Especial Manuel Garrido Palacios                  
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Manuel Garrido Palacios
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  37     Cuentos.    

Cuentos

 
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Mi abuela asturiana sacaba a veces -¿de dónde?- cuentos tristes de pájaros. Me sentaba ante el fuego, movía el tuero y los soltaba hasta que el run run cálido de su voz me rendía sobre la alfombra. Había uno en el que un pájaro grande le decía a uno chico: 'Los hombres han hecho los caminos pensando en nosotros. Observa que han clavado en ellos hileras de postes con cables atados de uno a otro para que los pájaros nos paremos a descansar'. Al oír esto el pájaro chico quiso disfrutar de lo que el grande había descubierto y voló hasta que fue a posarse en uno de los postes. Al rato paró un coche a pocos metros, salió un hombre, desenfundó una escopeta, disparó al pájaro y lo mató.

Eran cuentos que respondían ¿a qué temores? y que nadie sabía sino ella, dulce inventora de cuentos, a la que no importaba repetirlos si la lluvia o la nieve nos recluía frente al fuego.

Otro era sobre un jilguero que aleteaba sin rumbo buscando grano, aquí un alero, allí una era, cuando descubrió un festín de pájaros en el pretil de la ventana de una casona umbría, sin ajetreo de gente ni escándalo de perros. Un hombre de aspecto bonachón se asomaba y, aprove­chando las cortas espantadas, esparcía grano sobre el ladrillo del alféizar, de manera que los pájaros podían sabo­rear sin trabas un alpiste dorado o un trigo de la mejor cosecha. La paz que flotaba en el ambiente lo hizo integrarse en el bando sin recelo. El jardín olía a jardín, a tierra húmeda, y el hombre parecía complacido disfrutando desde el fondo de la sala del único ruido que se percibía, que era el del picoteo del manjar mezclado con el frote de las ramas de los árboles cercanos. Todo se sumaba para serenar el tiempo y que pasara sin ser potro o nube, alga o veleta, para que llevara ese paso preciso que ni es vendaval ni aire sólo.

El hombre alargó un brazo, hizo un chasquido con los dedos en el vacío y un ayudante puso en sus manos una escopeta con un plomo dentro. Sin turbar la paz con gestos bruscos, sin romper la magia creada, alzó el arma hasta pegar la culata a su mejilla. Luego movió despacio el ojo oscuro de uno a otro extremo de la ventana donde estaba el bando de pájaros y, tras una breve duda, lo paró en el recién llegado. Sonó un silbo menudo; el jilguero sintió un picotazo bajo el ala y cayó derrotado en la malla oculta bajo la hiedra del pretil, junto a otros pájaros muer­tos.

A partir de estos cuentos me nació por los pájaros un sentimiento difícil de explicar. Empecé a verlos como seres ingenuos que podían posarse en el mismo cañón del arma que les podía dar muerte. Y sufrí pesa­dillas angus­tiosas durante muchas noches de verme subiendo a todos los árboles del mundo para avisar a los pájaros que vendrían hombres con bocas de fuego para matarlos.

Mi abuela me tuvo el alma en vilo con su palabra hilada y me metió en la mente la duda de si los pájaros tenían que responder a la agresión o confiar en que un día las escopetas cesarían de vomi­tar fuego y la gente y los pájaros podrían vivir en paz.

Lo cierto es que los cuentos que me contaba mi abuela me hicieron despertar contra todos los cuentos que habrían de contarme a partir de entonces.

 

Especial Manuel Garrido Palacios

 
         
         
         
         
         
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