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Acto Único
(El
escenario está oscuro, completamente oscuro. Poco a
poco la luz va iluminando al único personaje que está
sobre el escenario, para desaparecer de golpe. Entonces el
Acomodador enciende su linterna, apunta con ella al suelo,
dibujando figuradamente un círculo a su alrededor.
Apaga la linterna y le ilumina una luz suave. El Acomodador
viste un traje pantalón gris y lleva una gorra del
mismo color, con zapatos también grises.)
ACOMODADOR.
¿Dónde está todo el mundo? No ha venido
nadie. Nadie. Y tampoco he visto pasear a nadie por la calle.
Eso es que la guerra ya ha empezado. (Pequeña pausa.)
Se veía venir que empezaría pronto, con todas
esas señales en el cielo. (Se tapa la cara con las
manos.) ¡Las señales! Primero, los grandes
fuegos (señala el supuesto cielo.) Después,
las plagas. Se veía venir, sí. La gente como
loca, comprando como si mañana fuera a volver el tiempo
del estraperlo
y sí, volverá pronto, eso
si hay alguien para contarlo.
BARRENDERA.
(Entra por la parte derecha del escenario, con un capazo
y una escoba en la mano. La luz la ilumina suavemente. Viste
un uniforme verde, con botas altas del mismo color.) Oiga,
déjeme barrer tranquila.
ACOMODADOR.
(Poniéndose a la altura de la Barrendera.) Pero
hoy, a las ocho de la tarde, debía empezar la función.
Y aquí no hay nadie. (Mira a su alrededor.)
Ni público, ni artistas, ni siquiera el representante
del teatro.
BARRENDERA.
(Barriendo al fondo del escenario.) ¿Y a mí
qué? Yo sólo quiero hacer mi trabajo, acabar
lo antes posible e irme a mi casa. Hoy le toca hacer la cena
a mi marido.
ACOMODADOR.
(Alejado de la Barrendera, la izquierda del escenario.)
¡Es la guerra, señora! ¿No lo ve?
BARRENDERA.
(Señala a lo lejos, se ve entrar, muy despacio,
a tres hombres.) ¡Mire, parece que empieza a llegar
gente! (Se oyen ruidos sin identificar.)
ACOMODADOR.
(Juntando las manos como si rezara.) ¡Ay! Quizá
nos libremos esta vez.
BARRENDERA.
(Sin dejar de barrer, por el centro del escenario.)
¡Vaya, haga usted su trabajo y déjeme a mí
hacer el mío!
(El
Acomodador baja del escenario y se dirige a los tres hombres
que entran en la sala, mientras la Barrendera deja de barrer
y observa fijamente a los hombres que entran. Los hombres
visten con ropas de campaña y botas militares.)
ACOMODADOR.
(Haciéndoles reverencias, en el pasillo del centro
de la sala.) Pasen, pasen. Están ustedes en sus
casas, en su casa, quería decir. ¿Se quieren
sentar? En la primera fila quizás, allí estarán
muy cómodos y
ABDUL.
(Avanzando por el pasillo.) Calle. No diga una palabra.
ACOMODADOR.
(De repente se pone de rodillas.) ¡Son los jinetes
del Apocalipsis! (Se levanta.) Pero no, ellos eran
cuatro y ustedes son tres.
BARRENDERA.
(En el centro del escenario, barriendo del suelo hacia
el capazo.) A lo peor son los acreedores. He oído
por ahí que el señor Masnou tiene muchas deudas.
ACOMODADOR.
(Acercándose al escenario.) Pero mujer, ¿no
lo ve? Son parte del público. Nunca pasó en
esta sala que no hubiera gente, desde que yo trabajo aquí.
Siempre se llenó, siempre.
ABDUL.
(Casi al pie del escenario.) No somos acreedores, ni
público. Tampoco somos los jinetes del Apocalipsis.
Nosotros somos
NADIR.
(Cogiendo de un brazo a Abdul.) ¡No digas nada!
LASMA.
(Casi gritando. Los dos hombres se colocan a cada lado
de Abdul.) ¡Silencio! ¡Silencio!
BARRENDERA.
(Apoya la escoba y el capazo en la pared de la izquierda
y se sienta en el borde del escenario.) ¡Pues que
pena! Yo me quería enterar. Porque en este oficio una
se entera de muchas cosas. Luego me llaman cotilla. Todo porque
me entero de los comentarios que la gente dice.
ACOMODADOR.
(Se apoya al lado de las piernas de la Barrendera, al pie
del escenario.) Yo también me querría enterar.
Y a mí no me importa que me llamen cotilla.
BARRENDERA.
(Apoya un codo en el suelo y la mano en la barbilla, le
habla al Acomodador.) ¿Cree de verdad que es la
guerra? Y yo que hoy tenía natillas de chocolate de
postre.
ABDUL.
(Imponiéndose, frente al Acomodador y a la Barrendera,
flanqueado por Nadir y por Lasma.) ¡Siéntense
los dos en la primera fila!
ACOMODADOR.
(Moviendo la cabeza en signo negativo.) No señor,
eso no puede ser. No debo.
BARRENDERA.
(Con voz firme, sin apoyarse, moviendo las piernas como
si caminara.) Una además de escobera es licenciada
en historia, y yo sé por los libros que de aquí
no puede salir nada bueno.
ABDUL.
(Señalándoles con el dedo.) Sentaditos
los dos en primera fila, y bien callados. Y entonces se enterarán
de todo.
ACOMODADOR.
¿Y los actores? ¿Y el público? ¿Y
el administrador del teatro?
BARRENDERA.
(Al Acomodador.) ¡No lo quiera saber!
NADIR.
(Tajante también, pero menos que Abdul.) A ver.
Baje del escenario. Y siéntense los dos en la primera
fila. Y callen.
ACOMODADOR.
Si viene el señor Masnou y nos ve en la primera fila
ABDUL.
(Impositivo.) No vendrá.
BARRENDERA.
(Bajando del escenario.) Mejor nos callamos los dos.
Mejor nos callamos. (Ella y el Acomodador se sientan en
la primera fila, en los asientos que están más
al borde del pasillo.)
ABDUL.
(Frente a los que están sentados.) Ya que no
hay actores podríamos explicar qué sucede.
ACOMODADOR.
(Agitando una hoja que saca de un bolsillo del pantalón.)
El programa decía que hoy íbamos a ver un drama
amoroso situado en la Segunda Guerra Mundial.
NADIR.
(Está al lado de Abdul, como Lasma. Habla con un
tono filosófico ) El amor es un drama en todas
las épocas.
LASMA.
(Contesta con voz risueña.) Sí, hasta
ahora nadie ha conseguido que despareciera.
(Entra corriendo un cuarto hombre. Viste una camiseta de color
rojo y unos vaqueros. Corre por toda la sala, hasta llegar
a donde están los otros tres. Mira, se sofoca y sube
al escenario. Los otros tres hombres le siguen.)
DANIEL.
(Situado en el centro del escenario, mientras los tres
hombres se sientan en el suelo, mirándole.) ¡He
perdido a mi madre! ¡Me persigue la policía!
Claro que ahora ya no importa quién me persigue.
ACOMODADOR.
(A la Barrendera.) ¿Ve? Es la tercera guerra
en un par de siglos. Si dos eran
compañía, tres ya son multitud.
BARRENDERA.
Pero quizá sería mejor que nos contaran las
cosas por el principio, a ver si nos aclaramos.
DANIEL.
(A ellos dos.) ¡Deberían estar en un refugio
antiatómico!
ACOMODADOR.
Yo acabaré como el general Custer en Murieron con las
botas puestas.
BARRENDERA.
Yo preferiría terminar mis días de abuelita
y en la cama, pero me temo que George Bush no lo permitirá.
(Los tres hombres se ponen de pie. Abdul se acerca al centro
del escenario, coge a Daniel por la cintura, se le aproxima
y le da un beso en los labios.)
NADIR.
(Grita.) ¡Blasfemia!
LASMA.
(Les señala con el dedo.) ¡Herejía!
BARRENDERA.
Bien, tenemos a estos dos que son gays. Una madre desaparecida.
Y algo tiene que ver Bush en todo esto, se supone.
ACOMODADOR.
¡Si llegara a ver esto el señor Masnou!
DANIEL.
¡Y mi madre, que es del Opus!
BARRENDERA.
Bush y el Opus Dei.
ACOMODADOR.
¡Y la Tercera Guerra Mundial!
ABDUL. (Desprendiéndose de Daniel. Los otros
dos hombres se sientan formando un pequeño semicírculo
a su alrededor.) Todo empezó con una orden extraña.
(También se sienta, en medio de los otros dos. Queda
Daniel en pie en el escenario.)
NADIR.
Y tan extraña.
LASMA.
Tan extraña como las barbas del Profeta.
BARRENDERA.
(Poniéndose en pie, de cara al público.)
Y es que antes eran todos barbudos. Desde Jesús a los
apóstoles, pasando por Barbarroja, Barbanegra y Barbiblanca.
ACOMODADOR.
(De espaldas al público.) Déjeles hablar
a ellos, a ver si nos enteramos de algo.
LASMA.
Tan extraña como las barbas del Profeta.
ABDUL.
(Se pone también de pie y habla cogiendo a Daniel
por la cintura.) Nos llegó una nota en papel blanco.
LASMA.
Blanco como las barbas del Profeta.
ABDUL.
Nos daban una orden.
BARRENDERA.
(Sigue mirando al público.) Los de arriba siempre
dando órdenes. ¡Son muy, pero que muy pesados!
ACOMODADOR.
(Sigue de espaldas al público.) Es su trabajo.
Ellos dan las órdenes y nosotros les obedecemos.
ABDUL.
(Su tono sigue siendo sereno y racional.) Nos daban
una orden.
NADIR.
(Explica también serenamente.) Una orden extraña,
como las barbas del Profeta.
BARRENDERA.
(Sigue de cara al público.) Quisiera saber qué
tienen de extrañas las barbas de quien sea.
ACOMODADOR.
(Sigue de espaldas al público.) Como era profeta
sus barbas debían ser proféticas, también.
DANIEL.
(Se abraza a los hombros de Abdul, por detrás.)
¡No tardes tanto, mi amor! Vienen a por nosotros. Lo
presiento.
BARRENDERA.
Este también es vidente.
ACOMODADOR.
Y no tiene barbas, ni blancas, ni negras, ni rojas.
ABDUL.
Debíamos secuestrar a dos mujeres.
NADIR.
Dos mujeres.
LASMA.
Dos.
ABDUL.
Debíamos ocultarlas en casa de Nadir.
NADIR.
Mi casa.
LASMA.
Su casa.
DANIEL.
(Impaciente, dejando de abrazar a Abdul pero manteniéndose
cerca de él.) Cuando acabéis, ya no tendremos
público. La guerra ya se habrá declarado y hasta
terminado.
BARRENDERA.
(Sigue de cara al público.) ¡Mis natillas
de chocolate!
ACOMODADOR.
(Sigue de espaldas al público.) ¡Mi pequeño
dobermán!
ABDUL.
(Pasea por el escenario, observado por todos los demás.)
Nos llegó por escrito, envuelto el papel en un paquete
de galletas.
NADIR.
(Con voz pesarosa.) Galletas de dieta, de quinientas
calorías.
LASMA.
(Con ironía.) Galletas fibrosas, galletas para
atletas.
DANIEL.
(Golpeando fuerte con los pies.) ¡Las galletas
fueron las culpables! ¡Y yo he perdido a mi mamá!
ABDUL.
(Filosóficamente, paseando por el escenario, mirando
alternativamente a resto de los personajes.) Nos comimos
todas las galletas.
NADIR.
No dejamos ni una.
LASMA.
(Con ironía.) Mirando a La Meca, nos las comimos.
BARRENDERA.(Se
sienta al lado del Acomodador y pregunta a los hombres del
escenario.) ¿A quién tenían ustedes
que secuestrar?
ABDUL.
(Se detiene en el centro del escenario, dando la espalda
a los otros hombres.) A una mujer y a su secretaria. (Pequeña
pausa.) La mujer era Ana Botella. De la secretaria no
conozco el nombre.
BARRENDERA.
(Poniéndose las manos en la cabeza, agritos.)
¡Iban a secuestrar a la Botella! ¡Pobre Jose Mari,
tan amigo que es del Bush!
ACOMODADOR.
(Despistado, se levanta para preguntar y se sienta inmediatamente.)
Pero ¿la guerra ha estallado ya o aún falta?
DANIEL.
(Se pone detrás de Abdul pero no le toca.) La
guerra
terminará antes de que se acabe de explicar
qué ha sucedido y por qué.
ABDUL.
(A Daniel, cogiéndole una mano, dejándola
a los pocos segundos.) Pero nuestro amor no terminará
nunca.
NADIR.
(Colocándose la hebilla de los pantalones.)
Al jefe le ha dado un calentón.
LASMA.
(Suspirando.) El jefe se nos ha enamorado.
ABDUL.
(Se dirige a la Barrendera y al Acomodador.) Nosotros
íbamos a secuestrar a Ana Botella.
BARRENDERA.
Pero les sucedió lo mismo que a los GAL. (Pequeña
pausa.) Se equivocaron.
NADIR.
Nos equivocamos.
LASMA.
Sufrimos un error.
ABDUL.
Metimos la pata, sí.
DANIEL.
¡Gracias a ese error nos conocimos! (Se abraza a
Abdul, y, cuando éste termina de hablar, se separan.)
ABDUL.
(Mira a Daniel con ternura.) Mi pequeño niño
de las mil y una noches.
BARRENDERA.
(Sentenciando.) Eso nos falta aquí, un Aladino
que arregle el mundo.
ABDUL.
(Afirma con contundencia.) Más que un Aladino,
lo que necesitamos es un Saladino.
BARRENDERA.
(Con tono serio.) Eso ustedes, que a nosotros con un
Jorge nos basta y nos sobra.
(El diálogo que sigue se dice vocalizando muy bien
y a la vez muy rápido.)
ACOMODADOR.
Más que basta, nos embasta.
DANIEL.
Nos empasta, nos embasta y nos embiste.
ACOMODADOR.
Acabaremos comiendo alpiste.
BARRENDERA.
(Aquí se recobra la velocidad normal.) En las
jaulas, como los de Guantánamo. Y después presumimos
de civilizados.
(Están situados todos como les hemos dejado antes.
El Acomodador en la primera fila junto a la Barrendera. Abdul
y Daniel de pie, en el centro del escenario. Nadir y Lasma
sentados también en el escenario, un poco detrás
de los otros dos.)
ACOMODADOR.
Estábamos con la Botella.
BARRENDERA.
Y la secretaria de la Botella.
DANIEL.
Eso lo puedo explicar yo. Claro que si tú quieres hacerlo,
yo
ABDUL.
Yo hago esto y todo lo que se me ponga por delante. (Coge
a Daniel con fuerza.) A ver, Daniel, ponte de espaldas.
Arrodíllate, que lo ahora mismo hacemos lo que tenemos
que hacer.
NADIR.
Daniel se refería a explicar el equívoco.
LASMA.
El meollo de la cuestión.
ACOMODADOR.
(Levantándose.) ¡Eso sí que no!
¡A mear, se van ustedes al lavabo, por muy señores
terroristas que sean!
BARRENDERA.
(Estira de la manga al Acomodador.) Quieren decir el
quid de la cuestión, lo importante, la esencia. Y la
presencia.
ABDUL.
(Deja a Daniel y se gira de espaldas al público.)
Tenéis razón. Nada de follar. Que el Paraíso
nos tiene que encontrar puros de alma y cuerpo.
DANIEL.
(Lo dice con tono de oración.) Limpias nuestras
manos y nuestros pies.
ACOMODADOR.
(Habla con tono intrascendente.) Aquí duchas
no hay. Como mucho, una bañera antigua, al lado del
despacho del señor Masnou. Como es un recuerdo de familia,
no quiere prescindir de ella.
BARRENDERA.
(Con el mismo tono.) Yo me ducho todos los días
en mi casa. No quiero para nada una bañera polvorienta.
ACOMODADOR.
No mencione los polvos, que aún terminaremos empolvados.
BARRENDERA.
¡Ah, no! No ha nacido hombre que me viole a mí.
ACOMODADOR.
Por el jefe no se preocupe, que es del otro bando.
BARRENDERA.
De la acera de enfrente.
ACOMODADOR.
De la otra acera y del otro bando. (Pequeña pausa.)
Y por el Daniel tampoco se preocupe, que también cojea
del mismo pie.
BARRENDERA.
Tanta pureza y tanta limpieza ¿de qué nos va
a servir en el más allá?
ACOMODADOR.
(Con tono ingenuo.) Como allí seremos espíritu,
siempre oleremos bien.
ABDUL.
(Paseando furioso por el escenario.) ¡Silencio!
ACOMODADOR.
(Sin levantarse, con tono normal.) Lo que usted diga.
ABDUL.
(Enfrentándose al Acomodador desde lo alto del escenario.)
¡Silencio, he dicho!
ACOMODADOR.
(Con el mismo tono normal.) Sí, sí, ya
nos callamos.
ABDUL.
(Impositivo.) O se calla usted o le hago callar yo.
(Pequeña pausa.)
DANIEL.
(A Abdul.) Explica lo que pasó.
ABDUL.
(Ya calmado, habla casi para sí mismo.) La culpa
fue de la fotografía.
LASMA.
Era de esas malas, que se hace la gente para sus páginas
webs.
NADIR.
Era una foto íntima, de tres mujeres.
ABDUL.
Las mujeres comparten mucho su intimidad.
LASMA.
Se lo cuentan absolutamente todo.
NADIR.
(Con una amplia sonrisa.) Por eso las amigas de mi
mujer me persiguen por las calles.
ABDUL.
Era la foto de la Botella, su secretaria y una amiga.
LASMA.
La secretaria estaba buena, la Botella, no.
NADIR.
Nosotros secuestramos a la amiga.
LASMA.
Y al hijo de la amiga.
DANIEL.
La amiga es mi madre. Y el hijo soy yo.
ABDUL. (Mirando a Daniel con ternura.) Iba vestido
de mujer.
DANIEL.
(Da un par de giros por el escenario) Era para Carnaval.
ABDUL.
Los metimos en la furgona. Y enfilamos para Carabanchel Alto.
DANIEL.
Yo nunca había estado en Carabanchel Alto.
BARRENDERA.
¡Qué casualidad! Yo vivo en el Bajo.
ACOMODADOR.
¡Y yo también vivo en los bajos!
BARRENDERA.
En los bajos fondos.
ACOMODADOR.
Yo de fondos tengo pocos.
BARRENDERA.
A ver, sabemos que secuestraron a una amiga de Ana Botella
y a su hijo, porque se confundieron con la fotografía.
Pero de eso a la Tercera Guerra Mundial
No
es por menospreciar a nadie, pero que lo que no han conseguido
los palestinos en cuarenta años lo consiga una amiga
de Ana Botella
DANIEL.
(En el escenario, delante de la Acomodadora.) ¡Y
su hijo aquí presente!
ABDUL.
Las cosas se han ido enmarañando, no pueden ustedes
figurarse cómo.
NADIR.
Primero, el Opus Dei.
LASMA.
Después, el Vaticano.
DANIEL.
¡Y todo por mi culpa!
ACOMODADOR.
(Con tono de oración.) Por mi culpa, por mi
culpa, por mi grandísima culpa
DANIEL.
Oiga, no se mofe, que uno será mariquita, pero muy
católica.
ACOMODADOR.
Si yo lo decía en serio.
BARRENDERA.
(Imperativa.) Cállese, que si exterminan a la
especie humana - y por otra parte no se perderá gran
cosa - quisiera saber el motivo. Y ya que esos señores
parecen saberlo, me gustaría que nos lo contaran.
(El
diálogo que sigue también es muy rápido
y vocalizando muy bien.)
ABDUL.
La culpa de todo la tiene Bush.
BARRENDERA.
Eso ya lo sabemos.
ABDUL.
Pero de verdad, que la culpa de todo la tiene Bush.
BARRENDERA.
Que sí, hombre, que eso ya lo sabemos.
ABDUL.
Digo, repito y reitero las veces que haga falta
NADIR.
Ya lo saben, jefe.
LASMA.
El culpable es Bush.
BARRENDERA.
Y su cuarto Reich.
ACOMODADOR.
¡Fíjese! El tercero se quiso cargar a los judíos
y el cuarto se quiere cargar a los árabes.
ABDUL.
A los árabes no lo sé, pero los negros están
siendo masacrados.
DANIEL.
Y todo viene de Cam, el hijo de Noé.
ACOMODADOR.
Si hace tanto tiempo, eso no habrá quien lo arregle.
NADIR.
(Aquí recobran la velocidad normal.) Nos estamos
yendo fuera del tema, y falta poco para que estalle la guerra.
BARRENDERA.
¿Puedo ir a por unas natillas de chocolate? Prometo
que vuelvo.
ABDUL.
(Con pose de chulo.) De aquí no se va nadie.
BARRENDERA.
(Muy seria, levantándose.) Le digo y le redigo
que vuelvo. ¿No se da cuenta de que quiero enterarme
de todo?
ABDUL.
(Parándose, a la Barrendera.) Ustedes dos se
quedan aquí, que nosotros cuatro ya nos sabemos la
historia y no nos la vamos a contar entre nosotros.
ACOMODADOR.
(Con tono servil.) En esto tienen razón estos
señores.
BARRENDERA.
(Con desparpajo, sentándose.) ¡Qué
van a ser señores! Son unos pringaos, como nosotros.
DANIEL.
(Con tono de oración.) Yo estaba con mi culpa.
ACOMODADOR.
La culpa negra, que no la quiere nadie. Luego decimos que
no somos racistas.
BARRENDERA.
Deje al chico con su culpa.
ACOMODADOR.
(Con resignación.) Yo sólo hago un poco
de apuntador. Como hoy tampoco ha venido
ABDUL.
(Abriendo los brazos, entre Lasma y Nadir.) ¡Todo
el mundo está en sus casas! ¡Es la guerra! (Cierra
los brazos y aprieta los puños.)
ACOMODADOR.
Gritando así le da un cierto aire a Sandokán.
DANIEL.
(Con tono suplicante.) Abdul, pon orden, que así
no hay quien cuente nada.
ABDUL.
(Imponiéndose.) Dejen hablar a Daniel.
ACOMODADOR.
Somos todos oídos y orejas.
DANIEL.
(Paseándose por el escenario, mirando al Acomodador
y a la Barrendera.) Ese día había discutido
con mi madre. Yo me quería disfrazar de María
Antonieta. Me hacía ilusión, no sé porqué,
llevar sombrilla y peluca, con un vestido de época,
amplio y galmuroso. Quiero decir glamuroso.
ABDUL.
(Se sienta en el suelo entre los otros dos hombres. Dice
con voz suave.) Estabas muy guapo de María Antonieta.
ACOMODADOR.
Debía estar guapo, sí.
BARRENDERA.
Nos darán las diez y las once, las doce, la una y las
dos.
NADIR.
Y las tres.
LASMA.
Después ya no nos darán ninguna hora, porque
la guerra ya habrá terminado.
DANIEL.
(Alegre.) ¡Quién me iba a decir a mí
que me secuestrarían ese mismo día!
ABDUL.
(Pesaroso.) Y todo por una fotografía de mala
calidad.
NADIR.
Hay que decirles a los jefazos que se esfuercen un poquito
más.
LASMA.
Ahora no habrá que decirle nada a nadie.
BARRENDERA.
Tenemos al Dani disfrazado de María Antonieta.
DANIEL.
(Con pluma, sin dejar de pasear.) Mi mamá no
quería. ¡Pero me hacía tanta ilusión!
Y claro, no era disfrazarse de cualquier mujer, no. Era disfrazarse
de María Antonieta, que fue reina. Y en lugar de llegar
a casa de Mariví, nos encontramos metidos en una furgona.
NADIR.
Creímos que la madre era la señora Botella,
y nos figuramos que la otra mujer era la secretaria.
ACOMODADOR.
Ustedes me disculparán, pero ¿cómo pudieron
confundir a un hombre disfrazado de María Antonieta
con una secretaria?
DANIEL.
(Se detiene.) Pero es que ustedes no han oído
lo mejor. Mi madre iba disfrazada de ángel.
BARRENDERA.
(Muy, muy seria.) Eso es muy meritorio. Confundir a
Ana Botella con un ángel.
ABDUL.
Oiga, señora, tranquilita.
BARRENDERA.
Si yo tranquila ya estoy.
ACOMODADOR.
Eso es, todos tranquilos.
ABDUL.
Nosotros creímos que eran ellas por la matrícula
del coche del que se bajaron.
DANIEL.
(Con voz infantil.) Y es que ese día Anita le
prestó su coche a mi mamá.
ACOMODADOR.
(Con un tono normal.) Así ya lo entendemos todo
mejor.
BARRENDERA.
(Dudando.) Lo entenderá usted, pero yo, por
mucho que me digan, no me trago ni media.
ABDUL.
(Se levanta, con fiereza.) ¡Así fue como
fue! Ni más, ni menos.
BARRENDERA.
¡Pero llamaría mucho la atención! ¡Tres
tíos metiendo en una furgona a un ángel y a
una María Antonieta!
DANIEL.
El caso es que mi mamá pensó que era un castigo
del cielo debido a mi travestismo. Y se dejó hacer.
(Acercándose a Abdul.) Y yo, yo sufrí
de amores nada más ver a Abdul. De repente mi psicólogo
ya no me hizo falta. Aclaré mi identidad sexual nada
más verle.
BARRENDERA.
El psicólogo contigo se hará de oro. ¿A
quién se le ocurre enamorarse de un tío que
te está secuestrando?
DANIEL.
(A la altura de la Barrendera, dirigiéndose a ella.)
De primeras no me enamoré, sólo se me alteraron
las hormonas.
ACOMODADOR.
(Despistado.) Me perdonarán, pero ¿qué
tiene que ver todo esto con la Tercera Guerra Mundial?
ABDUL.
(Con voz de maestro.) Pasito a pasito nos enteraremos
todos de todo.
BARRENDERA.
(Exclamando.) ¡Claro! Cómo ustedes ya
lo saben. Yo no me quiero morir sin saber porqué me
muero.
ABDUL
(Puntualizando, en el centro del escenario, a la Barrendera.)
De eso normalmente la gente no tiene ni idea.
BARRENDERA.
(Exigente.) A mí no me venga con excusas. Aquí
el señor Marín y yo queremos saber por qué
va a estallar una guerra. Además, así, de pronto,
sin que hayan dicho nada en el telediario.
ACOMODADOR.
La gente se ha enterado de alguna manera. Aquí no aparece
nadie, ni los encargados del sonido. Y eso nunca ha pasado
en tiempos del señor Masnou.
DANIEL.
El caso es que acabamos en la furgona.
ABDUL.
Cuando nos dimos cuenta de la confusión pensamos en
matarles a los dos.
NADIR.
(Con tono irónico.) Entonces al jefe le entró
un calentón.
LASMA.
(Con sorna.) El jefe se enamoró.
DANIEL.
(Imitando a la madre que no aparece en la obra.) Mi
madre empezó a gritar que el Papa haría cualquier
cosa por ella, que la había recibido en audiencia más
de veinte veces, como si fuera una reina.
ABDUL.
(Como si contara un cuento de misterio. Daniel y él
van paseando por el escenario, cruzándose cada pocos
metros.) Entonces le pedimos rescate secreto al Vaticano,
en lugar de a George Bush.
(Aquí
los personajes vuelven a hablar muy rápido y vocalizando
muy bien.)
NADIR.
El culpable de todo.
LASMA.
El gran dictador.
ACOMODADOR.
Le han elegido democráticamente. Eso hay que reconocerlo.
BARRENDERA.
A Hitler también le eligieron democráticamente.
ACOMODADOR.
Pero hizo quemar el Reichstag.
BARRENDERA.
Y quién sabe si fue el mismo Bush el que se cargó
las Torres Gemelas.
ABDUL.
¡Ah, no! No nos quite el mérito a nosotros, señora.
BARRENDERA.
Aquí, a ver quién es más mala persona.
Al final tendrán que conceder un Nobel a la malevolencia.
ACOMODADOR.
Estábamos en el Vaticano.
ABDUL.
Yo nunca he ido.
NADIR.
Yo tampoco.
LASMA.
Ni yo.
(Aquí
la velocidad vuelve a ser normal.)
ACOMODADOR.
Quiero decir que estábamos en el momento en que ustedes
pidieron el rescate al Vaticano.
DANIEL.
La idea fue mía. Pensé, tonto de mí,
que el Papa no nos abandonaría a nuestra suerte.
BARRENDERA.
¿Y qué dijo el Papa?
ABDUL.
(Parándose, mirando a la Barrendera.) Como comprenderá,
eso no lo sabe nadie.
ACOMODADOR.
Pero algo haría.
ABDUL.
Dudo mucho que el Papa moviera algo. Con sus enfermedades,
no está para muchos trotes.
BARRENDERA.
(A Abdul.) Pero algo pasaría para que lleguemos
a estar al borde de la Tercera Guerra Mundial.
DANIEL.
(Al lado de Abdul.) La diplomacia vaticana contactó
con Rasputin.
BARRENDERA.
(Con ironía.) ¿Con la ouija?
ABDUL.
(Imperativo.) ¡Nada de satanismos ni luciferismos!
BARRENDERA.
(Con tono de maestra.) En el Vaticano, claro, tienen
contactos con el más allá. Porque Rasputin hace
muchos años que murió.
NADIR.
(Aclarando,) El jefe ha querido decir que la curia
contactó con Putin.
ACOMODADOR.
¿Y ese Putin, quién es?
ABDUL,
NADIR, LASMA. (Abdul está entre Nadir
y Lasma.) ¡El presidente de Rusia!
DANIEL.
(Hablándoles a la Barrendera y al Acomodador.)
Sí, el Vaticano, dudando de los propósitos de
esta gente, siempre terroristas, eso sí, entabló
conversaciones con Putin.
BARRENDERA.
Yo esto tampoco termino de verlo. ¿Y para qué
contactaron con Putin? ¿Y por qué?
DANIEL.
En el Vaticano pensaron que éstos (señalándoles)
eran terroristas chechenios. Y ellos no estaban dispuestos
a soltar ni un euro ni un dólar. Y ahora como en Rusia
ya no son comunistas, se pusieron en contacto con Vladimir.
BARRENDERA.
No es por incordiar, ¿pero que tiene que ver Chechenia
con el Opus Dei?
DANIEL.
(Encogiéndose de hombros.) Y yo que sé.
BARRENDERA.
Algo tendrá que ver para que el Vaticano pensara en
los de Chechenia y llamaran a Putin.
ABDUL.
(Al lado de Daniel, hablando también al Acomodador
y a la Barrendera.) Nosotros ayudamos a la confusión.
No dijimos que los secuestrados eran españoles, sólo
que eran europeos. Y reivindicamos el secuestro en nombre
de los chiítas.
ACOMODADOR.
Entonces, ¿ustedes son chiítas?
BARRENDERA.
(Exclamando.) ¡Qué van a ser! ¡Estos
nadie sabe muy bien qué son! Dudo mucho que ellos mismos
lo sepan.
ABDUL.
Pues claro que lo sabemos. Nosotros somos integristas islámicos.
BARRENDERA.
(No muy convencida.) Digamos que son integristas.
ACOMODADOR.
(Resoplando.) Esto es un lío tremendo, un embrollo
de los buenos. Yo no me estoy enterando de nada.
BARRENDERA.
(Paciente.) Resulta que éstos secuestraron al
chico y a la madre. Pidieron rescate al Vaticano, en el Vaticano
se hicieron la picha un lío y, creyendo que eran chechenios,
avisaron a Putin. Y aquí nos hemos quedado.
ACOMODADOR.
¡Ah!
DANIEL.
Así fue la cosa, más o menos.
ABDUL.
(Poniéndose delante de Daniel.) Deja que cuente
yo, que me lo sé más y mejor.
DANIEL.
Modestia aparte.
NADIR.
De eso el jefe tiene poco.
LASMA.
Un piquito, nada más.
ABDUL.
(Como si contara un cuento de misterio.) Un comando
ex soviético nos intentó localizar, claro que
registraron Grozni, y Carabanchel Alto les quedaba un poco
lejos. No nos encontraron por ningún sitio.
NADIR.
(Desde detrás, con un tono muy serio y casi monocorde.)
Total, que el servicio secreto les informó que, a parte
de un integrante chechenio, había otros de nacionalidad
desconocida.
DANIEL.
(Representando la bola de nieve con las manos, al lado
de Abdul.) Así fue rodando la madeja, grande, cada
vez más grande, como una bola de nieve, pasó
de un sitio a otro cada vez más liada, formando un
embrollo que nos ha traído hasta estas fatales consecuencias.
ABDUL.
(Rápido, vocalizando muy bien, dejando detrás
a Daniel.) Sí, los rusos acusaron a los sirios,
los sirios a los iraníes, los iraníes a los
israelíes, los israelíes a los iraquíes,
los iraquíes a ver a quién iban a acusar, con
la que tienen encima, pero bueno, a su vez acusaron a los
kurdos. Los kurdos se metieron con los turcos, los turcos
con la Unión Europea y la Unión Europea con
Estados Unidos.
NADIR.
(Con voz monocorde.) La ONU se metió por medio
y, como es natural, a la media hora los representantes ya
se daban de hostias.
BARRENDERA.
¿Y vosotros, cómo os habéis enterado
de los entresijos de las acusaciones mutuas entre los distintos
países del mundo?
ABDUL.
(Con altivez.) Nuestro alto mando nos mantenía
informados de todo. Nosotros pretendíamos crear una
grave crisis entre España y los Estados Unidos, no
queríamos provocar una guerra a gran escala.
BARRENDERA.
(Inquisitiva.) ¿Y cómo es posible que
los diplomáticos no arreglaran la situación
a tiempo?
ABDUL.
(Como si lo que dijera fuera lo más lógico
del mundo.) Porque lo que arreglaban unos lo desarreglaban
otros.
NADIR.
(Repite el tono monocorde) Y la gente fue engrandeciendo
nuestro número y motivos.
LASMA.
(Con una gran ironía.) Llegamos a ser un ejército
fundamentalista dispuesto a invadir los Estados Unidos y el
Canadá.
ACOMODADOR.
(Ingenuo.) ¿Y el Canadá, por qué?
LASMA.
(Sigue con ironía.) Allí viven
muy tranquilitos, alguna vez les tiene que tocar.
ACOMODADOR.
¡Ay, el Canadá! Es un bello país, frío,
muy frío, eso sí, sobre todo en invierno.
BARRENDERA.
(Con naturalidad.) Para frío el que hace en
el salón de mi casa, sin estufa, sin radiador, y, por
supuesto, sin calefacción. Allí sí que
podrían organizar carreras de trineo.
DANIEL.
Si que es grande.
BARRENDERA.
(Sentenciando.) No por grande, por helado.
ABDUL.
(Como si fuera un profesor.) ¿Ya les ha quedado
todo claro? ¿Ya saben por qué está a
punto de estallar la Tercera Guerra Mundial?
ACOMODADOR.
(Con tono servil.) Sí, sí señor.
BARRENDERA.
(Con espontaneidad.) Pues yo no tengo ni idea.
DANIEL.
(Gesticulando.) ¿No ha quedado claro? Los norteamericanos
piensan que un ejército islamista, entrenado por la
Unión Europea, está más que dispuesto
para invadir sus costas.
NADIR.
(Con voz de locutor de radio.) Y las del Canadá.
BARRENDERA.
Pero es muy sencillo demostrar que tal ejército no
existe.
ABDUL. Es que sí existe.
ACOMODADOR.
Ay, madre mía, si el señor Masnou se llega a
enterar de esto.
ABDUL.
Tenemos un ejército dispuesto a marchar contra el imperio
yanqui.
BARRENDERA.
Y ese ejército, ¿dónde está?
ABDUL.
Es un secreto tan secreto que ni el jefe secreto podría
desvelar tal secreto.
BARRENDERA.
O sea, que no existe.
NADIR.
El jefe dice que sí.
BARRENDERA.
Y tú te lo crees, como los de los misterios de Fátima.
ACOMODADOR.
Pues allí salía lo de la conversión de
Rusia y parece ser que se ha producido.
BARRENDERA.
Sí, la reconversión a la mafia y al mercado
negro.
DANIEL.
¿Por qué todo lo malo es negro?
BARRENDERA.
Porque esta manera de hablar la hemos implantado los blancos.
ACOMODADOR.
¿Cómo sabremos si al final hay guerra?
ABDUL.
Si hay guerra lo sabremos inmediata, pronta y seguramente.
DANIEL.
Nos desintegraremos de forma inmediata.
BARRENDERA.
Y mis natillas, en la nevera.
ACOMODADOR.
Y Bobbie esperándome para que le de la cena.
(Se
oye un gran Bum, Bum, el escenario se llena de humo, en medio
de la confusión desaparecen todos, sólo queda
la ropa encima del escenario. Cae el telón.)
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