Especial Manuel Garrido Palacios                  
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Manuel Garrido Palacios
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Ir en faluca por el Nilo significa regresar a un tiempo medido en milenios, a siglos leídos, a paisajes de ensueño. Las velas se cruzan en la tersura del agua ante los gigantescos buques que esperan turno en la esclusa mientras sobrevuela a ras de brillos el dios Horus recontando con ojos de halcón los dioses antiguos que los peregrinos buscan. Los dioses no miran. Mantienen la sabia indiferencia de la divinidad; si exhiben su rancio rango sólo es para que quien los vea comprenda su gesto ausente, ya sea devoto o rastreador de datos que hablen de dinastías y periodos, a sabiendas de que la historia igual se nutre de frías cifras que de emoción pura.

El Dios de cada uno suele elevarse sobre las interpretaciones del resto. La Verdad con mayúscula es patrimonio de Dios y de los dioses que habitan el ámbito que pisamos. Los dioses egipcios llegaron a un acuerdo para dar vida al país en el futuro. Hicieron dios al Nilo y al halcón que lo vigila; al aire seco del desierto y a las solemnes dunas que lo pueblan; al león, al gato, al perro, al escarabajo, a cuanto se terciara en una especie de sincretismo tan íntimo como universal, porque tan íntimas como universales son las creencias.

El Nilo es un titán que nace en las lejanas cataratas del lago Victoria y corre a dar su latido al Mediterráneo, fertilizando un camino que sin sus aguas sería de muerte. Su cauce da vida durante miles de kilómetros. La vegetación está en sus bordes. Lo demás es un mar de arena, con sus naufragios, sus ciudades enterradas, sus misterios. Nilo, Arno, Sena, Támesis, Ganges, Danubio, Tinto, Odiel, Guadalquivir, Guadiana. Los ríos sólo piden su cauce a cambio de darse enteros.

A ambas orillas del Nilo se levantan pueblos, unos básicos en su hechura, otros más tallados, sobresaliendo en todos los minaretes de las mezquitas, que perfilan su nítida blancura sobre el verde de las orillas y el ocre intenso del fondo, que es el desierto. Sahara significa eso en árabe: «desierto», algo común desde aquí hasta el Atlántico.

La primera sensación que ofrece el Nilo es la de que riega un país hecho desde siempre y siempre por hacer. Más que río es océano alargado. Cuando se le navega siente uno que entra en una herida abierta en el desierto; tajón del que mana la vida en esta parte del mundo. Vida, no muerte. Con poca cal para la cal que significó en tiempos el concepto de «higiene que sale fuera» aplicado a la cal que asomaba por los cercos de las ventanas, por los marcos de los poblados corren niños y niñas intentando seguir el paso de la faluca desde tierra firme mientras lanzan saludos ruidosos, alborozos y canciones dando la bienvenida a su país, cuna de una de las culturas más hermosas que nos contaron.

Sin oleaje ni vientos solanos ni ábregos, con ligera brisa del norte avanzamos serenamente hacia la esclusa. Una gran montaña de arena emerge a la izquierda entre la niebla y a la derecha una aldea mayor que las anteriores. La vida que se concentra en las orillas del gran río es sólo el cinco por ciento de la superficie del país. Cinco por ciento de este milagroso casi continente llamado Egipto.

 

Especial Manuel Garrido Palacios

 
         
         
         
         
         
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