Especial Manuel Garrido Palacios                  
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Manuel Garrido Palacios
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  37     El mochuelo.    

El mochuelo

 
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Una tarde se presentó en mi casa de Madrid mi amigo Fernando con un mochuelo metido en una jaula de cañizo. Acostumbrado a sus gracias creí que se trataba de una más, pero no; el hombre venía dispuesto a colocarme el pájaro, es decir, a que me lo quedara durante el tiempo que iba a estar alejado de la capital. En un principio pensé que se trataría de un día o dos y opuse poca resistencia; pero enseguida supe que se trataba de dos semanas, domingos incluidos y fiestas de guardar, para lo que un servidor no estaba preparado. Le dije que yo también me iba, que no siempre funcionaba el aire acondicionado en la casa, que no sabía qué comida darle y que tres por dos son seis...; en fin, le di todos esos razonamientos que uno antepone al no rotundo; pero nada fue suficiente para convencerlo. Vino a dejarlo y lo dejó. Aprovechando que me puse a atender una llamada telefónica, plantó la jaula de cañizo con su carga de ave en el estudio y él desapareció como una sombra.

Así las cosas, tuve que rodar en Cataluña por aquellos días y no vi otra solución que llevarme al animal (me refiero al mochuelo) a peregrinar de hotel en hotel y de plaza en plaza. No es que hiciéramos muchas migas, pero, vaya, como me miraba tan fijo, pues, oye, le pillé cariño. El equipo hizo lo propio y hasta le cazaban langostas para que se las cenara; pero, la verdad, un rodaje no es sitio para un pájaro, aunque el pobre no perdiera ripio de cuanto se hacía, no sé si con intención de dedicarse a ello en su madurez. Osados los hay.

A mi vuelta esperancé en que mi amigo viniera a recogerlo, pero no vino. Lo llamé, pero no contestó. Y pasaron dos, tres y cuatro semanas con sus domingos, fiestas de guardar y todo eso. Y a la quinta, me fui con el mochuelo a un bosquecillo tupido cercano a Prado del Rey, le abrí la puerta de la jaula y lo llamé desde cierta distancia, Quise hacerlo de este modo para que por su voluntad decidiera aburrirse en mi compañía o ser libre. Primero lo pensó, pero al rato dio un salto, se posó en el umbral de cañas y en un vuelo corto pasó a ocupar la rama mediana de un chaparro. Esperé como una media hora a ver qué hacía y lo que hizo fue subir a otra rama y perderse en su propia libertad. Allí quedó la jaula vacía testigo de la escena.

Qué casualidad que al día siguiente se presentó Fernando para llevarse el mochuelo. «¿Qué mochuelo?», me sorprendí. «El que te dejé en el estudio hace mes y medio» Yo me hice el desentendido: «¿Tú me dejaste un mochuelo a mí?» «No; lo dejé en el suelo y me fui porque sabía que lo ibas a rechazar». Simulé que no sabía de qué me hablaba: «Mira, Fernando, he estado por ahí un tiempo y de regreso no he visto nada». Él se sintió confuso: «Creo que te lo dejé a ti y no a otro. Ya estoy en dudas. Es un misterio» Cerré: «Estas cosas suelen pasar»

Fernando estuvo una hora indagando por teléfono a ver a quién le podía haber dejado el pájaro, pero no dieron resultado las llamadas. Y entonces nos fuimos juntos al centro, él a no sé qué y yo al cine. Seguro que hice una buena obra con el ave librándola de la jaula, y conmigo, porque no es recomendable lo de cargar con mochuelos que no te corresponden.

 

Especial Manuel Garrido Palacios

 
         
         
         
         
         
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