P O R T A D A     Leonel Giacometto y Patricia Suárez Composición de Eldígoras    
        punto de encuentro
  35 fuego - miscelánea    

Besaré tus pies

(Estrenada en el año 2003 en el Centro Cultural Kónex de la ciudad autónoma de Buenos Aires (Argentina),
con dirección de Julio Piquer y las actuaciones de Stella Maris Closas, Susana Fernández Anca, María Eugenia Otero y Sergio Piornero)

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       "...y aquel que más ame, será el que más se humille."

Graz, Austria, 1880-1890

Personajes:

Wanda.

Leopoldo Sacher Masoch.

Katja, una sirvienta.

Olenka, otra sirvienta.


Cuadro 1:


Saloncito burgués. En un sillón, Wanda borda o zurce ropa de niño. Al cabo de unos momentos, entra Leopoldo vestido de criado.

Wanda (asombrada): Leopoldo, ¿qué estás haciendo así vestido?

Leopoldo: Jugaba al camarero.

Wanda: ¿Ahora?

Leopoldo: Es que estoy contento.

Wanda: ¿Por?

Leopoldo: Me pagarán 50 florines por la publicación de un folletín en El Emisario. Es en París. Debo viajar a firmar el contrato.

Wanda: ¿Cuándo?

Leopoldo: En septiembre; es un mes apropiado para viajar.

Wanda: ¿Valdrá la pena?

Leopoldo: Nada es tan concluyente en París como el éxito.

Wanda: ¿Nos alcanzará el dinero mientras tanto?

Leopoldo: No te preocupes. Tiene que llegar el pago de “El legado de Caín” que publicaron en Belgrado traducido al servio...

Wanda: Yo sé hablar servio...

Leopoldo: Los soldados tienen costumbres didácticas.


Pausa.

 

Leopoldo: Y de Copenhague me escriben para pedirme que colabore en una revista danesa, que acaba de salir.

Wanda: No sabía que hubiera revistas en Dinamarca.

Leopoldo: Tengo pensado enviar “Los amores sexuales”.

Wanda: ¿Y si yo enviara...?

Leopoldo: Ni se te ocurra, Wanda.

Wanda: Aurora. Lo firmo como Aurora.

Leopoldo: No. Wanda.

Wanda (sarcástica): Wanda es el personaje de tu novela. Esa no soy yo.

Leopoldo: Basta. Para mí eres Wanda. Las mujeres no tienen carácter sino solamente antojos.

Wanda: Yo sólo quería...

Leopoldo (interrumpiendo): Pero no permito jamás que se me aburra. Wanda: Me rompes el corazón cuando hablas así.


Silencio tenso.

 

Wanda: ¿Estabas con Katja?

Leopoldo: ¿Y el tren?

Wanda: Pasó hará media hora. ¿Tenía que venir alguien?

Leopoldo (fuera de sí): ¡El tren de juguete!

Wanda: Ah, no sé. No sé... Por ahí... Lo tendrá Sacha... o Gusti...

Leopoldo: Gusti es un estúpido.

Wanda (levemente enojada): No hables así de tu hijo.

Leopoldo (buscando por toda la sala el trencito): ¡Tu hijo, tu hijo...! Mi hijo es Sacha. El otro es un gato.

Wanda: ¡Leopoldo! ¿Cómo dices algo así? Sabes que los dos...

Leopoldo: Sí, sí, sí. Sé muy bien. Pero para mí el único será siempre Sacha.


Wanda se levanta indignada para salir de escena. Se tropieza con el tren y se lo tira.

Leopoldo: ¡No te vayas!

Wanda: Me voy.

Leopoldo: ¿Qué estabas haciendo?

Wanda: ¿Cuándo?

Leopoldo: Antes.

Wanda: Pensaba.

Leopoldo (ríe): ¡Wanda pensando!

Wanda: Me llamo Aurora.

Leopoldo: Aurora, qué nombre más feo.

Wanda: Te parece gracioso.

Leopoldo: ¿El nombre o que estuvieras pensando?

Wanda: Estás buscando que me vaya. (Pausa.) No soporto verte disfrazado.

Leopoldo: Este trajecito lo voy a usar siempre.

Wanda: Qué necesidad de hacer el payaso.


Entra Katja. Cruza la sala, se detiene, mira fijo a Leopoldo. Sale.

 

Wanda (irritada): Voy a echarla.

Leopoldo: ¿Ahora?

Wanda: No deberías tratar con la sirvienta.

Leopoldo: ¿Por qué? ¿No está para servirnos?

Wanda: Esos caprichos, Leopoldo...

Leopoldo: Estás enojada por otra cosa.

Wanda: No.

Leopoldo: ¿Qué es? ¿No peló las gallinas, no preparó las sopas? (Un tiempo.) ¿No arregló los cuartos..., o no espolvoreó tus (con sorna) adornos, no barrió la cocina, no lavó los cortinados? Bajo tus órdenes trabaja como una esclava.

Wanda: ¡Una esclava!

Leopoldo (lascivo): Una esclava.

Wanda (muy bajo, indignada): ¡Es una criatura, Leopoldo! ¿Sabes qué pasa con la gente que maltrata a las criaturas?

Leopoldo: ¿Yo, maltratarla?

Wanda: Podrías ir preso. (Leopoldo ríe.) Hundirnos a todos. (Él sigue riendo.) Estás loco.

Leopoldo: Siempre. Hace a mi oficio.

Wanda: ¡Tu oficio!

Leopoldo: ¿En qué quieres que me inspire? ¿En una cerda cosiendo?


Pausa hiriente.

 

Leopoldo: A la sirvienta le gusta lo que hace. No le tiembla el pulso. Eso es muy importante, es casi todo el arte de...


Pausa tensa; Wanda lo mira herida.

Leopoldo (dulce): Wanda, ¿qué pasa?

Wanda: ¡Me insultaste! Por lo menos dime Aurora.

Leopoldo: Solamente a tu madre se le podía ocurrir un nombre tan espantoso.

Wanda: Se le ocurrió a mi padre.

Leopoldo: ¡El que se fue de juerga!

Wanda: Te pido que te calles, Leopoldo.

Leopoldo: ¡El vividor!

Wanda: Por favor, Leopoldo. Encima me dijiste cerda.

Leopoldo: ¡No es cierto! (Se arrodilla frente a ella) ¡Nunca diría algo así!

Wanda: Me llamaste cerda; lo oí bien...

Leopoldo: ¡No es cierto! (Le besa las manos; ella se resiste.) Es imposible. La misma Venus a tu lado no sería tan...


Entra Olenka. Desde la puerta llama.

 

Olenka: Señor.

Leopoldo (perturbado): Un momento, Olenka... (Trata de besar las rodillas de Wanda, rígida en ese instante. Le levanta la falda, comienza a besarle las rodillas apasionadamente.) Wanda, Wanda... (A la sirvienta) Retírese, Olenka. (La sirvienta sale. A las rodillas.) Wanda, Wanda... (Se pincha con la aguja de coser.) ¡Ay! (Furioso.) ¿Qué es eso?

Wanda: La aguja.

Leopoldo (gritando): ¿Qué hace una aguja en tu enagua? (Lascivo.) ¿Qué clase de lugar es ese?

Wanda: Trabajaba.

Leopoldo: Una clase de juego.

Wanda: ¿Qué?

Leopoldo (la pincha con la aguja en los muslos, muchas veces pero superficialmente): ¿Sufres? ¿Sufres?

Wanda (molesta, pero quieta como una esfinge): ¿Qué estás haciendo?

Leopoldo: Te gusta.

Wanda (trata de deshacerse de él): ¿Cómo va a gustarme?

Leopoldo: Tu táctica es la frialdad. (Comienza él a darse pinchazos en las manos y en el rostro, levemente.) Me vienen de pronto el recuerdo de algunas noches...


Wanda lo patea.

Leopoldo (aun arrodillado recibe el golpe y cae para atrás. Jocoso): Eso no estuvo muy bien.

Wanda: ¡Cerdo!

Leopoldo: Vas aprendiendo, Wanda.

Wanda: ¡¡¡Aurora!!!


Wanda trata de levantarse, él desde el suelo se lo impide; se aferra a sus rodillas.


Entra Olenka con una escoba. Deja la escoba junto a la puerta.

 

Olenka (desganada): Señor.


Leopoldo se levanta.

Leopoldo: Ah... Un instante.


Olenka sale. Leopoldo se arregla en el espejo, preparándose. Se ensaliva el bigote con minuciosidad.

Wanda (furiosa): ¡Voy a echarla a esta también!

Leopoldo: El bigote es algo muy importante. Casi diría yo, lo más...

Wanda: ¡La voy a echar como a un perro!

Leopoldo (besa a Wanda en la mejilla): ¿Hay un perfume en tu cuarto? (Un tiempo.) Te hace falta. El sudor agrio te quedó de cuando cosías para los soldados.


Leopoldo sale.


Apagón.


Cuadro 2:


Wanda en un silloncito rodeada de tapados de piel o de tapados con apliques de piel en puño y cuello, también estolas, manguitos.

Wanda (acariciando distintos tapados): Armiño, marta, visón, zorro, ardilla, conejo, ciervo... y hasta un visón de mar. Las pieles son una cuestión de tacto. Un visón de mar... Nunca había visto uno antes. De niña, escuchaba a las señoras hablar de su toque suave, resbaladizo como espuma. Escuchaba sobre la importancia de saberse envuelta en un visón de mar... (Recoge el tapado y se cubre con él) Ahora estoy cubierta por uno, quizás por el último visón de mar de la Tierra... Un visón que nació con el fin de ser abrigo... ¿Cuántos son? (Pausa; cuenta con los dedos y examina el tapado). Diez, catorce...: muchos. Este visón que nació para que él me lo regale, y para que yo me cubra con él... para satisfacer sus juegos... Dice que los animales nacieron para ser usados por el hombre... (Se quita el tapado. Recoge otro y se envuelve; lo acaricia lentamente) Marta zibellina... La reina de las pieles... Tapado estilo Gerona, de toque indescriptible... Quizás áspero, quizás suave... “La Marta es virtuosa, casi poderosa”, me dijo él. La marta es virtuosa como yo misma; ¿qué pecados había cometido antes de conocerlo? Eso... (Recuerda) eso, no puede considerarse un pecado. “Sufro”, le dije yo. “¿De qué manera te gusta sufrir?”, me preguntó. “Si me dieras menos pieles y más felicidad, Leopoldo”. “Quiero enseñarte el proceso, Wanda”. Insiste en llamarme así... Soy su personaje. Soy Wanda envuelta en una marta zibellina... (Silencio. Acaricia el tapado con la mirada fija en un punto.) ¿Dejó de amarme? “Quiero ser tuyo mientras te ame”, me dice. Todos los días me habla de las pieles y me repite esa frase. (Se quita el tapado. Recoge otro. No se envuelve, lo apoya sobre su regazo) Este es el primero... un poco estropeado. Envuelta con este tapado salí de mi pueblo. Estaba mal trabajado de ribera, se ve que no lo supieron hidratar... ¿Quién es el loco? ¿Él o yo? Me dice que todo proviene de un cerebro de mujer mala, diabólica, que lo único que quiero es aplastar como a un gusano a los hombres... dice “los hombres”, el infeliz. Y yo no pienso en otro que él. Me decía: “Quiero que seas despótica”. Literatura. Dice que soñaba que no podía vivir sin mí. Se iba a morir si lo dejaba en libertad. Me rogaba que lo dejara ser mi esclavo. Mátame, pero no me alejes de tu presencia. “Pero tengo que entregar la costura, Leopoldo”. No entendía. (Deja el tapado anterior y toma uno con apliques de piel). Este es zorro azul. Para usar sobre la ropa interior, me dijo. Al principio, mi madre creía que él era peletero. Ella no creía que él fuera un escritor. A mí me conquistó con eso; hasta me dejé decir Wanda: el personaje. ¡Cuando una está enamorada hace cada cosa! Pero yo me dije: Aurora, haz caso de tu instinto; si llega el momento te darás la cabeza contra la pared, pero mientras tanto... El visón es tan sólido; puede durar más que un matrimonio. En cambio, este zorro, ahora con las sirvientas... Las pieles son una cuestión de tacto: es un zorro. Dijeron que lo traían de Rusia. ¿Quién cuernos fue el que escribió “a las pieles las traen de Rusia”? (Alza un tapadito corto, muy arruinado.) ¡El castorcito! Con este iba a la guantería a coser. Estaba orgullosa, por lo menos ya no era pantalonera del Ejército. Cada insinuación tuve que aguantar. La costura no paga nada. “Considere a mi amor aunque sea como a un perro que le sigue los talones y al que puede patear cuando quiere”. Qué exagerado. Es extraño, pero yo no me preguntaba en ese momento si él estaba mal de la cabeza. En ese momento... la pasión lo justifica todo. Me gustaría saber cómo lo ven las sirvientas. (Se pone un gorrito.) Este es mi preferido. Armiño; antes que yo lo usaba una reina. ¿De qué país...? ¿Finlandia, Laponia, Suavia? Nunca puedo retener nada; después él se aprovecha de mí y me dice que soy muy bruta. Me dio a leer el diccionario. Es un grosero. (Examina el gorro) Esto tiene gorgojos. ¿Se lo habrá puesto alguna de las sirvientas? Pero qué capricho tiene con ellas. (Se pone el manguito.) Así no se me ven las manos. Mejor, porque la costura me las dejó... Que ahora lo hagan todo ellas. (Transición). Lo hacen, lo hacen. Es el problema. (Zumbido en el aire, lejano.) ¿Qué es eso? ¿Es...? Para eso no se cansa. Dice que es un arte, pero yo... yo... No puedo hacerle daño ni a una mosca. Estuvo esa vez, con el Oficial Holbein, pero fue en defensa propia... Él me dice que si yo me atreviera, nuestro matrimonio florecería. Yo me pongo todas estas porquerías y eso no le basta, y antes me veía con el castorcito nada más y... y bastaba. Tampoco debe ser tan difícil hacerlo. Pero yo... (Se pone un zorrito de estola). Este es lindo, le tendría que haber puesto nombre. Los matan a palazos dicen. Pero Leopoldo explica que no les duele. ¿Y cómo sabe él?... Me dijo que hay instintos peligrosos dormidos en mí. (Oye el zumbido.) ¿Será...? No puede ser. Yo no podría soportar que me quede una marca así y el otro día hubo que llamar al médico. Ella dijo que se cayó por la escalera, al final fue una cosa de nada. Un entablillado. ¿Esto es ardilla? Tiene toque de ratón. Las pieles son una cuestión de tacto. Le dije si hasta George Sand se llamaba Aurora, y te gustan sus libros. ¿Por qué a mí no me puedes llamar por mi nombre? “Para mí eres Wanda”, me responde, “Aurora quedó en el pueblo”. Cretino. (Arranca los puños de un tapado.) ¡Esto no es ardilla! ¡Esto no es ardilla!


Apagón.



Cuadro 3:


Gabinete en penumbras. Apenas se ve un sillón de orejas, un velador con pantalla verde, unos libros sobre una mesa baja.

Leopoldo: Pase. (Un tiempo.) Pase, Katja. Entre.


Crujido de la puerta, Katja entra. Se cuela la luz y vemos por primera vez el gabinete. Katja tiene un tapadito de piel blanca arriba del uniforme de sirvienta.

Leopoldo (señala): Está ahí mismo. Tómelo.


Pausa larga.

Leopoldo: ¿Qué pasa? ¿No se anima?


Katja toma una especie de rebenque.

Leopoldo: Yo me voy a poner aquí. Usted hágalo en la mitad de la espalda.

Katja: Yo...

Leopoldo: ¿Quiere el tapado o no lo quiere? (Un tiempo.) ¿Sabe cuánto vale? (Un tiempo). ¿Cree que el de Olenka vale lo que el suyo?


Katja pega a Leopoldo en la espalda. Se cansa mucho y ríe.

Leopoldo: ¡Así no, Katja! Con seriedad. (Una pausa larga.) Probemos de nuevo.


Katja lo vuelve a hacer, se ríe.

Leopoldo (fastidiado): ¿Qué le hace gracia? (Le saca el rebenque de la mano, lo soba, le cruza la cara a Katja.)


Pausa larga.

Leopoldo: Va entendiendo.


Katja da un golpe tímido pero rotundo.

Leopoldo: Mejor. (Agitado.) No hay nada que con un poco de cariño una mujer no entienda.


Katja golpea.

Leopoldo: ¿Es usted una mujer, Katja?

Katja (tímida): No.

Leopoldo (desconcertado, se vuelve, la mira): ¿No?


Katja le cruza la cara con el rebenque, como él hizo con ella. A Leopoldo le sangra el labio.

Katja (coqueta): Ensayo para serlo.

Leopoldo: Ah.


Katja le pega dos, tres golpes, se agita, resuella, descansa.

Leopoldo: ¿Tiene algún mal en el pecho?

Katja (severa): Usted es muy fuerte, señor.

Leopoldo: Acá no use esa palabra.

Katja: ¿Cuál, señor?

Leopoldo: Señor.

Katja: Está bien.


Una pausa breve.

Leopoldo: ¿Está lista?

Katja: Sí.

Leopoldo: Adelante.


Katja golpea ocho, nueve veces, un poco más rápido.

Leopoldo: Dígame algo.


Katja no habla.

Leopoldo: Katja, diga algo.

Katja (agitada): ¿Qué?

Leopoldo: ...Piense en su padre.

Katja: ¿En quién?

Leopoldo: En su padre.

Katja: Muy bien.

Leopoldo: Muy bien, ¿qué?

Katja: Muy bien, señor.

Leopoldo: ¡No soy su señor! Piense en su padre.

Katja: Ya pensé en él.

Leopoldo: Quiero escucharla.

Katja (golpea con ímpetu): Él me vendió. Él me puso a servir a los nueve años.

Leopoldo: ¿Qué le gustaría hacerle?


Katja le pega. Katja golpea más fuerte. Los golpes son más lentos; trata de respirar lo más profundo posible y golpea.

Leopoldo (irónico, al borde del llanto): La familia es un nido de amor...

Katja: ¡La familia es lo peor que existe! No, no, no. Los padres y las madres son la peste. Mi madre quiso echarme a un basurero. ¡No!


Golpea una o dos veces más con intensidad, y derriba la lámpara con el rebenquito. Luego, Katja tira el rebenque a un lado muy impresionada y como si hubiera actuado bajo hipnosis.

Leopoldo: Katja, no se detenga... No es nada, no...

Katja (arrodillada y juntando los añicos en su falda): No, no, no... Qué torpe soy, la señora me... Oh.

Leopoldo (furioso): ¡Katja, obedezca!


Wanda golpea la puerta. Al otro lado.

Wanda: Leopoldo, ¿qué pasa? (Un tiempo.) ¿Leopoldo...? Katja, ¿está usted ahí? Ábrame. (Golpea la puerta con ímpetu y trata de girar el picaporte.) ¿Qué ha sucedido? Leopoldo, ¿estás? Ábreme la puerta. (Una pausa breve, tienta el picaporte frenética.) Katja, la voy a echar de acá como a un perro. ¿Oye? La echo a la calle y empleo a su prima Klara, esa que su padre me ofreció primero porque está... ¿cómo se dice? (Un tiempo; busca la palabra.) Desahuciada... Katja, ábrame. (Empuja la puerta con ira, la fuerza, la abre. Entra luz del exterior.) ¿Qué...? Leopoldo, ¿qué se supone que...?


Katja sale corriendo del gabinete y se cubre el rostro con las manos.


Apagón.



Cuadro 4:


Gabinete. Leopoldo está sentado al escritorio, escribiendo. Gran desorden de manuscritos, libros, papeles. Este desorden contrasta con el orden habitual de estas cosas dentro del gabinete. Una lámpara sobre el escritorio, tintero, secante, varias plumas, un pisapapeles que él manosea cada tanto cuando está distraído. Un cesto de bronce a los pies adonde tira los papeles que acaba de abollar. Un abrecartas filoso. Un pequeño busto del Emperador Francisco José o de alguna otra figura monárquica (Napoleón). Una campanilla.

Leopoldo (escribe, se detiene, escribe): Soy... un sentimental. ¿Qué es el amor?, se preguntan todos y se dan de cabezadas contra la pared. (Un tiempo.) Mi estado de alma es así de extraño mientras escribo estas páginas. (Borronea, un tiempo.) Los días pasan muy lentos bajo los Cárpatos. No se ve a nadie, ni nadie lo ve a uno. Difícil sería escribir un idilio. ¿Pero quién está cantando ahora? Mi amada es una piedra. Un amor que pudiera destilarse como una fruta helada. (Un tiempo.) ¿Podrá gustarle esto a los franceses? Frívolos como son... El periodista de Le Fígaro me compara con Hugo. ¿Cómo se llama? ¿Armand cuánto? Esta pluma está rota, por eso no logro avanzar... (La tira a la basura.) Dice que soy como Dumas el hijo: por suerte eso no lo puso en el periódico. ¡Dumas el hijo es un imbécil! (Coloca una nueva pluma.) Estos franceses: (escribe) La piel de cebellina se pegaba a su cuerpo de mármol. (Muy inquieto. Llama haciendo sonar la campana.) ¡Katja! (Un tiempo.) ¡Si pudiera volver a crear otra Wanda! Un segundo tomo sobre ella. Una búsqueda de nuevas aventuras. ¡Si pudiera volver a la vida a mi Wanda! (Llama.) ¡Katja! ¡Katja! (Un tiempo.) ¿Qué hacen? ¿Por qué no vienen? ¡Wanda! ¡Wanda! (Un tiempo.) Tendría que llamarla Aurora. A Fanny también la llamaba Wanda. Pero Fanny era distinta, era verdaderamente más Wanda que ésta. (Frenético.) ¡Katja! ¡Wanda! ¿No me oyen o...? (Escribe.) Soy tu ama en la vida y en la muerte. Soy quien vive en tu aliento, la primera imagen que aparece en tus entresueños; soy la opresión en tu pecho, el cansancio en tus párpados, el hollín de tu nostalgia. (Un tiempo.) Soy la placidez de una muñeca; soy la tromba marina...

Wanda (entrando de repente): Leopoldo, fuera hay una señora que quiere verte y...

Leopoldo: ¿Dónde estabas? (Un tiempo.) Estaba llamándote.

Wanda (desconcertada): Fuera, estaba...

Leopoldo: ¿Estás sorda?

Wanda: No, es que...

Leopoldo: Tráeme café.

Wanda: ¿No prefieres el té?

Leopoldo: ¿Dije té?

Wanda: No, pero... Está el samovar de Olenka y como si siempre para inspirarte tomas el...

Leopoldo: Café, Wanda. Los turcos invadieron la Mittleuropa con la espada y el café...

Wanda: Hay una señora fuera que...

Leopoldo (escribe sin prestarle atención): Una señora.

Wanda: Dice que es traductora. Tradujo por su propia cuenta tu comedia de Diderot y quería que la vieras...

Leopoldo: En otro momento me hablas de la señora.

Wanda: Es que está fuera.

Leopoldo: ¡Qué inoportuna!

Wanda: No puedo decirle que se vaya. Está lloviendo a cántaros y tiene todos tus libros bajo el brazo...

Leopoldo: ¿Acaso alguien la invitó a venir?

Wanda: No, pero...

Leopoldo: ¿Cómo se llama?

Wanda: Hulda Meister.

Leopoldo (escribiendo): Arremete en la tarde lluviosa, ¿si fuera ella la última Venus?

Wanda: ¿Le digo que espere?

Leopoldo: ¡Que se vuelva bajo la lluvia! (Vuelve a escribir; Wanda sale). Ella dijo: Yo le concedo a Usted todos los derechos de un esposo, de un adorador, de un amigo. ¿Está satisfecho? Nada más deseo que me acompañe de vuelta a Zurich, adonde el American Bar... allí me espera mi antiguo amante. No puedo dejar de verlo... (Se detiene.) No puedo dejar de... ¿yacer con él? (Un tiempo.) ¿Censurarán si utilizo la palabra yacer? ¡Cuánta pacatería sexual y después resulta que hacen el amor en cualquier parte, en un parque, en un baño público, ¡en las ramas de los árboles!, todo el acto dura apenas un momentito y se levantan como si hubieran hecho una fruslería cualquiera! (Un tiempo largo.) No puedo dejar de obedecerlo. Acepto, respondió él. Vaya usted a ver a su amante a Zurich. Me gusta la mujer infiel: uno nunca la posee del todo y los celos producen una deliciosa tortura en el alma. Quiero ir con usted, replicó ella. Es mi esclavo, no puede negárseme...

Wanda (entra de pronto con una bandejita con café): Leopoldo, aquí está el... ¿Dónde lo pongo?


Leopoldo concentrado en su escritura, hace una seña cualquiera.

Wanda: ¿Te pongo dos cucharaditas de azúcar?


Leopoldo asiente.

Wanda: ¿Unas gotas de agua fría?


Leopoldo no contesta, está absorto.

Wanda: ¿Sí o no? A propósito, la señora Hulda está fuera tomando el té...

Leopoldo (resignado a ser interrumpido): Hablando de visitas... hay alguien que quiero presentarte, Wanda.

Wanda: Aurora. (Un tiempo.) ¿Para qué? No tengo tiempo de sobra...

Leopoldo: Cuando te sale la pantalonera arisca me sublevas. (Un tiempo.) Ya lo conoces, pero no lo trataste en profundidad. El francés. El periodista. El tal Armand.

Wanda: No me doy cuenta de quién hablas, Leopoldo.

Leopoldo: El que te mira con ojos pícaros.

Wanda: ¿A mí?

Leopoldo: No me dirás que no lo notaste.

Wanda: No. Ni siquiera sé quién es el tal Armand. Pasa por aquí tanta gente que...

Leopoldo: Te haces la indiferente. Típico en una mujer culpable.

Wanda: No te permito que...

Leopoldo: Vivo con una salvaje entonces. No te interesas por relacionarte con las personas que me rodean y... ¡pensar que querías ser escritora, mi Dios!

Wanda: Si no fuera porque temiste que yo...

Leopoldo (la interrumpe): No, no, señora. Yo nunca temo nada. Yo soy un hombre libre y la libertad es para mí el valor más absoluto. Hasta te ofrezco presentarte a un caballero, muy elegante, que puso los ojos en ti.

Wanda: Quieres quitarme de encima.

Leopoldo: Jamás. (Un tiempo largo.) Quiero tus relatos. El relato de tu aventura amorosa... con Armand. ¿Se te ocurre alguien mejor?

Wanda: Eres un monstruo.

Leopoldo: Soy un escritor. Yo escribí “El legado de Caín”, yo escribí “La madre santa”, yo escribí “Los cuentos de la Corte” y los dediqué a Catalina la Grande y ella lo recibió gozosa... Yo escribí “La madre de Dios”. ¡Yo soy comparado con los grandes escritores! ¡Yo soy el más grande! ¡Yo!

Wanda: Estás chiflado, Leopoldo.


Wanda se marcha dando un portazo.

Leopoldo (grita): Es fácil decirlo así. Yo creo en la libertad del cuerpo, Wanda, puesto que el alma no existe. Hablan del amor. ¡El amor! ¿Qué es? ¿Es que hay algo más imaginario, tanto, que hay hasta quien no se sorprende de que el amante tampoco exista? ¡El amor eterno! ¿Qué es eso? La muerte es destrucción; arrebata todo sentimiento, toda poesía. Lo único nuestro es el cuerpo, y cuando sufrimos sabemos que existimos. Sufro y existo. Mi cuerpo sufre y existo: soy yo. Cuando el sufrimiento termina, todo se acaba. ¡Y los infelices dicen que pasamos a mejor vida! ¡A los gusanos, a los gusanos les toca mejor vida cuando nos entregamos a ellos! (Un tiempo; más calmado, resopla) Y después no quieren reconocer que lo único nuestro es el dolor, y el cuerpo.


Leopoldo comienza a escribir frenéticamente; tira una o dos hojas a la basura, luego sigue escribiendo imperturbable.


Apagón.



Cuadro 5:


Mismo gabinete. Wanda, vestida con un tapado de piel, lee en voz alta y se pasea.

Wanda: ¿Por qué escribiste esto, Leopoldo? No hacía falta.

Leopoldo: Lee.

Wanda: Estoy leyendo.

Leopoldo: En voz alta.

Wanda: “La señora Aurora Rumelin, que tomará el nombre de Wanda Dunaiev...” ¿Es necesario?

Leopoldo: Completamente.

Wanda: Me pregunto qué mosca te habrá picado que no puedo usar mi propio nombre. ¿Qué polaca te habrá conquistado?

Leopoldo: ¿Lo harás o no?

Wanda (leyendo): “...se compromete sin reservas”, bla bla bla... Estás perdiendo el estilo, Leopoldo. “Mi esclavo: Las condiciones bajo las cuales te acepto como esclavo y te soporto a mi lado son las siguientes: Renuncia total a tu "yo". Con excepción de la mía, no tendrás voluntad. En mis manos serás un instrumento ciego, que lleva a cabo todas mis órdenes sin discutirlas.” No entiendo mucho esto, Leopoldo. ¿Qué quiere decir?

Leopoldo: ¿Te salió la pantalonera que no entiendes?

Wanda: Me gustaría que también cambiaras tu nombre. Fernando, ¿qué te parece?

Leopoldo: No.

Wanda: Dame una buena razón.

Leopoldo: Wanda...

Wanda: ¡Aurora! Si yo digo que mi nombre es Aurora y que seré tu ama con el nombre de Aurora, tendrás que llamarme Aurora.

Leopoldo: De ninguna manera.

Wanda: Entonces no firmo.

Leopoldo (irritado): Entonces no me molestes más cuando estoy con las sirvientas.

Wanda: Vino el padre de Katja.

Leopoldo: Siempre viene.

Wanda: Vino a reclamar por el brazo roto. No se cree lo de la escalera.

Leopoldo: ¿Y qué hiciste? (Pausa breve.) ¿Por qué no arregló conmigo?

Wanda: Estabas encerrado escribiendo y no quise...

Leopoldo: Hiciste bien.

Wanda: El padre no piensa lo mismo: dice que Katja no podrá lavar ropa en el río. Que ella ahora perdió valor.

Leopoldo: Ella vale.

Wanda: Cállate, Leopoldo. (Busca entre los bolsillos de su vestido). Acá llegó la carta de Angerer. (La lee.) ¿Sabes qué dice? Recién cobrarás los derechos de tu opereta cuando suba a escena en julio o en agosto en Praga.

Leopoldo: ¿No iban a poner “Los guardianes de la moral” Karlsbad? Allí me comparaban con Tolstoi.

Wanda: ¡Tolstoi!...

Leopoldo: Lee bien. ¿Qué dice de Berlín? (Se la intenta arrebatar, pero no lo logra.) Dame.

Wanda: No. Berlín en el otoño. Eso significa (cuenta)... ni un florín hasta...

Leopoldo: Es una prueba de amor, ¿no?

Wanda: Cada vez estoy más perdida.

Leopoldo: Sigue leyendo nuestro contrato. (Un tiempo.) Piensas solamente en el dinero.

Wanda: Si me dejaras publicar...

Leopoldo: No.

Wanda: O por lo menos publicaras con mi nombre aquello que me robaste.

Leopoldo: Eran bocetos...

Wanda (bajo): Ladrón. (Lee): “En el caso en que olvides que eres mi esclavo y en que no me obedezcas absolutamente en todo tendré derecho a castigarte y corregirte según me plazca, sin que puedas quejarte.” Esto me gusta. “Me estará permitida la mayor crueldad, y si te mutilo, deberás soportarlo sin quejas.” ¿Qué es la mayor crueldad? ¿Cómo voy a mutilarte?

Leopoldo: Porque serás Wanda.

Wanda: Pero, Leopoldo, yo te amo. ¿Cómo voy a dañarte?

Leopoldo: Es parte del amor.

Wanda: ¿El dolor es parte del amor? (Pausa larga.) ¡Y yo que creía que era el placer!

Leopoldo: El placer es un regalo del amor.

Wanda: ¡No entiendo, Leopoldo, no entiendo! (Pausa.) ¿Me seguirás amando cuando yo sea cruel?

Leopoldo: Más que nunca.

Wanda: ¿Más que nunca?

Leopoldo: Yo te daré mi piel.

Wanda (sigue leyendo): “Deberás trabajar para mí como un esclavo, y si yo nado en lo superfluo dejándote en las privaciones y pisándote con los pies, tendrás que besar sin murmuraciones el pie que te habrá pisado.” Qué lindo que escribes, Leopoldo. A lo mejor si yo hubiera sido ciega y nunca te hubiera leído, no estaría acá.

Leopoldo: Nunca nos habríamos conocido.

Wanda: ¿Piensas que fue el Destino?

Leopoldo: Podrías haber sido ciega, pero no sorda también. A lo mejor alguien te leía un libro mío...

Wanda: Ay, Leopoldo.

Leopoldo: ¿Lo harás?

Wanda: ¿Qué?

Leopoldo: Lo que está escrito.

Wanda (asiente y lee): “Si no puedes soportar mi dominio, si estas cadenas se vuelven demasiado pesadas, habrá que matarte porque yo nunca te devolveré la libertad.” Punto final.


Wanda se acerca a firmar.

Leopoldo: Te tiembla la mano.


Ambos firman.

Wanda: Se te terminaron las sirvientas.


Pausa.

Wanda: Ahora dame tu pasaporte, y el dinero.


Leopoldo le pone el látigo sobre la mesa.

Wanda: El pasaporte.

Leopoldo (tanteándose la ropa que tiene puesta): Ahora... Luego lo busco.

Wanda: Se terminó la comedia, Leopoldo. Ahora tráeme el pasaporte.


Leopoldo busca en los cajoncitos. Lo encuentra y se lo da. Ella amaga romperlo.

Wanda: Ya no lo necesitarás. No podrás moverte un solo paso de mi lado.

Leopoldo: Wanda, ¿y si tengo que viajar a París a cobrar los derechos de la novela?

Wanda: ¿Qué? Voy yo.


Rompe el pasaporte de Leopoldo.

Leopoldo (nervioso): Pero, Aurora...

Wanda (autoritaria): ¿Qué? (Un tiempo.) El dinero, Leopoldo.


Leopoldo va hasta un cajón y le entrega una caja de metal. Ella saca el dinero y lo cuenta.

Wanda: Ahora va a tener una mejor administración.

Leopoldo: Preciosa...

Wanda: Wanda, por favor.


Apagón.



Cuadro 6:


Misma sala de la primera escena. Delante de la puerta del gabinete, las dos sirvientas sentadas y espiando por el agujero de la cerradura.

Katja: ¿Qué hay?

Olenka (mirando): El señor se está quitando el saco.

Katja: ¿Y ella?

Olenka: Nada.

Katja: ¿Nada? ¿Cómo nada? Algo hará. (Corriendo a la anterior.) Déjame ver. (Mira.) Ah. Ya me parecía.

Olenka: ¿Qué? (Un tiempo.) ¿Qué?

Katja: Tiene puesto el visoncito, ¿te das cuenta? ¡El visoncito!

Olenka: ¿Y qué?

Katja: ¡El señor me lo había dado a mí!

Olenka: ¿Y tú le creíste?

Katja: ¿Y qué iba a hacer?

Olenka: Los señores nunca dicen la verdad.

Katja: No es cierto; es ella que no lo deja que nos... Ay, ya le ofrece las muñecas... ¿No es demasiado rápido?

Olenka: No. A ver. (Mira.) Ella no tiene cara de entusiasmada. Al señor no le va a gustar. Él dice siempre que una tiene que poner el espíritu en eso.

Katja: Es que ella no lo debe saber hacer. Una señora tan fina...

Olenka: ¿Quién, fina?

Katja: ¿Qué, ella no es...?

Olenka: ¡Una costurera del montón!

Katja: ¿Una costurera? (Un tiempo.) ¿Está desnuda debajo?

Olenka: Sí. No. Es que me la tapa el... Tiene el viso. (Un tiempo.) Era soldadesa antes de conocerlo al señor.

Katja: ¿Soldadesa?

Olenka: El señor la sacó del arroyo.

Katja: ¿Vivía en un bosque?

Olenka: ¿Qué? No. ¿Por qué? (Un tiempo.) Él le está hablando.

Katja: ¿Qué le dice? (Un tiempo.) ¿Qué le dice?

Olenka: No oigo. Le estará dando instrucciones.

Katja: ¿De qué arroyo la sacó?

Olenka: Del fango. (Un tiempo.) La muy estúpida llora. Se hace la muñequita de cristal. Hipócrita...

Katja: ¿Qué quiere decir fango, Olenka?

Olenka: La vi con el francés. Le hacía morisquetas. Se cree que es muy linda...

Katja: Es linda.

Olenka: ¡Vamos! ¿Alguna vez la viste desnuda? (Un tiempo.) ¿No? (Un tiempo.) ¿Completamente? (Un tiempo.) Mírala.

Katja (mira): Está un poco... pero es signo de buena salud. Ya le puso las esposas. Yo siempre me trabo cuando tengo que hacerlo...

Olenka: Manos de trapo.

Katja: No. No es eso. Es que me da miedo romperle un brazo al señor...

Olenka: A él, sin embargo, le gustaría...

Katja: ¿Te parece? (Mira) Lo está untando. Qué olor asqueroso larga eso.

Olenka: Aceite. A mí nunca me pide que se lo ponga. Debe ser para sentir más...

Katja: Es que seguro que después tendrá alguna... (Mira ensimismada) fiesta, una reunión... y tendrá miedo de que se le noten las... la sangre. A veces impresiona.

Olenka: Mi madre casi se muere cuando me vio así.

Katja: ¿Si?

Olenka: La perra de la señora le ofreció dinero. Sino mi madre la denunciaba al juez.

Katja (mirando): Ahí está. ¿Cuántas ramas de avellano cortaste?

Olenka: Tres. Dos para hoy... y... una la hice afilar.

Katja (maliciosa): Qué pícara.


Se oyen pequeños golpes rítmicos en la piel.

Katja: ¿Y? ¿Chilla el señor? (Un tiempo) ¿Qué ves, Olenka?

Olenka: La...

Katja: ¿Qué?

Olenka: Ella, que parecía tan reacia...

Katja (La aparta bruscamente): Déjame ver a mí. (Un tiempo.) ¡Ah! ¡Ah!

Olenka: Cállate. Te va oír.

Katja: ¡Y yo que me la creía tan fina!

Olenka: Porque eres una crédula. ¿Qué más hacen?

Katja: Ella se cansó.

Olenka: Y sí. No tiene la fuerza de una que...

Katja: Está sentada arriba del visoncito. ¡Mi visoncito, qué asquerosa! ¡Está sentada por la parte de la piel!

Olenka (asco): Ahh... (Un tiempo.) ¿Y qué más?

Katja: Se toca.

Olenka: ¿Se toca? ¿Qué se toca?

Katja: Se toca...

Olenka: ¿Y el señor?

Katja: Suplica.

Olenka: ¿Y ella?

Katja (asombrada): Hace... con la varita de avellano... (Un tiempo.) La señora es de las que se arreglan solas...

Olenka: Vamos. Yo la vi con el francés.

Katja: El visoncito va a quedar inutilizable.

Olenka: Cuéntame más. (Un tiempo.) Córrete. (Mira.) La muy mosquita muerta...

Katja: Estoy... ¿cómo se dice? (Un tiempo.) Como si me hubiera pasado un tren por encima.

Olenka (mirando entusiasmada): ¿Qué te duele?

Katja: Si me pasara un tren por encima no me sentiría tan rara... y por lo menos haría que un día fuera diferente del otro... Olenka... Olenka...

Olenka: ¿Qué?

Katja: ¿Qué hacen?

Olenka: Él llora. Como el niño cuando le quitas una golosina.

Katja: Nunca lloró conmigo. (Un tiempo.) ¿Le quitaste alguna vez una golosina al niño?

Olenka: Tiene muchas. Se le van a arruinar los dientes. Está hecho un marrano.

Katja: El otro no es tan feo como el señor...

Olenka: El señor dice que el otro es un gato.

Katja: Pobrecito...

Olenka: Se lo va a vender a los gitanos para que lo metan adentro de un frasco de vidrio...

Katja: Todos los padres son iguales al final. La única diferencia entre este y el mío, es que al mío le gustaba darme a mí y a este le gusta que le peguen... Vida más perra. (Un tiempo.) ¿Y ahora?

Olenka: Ella agarró el látigo. Y se desnudó.

Katja: ¿Y el señor?

Olenka: Jadea. Parece un enfermo de los pulmones como lo hace.

Katja: ¿El señor está desnudo también?

Olenka: Sí.

Katja: Yo nunca lo vi completamente desnudo. (Un tiempo.) Quiero ver. (Mira. Con decepción.) Parece mi hermanito Karl. (Pícara) El de nueve años... No más, no, no... Un niño. (Sonido de látigo y gemido.) Ah... Qué bruta.

Olenka: Ella una vez me pegó.

Katja: No te creo.

Olenka: Te lo juro.

Katja: Eso es porque eres tan torpe que a todo el mundo le entran ganas de pegarte.

Olenka: Me hizo levantarme la falda y la enagua y bajarme el calzón... Y me pegó al principio con la regla de costura y luego con la palma abierta porque decía que así dolía más...

Katja: ¿Y? ¿Dolía más?

Olenka: No. Mucho menos. Pero así aprovechaba ella para pellizcarme.

Katja: No te creo, Olenka.

Olenka: Tengo marcas.

Katja (atenta): Ah, ¿sí?

Olenka: La señora siempre me pide que le muestre las marcas que me dejó y luego me pide perdón.

Katja: Eso último te lo creo todavía menos.

Olenka: ¡Me besa en las marcas, Katja!

Katja: Se le deshizo el peinado. Está toda roja de sudor. ¡Y pega, y pega!

Olenka: ¿El señor ya le pide piedad?

Katja: Sí. Parece que sí. (Preocupada.) ¿Y te gusta que la señora se disculpe?

Olenka: Sí. ¡No, no! Me gusta porque después me da unos zlotys y yo los ahorro... Déjame ver.

Katja (con sorna): Unos zlotys...

Olenka: Oh. Tal vez ya no deberíamos mirar. (Mirando.) La señora trata de... de... bueno, como los animales. Pero el señor no...

Katja: ¿No qué? ¡No entiendo nada de lo que dices!

Olenka: No... No.


Katja le levanta un poco el vestido a Olenka –agachada delante suyo- y mete la mano debajo.

Olenka: ¿Qué estás haciendo?

Katja: Busco las marcas...

Olenka: No. No me gusta.

Katja: ¿Por qué? ¿Yo no soy tu amiga acaso?

Olenka: Sí, pero no...

Katja: Prefieres a la señora. La criticas todo el día, pero al final... (Un tiempo; sigue tanteando dentro de la ropa.) Claro, como yo soy pobre...

Olenka (se aparta de la cerradura, dice a la otra): Mira tú. Así te educas.

Katja: Interesada. (Mira.) Ah, ah. La señora está enojada... esa cara se la conozco... Es de cuando se hace añicos la vajilla.


Olenka mete su mano debajo de las faldas de Katja.

Katja: Ahh. ¿Qué...?

Olenka: Busco. Así te muestro adónde tengo las marcas...

Katja (apartándose un poco de la cerradura, erotizada): ¿Adónde?

Olenka: Creo que por... no, más acá... Quédate un poco quieta...

Katja: Es que...


En ese momento se abre la puerta del gabinete, sale Wanda arrastrando la piel y el látigo, ofuscada. Dentro, Leopoldo se retuerce atado y algo ensangrentado.

Wanda (a las sirvientas): ¿Qué hacen ustedes ahí?

Olenka: Nada, señora...

Wanda (al borde del llanto): Salgan. (Luego cierra la puerta del gabinete con llave, cruza la escena y sale.)

Katja (suspirante): Ése es mi visoncito...

Olenka (sarcástica): ¡Ése era tu visoncito!

Katja: ¿Y ahora?

Olenka: ¿Quieres que te muestre algo?

Katja: ¿Acá?

Olenka: En la cocina.

Katja: ¿Ahora?

Olenka: Es un secreto.

Katja: ¿Qué?

Olenka: ¡Es un secreto!

Katja: No voy.

Olenka: Estúpida. Es una llave gemela del gabinete. La buscamos y le abrimos al señor.

Katja: ¿Nosotras?

Olenka: ¿No te gustaría mostrarle tu visoncito?

Katja: ¿Qué? ¡Si lo tiene la señora!

Olenka: Si vamos él te toca y...

Katja: ¡Mi padre me lo prohibió!

Olenka: No. Él te toca nada más.

Katja: ¿Y para qué sirve?

Olenka: Da gusto.

Katja: No entiendo.

Olenka: En la cocina te lo explico.

Katja: ¡No! Acá.


Olenka se acerca a la Katja y secretea en el oído. La expresión de la otra cambia y se resiste. Entonces Olenka le da un beso rápido en la boca.

Katja: ¡Tienes unas ideas más raras!


Apagón.



Cuadro 7:


Gabinete en penumbras. Apenas se ve un sillón de orejas en el que está desplomada Wanda, que respira agitada y quien viste sólo un tapado de piel y sostiene, algo desentendida, el látigo con una de sus manos. Leopoldo, semidesnudo, se aferra a sus pies, en posición fetal.

Wanda: ¿Qué hora es?

Leopoldo: Las nueve, mi señora... ¿Puedo besarle los pies, mi dueña?

Wanda (algo impostada): Lámelos.


Leopoldo le lame los pies a Wanda. Ella lo mira de a ratos.

Leopoldo: ¿Lo hago bien, señora?

Wanda: Creo que no.

Leopoldo: Tendrá que azotarme, entonces.

Wanda (acariciándolo lentamente con el látigo): Eso es lo que estás buscando, pero no.

Leopoldo: ¿No?

Wanda: Aprenderás a lamerme los pies o no me verás en un mes.

Leopoldo: ¿En un mes?

Wanda: No saldrás de esta habitación en un mes. Estarás encerrado y comerás sólo una vez al día.

Leopoldo: ¿Me lo promete, mi señora?

Wanda: A un esclavo no puede prometérsele nada.

Leopoldo: Estoy en tinieblas.

Wanda: ¿Tienes miedo?

Leopoldo: No lo sé.

Wanda: Aprenderás, entonces.

Leopoldo: ¿Aprenderé?

Wanda: Aprenderás a tener miedo.

Leopoldo: Azóteme.

Wanda: No.

Leopoldo (besándole los pies. Rogando): Por favor, señora...

Wanda: No.

Leopoldo: Por favor...


Wanda, de repente, da dos latigazos al suelo. Leopoldo se sobresalta excitado.

Leopoldo: Es evidente que el francés está muy enamorado de usted. (Un tiempo largo.) Le tiembla la voz cuando le habla, señora. (Muy rápido.) Se nota que suda, se pone pálido, se le extravía la mirada, dice tonterías, aunque, en honor a la verdad, señora, las tonterías las dice él siempre.

Wanda: ¡Silencio!

Leopoldo (susurrando): Se lo ruego, mi señora, se lo ruego: pégueme...

Wanda: ¡Cállate!

Leopoldo: ¡Un francés! ¡Una mentalidad totalmente diferente! Quiero decirle que el que usted tenga un admirador tan ferviente me enloquece de felicidad.

Wanda: ¡Basta, esclavo!

Leopoldo: ¿Es una orden?

Wanda: Trae mis zapatos.

Leopoldo: ¿Se va, mi señora?

Wanda: ¿No entiendes lo que te digo?

Leopoldo: Sí, señora. (El no se mueve.)

Wanda: ¿Qué haces ahí? Sigues sin entender... Lee mis labios: “los zapatos”.

Leopoldo: ¿Me va a abandonar?

Wanda: Trae mis zapatos, no preguntes. (Da un latigazo al suelo.)


A gatas, Leopoldo busca por todo el gabinete los zapatos de Wanda, que lo mira en absoluto silencio. Se escucha, jadeante, la respiración de Leopoldo. Pausa. Encuentra los zapatos y vuelve hacia Wanda.

Leopoldo: Aquí están.

Wanda: Colócamelos.

Leopoldo (Colocándole los zapatos muy lentamente): Nunca la creí tan cruel, mi dueña.

Wanda: ¿En qué estás pensando?

Leopoldo: Yo no pienso, señora. Sólo recibo órdenes.

Wanda: ¿Cuáles te gustaría recibir?

Leopoldo: ¿Cuáles le gustaría impartir?


Wanda no responde. Se miran en absoluto silencio.

Wanda: ¿Terminaste con los zapatos?

Leopoldo: Están listos.

Wanda: Bien.


Silencio. Pausa. Wanda bosteza.

Leopoldo: ¿La señora tiene sueño?

Wanda: Quisiera dormir.

Leopoldo: ¿No quisiera azotarme antes?

Wanda: No voy a hacerlo, Leopoldo.

Leopoldo: ¿La señora se aburre?

Wanda: Quiero dormir.

Leopoldo: Tenga piedad, no me deje solo.

Wanda: Sólo quiero dormir, Leopoldo.

Leopoldo: Wanda, no sea cruel. ¡Azóteme!


Leopoldo acaricia el látigo y la insita a azotarlo.

Leopoldo: Vamos, una vez más... Soy su esclavo... Soy suyo... Su propiedad absoluta... Sin voluntad... Míreme cómo tiemblo... No soy un hombre... No soy, ya... Sufro, señora, necesito que me azote, necesito aprender de usted... Hágalo... Aráñeme, píseme... Marque mi cuerpo...


Wanda se levanta algo aturdida del sillón y da unos pasos. Leopoldo repite “Hágalo” cuando ella se da vuelta y le da un latigazo en el rostro. El grita de dolor y se arrincona en el sillón. Wanda se asusta.

Wanda: ¡Leopoldo!

Leopoldo: Mi ojo... Marcaste mi ojo...

Wanda (arrojando el látigo): ¡Dios mío, Leopoldo!

Leopoldo (con lágrimas de sangre en el ojo derecho): Lloro sangre, Wanda... Mi señora... La amo... Hágalo de nuevo.

Wanda (llorando): ¡No, no! Basta, Leopoldo. Estás sangrando.

Leopoldo: Mi sangre es tu sangre.

Wanda: Basta. Quiero ver. (Examinando) Déjame ver, Leopoldo. ¡Ay, tus ojos! ¿Puedes ver? (Pausa breve; Wanda exhausta). Voy a llamar al médico. (Grita) ¡Katja! ¡Olenka!

Leopoldo: No, Wanda, no. El médico no. No hará falta, ya verás. (Un tiempo.) Es un rasguño.

Wanda: ¡Estás sangrando!

Leopoldo: Con una venda, una pequeñita será suficiente. No te intranquilices, no hagas caso.


Pausa tensa.

Wanda: He sido fuerte mientras he podido.

Leopoldo (retomando el juego anterior): Recoja el látigo y enséñeme.

Wanda (buscando su ropa): No puedo más.


Leopoldo recoge el látigo y se lo entrega a Wanda.

Leopoldo: ¿Quiere que lo haga por usted?

Wanda: ¿Qué dices?

Leopoldo: ¿Quiere que me azote en su honor?

Wanda: Haz lo que quieras.

Leopoldo: Voy a matarme ante ti.

Wanda: No podrías.

Leopoldo: No puedo existir sin ti. (Pausa mínima.) ¿Ya no me amas?

Wanda: No sé mentir.

Leopoldo: No te merezco. No soy digno de ti.

Wanda: No empieces, Leopoldo. Mi historia terminó.

Leopoldo: Puedo ahorcarme con el látigo desde aquella viga. ¿La ves? No sería el primero.

Wanda: Cállate.

Leopoldo: ¿La señora quiere que bese sus pies?

Wanda: No soy tu señora.

Leopoldo: ¿Quieres otra piel?

Wanda: Quiero mi piel.

Leopoldo: No quiero perderte. No soportaría perderte.

Wanda: No soy tuya.

Leopoldo: Yo sí.


Silencio.

Wanda (mirándole la sangre): Debemos llamar a un médico.

Leopoldo: Recuerda el juramento.

Wanda: Se terminó, Leopoldo.

Leopoldo: ¿Qué cosas te prometió el francés?

Wanda (sorprendida): ¿Qué dices?

Leopoldo: ¿Cómo es su nombre? De repente, lo olvidé...

Wanda: Te he sido siempre fiel.

Leopoldo: ¿Firmarás un contrato con él?

Wanda: A veces, desearía partirte la cabeza con un hacha, sólo para ver lo que hay dentro de ella.

Leopoldo (irónico): Estoy a tu disposición.

Wanda: Se llama Armand.

Leopoldo: ¿Lo amas como a mí?

Wanda: Ya te lo dije: no puedo mentir.

Leopoldo: ¿Y a cuál de los dos mientes?

Wanda: A ti.

Leopoldo: ¿Cómo puedes estar tan segura? Te he visto empuñar el látigo con el mismo placer con el cual yo recibía los golpes.

Wanda: Lo hacía por ti. Lo hacía por todos.

Leopoldo: ¿Por todos?

Wanda: Quería tratar de salvarte... salvarte para mí. Ahora renuncio.

Leopoldo: Me duele el ojo.

Wanda: Llamaré a Katja... o a Olenka.

Leopoldo: Antes no querías que ingresaran aquí.

Wanda: Ya no me importa.

Leopoldo: Estoy muy solo.

Wanda: Yo también.

Leopoldo: No podré olvidarte. No puedo olvidarte. Te pertenezco por entero, Wanda.

Wanda: Soy Aurora.

Leopoldo: Para mí eres Wanda.

Wanda: Aparecerá otra Wanda, Leopoldo. Como antes.

Leopoldo: ¿Lo harías una vez más?

Wanda (alejándose): ¿Qué dices?

Leopoldo (con el látigo en la mano): Una vez más, sólo una. La última.

Wanda (saliendo): ¡Que Dios te ayude!


Wanda Sale.

Leopoldo (abrazando el látigo): ¿Qué Dios?


Apagón.



Cuadro 8:


Misma sala de la primera escena. Wanda está terminado de cerrar unas valijas con la ayuda de Katja. De vez en cuando, desde la puerta del gabinete, se escuchan, lejanos, los sonidos del látigo. De la puerta opuesta, también lejanos, se escuchan risas de niños.

Wanda: ¿Terminó con las maletas de los niños?

Katja: Sí, señora.

Wanda: ¿Dónde están?

Katja: ¿Las maletas?

Wanda: Los niños, Katja, los niños.

Katja: Afuera, señora. ¿No escucha sus voces?

Wanda: Escucho otro ruido.

Katja: Yo también, pero no sabía si...

Wanda (interrumpiendo): Está bien, está bien. Procure no escucharlos más.

Katja: ¿Cómo dice?

Wanda: Trate de... usted también tiene un porvenir ahí fuera.

Katja: Lo sé, señora, lo haré.

Wanda: Transmítale estas palabras también a Olenka. Y mis saludos.

Katja (asiente): ¿Se llevará los tapados?

Wanda: No. (Duda.) Sí, me llevaré uno. El visón de mar.

Katja: ¿Quiere que lo traiga?

Wanda: ¿Sabe cuál es?


Silencio mínimo. Katja deja entrever una sonrisa y sale. Wanda se desploma en un sillón y lee una carta. Continúan escuchándose los latigazos y las risas de los niños.

Voz de Armand (en off): “Wanda: Me he jurado a mí mismo que mi vida tendrá un único fin: hacerlos felices a ti y a los niños... Y, ya ves qué extraño resulta todo; por mucho que el verte así me haga sufrir, tu desdicha constituye sin embargo mi felicidad... Ahora ya no tienes a nadie que se ocupe de ti, salvo yo... ¿Comprendes cuán feliz me siento? ¡Poseerte yo solo!... Déjalo y pertenéceme por entero. A los niños los querré más que él –si es que él puede amar a alguien-; los educaré mejor y aseguraré su futuro... Tuyo, Armand.”


Ingresa Katja con el tapado y se para delante de Wanda, que está algo perdida en sus recuerdos.

Katja: Señora.


Wanda no responde.

Katja: Señora.

Wanda (volviendo): Sí, si.

Katja: El tapado.

Wanda (levantándose): Esta bien, llévelo con las otras cosas, y lleve aquellas maletas con los niños. El coche debe estar por llegar.


Katja recoge las valijas y sale. Se escuchan, alternadas, las voces de Armand y Leopoldo.

Voz de Armand (en off): “Deja a tu marido y serás mía por completa”.

Voz de Leopoldo: “¿Me atarías, Wanda? ¿Atarías mi corazón al tuyo?... ¡Qué hermosos ojos tienes cuando sufres! Con esos ojos ves mi carne azotada por tu látigo, ves cuánto te pertenezco, cuánto te amo...”


Wanda sale; al cabo de unos instantes vuelve, y busca, entre los pliegues del sillón, un látigo al que guarda sigilosamente en su cartera.

Wanda (murmura): Mi historia terminó.


Wanda sale.


Apagón final.

         
         

Leonel Giacometto Datos sobre el autor

© Patricia Suárez Datos sobre el autor

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