Especial Manuel Garrido Palacios                  
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Manuel Garrido Palacios
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  37     Pintores.    

Pintores

 
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Buscaba un qué sé yo en el archivo para ilustrar un reportaje en cierta revista, cuando topé con la fotografía que le hice a José Maria Franco el día que murió nuestro común amigo Enrique Montenegro. Yo iba en el tren de la Sierra hasta Cumbres Mayores y habíamos quedado en que él se incorporaría al viaje en la estación de Repilado. Cuando el tren frenó a pie de andén lo vi correr hacia mí queriéndome comunicar algo desde lejos a base de gestos. De semejante guisa le hice la foto -su gorra, su pelliza, su bondad, sus brazos en alto- sin saber que la triste noticia segaba la alegría de aquella mañana; imagen envuelta en lluvia que ha surgido hace un rato mientras buscaba un qué sé yo.

En la misma carpeta había otra foto en la que estábamos Seisdedos, Crespo, él y servidor, es decir, tres pintores y un negado para este arte, que nunca se me dio ni regular la cosa de los pinceles; por eso me puse a hacer cine como un poseso, a ver si pintando veinticuatro fotogramas por segundo sacaba, al menos, uno que se acercara al arte de mis amigos pintores. En las paredes del estudio tengo sus cuadros, y de Florencio, y de Viola, y de Montenegro, quizás el último lienzo que salió de su casa antes de salir él hacia la otra vida. Son ventanas por las que me asomo y los veo a ellos.

Me gustó desde chico verlos pintar. A José Maria Franco lo recuerdo en la esquina de la Plaza de la Merced, junto a la cal de la taberna de Paco Asunto -¿dónde estará esa imagen?-, plasmando sobre el blanco terso el templete, las palmeras, la Catedral, el Hospital -por más Facultad que sea, siempre será el Hospital de Sor Máxima y Sor Amparo-, a cuya primera planta fui con Juan Manuel un día cualquiera a visitar a otro pintor, Antonio Brunt, y a nuestro guitarrista titular del Santafé, Don José Mora Romero. Seisdedos dibujaba en los cabezos, en la Punta del Sebo, en las Colonias. A Crespo le iban los murales y la puesta en solfa de cientos de alumnos, que hoy le estarán agradecidos. Florencio en la marisma, en el campo.

Viene a la columna José María Franco, no por la foto hallada, sino porque, como eco de sus formidables libros Las fuentes de Sevilla y Los caminos del agua -éste a medias con Manuel Moya: un lujo para la palabra-, lo han llamado desde la Fundación Alberto Faria, de Arruda dos Vinhos, al norte de Lisboa, para que pinte aquel paisaje maravilloso de viñedos y exponga su obra por la comarca primero, por el extranjero después, como la gran inversión inteligente que hay que hacer en estos casos: unir el arte y el caldo. Lo que salga de ese maridaje será bueno. Garantizado.

Esto no es que parezca una crónica. Lo es. Sólo falta decir que este hombre, hijo y padre de artistas, impartirá lecciones magistrales en centros docentes del entorno para mostrar la técnica de la acuarela, por poner un ejemplo, y llevará al alumnado a la imprenta para que vean el parto de la reproducción de las obras que un día darán forma a otro libro. Cuando esto suceda habrá que estar allí con él, ya sin verlo correr con la triste noticia rompiendo el aire húmedo del andén, sino con la paz y el reconocimiento que como artista merece.

 

Especial Manuel Garrido Palacios

 
         
         
         
         
         
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