P O R T A D A       Juan García Ponce. Fotografía tomada del excelente sitio http://www.garciaponce.com/, se puede acceder pulsando sobre la imagen.    
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Juan García Ponce
y sus críticos

Conferencia sustentada en la Playa del Carmen, 24 de octubre de 2004

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El espectáculo de un escritor que continuamente está ofreciendo al público libros ya es de por sí interesante. En términos más o menos técnicos, eso se llama tener una vocación firme y nuestra época, veneradora de la cantidad, celebra apriorísticamente dicho fenómeno, contra el cual sólo un prurito de censor extremo, fundamentalista, podría exigirle a un autor prolífico que acompañara su exuberancia con una razonable calidad. Sin embargo, ¿qué tribunal podría ofrecer un fallo inequívoco sobre la calidad literaria, cuando observamos con harta frecuencia que la literatura se adelanta a la época en que fue escrita y que, por el lado contrario, muchas obras e incluso autores enteros que en su momento gozaron o toleraron una fama desmedida, pasan a ser patrimonio de la más fría erudición, la que deslumbra en tanto esfuerzo investigativo pero que poco o nada les dice a los lectores y críticos de un período histórico, mismos que, como sabemos, junto con los autores configuran el sentido profundo de esa misma época, si admitimos que es el pensamiento la potencia que dibuja la verdadera fisonomía de las etapas históricas?

Ese tribunal infalible, como ya se ha insinuado, como ya lo puntualizó insistentemente Jorge Luis Borges, resulta ser el tiempo, que coloca a ciertas obras en la categoría de clásicas; es decir, de productos artísticos cuyo valor ya no está en discusión, pero de las cuales se pueden discutir muchos aspectos, hasta el grado de que alguna de ellas, como ocurre con Muerte sin fin, permanezca olímpicamente inexpugnable, a pesar del entusiasta asedio de las mentes más brillantes y sensibles de nuestra época.

Pues bien, en la obra de Juan García Ponce tenemos una admirable conjunción de exuberancia y de talento literarios, con el añadido de que el tiempo ha estado colaborando generosamente con su versátil producción, hasta colocarlo en un sitio que incluso a mí, mero admirador consuetudinario de su obra, me sorprende tanto por sus repercusiones en el pensamiento de vanguardia, que muestra una singular identificación entre crítica literaria y filosofía, como por su conquista de públicos cada vez más amplios, detalle que refleja la reedición de algunas de sus más significativas piezas narrativas y algunos de sus más esclarecidos ensayos.

Colocado desde sus inicios y por decisión personal en un espacio ciertamente elitista, Juan García Ponce le apostó a la más temeraria de las empresas literarias: utilizar un alfabeto propio que pudiera a su vez brindar la visión más personal del mundo. Esto es, ser fiel a ese oscuro imperativo de la intuición artística que le dicta a la conciencia del escritor la orden de estructurar melódicamente su particular impresión de la realidad, pletórica de imágenes confusas, de fantasmas distractivos o burlones, de ordenamientos y sugestiones de esa entidad creada por los poderes instituidos que la terminología psicoanalítica denomina superego; en suma, la construcción de un universo preciso, diáfano y elocuente, en el que el primer lector gozoso es el propio autor porque con su trabajo sistemático y, en lo que se refiere a García Ponce, exhaustivo, va configurando exactamente las respuestas que la complejidad del mundo le plantea; respuestas que, como sabemos, en el mundo del arte son más bien ambiguas que unívocas y con ello más ricas, porque la propia realidad se manifiesta así, irreductiblemente dialéctica, excepto cuando acontece la aparición de lo invisible, el factor sagrado de la naturaleza, en el que no puede haber recuerdos ni esperanzas porque la presencia del absoluto se basta a sí misma, es un regalo de los dioses y por lo tanto no admite preguntas ni respuestas, sino que ambas posibilidades del intelecto se diluyen, se anulan, frente al inefable fulgor de lo sagrado.

En otras palabras, quiero decir que la escritura de Juan García Ponce eludió compromisos nacionalistas, preceptos históricos, ortodoxias estilísticas, para abocarse con una riesgosa fidelidad a necesidades personales de autorrealización que, por el espíritu de la época en que empezó a escribir, el fin de la modernidad y el principio de la postmodernidad, lo llevaron a postular reiteradamente la urgencia de recuperar el sentido religioso de la existencia, pero ya no adscrito a ninguna de las iglesias convencionales, y ni siquiera, aunque podría suponerse que sí, dada su recurrente celebración del fenómeno artístico, adscrito a la nueva iglesia verdaderamente ecuménica de nuestro tiempo, que es el arte, sino más bien oficiante de un rito muy antiguo, el de la iniciación gnóstica, reservado en tiempos remotos a unos pocos elegidos en cuanto beneficiarios, luego sepultado en Occidente por el imperio de las iglesias autoritarias o mediatizadoras, y ahora, de algún tiempo a esta parte, detentado por los artistas, especialmente los escritores, según señala Milan Kundera en su libro El arte de la novela , cuyos beneficiarios potenciales son todos los lectores descontentos con el pensamiento entronizado y que por lo tanto buscan en diferentes fuentes gnoseológicas respuestas fidedignas para su sed de conocimiento profundo.

Dicho de otra manera aun, sucede con la obra de García Ponce que tras sus atributos meramente literarios está una porfiada intención de ofrecer a sus lectores posibilidades de conocimiento profundo de la realidad que, consecuentemente, les otorguen pautas existenciales que, en primer lugar, impliquen una aceptación del universo tan plena que pueda tener las características de una verdadera comunión, de una relación sacra y entusiasta con el cosmos; y en segundo pero no menos importante lugar, le provoquen al lector una adicción permanente, incurable, respecto del arte en general como proveedor de placer intelectual y revelaciones vitales, y específicamente respecto de ciertas figuras de las artes poética, narrativa y pictórica que mejor han explorado y sacado a flote el sentido profundo de eras de transición tan importantes para el espíritu como el derrumbe de los valores burgueses y el paso de la modernidad a la postmodernidad.

Pero como veo con alarma que el inicio de esta ponencia peca de acelerado, conceptuoso, generalizador, recapitulemos sobre esa aseveración de que García Ponce eludió compromisos nacionalistas, preceptos históricos, ortodoxias estilísticas. Pues bien, como heredero de la gesta del grupo Contemporáneos, García Ponce asimiló positivamente la idea de que el mejor camino para culturizar un país nuevo que por lo mismo busca afirmarse en un nacionalismo a ultranza, es el de acudir con puntualidad y agudeza a los fenómenos estéticos y conceptuales del entorno internacional, recurso que por cierto ya había sido utilizado por los integrantes del Muralismo Mexicano y que, sin embargo, después de asimilar las principales corrientes pictóricas de Europa pretendía encerrarse dentro de un nacionalismo excluyente, negador de sus propios orígenes universales.

Por ello, García Ponce aparece ligado en más de un sentido al movimiento pictórico mexicano llamado Generación de la Ruptura, en el que jóvenes artistas como Cuevas, Felguérez, Lilia Carrillo, el propio hermano de Juan, Fernando García Ponce, entre otros muchos, se liberaron de la ortodoxia historicista impuesta por los representantes de la Escuela Mexicana y hallaron en Juan García Ponce un intérprete meticuloso y entusiasta de sus búsquedas y sus hallazgos.

Y en lo que se refiere a los preceptos históricos, hay que decir de una vez que García Ponce simplemente dejó a un lado todo compromiso con la Historia, tanto de México como la Universal, entendida ella como adhesión a una causa determinada, una noción determinista del acontecer, una teleología que prometiera por lo menos avances sustanciales en el modo de convivir los pueblos y las naciones, porque el intelecto de García Ponce prefirió ubicarse dentro del mito (el cual opera dentro de un sistema de eterno retorno), en vez afiliarse a la tendencia más o menos generalizada de los escritores iberoamericanos, que optaban por marcos históricos bien definidos para desarrollar sus narrativas, lo cual, por supuesto, no se opone ni trata de demeritar logros tan definitivos como Al filo del agua de Agustín Yánez, o Pedro Páramo de Rulfo, novelas en las que la Revolución Mexicana tiene un papel más o menos central, pero sí indica una preferencia, asumida incluso como obsesión, por el mito, ese dibujo arquetípico que las acciones humanas trazan una y otra vez y en el que se revelan modelos de conducta tan intensos que reflejan nítidamente qué clase de entes somos en la pavorosa inmensidad del universo y en la no menos extensa y pavorosa inmensidad del tiempo.

Creo entender por Historia el recuento de hechos importantes para la humanidad. Sin embargo, en uno de sus típicos ensayos irónicos y sugestivos, titulado "El pudor de la Historia", Borges le reprocha a esta disciplina o entelequia (entelequia en el sentido popular de ficción, ensueño, irrealidad, ideal, invención) haber olvidado resaltar el momento en que surgió el modelo de persona contemporánea, el lector, detalle referido en alguno de los muchísimos volúmenes de ardua erudición que Borges manejaba como si fuesen abalorios, en el que se da cuenta, no sin asombro, cómo un hombre movía los labios sin emitir palabras porque estaba absorto en un objeto rarísimo y ciertamente mágico: un libro.

Es obvio que sin memoria histórica seríamos poco menos que cavernícolas, y el propio Borges se sirve de ella para fundamentar relatos tan famosos y cautivadores como "El inmortal" o "Acercamiento a Almotásim" con una admirable economía verbal; pero lo que quiero enfatizar es la actitud de ciertos escritores respecto de la Historia, entre ellos el mismo Borges, que parte de ella para sugerir otros aspectos de la realidad humana más enigmáticos pero mucho más importantes para el individuo; y en por lo que respecta a García Ponce, este alejamiento de la Historia en cuanto cúmulo de datos fidedignos y verificables, claros y aleccionadores, es prácticamente total.

En este sentido, García Ponce parece cumplir la recomendación de Kundera que así reza:

"El que piensa no debe esforzarse en convencer a los demás de su verdad; en tal caso se encontrará en el camino de un sistema; en el lamentable camino de 'el hombre de convicciones'; a algunos hombres políticos les gusta calificarse así; pero ¿qué es una convicción? Es un pensamiento que se ha detenido, que está inmovilizado, y el 'hombre de convicciones' es un hombre limitado; el pensamiento experimental no desea persuadir sino inspirar; inspirar otro pensamiento, poner en marcha el pensamiento. Las convicciones son enemigas de la vida más peligrosos que las mismas mentiras."

A propósito, debo decir que tal actitud respecto del universo es una de las características más celebradas de uno de los maestros espirituales y estilísticos de García Ponce: Borges, del que García Ponce ha dicho que ha sido capaz de la escritura perfecta. Pero como vemos en una escena de El tigre y el dragón, esa película tan insuflada de filosofía oriental, el famoso vacío del budismo, la duda sistemática sobre la realidad del mundo, retroceden ante la contundencia de una mano tocada amorosamente por otra mano; es decir, que hay una realidad incuestionable: la de los cuerpos trascendidos entre sí y colocados en una esfera idílica, la del amor, que sin embargo en la obra narrativa de García Ponce se sitúan más allá o más acá del arquetipo platónico del amor, porque su más intensa manifestación se da en el erotismo sexual, en esa dimensión arcaica de los ritos paganos que fue combatida ferozmente por el catolicismo y que en ese tránsito de la modernidad a la postmodernidad que empieza a ocurrir desde finales del siglo xix y que tiene su eclosión en los años sesenta del siglo xx , exactamente cuando García Ponce comienza a publicar sus escritos, regresa con toda su carga de éxtasis sagrado, ya que si bien la gran mayoría de los grandes artistas de dicha época asumen la consigna nietzscheana de que Dios ha muerto, buscan en los esplendores naturales y en el arte por el arte (el arte como punto de partida y como meta, como proveedor de inspiración artística, aunque ello sea calificado como parodia), la totalidad que Dios ha dejado vacante; y de esos esplendores naturales, ¿qué podría ser más atractivo, más digno de veneración, que el cuerpo humano, contemplado y gozado ya no sólo como expresión de la sección de oro de los pitagóricos o como ilustración de la figura perfecta, el círculo, según el famoso dibujo de Miguel Ángel Buonarroti, sino como vehículo de transporte místico, ya sea en la contemplación o en el propio acto sexual?

Por lo que se refiere al hecho de que García Ponce se alejó de ortodoxias estilísticas, lo constatamos con suficiente claridad en uno de sus primeros cuentos, "Feria al anochecer", en el que no sólo impune, sino que victoriosamente se atreve a incluir numerosas, excesivas tríadas de ese elemento de la gramática injustamente satanizado por la preceptiva moderna: el adjetivo; y no contento con este acto de rebeldía, utiliza la figura pleonástica "lapso de tiempo" sin caer en el pleonasmo, con el sencillo recurso de escribir "lapso de tiempo libre", que para mi gusto es, dentro de su sencillez, tan sorpresivo como la cinta de Moebius o los personajes desafocados de cierta película de Woody Allen.

Pero el caso es que acudo a estas inocentes transgresiones y hallazgos del cuento "Feria al anochecer" porque, independientemente de la preferencia que yo pueda tener por él, que a fin de cuentas no importa, lo cierto es que "Feria al anochecer" ocupa numerosas y sustanciales páginas del libro de María Cristina de la Peña titulado Imágenes del deseo / Estética en la obra de Juan García Ponce, ensayo que no tiene una sola palabra de más y sobre el cual nos ocuparemos, aunque sea brevemente, al final de esta ponencia, que si aspira a tener algún mérito lo coloca en las citas y no en mis propias consideraciones.

Por otra parte, tenemos que ese alejamiento de ortodoxias estilísticas se da en la mayor parte de la narrativa de García Ponce bajo un recurso paradójico: imitando con absoluto descaro a sus autores preferidos, desde el sobrio y directo Cesare Pavese hasta el profuso y laberíntico Marcel Proust, pasando por Nabokov, Thomas Mann, Robert Musil, Borges y muchos otros que uno de los más lúcidos y aplicados comentaristas de la obra de García Ponce, John Bruce-Novoa, se ha encargado de catalogar en su ensayo "La novelística de Juan García Ponce: el deseo por el modelo", que se puede leer en el libro Juan García Ponce y la generación del medio siglo, editado en 1994 por la Universidad Veracruzana, y que en uno de sus párrafos más eruditos desglosa ese sistema de parodias usual en la narrativa de García Ponce de la siguiente manera:

"Para comprender lo que Musil no logró plasmar bien en La realización del amor -le faltó darle espacio al desarrollo de la protagonista para preparar el final- hay que leer La cabaña. Pero al mismo tiempo, para comprender que Blanchot pudo haberse equivocado en su novela L´Arrêt de morte y Bataille en La Morte, también hay que leer La cabaña, ese espacio donde Musil, Blanchot y Bataille se encuentran en el claro del bosque que resuena con los ecos de lo sagrado de un ensayo o de una novela de Pavese, todo para fundirse con la presencia del ángel tan caro a Rilke. (...) Una y otra vez se funden los modelos en la escritura de García Ponce: La escena de El libro que pasa en un escenario de Las tribulaciones del joven Törless, la reescritura de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke en La vida perdurable, la transposición de La llave de Tanizaki dentro de De anima donde el autor rescribe la creación de su propio cuento 'El gato' y luego hace que se realice la filmación del mismo que en la contingencia de la 'vida real' nunca se pudo llevar a cabo, filmación que recrea una vez más la escena del exhibicionismo en un taxi que es un homenaje a Bataille", etcétera.

A esta serie habría que agregar, entre otras parodias, la de La revocación del edicto de Nantes, de Klossowski, que se observa en De anima al estar estructuradas ambas novelas con la inclusión de los diarios íntimos de sendas parejas de amantes; parodia, por cierto, señalada por el propio García Ponce en la "Introducción" de De anima, en la que también reconoce la presencia de Tanizaki en cuanto autor erótico.

Pues bien, ya que esta ponencia se titula "Juan García Ponce y sus críticos", debo anticipar que el género ensayo tiene para mí un supremo interés adicional cuando se refiere a mis autores preferidos, especialmente cuando el análisis parte de personajes que unen a su preferencia por dichos autores una visión extremadamente sagaz que viene a reconfigurar mi perspectiva sobre tales escritores, ello dentro de un proceso sumamente agradable de aceptaciones, rechazos o suspensión provisional de la credulidad, que se parece muchísimo al propio acto creativo. Lo curioso del asunto es que la propia obra ensayística de García Ponce ilumina su obra narrativa, como trataremos de verificar, tanto por esa condición señalada de parodia en su escritura, como por el testimonio que ofrecen sus ensayos acerca de una cierta actitud ante el mundo y ante la escritura.

Por ejemplo, en estos días estuve leyendo el libro Crítica sin fin, abocado a la obra de José Gorostiza, en el que participan los más entusiastas y lúcidos comentaristas de este poeta singular, y aunque el misterio radiante de Muerte sin fin permanece sin develar porque uno de los atributos más célebres de este poema es precisamente su irreductibilidad a otro lenguaje que no sea el mismo del poema (lo cual permite que los momentos más convincentes y emotivos del análisis sean justo los que transcriben versos de Muerte sin fin), observamos acercamientos luminosos a este poema, semejantes a la dialéctica platónica, que no desentraña la verdad última de conceptos caros al pensamiento como la propia poesía, el amor, la templanza, la justicia, etcétera, pero que sí nos entregan verdades parciales, deslumbrantes, útiles y agradables, exactamente como lo apunta Kundera en la cita que transcribimos al principio de esta charla: despertando a la inteligencia de su sueño egoísta y prejuicioso.

Dice también Kundera: "Del mismo modo que Robert Musil acercó la novela a la filosofía, Nietzsche acercó la filosofía a la novela." Y también refiriéndose a Nietzsche dice el escritor checo: "Por primera vez la filosofía no reflexiona sobre la epistemología, la estética, la ética, la fenomenología del espíritu, sobre la crítica de la razón, sino sobre todo lo que es humano." Nosotros podríamos ser más audaces que Kundera y proponer que en Así hablaba Zaratustra se diluyen los límites entre poesía y filosofía, de manera que podríamos decir acerca de esta obra que es filosofía poética o poesía filosófica sin acertar cabalmente en su definición.

Evidentemente, nos hemos detenido en la figura de Nietzsche porque, parafraseando a Pedro Páramo, podemos afirmar que todos los grandes pensadores de los últimos cien años son hijos de Nietzsche, pero sobre todo porque la presencia de este raro y trágico escritor es muy visible y expresa en la obra de García Ponce, especialmente porque su afirmación de que Dios ha muerto fue tomada muy en serio, y dolorosamente también, por artistas de la estirpe espiritual de García Ponce.

Así, es bajo esta noción de la ausencia de una totalidad en la que pueda apoyarse la obra y la vida del ser, que García Ponce hace la siguiente afirmación sobre la novela; afirmación que por supuesto se revierte sobre la obra del mismo García Ponce, que dice así "¿Qué pasa con la novela en México?":

"La novela ha vuelto al terreno inevitablemente libro, inevitablemente solitario, de la invención de posibilidades, a través de las cuales deben darse nuevas e imaginadas, tal vez no reales todavía, imágenes del hombre que pueden, por supuesto, convertirse en modelos para el hombre. ¿Pero cuáles son los instrumentos a los que tiene alance para realizar esta tarea? Fundamentalmente son dos, esencialmente pueden reducirse a dos aspectos, que resultan opuestos a primera vista y que deben unificarse dentro de la realidad fuera de la realidad que crea y hace posible para sí el espacio de la novela. Esos dos elementos fundamentales son el cuerpo y el lenguaje. El cuerpo porque es el único garante legítimo de la realidad del individuo en un mundo dentro del que todo sentido de la realidad, toda posibilidad de coherencia, se ha ausentado. El lenguaje, porque sólo él puede establecer la comunicación entre la vida del cuerpo y la conciencia de esa vida, porque nacido del cuerpo le permite contemplarse a sí mismo."

La reversión de este comentario general sobre la particularidad de la narrativa de García Ponce, encuentra confirmación en las siguientes palabras de John Bruce-Novoa tomadas de su referido ensayo:

"El lector buscado por estos textos es el que está dispuesto a entrar al juego de la pérdida de identidad, a dejarse seducir por la belleza inútil en términos sociales y, aún más, dejase convencer por el modelo de una vida alternativa que ofrece el texto (...) Ese lector modelo tiene que sentirse, también, como el objeto deseado de la narración. Es su vida, su contemplación creadora, que se desea, pero no la del individuo en sí, sino la del lector capaz de perderse en lo genérico de los lectores escogidos..."

Pero es María Cristina de la Peña la que coincide plenamente con esa observación de García Ponce sobre la novela que propone imágenes del hombre que pueden convertirse en modelos, pues esta extraordinaria crítica asevera que la orgía, uno de los factores "perversos" de la narrativa de García Ponce, "presupone la instauración de costumbres que no son, parcial o totalmente, repudiadas por aquella sociedad (de la que nacieron), sino que a su vez forman una nueva sociedad -acaso una sociedad secreta, futurista, utópica-, que es una negación de la existente y el embrión de lo que constituye probablemente la fuerza operante de un periodo de transición." (cursivas de la autora)

(Por cierto, esta sociedad la podemos visualizar en la última cinta de Stanley Kubrick, Ojos bien cerrados, extirpándole el agravante del asesinato.)

Este "período de transición" está brillantemente analizado por otro participante del libro Juan García Ponce y la generación del medio siglo: Óscar Rivera-Rodas en su ensayo "Categorías de la posmodernidad en Juan García Ponce", en el que se postula primeramente que la modernidad es un proyecto inacabado, pero que "se caracteriza por su desencanto respecto a las grandes y trascendentes concepciones tradicionales (de la metafísica, teología y ontología) que, mientras para la tradición revelaban la verdad, para la modernidad sólo pretenden explicar mediante mitos y dogmas los aspectos incognoscibles de la realidad". Sin embargo, Rivera-Rodas, se apoya en el filósofo Habermas cuando en 1981 escribe éste que "el proyecto de modernida d todavía no ha sido realizado. Y la recepción del arte es sólo uno de sus al menos tres aspectos (los otros son la ciencia y la moral). El proyecto pretende reconectar diferencialmente la cultura moderna con la praxis cotidiana que todavía depende de herencias vitales, aunque el nuevo tradicionalismo la empobrecería".

En suma, lo que Rivera-Rodas propone es que García Ponce empieza a publicar justo cuando el período de transición entre modernidad y postmodernidad está ocurriendo, y que a pesar de poseer García Ponce mucha de esa conciencia escéptica y dolorida por lo irresoluto de la época que fenece y por la ausencia de Dios que es su signo o divisa más importante, escribe ya desde una perspectiva postmoderna, en el sentido de que su reflexión (pues Rivera-Rodas se ocupa de la obra ensayística de García Ponce) "logra articular categorías que permiten comprender el arte y la literatura de la modernidad más allá de sus límites inmediatos y explícitos. Ante la negación de las formas representativas tradicionales de la realidad y el mundo vacío y sin sentido, carente de toda metafísica inmanente, García Ponce afirma que se debe ver en esas expresiones una dimensión de lo sagrado, que no tiene nada que ver con las nociones religiosas de la tradición. Esta es una propuesta digna de atención, puesto que representa la recuperación por la conciencia moderna y libre, aunque en soledad irremediable, de esa categoría (lo sagrado) de la que se apoderaron las sectas religiosas para convertirla en instrumento de su violencia autoritaria".

Esa "dimensión de lo sagrado" está también explícita, sugerida e invocada en muchas partes de la narrativa de García Ponce; tanto, que sería titánico hacer siquiera una antología de esos momentos, pero como la referida ensayista María Cristina de la Peña se ocupa de este aspecto (y de otros) con meridiana lucidez, como se decía antaño, dejemos para el final sus aportaciones al tema.

Mientras tanto, sería injusto dejar de mencionar en este parcial recuento de críticos en torno a García Ponce a Adolfo Castañón, que en su libro Nueve del treinta puntualiza lo siguiente, contenido en el ensayo "Juan García Ponce: la mirada de una voz":

"...no deja de ser asombroso que sea un escritor en apariencia tan desarraigado y tan ajeno a las tradiciones o al menos a los protocolos más burdos de nuestra cultura patria el que, a través de su actitud, de su honestidad y valentía, venga a revelarnos algunos de los caracteres más relevantes y menos halagadores de la tradición cultural local. De ser así, ¿qué lugar cabe en la cultura a la audacia de este ensayista que abre su propio tiempo situándose fuera de las edades oficiales, poniéndose al margen para hacer de esa orilla su origen, su centro? Su lugar sólo puede ser la frontera -de ahí su dificultad no siempre evidente para establecer un límite estricto entre los géneros-, la línea ambigua e imaginaria que separa un lugar de otro y que hace de quienes la habitan hombres habituados a la soledad, dueños de una incómoda tolerancia y de un agudo sentido de la observación, dueños de una incómoda tolerancia. No es extraño que un creador de límites escriba ensayos, ¿pues acaso no es el ensayo la tierra de nadie de la literatura, el ambiguo terreno de la astucia donde la voluntad y el tino, la gracia y la profundidad se unen y separan a la vista de todos dejándolos con la sensación de haber asistido a un juego limpio, iluminado, garantizado en cierto modo por la luz de la razón?"

Sobre esta faceta de la escritura de García Ponce, el ensayo, otro colaborador de Juan García Ponce y la generación del medio siglo, Lauro Zavala, apunta que, en contraposición con lo dicho por García Ponce en uno de sus trabajos acerca de Musil, de que "no nos proponemos ser sencillos ni directos", sin embargo, "en algunos (de sus) ensayos, súbitamente, el tono de la escritura cambia radicalmente, y se adopta una actitud informativa, sintética, casi periodística, en la que se entremezclan referencias específicas con comentarios valorativos. Estos ensayos tienen un tono accesible, incluso didáctico, con algunos momentos poéticos, y en ellos se recrea con fidelidad el espíritu del autor reseñado. Éste es el caso de los trabajos sobre Nabokov, sobre Henry Miller y sobre Malcom Lowry".

Un poco después, Lauro Zavala afirma que, "debido a lo ceñido de las argumentaciones, su escritura difícilmente podría ser condensada, excepto al citar frases entresacadas del texto", y luego postula que "la escritura de García Ponce es una escritura circular, autosuficiente: sus textos se generan a sí mismos, generan a sus objetos de reflexión". Sin embargo, es en su inciso "Epifanías" donde Zavala nos brinda la explicación de por qué dichos ensayos lleguen a conmover profundamente a los lectores, ya que en cada uno de ellos "ocupa un lugar central la búsqueda de iluminaciones, es decir, de revelaciones estéticas que cumplan las funciones de la revelación mística. En ese sentido, su literatura surge de la tradición en la que se espera que un texto contenga una revelación, y no sólo asideros para interpretar el mundo".

Por su parte, en su referido escrito, Adolfo Castañón ofrece esta visión panorámica de la obra de García Ponce que, en el extracto que vamos a citar, termina refiriéndose a la obra ensayística de nuestro héroe y de paso ilustra el motivo de este calificativo: héroe; así que solicitando disculpa por la extensión de esta cita, dice así Castañón con giros sintácticos muy parecidos a los del mismo escritor que analiza y pondera:

"Extensa, rigurosa, versátil, ya innumerable, la de Juan García Ponce (1932) es también una obra notable por la calidad de los sentimientos, por la nobleza de las calidades intelectuales y cordiales que en ella se despliegan. La extensión de su obra nos remite a la avidez, si no es que a la voracidad, de esa exigente vocación literaria que a Juan García Ponce le ha tocado encarnar; nos remite asimismo a la disponibilidad para encarnarla, a la voluntad y a la decisión que han llevado a Juan García Ponce a vivir en la literatura y para la literatura y a hacer del ejercicio de la palabra un destino; nos remite, en fin, a un mito, pues el capullo de esa obra laboriosa le ha permitido al autor hacerse a sí mismo posible como mito, encarnar un mito, rodear a su persona y a su obra con el resplandor de una leyenda que puede o no resultarnos tolerable pero sin la cual la discusión en torno a ella corre el riesgo de seguir una trayectoria tangencial. Por lo demás, a la voluntad de la vocación, a ese querer responder con la plenitud de la persona al llamado y a la deuda de la vocación, lo afirma y guía en el caso de Juan García Ponce una intensidad, un conjunto de pasiones intelectuales y de fuerzas pasionales, una lealtad a su mundo y a sus temas, una fidelidad radical a su lenguaje que, en conjunto, lo perfilan como uno de nuestros grandes escritores y, más allá, como uno de los pocos románticos de nuestras parvas letras nacionales, si no es que uno de los últimos de la literatura hispánica. Tal pasión por las ideas (...), tal interés inteligente por las pasiones y los sentimientos (...), tal atención al amor como realidad primera y substancial, en fin, tal consagración de una vida por la literatura han desbordado naturalmente las formas y géneros de la creación literaria entendida en un sentido estricto e intransigente para alimentar y permear las relaciones del escritor con el mundo que lo rodea, a tal grado que lo han estrechado a dibujar con la crítica un mapa de la historia literaria en que él mismo se inscribe y de la cual sólo es un eslabón. A los encuentros con esos escritores, creadores y temas ha decidido llamarlos Apariciones . Epifanías o revelaciones, irrupciones de un signo trascendente en la trivialidad del espectáculo, las sucesivas Apariciones que aspira a restituir el cuerpo disperso del ensayista demuestran que para Juan García Ponce el ensayo y la crítica -literaria, plástica, cultural- no son en modo alguno ejercicios marginales de su quehacer creador y que, en definitiva, 'sus cosas' también son éstas que él ha puesto bajo los iconos de otros autores; que 'sus cosas' están ambiguamente soslayadas o encubiertas entre estos ensayos escritos al pie de una imagen, es decir de un referente del cual extraen buena parte de su sentido."

Me he permitido omitir algunos otros comentarios inscritos en el libro Juan García Ponce y la generación del medio siglo porque, a pesar de ser todos importantes para acceder con mayor amplitud de perspectiva a la obra de este autor, se concentran en libros o temas específicos o, en su defecto, utilizan métodos de análisis un tanto difíciles de entender por el gran público, como son la semiótica o los tecnicismos filosóficos, cuando no una rara fusión de ambos recursos plagada de exotismos o palabras de otros idiomas, como sucede con el texto de José de Jesús Sanpedro.

Como ejemplo de trabajo semiótico, tenemos en este mismo libro el ensayo "La dialéctica del erotismo" de Magda Díaz y Morales, del que tomamos prestado este fragmento sobre la novela De anima:

"Paloma es un sistema significativo que escapa a determinismos, los semas (aquí hay un llamado a pie de página que nos informa que el sema designa comúnmente a la unidad mínima de la significación, y que la naturaleza de los semas es únicamente relacional y no sustancial, y que no pueden ser aprehendidos en la estructura elemental de la significación) que la definen establecen una categoría semántica que en la superficie manifiestan a la mujer que rechaza los cánones establecidos por la tradición. Lo mismo sucede con el personaje femenino de La cabaña , donde (...) se congregan las isotopías" (y aquí hay otro llamado a pie de página donde nos enteramos que Greimas y Courtés definen el concepto de isotopía como la recurrencia de categorías sémicas, sean éstas temáticas o figurativas).

Por supuesto, aunque la parte más salvaje de mí recuerda con esa sonrisa depravada con que López Velarde pretendía asistir a "las ineptitudes de la inepta cultura", el verso de un amigo que dice "me orino en la semiótica", debo reconocer que esta especie de disciplina tiene sus fervientes acólitos y, por lo tanto, éstos encuentran en ella mucho placer y luces que se me escapan. Pero lo cierto es que la literatura artística busca influir en el gran público, no importando que este público pertenezca más al futuro que al presente en que fue escrita; y por otro lado, creo que un autor bastante complejo como García Ponce requiere más de la sencillez que de posibles modas filológicas en su análisis. Pero también debo confesar que en este asunto de la semiótica, como en muchos otros, espero estar equivocado. Por ejemplo, no he recapacitado en el hecho de que ese libro colectivo, Juan García Ponce y la generación del medio siglo, busca acercarse a los escritores de dicha generación desde diversos ángulos; ni he tenido en mente que el organismo que lo edita, el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, está o estuvo fuertemente influido por la moda semiótica.

Lo que ocurre en realidad es que estoy deslumbrado por un libro que, a pesar de ocuparse de la obra escrita por García Ponce en los años sesenta y principios de los setenta, presenta una visión amplia, amena y sumamente ilustrativa de los muchos factores que contribuyen a hacerla no sólo cada día más popular, sino que está ocupando la atención de diversos especialistas. Se trata de Imágenes del deseo / Estética en la obra de Juan García Ponce, de María Cristina de la Peña, publicado en noviembre de 2003, un mes apenas antes de la muerte de García Ponce.

La autora tiene una formación filosófica y un doctorado en letras iberoamericanas por la siempre laudable Universidad Nacional Autónoma de México. Esta visión estereoscópica de la literatura se aprecia en el mismo título de dicho libro, ya que para la filosofía tradicional "estética" significa teoría de la sensibilidad o sensación, mientras que su acepción popular implica belleza.

A su vez, el tratamiento filosófico de dicha etapa de la producción de García Ponce tiene en este libro de María Cristina de la Peña un saludable énfasis sobre los aspectos cotidianos de los personajes, en vez de centrarse en el estudio de las ideas, los conceptos, la metafísica que suele acompañar a la mayoría de los tratados filosóficos; sin embargo, es necesario reconocer que esa especie de antropología filosófica es ya el carácter distintivo de la propuesta socrático-platónica y, sobre todo, que surge de la propia idiosincrasia de la narrativa de García Ponce, como afirma esta autora en uno de los párrafos iniciales de su ensayo, al decir que

"El culto exclusivo a lo humano da paso a una toma de conciencia más amplia, más realista. Los personajes de Juan García Ponce logran una transformación en la escala de sus valores. Debido a esta concepción antropológica, el escritor mexicano abre una nueva vía en la literatura, la promesa de nuevos descubrimientos en el ámbito de la subjetividad."

Inmediatamente antes de estas palabras, la escritora cita unas líneas del ensayo "Juan García Ponce: subversión de la vida cotidiana", de Armando Pereira, escritor que también participa en el referido libro de la Universidad Veracruzana; estas líneas dicen, refiriéndose a la narrativa de García Ponce, que

"...no se sitúa nunca en ámbitos insólitos o en relaciones excepcionales, proviene invariablemente de la propia vida cotidiana, de las situaciones más habituales, de esos sujetos comunes que la viven y la sufren día con día. De ahí la indiscutible fuerza subversiva que habita en el centro de la obra del escritor yucateco, que la recorre de principio a fin. No es nunca a un hombre excepcional al que le habla, sino a ti y a mí..."

Hacia el final de su libro, María Cristina de la Peña prodiga juicios valorativos como éstos:

"La narrativa del escritor yucateco es una exaltación de lo que existe. Pone al descubierto sus obsesiones y su captación apasionada e impetuosa de la vida."

"Por medio de la novela se retorna a un terreno libre, inevitablemente solitario, de invención de posibilidades a través de las cuales se dan nuevas e imaginadas vertientes existenciales, tal vez no reales todavía, pero sí en imágenes del hombre que pueden convertirse en modelos."

"Desde el punto de vista artístico, el valor principal de la obra del novelista mexicano no reside en el argumento, el cual casi invariablemente podríamos resumir en la búsqueda y la pérdida del amor, en el afán de conocerse a sí mismo a través de la pareja o bien en desenlaces dramáticos como el suicidio o la locura. Más allá de estas historias clásicas, la originalidad y fascinación de su obra residen en el arte con que plasma a sus personajes sirviéndose sólo de escenas visuales, cinematográficas, y de cuadros inmóviles, como los de una naturaleza muerta."

Y este otro comentario, que se aboca al factor quizá más divulgado de la narrativa de García Ponce:

"En vista de que en la obra de nuestro escritor las escenas sexuales alcanzan un notorio grado de obscenidad, nos ocupamos de la relación del arte y la moral, cuestión que proviene desde Platón en La República. Sabemos que arte y moral son de orden diverso; que hay una moral positiva regulada por la ley, las normas y las costumbres, y una moral negativa, denominada inmoralidad, que puede cuestionar el valor artístico de algunas obras. Sin embargo, también sabemos que los límites entre una moral positiva y otra negativa no son rígidos, y que varían conforme la cultura va modificando los valores en la sociedad. De cualquier modo, la identificación de una obra como pornográfica no cancela su valor artístico; arte y obscenidad no se excluyen recíprocamente."

Esto dice María Cristina de la Peña; pero sabemos también que la narrativa de García Ponce fue avanzando después de la época analizada por esta escritora, hasta proponer nociones que identifican ya no sólo al arte con la obscenidad, sino a la teología con la pornografía, como se observa en uno de sus ensayos sobre Klossowski y en muchos otros, como se observa en la narrativa del propio Klossowski y en la de Bataille, autores venerados por García Ponce y el primero de ellos traducido por éste al español.

Sin embargo, dado que García Ponce fue indudablemente uno de los más lúcidos críticos de arte y un intelectual que abrió caminos para el individuo que, como uno de los personajes principales de Ana Karenina, busca desesperadamente, como una cuestión de vida o muerte, una espiritualidad que la realidad prosaica del mundo se empeña en aniquilar, tomemos para finalizar esta selección de análisis uno de sus conceptos, contenido en la Introducción a su libro de ensayos Las huellas de la voz, para ubicarlo con sus propias palabras en el justo sitio que, a través de una obra monumental y ciertamente heroica, él mismo se construyó. Dice así Juan García Ponce:

"...el arte es siempre un espejo de la libertad en el cual se hacen visibles tanto la vida como la muerte, tanto la razón como la locura, tanto la inteligencia como los sentimientos, tanto la pasión como la indiferencia y también tanto la virtud como el vicio, porque no los sustituye ni los juzga, sino que los obliga a mostrarse."

Para concluir, debo aportar un comentario personal sobre la escritura de Juan García Ponce, con la seguridad de que voy desentonar entre las ilustres y agudas opiniones que me he permitido espigar en esta ponencia; así que sólo diré que el tiempo ha venido a resultar el mejor aliado de su obra; y que en ésta se transparenta un poeta extrañamente místico, un pornógrafo que olímpicamente salta sobre las modas científicas, literarias e ideológicas de su tiempo, para conectar el viejo paganismo (adorador de las deidades naturales y proclive al rito orgiástico), con la urgente necesidad que tiene el caótico tercer milenio de recuperar el sentido religioso de la vida.

 

Gracias por su atención

 

   
             
          Carlos Torres Datos sobre el autor   foro de opinión
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