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Carolina Luna en Unas Letras.
Una forma de ver
Los espacios que nos ocupan


Texto leído en la presentación del libro en Unas Letras, industria cultural, 14 de julio de 2005

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Mi primer acercamiento a la obra de Carolina Luna, -de quien solo conocía someras aproximaciones a su trabajo- ocurrió de la mano de El caracol, libro cuya lectura me condujo de manera natural por un mundo ausente de sentimentalismos y delicadezas; la fluidez narrativa era una más de los protagonistas.

Siempre he pensado que un buen narrador interpreta la realidad y su entorno dejando una constancia contundente de esta percepción a través de su obra. Sujeta a este criterio, la realidad vista a través de la narrativa de esta autora es una invitación a recorrer, de manera clara y sencilla, las calles y avenidas de una ciudad decadente y peligrosa, una ciudad donde el alcoholismo, las injusticias, la drogadicción o la homosexualidad componen el cotidiano, es decir, una ciudad que se acomoda al presente para cualquier contemporáneo.

En esta ocasión, en Los espacios que nos ocupan la escritora nos presenta de nuevo textos con estas características, matizados con un tono que, en ocasiones, se antoja sombrío, lúgubre, pero que logra hacer de esto un ingrediente para mostrarnos a juego limpio, en cada historia, un retrato de la ciudad y sus ruinas.

Personajes como Bruno en Stand by my women, o Don Hernán en Privilegios de los años, invitan a contagiarnos con esa sensación e idea de abandono, donde el panorama aparece sin más solución aparente que la resignación y la entrega al destino.

Siete historias forman la totalidad de este libro, siete historias donde Carolina Luna nos comparte  su visión del paisaje urbano, sugiriéndonos en cada texto una manera de hilar lo cotidiano.

"Ante lo irremediable no hay  opciones", dicta la autora en la primera línea de su cuento Sepulcros blanqueados y, sin embargo, Los Espacios que nos ocupan, no se limita a mostrarnos personajes que se sitúan a menudo en un plano de abandono y alejamiento, sintiéndose ajenos a todo, aun a sí mismos, sino que se permite también un asomo a la esperanza de que en cualquier momento las cosas pueden mejorar.

Leer a Carolina Luna es enfrentarse a una fotografía instantánea que nos muestra, todo lo que en ocasiones olvidamos ver.

 

   
             
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