo existo, olvidan que existe un ser que se relega a contemplarlas alternadamente en esos momentos reiterativos en que se convierten en una sola persona en procura de las huellas, de vagas sombras que acuciosas asolan sus mentes y se vuelven incontrolables. Mis ojos oscilan entonces, van y vienen siguiendo un par de monólogos en los que se reconstruye la historia de manera particular para dejar paso a un silencio fangoso e inexorable. Yo he insistido varias veces para que no volvamos a esos sitios que repelen el presente y ambientan con su atmósfera la evocación de la tragedia, de aquella noche que yo creía herrumbrosa en el decurso de un país desmemoriado.

Y huyendo del recuerdo emprendimos un peregrinaje que agotó lugares: primero fueron oscuros lupanares, luego simulados refugios de intelectuales y por último estos estridentes bares de los que el de anoche fue el definitivo. Es inútil. No es fácil deambular por una ciudad en la que todo está salpicado de desgracia y en la que muchos de sus transeúntes viven exiliados de un presente y reviven el destino aciago de los tocados por la desdicha. Pero esto no es de ahora. Todo comenzó cuando en la ciudad se conoció la noticia y empezaron a llegar los primeros muertos y muy de vez en cuando algún herido. Arribaban repletos de lodo, con la mirada fija, casi inmune. Yo creo que esa sustancia que se adhirió a los cuerpos se fue regando por la ciudad, se quedó, y es lo que ellas no han podido esquivar. Y también les digo que para qué insistir viajando a un pasado del que les cuesta tanto trabajo regresar. Nada ha servido; reunión tras reunión todo converge hacia el punto en el que la historia empieza a cerrarse hasta conformar el círculo en el que ellas acaban por girar sin excepción.

Anoche ingresamos al último bar, repleto de música pegajosa, de personas, de humo denso y oloroso, de murmullos confusos; y nosotros tres tranquilos, refiriéndonos a cosas triviales de las existencias citadinas. Yo había procurado ocuparme de lo reciente, cuidándome de no pasar el límite temporal en el que lo presente desaparecía para dar cabida a lo remoto. Mi conversación era vertiginosa, fluida, como temiendo al momento en el que me ordenaran callar para tomarse por asalto los temas que ni siquiera los distractores del bar lograrían acallar. Después de lo fútil del diálogo debería llegar el baile tantas veces repetido, la fuga a través del contacto físico, el olvido a través del movimiento; además del acto intencional de alejarlas de lo trascendental, resultaba placentero rozarme con sus cuerpos, cercarnos en edad y en recuerdos, así fuera sólo para comprobar su complicidad, si es que se puede llamar complicidad a esa comunicación extraña en la que se comparten la desolación y la orfandad.

Y así habíamos estado, bailando, parecían dos pero eran una. Yo no las perdía de vista; una sentada, la otra allí, pegada a mi cuerpo; pero las dos atravesando en forma simultánea la espesa cortina de humo en espera de señales. Y yo sentía el recuerdo cercano, sentía los pasos de esos seres que desde otra época llegarían aun en contra de mi celosa defensa. Y llegaron; de repente sentí una rigidez junto a mis carnes, cesó el tarareo que acompañaba la tonada y los pasos que estaban en armonía con los míos se tornaron pesados; supe que había llegado el lodo otra vez y había empezado a poseerlas, les estaba agregando el peso de los muertos, muertos en cuya cifra siempre divagaban: en algunas ocasiones se habían referido a treinta mil, en otras sólo a veinte. A mí me parecía inútil cualquier aproximación cuando, según ellas mismas, la población había sido doblada por el número de damnificados. Nunca se supo cómo, pero de improviso las ciudades cercanas se habían visto invadidas de nuevos habitantes con marcados rasgos de dolor en sus rostros. Para ellas, la muerte logró que nativos desarraigados regresaran a compensar con los muertos viejas deudas; pero lo más asombroso fue el descubrimiento de dudosos parentescos que ni siquiera los patriarcas sobrevivientes lograron resolver. Y como certeza de estas circunstancias, el año pasado, para ese entonces yo ya había llegado a la ciudad, presenciamos la inauguración de un nuevo barrio para los damnificados que, a trece años de la tragedia, seguían apareciendo. Ellas, entre sonrisas de asombro, me los habían ido contando uno a uno; ahora habían terminado en dos ocasiones con los dedos de sus manos y el número seguía creciendo. Cuando pensaba en eso no dejaba de compararlo, resultaba ineluctable, con el propio destino de ellas, pues en ambos casos existía la reaparición de algo, concreto o abstracto, como si no cesara el reclamo a la omisión.

Nos encontrábamos en aquel bar, como siempre yo en la mitad, evitando el tema, soslayando pistas que pudieran atraer los vientos macabros de aquella noche. Nos habíamos distraído hablando de todo y de nada; yo había recalcado en el tema de la literatura, de los escritores y sus pintorescas anécdotas, de ese ejército en marcha de lectores que poco a poco se había ido disgregando y al que yo quería que ellas se sumaran; tal vez de esa forma pudiera trasladarlas al presente. Fue grande el esfuerzo al intentar extraer de la memoria recuerdos hilados, algo que me permitiera no cederles la palabra, recuperarlas para el día; sabía que una vez posesionadas del verbo se dedicarían a escarbar en su interior los aspectos que harían más precisos sus testimonios. Entonces el mundo desaparecería para ellas y yo me tendría que dedicar a lo otro, a callar, a rechazar las miradas atrevidas que se posaban sobre sus formas en reposo para evitar que nada las perturbara. De allí en adelante me volvía guardián de su pasado, me tocaba defender a ultranza su frescura, su aire melancólico que añadía atractivo a sus cuerpos apretados, a su sensualidad indiferente. Sus formas aumentaban día tras día en consistencia, en dureza, y me imaginaba el lodo pegado a ellas, succionando sus líquidos infantiles que apenas empezaban a destilar. Algo había. No sabría si verlas así, ensimismadas, ausentes, con sus encantos disponibles para miradas furtivas que las acariciaban hasta que se percataban de mis ojos rabiosos. Después seguían su camino. Ellas ni se enteraban de lo que provocaban, sus cuerpos en esos momentos eran sólo vacías formas desprovistas de alma. Debo decir que fue difícil al comienzo oficiar de protector; después, cuando me fui acostumbrando a estar ahí, sabía que cuando hablaban mi función, además del silencio, era su cuidado, evitar que de pronto esos ojos ávidos que las habían descubierto se acercaran e intentaran profanar su recuerdo. Mi cabeza se movía pendularmente rastreando miradas que se congelaran en sus figuras, y mis ojos, solidarios con el rastreo entre el lodo, adquirían matices fulgurantes prestos a derretirlas.

El bar era ideal, alegre, concurrido, con música perturbadora; todo dado para que no pudieran hablar. Porque los lugares que ellas escogían facilitaban su sed de reflexión. Empezaban por danzar solas y de repente, cuando menos lo esperaba, allí estaba el lodo; volvía con la misma voracidad de la otra noche y vertiginosamente se las llevaba de mi lado hasta ahogarlas en el paroxismo de su trémula conversación; y yo, con tal de tenerlas a mi lado, había optado por la complicidad: había hecho un viaje a ese sitio al que no sabía si odiaba o veneraba. Fui solo, como intentando encontrarme con el resquicio que me permitiera adentrarme en sus almas. Pero cuando llegué supe que la diáspora había sido en vano; nunca hablaríamos en un lenguaje común: lo de ellas era cifrado, críptico, se dirigía a lo que había sido, a la prosperidad anterior misteriosamente desaparecida; lo mío era lo que había quedado, una inmensa llanura atiborrada de cruces inveteradas, de una que otra letrina que parecía atestiguar que había sido cierto, que alguna vez había existido allí un pueblo atacado con saña no igualada, y que ahora sólo existía un gran panteón, que a los ojos de ellas eran antiguas calles transformadas en sepulturas, en las que jamás volverían las algarabías dominicales de pueblo dispuesto a ser invadido por turistas y mercachifles que se llevaban los dividendos dejados por la venta del algodón. El turismo ahora consistía en despistados y anacrónicos muchachos que se llevaban fotografías, sentados en las cruces, como imponentes trofeos de caza, pruebas de su conocimiento del país.

Desde luego, de aquella expedición volví henchido de orgullo, seguro de la sorpresa que se llevarían al tener que incluirme en la conversación. Pero salí convencido que el silencio sería definitivo. Cómo hablar de un pueblo colmado de gritos de alegría, de personas en diaria procesión hacia el mercado y la iglesia, la misma en la que se dijo proféticamente que nada pasaría, que Dios estaba con el pueblo; y mirar ahora sólo un viento paseándose, sintiéndose dueño del espacio, meciendo árboles alimentados con el humus de los sepultados. Cualquier comparación entre lo uno y lo otro era un producto de la ficción, simple alarde de un pretencioso fabulador que quería reconstruir trece años para poder acceder a una conversación. Pretender hablar de fantasmas mientras ellas se ocupaban de algo vivo.

Entonces estuve seguro que no iba a resultar, que sería inane deambular por más sectores en busca de mesura para sus recuerdos; sus años infantiles jamás desaparecerían de sus vidas. También lo presentí en aquel bar; se veía venir porque sus rostros adquirieron un destello particular y yo me empecé a correr para dejar pasar el río de lodo, serpenteando, a veces en línea recta, horizontal e inatajable. Y sucedió justo cuando yo las creía incorporadas al ejército en marcha de lectores. Callaron y adquirieron al mismo tiempo un rictus de solemnidad.

—Era él —rompió el silencio Mary, la menor—. Lo supe desde el primer momento, desde que el ruido del helicóptero empezó a escucharse; ese ruido ensordecedor era similar al que llegó primero con el agua y luego con el lodo.

Mary era siempre la más susceptible. En ella los recuerdos irrumpían primero, los detalles eran más minuciosos, quizás porque a su corta edad había recibido el mayor impacto con la tragedia.

—Tú no podías saberlo —repuso Astrid. Dudó un instante y siguió hablando—. No sabías de su existencia, no sabías que todo país tiene su Dios a la espera de desgracias para llegar a contar los muertos y poder cumplir lo prometido: ayudar a las gentes en caso de necesidades. Cómo ibas a saber que era él quien venía en ese aparato que atrajo la atención de los escasos ojos que habían quedado atentos.

Astrid mostró cara de molestar y volvió a callar. Era la más huraña de las dos, tal vez por ser la mayor y haber heredado así la defensa de la familia. Se llevaban tan sólo dos años pero Astrid creía que los recuerdos le pertenecían, que su memoria era más confiable que la de su hermana.

Yo no sabía cómo había llegado el recuerdo ni qué lo había producido. Comenzaron como hacían siempre, como si previamente acordaran qué iban a hablar. En parte por eso me ausentaba, porque no entendía su código secreto de comunicación, distante de mi comprensión. Sin embargo, esta vez yo había seguido el hilo del diálogo y no estaba dispuesto a perderlo. Mary me miró, como extrañada de no verme ausente; miró a su hermana que estaba cabizbaja, como se ponía cuando tocaban el tema. Pareció tomar un nuevo aire y reinició:

—Te digo que lo sabía —agregó escudriñando a Astrid—. Me acuerdo por el caminar majestuoso del aparato, nunca había visto uno igual. Desde que empezó a clarear y pudimos ver la causa de tanto quejido oculto, yo sólo había visto lodo, restos de casas a lo lejos, y a unos pocos que habíamos quedado refugiados en aquella isla. Sí, suena raro, pero en ese momento era una isla en medio del barro que ya empezaba a endurecerse. Y en aquella desolación era raro ver el aparato —nuevamente Mary se detuvo, hizo una breve pausa y volvió a iniciar— además, los otros helicópteros que se habían visto sobrevolar a lo lejos eran diferentes; en los que llegaron los de la Cruz Roja y la policía. Aparecían, volaban un rato y se volvían a ir. Yo pensaba que venían a dispararnos para terminar de una vez con todo el pueblo. Ya ves —añadió burlona—, habrían tenido que matar unos cuarenta mil. ¿Esos fueron los carnetizados no? Y el olor —prosiguió como si se hubiera acordado de algo más importante aún—, aquel olor inconfundible que apareció mucho antes que el ruido del helicóptero y que llegó a impregnarnos a todos de aroma celestial. Yo pensé que eran los muertos que habían empezado a oler, y que el olor era la mezcla de lodo y muerte. Después apareció el aparato y entendí que él y el olor eran uno solo. Para ese entonces estaba segura que aterrizaría en nuestra isla: no sé por qué pero estaba segura de ello.

—¿Cuál olor? —interrumpió de repente Astrid—. Si el aroma sólo llegó cuando él estuvo junto a nosotros, cuando nos levantó la mano a poca distancia como si todavía estuviera en campaña política y enviara saludos a una muchedumbre de seguidores. Se le notaba tranquilo, con esa sonrisa que habíamos visto tantas veces en los carteles y que parecía dibujada.

En esta ocasión Astrid habló de corrido, imitando la fogosidad de su hermana.

—Pero no era la misma risa —sentenció Mary en un susurro. Después levantó un poco la voz y siguió—. Yo la veía postiza, como se siente la risa de un payaso. Ahora me acuerdo, en ese entonces pensé que él estaría acostumbrado a ver multitudes, pero de vivos, no de muertos. Y por eso debió permanecer así, lívido, fingiendo sonreír mientras que algunos damnificados alcanzaban sus piernas y se abrazaban a su pulcritud, implorando seguir con sus vidas, confiados que en manos de él estaba su supervivencia. Y él no sabía que hacer. ¿Te acuerdas de su cara de desconcierto al mirarse los zapatos repletos de lodo, al olerse a cada rato su terno, temeroso de llevarse el olor de allí y de despojarse del suyo?. ¿Y el escolta, ese grandote que cerraba el paso a los que se abalanzaban sobre su protegido?

Mary iba a continuar pero fue interrumpida bruscamente por su hermana:

—No fueron muchos pasos porque sólo anduvo unos pocos metros y volvió a subirse al aparato. Me acuerdo por aquel hombre irreconocible que se sujetó a su pantalón y se negó desprenderse de él; y por las manchas que quedaron marcadas en su traje impecable. Y él sonrió, se acomodó el terno, a la vez que lanzaba miradas inquisidoras a su escolta para que le desprendiera al sujeto.

—Sí, partió y yo sabía lo que vendría —dijo Mary.

—Tú estabas muy pequeña y no lo podías saber —agregó con algo de malestar Astrid.

—Tienes razón —repuso Mary—. Estaba pequeña; pero fueron dos días los que permanecimos allí nada más que pensando, dudando de si era verdad que estábamos vivos, devolviéndonos a cada rato a los días anteriores a la avalancha en los que muchos sabían lo que pasaría. Y el alcalde pidiendo cordura, diciendo que nada pasaría trepado en el atrio de la iglesia, mientras que su boca se iba llenando de ceniza y se volvía gris. Pero así, gris y todo, él decía que todo estaba bajo control.

Mary se detuvo a mirarme y yo seguía allí, atento, observando sus intervenciones alternadas.

—Yo lo sabía —continuó Mary—. Sabía que en adelante andaríamos desarraigadas mucho tiempo, implorando techo, buscando un sitio para seguir estudiando, compartiendo aquellas filas con los afectados, algunos verdaderos y otros simples rufianes aprovechándose de la ocasión.

—¿Y qué pasó con el olor Mary? —dijo Astrid—. Cuéntale cuál es la importancia del olor en esta historia.

Por primera vez desde que hablaban del tema una de ellas estaba interesada en que yo conociera parte de la historia. Por primera vez entendían que también en esos momentos yo estaba con ellas.

—Realmente no es que fuera importante —repuso Mary con cierto desinterés—; qué iba a ser importante sentir ese olor que salía del helicóptero, y después verlo a él con su fragancia por un breve instante, irse dejándonos aquella estela de aroma, como si para nosotros lo trascendental fuera su presencia, como si al habernos legado su penetrante fragancia nos garantizara el término de nuestra desgracia. Qué iba a ser importante si a los pocos días sólo quedaba una uniforme hediondez.

Callaron y el silencio inicial se hizo prolongado; luego invadió todo el ambiente. El bar estaba casi vacío y cuando nos disponíamos a salir un hombre nos adelantó con paso apresurado. Las miradas de ellas se cruzaron y siguieron las huellas del hombre hasta que su sombra se perdió en la inmensidad de la noche.

—No hay duda —dijeron las hermanas en coro—. Era el mismo aroma presidencial.

   
             
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