P O R T A D A             Bernat Castany Prado
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El contenido político
de la forma literaria
 
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Hace falta poco tiempo para que un libro se confunda
con el mobiliario de una época, con sus trajes, sus sombreros, sus medios de transporte y su alimentación. El historiador
dirá de nosotros: "Comían esto, leían aquello, se vestían así".

Jean Paul Sartre, Presentación de Les temps modernes

 

 

 


INTRODUCCIÓN

Dice Alberto Savinio, hermano del pintor Giorgio de Chirico, en la introducción a El destino de Europa (1943), que ha preferido no refundir en un solo ensayo los artículos periodísticos recogidos en dicho libro porque "la unidad aristotélica conlleva ya "fascismo" mientras que, en la forma "de variaciones escénicas" de Shakespeare hay democratismo y un feliz sentimiento de libertad." (Savinio: 6)

Si bien es cierto que son muchos los que han insistido en la relación existente entre una determinada cosmovisión filosófica -racionalista, dogmática, abstracta, sistemática- y el totalitarismo político, lo cierto es que pocos son los que han establecido una relación análoga entre la literatura afín a dicha cosmovisión filosófica y el fascismo, y todavía menos los que se han preguntado si existe un tipo de literatura opuesta que sea más afín a la democracia.

Creo, sin embargo, que el análisis de dicha relación no sólo puede permitirnos comprender las relaciones profundas entre literatura y democracia, sino también superar la falsa y comúnmente aceptada dicotomía entre literatura y política. Claro está que no estoy hablando tanto del contenido como de la forma o, por lo menos, como diría Haydn White, del "contenido de la forma".

Por ello seguiré las teorías y métodos de la estilística, que consideran que la cosmovisión filosófica, estrechamente ligada con la política, de cada escritor se traduce en el estilo, la narración, la temática y la simbología de sus obras. No pensaremos, sin embargo, que existe una correspondencia sistemática entre un rasgo aislado y una determinada cosmovisión ya que, como dice Leo Spitzer, todo rasgo de estilo es, en sí mismo, neutro y "adquiere su particular eficacia sólo por su enlace con tal o cual actitud particular." (Spitzer: 14)

 


1.- LITERATURA DOGMÁTICA VS. LITERATURA ESCÉPTICA

Empezaremos distinguiendo entre una estilística del dogmatismo -sea filosófico, político, religioso, nacionalista o racista, o todo ello a la vez, en función de la época, el lugar, la persona o la obra en cuestión- y una estilística del escepticismo -que suele ser la contrapartida a los dogmatismos particulares dominantes que lo rodean-. Está claro que, como en toda distinción general, existen matices y excepciones pero, como veremos, dicha distinción no sólo es posible sino también útil tanto para la crítica literaria como para la teoría política.

En lo que se refiere al estilo del dogmatismo literario podemos separar las características propiamente formales de las tonales. Entre las primeras nos hallamos con una enorme presencia de oraciones disyuntivas ("o con nosotros o contra nosotros"), de tautologías ("este país es este país" o "un revolucionario es quien hace la revolución") y de palabras abstractas (tomadas de la filosofía, la religión o la ciencia). Este tipo de recursos busca viviseccionar una realidad particular siempre compleja en categorías absolutas eliminando de la representación artística las ambigüedades, los hibridismos, las excepciones o las minorías.

En lo que respecta al tono de la literatura de corte dogmático podemos señalar la ausencia de los marcadores típicos de la prosa conversacional tales como los paréntesis, los guiones y el entrecomillado así como el hecho de que los diálogos no busquen tanto un verdadero contraste de perspectivas como una función narrativa de transición o una mera caracterización de los personajes. Asimismo, como este tipo de autor suele tomarse muy en serio, en sus obras la ironía y el buen humor desaparecen en aras del sarcasmo y el insulto. Todo ello mantendría a este tipo de literatura fuera de la definición borgeana de que "todo libro es un diálogo".

En el ámbito narrativo las obras de tendencia dogmática presentan personajes y tramas que no pasan de ser arquetipos o alegorías -el judío, el negro, el traidor, el hereje, el santo, el revolucionario-. Lo cierto es que en este tipo de obras, frente a un perspectivismo que suele ser considerado el correlato literario del relativismo, nos hallamos con un maniqueísmo que dará lugar a una narración lineal y binaria de finales cerrados en la que si hay dudas no son de tipo trágico, irresolubles, sino de tipo estructural, esto es, disonancias o compases de espera que preparan una más intensa resolución final dentro de la axiología subyacente.

Otra característica narrativa del dogmatismo literario sería el tipo de géneros y de subgéneros literarios que utiliza así como las modificaciones que tiende a infligirles. Recordemos que las diferentes doctrinas o actitudes filosóficas tienden a privilegiar, en el ámbito literario, unas formas narrativas sobre otras. El neoplatonismo, por ejemplo, favoreció la poesía de corte místico y la alegoría; el aristotelismo, la descripción demorada entendida en términos de adequatio ; y la modernidad, la linealidad argumental y el misterio descifrado racionalmente. Todas estas corrientes literarias pertenecerían, de un modo u otro, a lo que hemos dado en llamar dogmatismo literario.

Cabe añadir que el respeto que dicho tipo de escritores siente hacia las categorías existentes les hace ser muy prudentes en lo que respecta a la innovación literaria. Esto conlleva un respeto purista de las unidades aristotélicas o de los dogmas modernos, según la época, así como de las fronteras entre géneros, dando lugar a un tipo de literatura cerrada y manierista. Asimismo, una de las fronteras a la que más miedo le tienen estos autores es la que separa filosofía y literatura. Esto conforma, por un lado, una literatura que evita la reflexión y la crítica, no el adoctrinamiento, y, por el otro, una filosofía que no sabe hacer uso de la ornatio y se deshumaniza al pretender igualarse a las ciencias puras.

También los temas y símbolos que suelen aparecer en este tipo de obras forman una constelación lo suficientemente cohesionada como para poder afirmar que responden, junto con las demás características aquí estudiadas, a una misma actitud dogmática . Más que unos temas específicos constatamos una manera específica de abordarlos. Ya sean sentimientos o ideas relacionadas con los ámbitos de la filosofía, la moral, la religión, la nacionalidad o la raza, la literatura dogmática los trata como esencias, esto es, como principios estructuradores de la realidad a las que las existencias particulares deben subordinarse.

Aunque es imposible realizar una lista exhaustiva, es fácil aventurar que los símbolos a los que recurre la literatura de tendencia dogmática tienen mucho que ver con la nación -banderas, himnos, héroes, mártires, traidores-, la religión -pecados, virtudes, dogmas, herejías-, la raza -blancos, negros, cadenas, látigos-, la clase -proletarios, patrones, fábricas- o las pasiones entendidas de un modo absoluto y sin matices -pasión, suicidio, desesperación, locura-. Todo ello polarizado en un "romanticismo" del que tanto Borges como Lovejoy destacaron su afinidad con el fascismo.

A este tipo de literatura se le opone otro de tendencia escéptica y susceptible de un análisis semejante. Me gustaría señalar que es posible hallar un estudio más detallado de este tipo de obras en los libros El escepticismo en Cervantes (1982) de Mauren Ihrie y en El escepticismo trágico de Shakespeare (2002) de Millicent Bell así como en mi tesis doctoral: El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges.

También en lo que respecto al estilo de las obras de tendencia escéptica podemos distinguir entre características formales y características tonales. Entre las primeras nos hallamos con la vacilación lingüística, que provoca en el lector la sensación de inasibilidad o de inseguridad; con el uso de toda una serie de expresiones de distanciamiento o atenuación -quizás, acaso, tal vez, es verosímil, ignoro, es dudoso-, que contribuyen a generar una atmósfera de irresolución y vaguedad; así como con el uso de la enumeración caótica, que sugiere la irreductible pluralidad del mundo.

Otras características habituales de este tipo de obras son la abundancia de paradojas y oxímoros, que no sólo sirven como contraejemplos de todo tipo de teorías generales sino también para producir sensación de dificultad, misterio, profundidad y densidad estilística; la utilización del doble discurso o antilogía, que consiste en dar todas las razones a favor y en contra de una idea sin inclinarse por una u otra opción, y provoca en el lector la epoché o suspensión de juicio; y, por último, la enorme abundancia del modo condicional y subjuntivo que son síntoma de un uso constante de la hipótesis y la duda.

En lo que respecta al tono bastará recordar que los rasgos típicos del carácter escéptico son la bonhomía, la afabilidad, el buen humor, la tolerancia y la buena fe conversacional. Todo ello explicaría la abundancia de marcadores conversacionales, que implican un cierto distanciamiento y actitud autoirónica hacia lo que se narra o afirma, así como de diálogos en los que hay un verdadero contraste de posiciones o polifonía de voces, tal y como diría Bakhtin.

También en el ámbito narrativo podemos distinguir entre los géneros literarios preferidos y las estrategias narrativas más características. Entre los primeros nos hallamos con el género fantástico, que busca sugerir la existencia de misterios a los que ni la razón ni la ciencia puede acceder; con el diálogo, no tanto socrático como humanístico, con largos turnos de palabra y una verdadera voluntad de intercambio; o con la tragedia, que nos presenta a personajes desgarrados sin un criterio moral o cognoscitivo mediante el cual escoger.

Asimismo, su descreimiento hacia las categorías absolutas y su incansable voluntad de crítica, no sólo contra las ideas filosóficas o religiosas sino también estéticas, les lleva a ser enormemente innovadores. Recordemos que Timón fue el iniciador del género de la sátira filosófica, Francisco Sánchez del ensayo filosófico de corte autobiográfico, Montaigne del ensayo, Pierre Bayle del diccionario cuyas notas a pie de páginas ocupan más espacio que el cuerpo del mismo, Cervantes de la novela moderna y Borges del cuento policial metafísico.

En lo que respecta a las estrategias narrativas características de la literatura de tendencia escéptica nos hallamos con la paradoja y el oxímoron como estructura narrativa que es síntoma de un relativismo esencial; la mise en abîme o relato en segundo grado, que contribuye a generar una sensación de inseguridad e inestabilidad; la alteración de la presencia autorial, que busca violentar la premisa tácita de que el narrador es la fuente indudable de toda verdad, y que suele producir en la ficción una crisis de criterio equivalente a la que el escéptico siente en la realidad.

Otras estrategias narrativas serían el final abierto, que no sólo implica una duda última sino que también contamina de incertidumbre toda la obra y elimina toda posibilidad de hallar "la interpretación verdadera"; el final inesperado, que nos recuerda que ese otro libro que es la naturaleza también es capaz de sorprender nuestras limitadas capacidades de análisis y previsión; la elipsis y la paralipsis, que desorientan al lector, multiplican el argumento, le dan ambigüedad al texto y preparan el final abierto o inesperado; o el perspectivismo que, como vimos, suele ser considerado como la traducción a términos narrativos del relativismo subjetivista.

En lo que respecta al imaginario de la literatura de tendencia escéptica podemos también distinguir entre temas y símbolos. Entre los primeros solemos encontrarnos con el olvido, que no deja de ser una deficiencia de las capacidades cognoscitivas del ser humano y una limitación a la hora de definir nuestra propia identidad individual o colectiva; los estados de conciencia alterada como el sueño, la locura, la enfermedad y las pasiones, que nos hacen dudar de la existencia de un estado normal de percepción; el rechazo por la cultura libresca y el estudio excesivo, que responde al hecho de que, desde el momento en que la verdad se concibe como algo inasible o inexistente, deja de tener sentido la compulsividad estudiosa del que cree que un día podrá llegar a alcanzarla; o el infinito y la paradoja, disolventes de todo tipo de categorización.

Aunque no es posible realizar una lista exhaustiva de los símbolos preferidos por este tipo de literatura podemos intuir que muchos de ellos harán referencia a la indescifrabilidad de la realidad. Tal sería el caso del laberinto, que nos remite a un mundo inescrutable en el cual no le es dado al hombre penetrar; del sueño, que a veces no nos resulta fácil distinguir de la vigilia; de la torre circular en la distancia pero cuadrada en la realidad, que es el ejemplo clásico de cómo la distancia distorsiona la percepción de los objetos; de la biblioteca, símbolo de la caótica, incompleta y muchas veces errónea acumulación de conocimiento en la que los hombres se pierden o enloquecen; del espejo que nos modifica imperceptiblemente; de la locura, de la que ni los más sabios parecen estar a salvo; o de la ceguera, que es símbolo de la desorientación vital y epistemológica en la que viven los seres humanos.

Una vez realizada esta breve caracterización de los dos tipos básicos de literatura en este artículo distinguidos nos encontramos con que a pesar de que intuimos que existen muchas obras que han pertenecido y pertenecen al tipo dogmático nos es mucho más fácil recordar nombres que pertenezcan al tipo escéptico. Lo cierto es que al ver el enorme número de escritores "clásicos" que pertenecen a esta segunda tradición podemos sospechar una íntima relación entre escepticismo y "clasicidad", no en el sentido de dieciochesco, claro está, sino en el sentido más general que designa a aquellos escritores cuya lectura, a través de los siglos, parece no agotarse.

No es casual, pues, que escritores de la talla de Eurípides, Cicerón, Ovidio, Horacio, Luciano, Lucrecio, Petrarca, Erasmo, Quevedo, Gracián Montaigne, Cervantes, Shakespeare, Swift, Shelley, Twain, Stevenson, Chesterton, Machado de Assis, Céline, Camus, Akutagawa, Borges o Rushdie puedan contarse entre las filas de una literatura de tendencia escéptica y antiesencialista mientras que los autores que presentan una cierta tendencia dogmática hayan sido olvidados en la mayoría de las ocasiones. El olvido de los segundos se explica por la sencilla razón de que las características principales de sus obras -maniqueísmo, elaboración de personajes planos y arquetípicos que no evolucionan, ausencia de ironía y de conversacionalidad, celoso respeto de las fronteras de los géneros, entre otras- suelen ser consideradas dentro de nuestra tradición como deficiencias estéticas. Cabe preguntarse, sin embargo, cuáles son las razones del alto grado de potencialidad estética del escepticismo.

Desde un buen principio el escepticismo se vio como una técnica para brillar en la conversación o en la escritura. Lo cierto es que, al no afirmar nada, el escéptico exhibe sin peligro alguno la finura de sus refutaciones, ironías, caricaturas, paradojas y demás batería de artificios retóricos y filosóficos.

Además el escepticismo privilegia, como tema y recurso literario, la ambigüedad que, según dicen Umberto Eco en Obra abierta y Frank Kermode en ¿Qué es un clásico?, es la principal fuente de riqueza literaria y una de las características fundamentales de todo clásico. Cabe añadir a este respecto que, aplicado a las relaciones humanas el escepticismo es enormemente fértil, puesto que da cuenta mejor que cualquier otro enfoque de la complejidad de su complejidad. Sin olvidar que, como dijimos más arriba, su voluntad cuestionadora les haya hecho ser fuertemente innovadores, asegurándoles de este modo un puesto en la historia de la literatura.

A estas razones estéticas se le añade una razón ética y política: el escritor escéptico, consciente de la ignorancia del ser humano así como de sus debilidades e inconstancias, tiende a ser comprensivo y tolerante con unos personajes que son símbolo de la humanidad. Tal sería el caso de Cervantes, Shakespeare o Borges. Quizás podamos aventurar que los lectores, que en su gran mayoría son susceptibles de ser considerados, en uno u otro ámbito, excepciones, herejes, disidentes o minorías, se sienten inconscientemente juzgados y amenazados por un tipo de literatura dogmática, razón por la cual tienden a rechazarla y a preferir unas obras escépticas que no sólo no los juzgan sino que, además, los liberan de la condena implícita en el primer tipo de obras.

Parece, pues, que existe una relación profunda entre literatura y política que va mucho más allá de los debates entre los que defienden una literatura comprometida y los que defienden una literatura por la literatura. Esta relación residiría en el hecho de que las características literarias a las que le conferimos una mayor potencialidad estética son, a su vez, aquellas que nos apartan del fanatismo y el totalitarismo.

 


2.- LITERATURA Y DEMOCRACIA

Coincido con Amartya Sen en que debemos liberarnos de una idea de democracia concebida exclusivamente en términos de escrutinio y elecciones. El voto es sólo un medio de hacer eficaz la discusión pública que, a su vez, necesita un cierto grado de tolerancia ya que, según afirma John Rawls, para que dicha discusión exista es necesario salvaguardar la diversidad de las doctrinas.

Una nueva concepción basada en la idea de la defensa del debate público y el pluralismo puede permitirnos ver que la democracia no es, como pretenden algunos, un valor exclusivamente occidental sino universal, ya que en todas las culturas ha habido quien defendiese, con mayor o menor éxito, dichos valores. Aunque no nos vamos a ocupar ahora de la "herencia global democrática" (Sen: 16), dicha ampliación de la definición de democracia puede ayudarnos a la hora de analizar cuáles son las relaciones profundas entre literatura y democracia.

Podemos empezar afirmando que la literatura de tendencia dogmática tiene una fuerte impronta antidemocrática desde el momento en que su estilo no es conversacional ni autoirónico; el diálogo no es más que un recurso narrativo y no la expresión de una polifonía de voces y concepciones en contienda; y los personajes no evolucionan o dudan sino que son arquetipos correspondientes a una subyacente axiología maniquea.

Se trata, además, de una literatura que no busca tanto la sorpresa, el desconcierto o la reflexión como el placer del reconocimiento y la tranquilidad resultante de comprobar que todo está en orden y que nada cambia. Todo ello da lugar a una literatura que exhorta a cuadrar en categorías absolutas una realidad siempre compleja ante cuya resistencia anima a eliminar simbólica o físicamente aquellos flecos que escapen a sus particiones.

Si coincidimos con Víktor Schklovski en que la literariedad -lo que distingue a un texto literario de otro que no lo sea- es su capacidad de desautomatización o desfamiliarización, veremos que la literatura de tendencia dogmática no es sólo especialmente afín al totalitarismo sino que es, además, especialmente pobre en términos estéticos, lo que explicaría, como dijimos, lo rápidamente que se la olvida una vez las categorías o instituciones que defendía han sido superadas.

En cambio, la enorme fuerza desautomatizadora de la literatura de tendencia escéptica no sólo explicaría su elevado potencial estético sino que implicaría, a su vez, una afinidad profunda con el espíritu democrático ya que, por un lado, evita que las ideas se conviertan en dogmas o en "sentido común" oficial y, por el otro, al expulsarnos de nuestra perspectiva habitual, nos sitúa en una posición privilegiada para realizar una crítica de aquellas ideas que, por ser consideradas evidentes e intocables, son más susceptibles de bloquear el debate y ser fuente de intolerancia.

Recordemos que para la "teoría del extrañamiento" elaborada por Schklovski, la percepción y la acción se torna, con el tiempo, habitual y mecánica de modo que, al final, "todas nuestras experiencias suceden en el ámbito de lo "inconscientemente automático"." (Schklovski: 10). Dicha automatización explica que nuestro lenguaje esté lleno de expresiones fosilizadas, frases incompletas y palabras pronunciadas a medias. La automatización, que responde en parte a la ley del mínimo esfuerzo lingüístico, nos lleva a proyectar sobre la realidad nuestras propias categorías culturales, políticas y vitales sin atender a sus enigmas, sus inconsistencias, sus maravillas y su variedad.

Según Schklovski el lenguaje poético debe tratar de recon-ducirnos, gracias a la "desfamiliarización", "desautomatización" o "extrañamiento", a una percepción "original" del mundo. Claro que no sólo la "palabra extraña" a la que alude Aristóteles en su Poética, provoca la desfamiliarización sino también la ruptura de sistema que, según explica Carlos Bousoño en su Teoría de la expresión poética, consiste en atentar contra nuestro sistema lógico o conceptualización habitual para, luego, retornar al sistema momentáneamente quebrado provocando, de este modo, una reacción que puede ser la risa -en el caso del humor-, el goce estético -en el caso de la metáfora- o la sorpresa o el "terror metafísico" -en el caso de la paradoja-.

Resulta, pues, que en las estrategias literarias fundamentales no son sólo una fuente de placer estético sino también una vía liberación mental y, por lo tanto, de generación democrática. Esta relación profunda entre literatura y política explicaría que las democracias modernas hayan elegido intuitivamente como representantes de su tradición literaria a figuras como Montaigne, Shakespeare, Cervantes o Goethe que, como dirá Borges, fueron "tolerantes entre intolerantes" y que se consideran máximos representantes de la literatura de tradición escéptica. Vemos, pues, que nuevamente las características de este tipo de literatura se acaban confundiendo con las del "clásico".

Una prueba de la fuerza democrática de este tipo de literatura -que por antonomasia ha pasado a convertirse en "la literatura"-, es la persecución a la que suele verse sometida por parte de los diversos fanatismos y totalitarismos. Desde la prohibición de libros por parte de la Inquisición o algunas iglesias protestantes hasta la condena de muerte lanzada por Khomeiny en 1989 contra Salman Rushdie, pasando por la quema de libros que realizaron tanto los nazis, los fundamentalistas norteamericanos o los soviéticos, siempre la actividad literaria ha sido vista como un peligro. Claro está que ahora no hablamos tanto del contenido como de la forma de dichos libros que, como hemos mostrado, implica en sí misma un acto de libertad y de liberación.

Lo cierto es que, desde un inicio, el fascismo se presentaba como una solución contra un "decadentismo escéptico". Recordemos que Mussolini afirmará junto a Giovanni Gentile en "La doctrina del fascismo" (1932) que el fascismo "no es escéptico, no es agnóstico, no es pesimista." Además el estatalismo fascista es totalmente contrario al individualismo escéptico. No es casual que Mussolini afirmase también que "el Estado es un absoluto ante el cual los individuos y los grupos son relativos." De ahí, nuevamente, que una literatura que luche contra las abstracciones y trate de dar cuenta de la irreductible pluralidad del mundo sea, a su vez, una opción ética y política.

Ya decía Lezama Lima en 1969 que "la belleza es en sí misma peligrosa, conflictiva, para toda dictadura, porque implica un ámbito que va más allá de los límites en que esa dictadura somete a los seres humanos" (Arenas: 113). Debemos tener en cuenta que el autor de Paradiso está utilizando la palabra "belleza" en un sentido amplio que quizás incluye también el modo en que aquí hemos caracterizado la literariedad. En efecto, la desfamiliarización generada por el humor, las paradojas, los contraejemplos y las críticas de la literatura de tendencia escéptica hacen que la "belleza" sea "siempre disidente" (113).

También Alberto Savinio cree que la "belleza" literaria es una buena arma para luchar contra la retórica del dogmatismo, que "infla los conceptos, los redondea, cercena sus brazos y sus piernas, les corta los mangos y las asas" haciendo que "se vuelvan inmóviles, embarazosos, obstaculizadores" (Savinio: 68). Para ello propone usar la ironía y las anécdotas históricas ridiculizadoras gracias a las cuales podremos "descubrir la verdadera naturaleza y el auténtico tamaño de las cosas y los hombres." (69)

Desde esta alianza profunda entre la ética -dentro de la cual entraría la política- y la estética podemos equiparar al literato con el intelectual tal y como lo caracteriza Edward Said en su libro Representations of the intellectual. La tarea que la literatura realiza -muchas veces sin proponérselo, buscando simplemente la "belleza"- sería la de desnaturalizar cualquier tipo de esencia y romper "los estereotipos y categorías reductivas que son tan limitadoras para el pensamiento y la comunicación humana." (Said: xi)

Un buen ejemplo de cómo la literatura puede ser política sin que en ella se hable de política o sin que el escritor se lo proponga expresamente, sería la obra de Jorge Luis Borges que a pesar de no ser una obra comprometida en el sentido habitual de la palabra sí tuvo un efecto revolucionario desde el momento en que "planteó preguntas embarazosas" y "se enfrentó a la ortodoxia y al dogma (en vez de producirlo)." (11)

 


CONCLUSIÓN

Si bien es cierto que no he acabado de definir bien -quizás porque no es posible- si la literatura de tendencia escéptica es la única generadora de literatura memorable, esto es, clásica; ni, tampoco, si la desautomatización, la ruptura de sistema y la "belleza" son perfectamente equiparables; creo que la intuición central de este artículo merece, por lo menos, ser desarrollada y discutida. Más allá de la discusión de si el arte debe ser o no comprometido, los mecanismos básicos que sirven para la generación de emoción estética parecen servir también para generar una actitud tolerante frente a la irreductible diversidad del mundo y una buena fe conversacional que son, a su vez, condición de posibilidad de toda democracia.

 

BIBLIOGRAFÍA

Arenas, Reinaldo, Antes que anochezca, Tusquets, Barcelona, 2002, [1992]

Bell, Millicent, Shakespeare's Tragic Skepticism, Yale University Press, New Haven, 2002

Bousoño, Carlos, Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos, Madrid, 1966

Ihrie, Maureen, Skepticism in Cervantes, Tamesis Books Limited, London , 1982

Said, Edward W., Representations of the intellectual, Vintage Books, New York, 1994

Savinio, Alberto, El destino de Europa, Bruguera, Barcelona, 1984 [1944]

Sen, Amartya, Les racines globales de la démocratie, Éditions Payot & Rivages, Paris, 2005, [1999]

Schklovskij, Viktor, "L'arte come procedimento", en Teoria della prosa , Turín, Einaudi, 1976

Spitzer, Leo, "Perspectivismo lingüístico en el Quijote", en Lingüística e historia literaria , Gredos, Madrid, 1955.

 

 
         
         
         
         
         
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