P O R T A D A                 Y llegó la guerra    
      Teresa Domingo Català   punto de encuentro
  34 fuego - miscelánea    

Y llegó la guerra

(pieza en un acto)

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Personajes:

ACOMODADOR
BARRENDERA
ABDUL.
LASMA
NADIR
DANIEL


Acto Único


(El escenario está oscuro, completamente oscuro. Poco a poco la luz va iluminando al único personaje que está sobre el escenario, para desaparecer de golpe. Entonces el Acomodador enciende su linterna, apunta con ella al suelo, dibujando figuradamente un círculo a su alrededor. Apaga la linterna y le ilumina una luz suave. El Acomodador viste un traje pantalón gris y lleva una gorra del mismo color, con zapatos también grises.)

 

ACOMODADOR. ¿Dónde está todo el mundo? No ha venido nadie. Nadie. Y tampoco he visto pasear a nadie por la calle. Eso es que la guerra ya ha empezado. (Pequeña pausa.) Se veía venir que empezaría pronto, con todas esas señales en el cielo. (Se tapa la cara con las manos.) ¡Las señales! Primero, los grandes fuegos (señala el supuesto cielo.) Después, las plagas. Se veía venir, sí. La gente como loca, comprando como si mañana fuera a volver el tiempo del estraperlo… y sí, volverá pronto, eso si hay alguien para contarlo.

BARRENDERA. (Entra por la parte derecha del escenario, con un capazo y una escoba en la mano. La luz la ilumina suavemente. Viste un uniforme verde, con botas altas del mismo color.) Oiga, déjeme barrer tranquila.

ACOMODADOR. (Poniéndose a la altura de la Barrendera.) Pero hoy, a las ocho de la tarde, debía empezar la función. Y aquí no hay nadie. (Mira a su alrededor.) Ni público, ni artistas, ni siquiera el representante del teatro.

BARRENDERA. (Barriendo al fondo del escenario.) ¿Y a mí qué? Yo sólo quiero hacer mi trabajo, acabar lo antes posible e irme a mi casa. Hoy le toca hacer la cena a mi marido.

ACOMODADOR. (Alejado de la Barrendera, la izquierda del escenario.) ¡Es la guerra, señora! ¿No lo ve?

BARRENDERA. (Señala a lo lejos, se ve entrar, muy despacio, a tres hombres.) ¡Mire, parece que empieza a llegar gente! (Se oyen ruidos sin identificar.)

ACOMODADOR. (Juntando las manos como si rezara.) ¡Ay! Quizá nos libremos esta vez.

BARRENDERA. (Sin dejar de barrer, por el centro del escenario.) ¡Vaya, haga usted su trabajo y déjeme a mí hacer el mío!

(El Acomodador baja del escenario y se dirige a los tres hombres que entran en la sala, mientras la Barrendera deja de barrer y observa fijamente a los hombres que entran. Los hombres visten con ropas de campaña y botas militares.)

ACOMODADOR. (Haciéndoles reverencias, en el pasillo del centro de la sala.) Pasen, pasen. Están ustedes en sus casas, en su casa, quería decir. ¿Se quieren sentar? En la primera fila quizás, allí estarán muy cómodos y…

ABDUL. (Avanzando por el pasillo.) Calle. No diga una palabra.

ACOMODADOR. (De repente se pone de rodillas.) ¡Son los jinetes del Apocalipsis! (Se levanta.) Pero no, ellos eran cuatro y ustedes son tres.

BARRENDERA. (En el centro del escenario, barriendo del suelo hacia el capazo.) A lo peor son los acreedores. He oído por ahí que el señor Masnou tiene muchas deudas.

ACOMODADOR. (Acercándose al escenario.) Pero mujer, ¿no lo ve? Son parte del público. Nunca pasó en esta sala que no hubiera gente, desde que yo trabajo aquí. Siempre se llenó, siempre.

ABDUL. (Casi al pie del escenario.) No somos acreedores, ni público. Tampoco somos los jinetes del Apocalipsis. Nosotros somos…

NADIR. (Cogiendo de un brazo a Abdul.) ¡No digas nada!

LASMA. (Casi gritando. Los dos hombres se colocan a cada lado de Abdul.) ¡Silencio! ¡Silencio!

BARRENDERA. (Apoya la escoba y el capazo en la pared de la izquierda y se sienta en el borde del escenario.) ¡Pues que pena! Yo me quería enterar. Porque en este oficio una se entera de muchas cosas. Luego me llaman cotilla. Todo porque me entero de los comentarios que la gente dice.

ACOMODADOR. (Se apoya al lado de las piernas de la Barrendera, al pie del escenario.) Yo también me querría enterar. Y a mí no me importa que me llamen cotilla.

BARRENDERA. (Apoya un codo en el suelo y la mano en la barbilla, le habla al Acomodador.) ¿Cree de verdad que es la guerra? Y yo que hoy tenía natillas de chocolate de postre.

ABDUL. (Imponiéndose, frente al Acomodador y a la Barrendera, flanqueado por Nadir y por Lasma.) ¡Siéntense los dos en la primera fila!

ACOMODADOR. (Moviendo la cabeza en signo negativo.) No señor, eso no puede ser. No debo.

BARRENDERA. (Con voz firme, sin apoyarse, moviendo las piernas como si caminara.) Una además de escobera es licenciada en historia, y yo sé por los libros que de aquí no puede salir nada bueno.

ABDUL. (Señalándoles con el dedo.) Sentaditos los dos en primera fila, y bien callados. Y entonces se enterarán de todo.

ACOMODADOR. ¿Y los actores? ¿Y el público? ¿Y el administrador del teatro?

BARRENDERA. (Al Acomodador.) ¡No lo quiera saber!

NADIR. (Tajante también, pero menos que Abdul.) A ver. Baje del escenario. Y siéntense los dos en la primera fila. Y callen.

ACOMODADOR. Si viene el señor Masnou y nos ve en la primera fila…

ABDUL. (Impositivo.) No vendrá.

BARRENDERA. (Bajando del escenario.) Mejor nos callamos los dos. Mejor nos callamos. (Ella y el Acomodador se sientan en la primera fila, en los asientos que están más al borde del pasillo.)

ABDUL. (Frente a los que están sentados.) Ya que no hay actores podríamos explicar qué sucede.

ACOMODADOR. (Agitando una hoja que saca de un bolsillo del pantalón.) El programa decía que hoy íbamos a ver un drama amoroso situado en la Segunda Guerra Mundial.

NADIR. (Está al lado de Abdul, como Lasma. Habla con un tono filosófico ) El amor es un drama en todas las épocas.

LASMA. (Contesta con voz risueña.) Sí, hasta ahora nadie ha conseguido que despareciera.

(Entra corriendo un cuarto hombre. Viste una camiseta de color rojo y unos vaqueros. Corre por toda la sala, hasta llegar a donde están los otros tres. Mira, se sofoca y sube al escenario. Los otros tres hombres le siguen.)

DANIEL. (Situado en el centro del escenario, mientras los tres hombres se sientan en el suelo, mirándole.) ¡He perdido a mi madre! ¡Me persigue la policía! Claro que ahora ya no importa quién me persigue.

ACOMODADOR. (A la Barrendera.) ¿Ve? Es la tercera guerra en un par de siglos. Si dos eran compañía, tres ya son multitud.

BARRENDERA. Pero quizá sería mejor que nos contaran las cosas por el principio, a ver si nos aclaramos.

DANIEL. (A ellos dos.) ¡Deberían estar en un refugio antiatómico!

ACOMODADOR. Yo acabaré como el general Custer en Murieron con las botas puestas.

BARRENDERA. Yo preferiría terminar mis días de abuelita y en la cama, pero me temo que George Bush no lo permitirá.

(Los tres hombres se ponen de pie. Abdul se acerca al centro del escenario, coge a Daniel por la cintura, se le aproxima y le da un beso en los labios.)

NADIR. (Grita.) ¡Blasfemia!

LASMA. (Les señala con el dedo.) ¡Herejía!

BARRENDERA. Bien, tenemos a estos dos que son gays. Una madre desaparecida. Y algo tiene que ver Bush en todo esto, se supone.

ACOMODADOR. ¡Si llegara a ver esto el señor Masnou!

DANIEL. ¡Y mi madre, que es del Opus!

BARRENDERA. Bush y el Opus Dei.

ACOMODADOR. ¡Y la Tercera Guerra Mundial!

ABDUL. (Desprendiéndose de Daniel. Los otros dos hombres se sientan formando un pequeño semicírculo a su alrededor.) Todo empezó con una orden extraña. (También se sienta, en medio de los otros dos. Queda Daniel en pie en el escenario.)

NADIR. Y tan extraña.

LASMA. Tan extraña como las barbas del Profeta.

BARRENDERA. (Poniéndose en pie, de cara al público.) Y es que antes eran todos barbudos. Desde Jesús a los apóstoles, pasando por Barbarroja, Barbanegra y Barbiblanca.

ACOMODADOR. (De espaldas al público.) Déjeles hablar a ellos, a ver si nos enteramos de algo.

LASMA. Tan extraña como las barbas del Profeta.

ABDUL. (Se pone también de pie y habla cogiendo a Daniel por la cintura.) Nos llegó una nota en papel blanco.

LASMA. Blanco como las barbas del Profeta.

ABDUL. Nos daban una orden.

BARRENDERA. (Sigue mirando al público.) Los de arriba siempre dando órdenes. ¡Son muy, pero que muy pesados!

ACOMODADOR. (Sigue de espaldas al público.) Es su trabajo. Ellos dan las órdenes y nosotros les obedecemos.

ABDUL. (Su tono sigue siendo sereno y racional.) Nos daban una orden.

NADIR. (Explica también serenamente.) Una orden extraña, como las barbas del Profeta.

BARRENDERA. (Sigue de cara al público.) Quisiera saber qué tienen de extrañas las barbas de quien sea.

ACOMODADOR. (Sigue de espaldas al público.) Como era profeta sus barbas debían ser proféticas, también.

DANIEL. (Se abraza a los hombros de Abdul, por detrás.) ¡No tardes tanto, mi amor! Vienen a por nosotros. Lo presiento.

BARRENDERA. Este también es vidente.

ACOMODADOR. Y no tiene barbas, ni blancas, ni negras, ni rojas.

ABDUL. Debíamos secuestrar a dos mujeres.

NADIR. Dos mujeres.

LASMA. Dos.

ABDUL. Debíamos ocultarlas en casa de Nadir.

NADIR. Mi casa.

LASMA. Su casa.

DANIEL. (Impaciente, dejando de abrazar a Abdul pero manteniéndose cerca de él.) Cuando acabéis, ya no tendremos público. La guerra ya se habrá declarado y hasta terminado.

BARRENDERA. (Sigue de cara al público.) ¡Mis natillas de chocolate!

ACOMODADOR. (Sigue de espaldas al público.) ¡Mi pequeño dobermán!

ABDUL. (Pasea por el escenario, observado por todos los demás.) Nos llegó por escrito, envuelto el papel en un paquete de galletas.

NADIR. (Con voz pesarosa.) Galletas de dieta, de quinientas calorías.

LASMA. (Con ironía.) Galletas fibrosas, galletas para atletas.

DANIEL. (Golpeando fuerte con los pies.) ¡Las galletas fueron las culpables! ¡Y yo he perdido a mi mamá!

ABDUL. (Filosóficamente, paseando por el escenario, mirando alternativamente a resto de los personajes.) Nos comimos todas las galletas.

NADIR. No dejamos ni una.

LASMA. (Con ironía.) Mirando a La Meca, nos las comimos.

BARRENDERA.(Se sienta al lado del Acomodador y pregunta a los hombres del escenario.) ¿A quién tenían ustedes que secuestrar?

ABDUL. (Se detiene en el centro del escenario, dando la espalda a los otros hombres.) A una mujer y a su secretaria. (Pequeña pausa.) La mujer era Ana Botella. De la secretaria no conozco el nombre.

BARRENDERA. (Poniéndose las manos en la cabeza, agritos.) ¡Iban a secuestrar a la Botella! ¡Pobre Jose Mari, tan amigo que es del Bush!

ACOMODADOR. (Despistado, se levanta para preguntar y se sienta inmediatamente.) Pero ¿la guerra ha estallado ya o aún falta?

DANIEL. (Se pone detrás de Abdul pero no le toca.) La guerra… terminará antes de que se acabe de explicar qué ha sucedido y por qué.

ABDUL. (A Daniel, cogiéndole una mano, dejándola a los pocos segundos.) Pero nuestro amor no terminará nunca.

NADIR. (Colocándose la hebilla de los pantalones.) Al jefe le ha dado un calentón.

LASMA. (Suspirando.) El jefe se nos ha enamorado.

ABDUL. (Se dirige a la Barrendera y al Acomodador.) Nosotros íbamos a secuestrar a Ana Botella.

BARRENDERA. Pero les sucedió lo mismo que a los GAL. (Pequeña pausa.) Se equivocaron.

NADIR. Nos equivocamos.

LASMA. Sufrimos un error.

ABDUL. Metimos la pata, sí.

DANIEL. ¡Gracias a ese error nos conocimos! (Se abraza a Abdul, y, cuando éste termina de hablar, se separan.)

ABDUL. (Mira a Daniel con ternura.) Mi pequeño niño de las mil y una noches.

BARRENDERA. (Sentenciando.) Eso nos falta aquí, un Aladino que arregle el mundo.

ABDUL. (Afirma con contundencia.) Más que un Aladino, lo que necesitamos es un Saladino.

BARRENDERA. (Con tono serio.) Eso ustedes, que a nosotros con un Jorge nos basta y nos sobra.

(El diálogo que sigue se dice vocalizando muy bien y a la vez muy rápido.)

ACOMODADOR. Más que basta, nos embasta.

DANIEL. Nos empasta, nos embasta y nos embiste.

ACOMODADOR. Acabaremos comiendo alpiste.

BARRENDERA. (Aquí se recobra la velocidad normal.) En las jaulas, como los de Guantánamo. Y después presumimos de civilizados.

(Están situados todos como les hemos dejado antes. El Acomodador en la primera fila junto a la Barrendera. Abdul y Daniel de pie, en el centro del escenario. Nadir y Lasma sentados también en el escenario, un poco detrás de los otros dos.)

ACOMODADOR. Estábamos con la Botella.

BARRENDERA. Y la secretaria de la Botella.

DANIEL. Eso lo puedo explicar yo. Claro que si tú quieres hacerlo, yo…

ABDUL. Yo hago esto y todo lo que se me ponga por delante. (Coge a Daniel con fuerza.) A ver, Daniel, ponte de espaldas. Arrodíllate, que lo ahora mismo hacemos lo que tenemos que hacer.

NADIR. Daniel se refería a explicar el equívoco.

LASMA. El meollo de la cuestión.

ACOMODADOR. (Levantándose.) ¡Eso sí que no! ¡A mear, se van ustedes al lavabo, por muy señores terroristas que sean!

BARRENDERA. (Estira de la manga al Acomodador.) Quieren decir el quid de la cuestión, lo importante, la esencia. Y la presencia.

ABDUL. (Deja a Daniel y se gira de espaldas al público.) Tenéis razón. Nada de follar. Que el Paraíso nos tiene que encontrar puros de alma y cuerpo.

DANIEL. (Lo dice con tono de oración.) Limpias nuestras manos y nuestros pies.

ACOMODADOR. (Habla con tono intrascendente.) Aquí duchas no hay. Como mucho, una bañera antigua, al lado del despacho del señor Masnou. Como es un recuerdo de familia, no quiere prescindir de ella.

BARRENDERA. (Con el mismo tono.) Yo me ducho todos los días en mi casa. No quiero para nada una bañera polvorienta.

ACOMODADOR. No mencione los polvos, que aún terminaremos empolvados.

BARRENDERA. ¡Ah, no! No ha nacido hombre que me viole a mí.

ACOMODADOR. Por el jefe no se preocupe, que es del otro bando.

BARRENDERA. De la acera de enfrente.

ACOMODADOR. De la otra acera y del otro bando. (Pequeña pausa.) Y por el Daniel tampoco se preocupe, que también cojea del mismo pie.

BARRENDERA. Tanta pureza y tanta limpieza ¿de qué nos va a servir en el más allá?

ACOMODADOR. (Con tono ingenuo.) Como allí seremos espíritu, siempre oleremos bien.

ABDUL. (Paseando furioso por el escenario.) ¡Silencio!

ACOMODADOR. (Sin levantarse, con tono normal.) Lo que usted diga.

ABDUL. (Enfrentándose al Acomodador desde lo alto del escenario.) ¡Silencio, he dicho!

ACOMODADOR. (Con el mismo tono normal.) Sí, sí, ya nos callamos.

ABDUL. (Impositivo.) O se calla usted o le hago callar yo.

(Pequeña pausa.)

DANIEL. (A Abdul.) Explica lo que pasó.

ABDUL. (Ya calmado, habla casi para sí mismo.) La culpa fue de la fotografía.

LASMA. Era de esas malas, que se hace la gente para sus páginas webs.

NADIR. Era una foto íntima, de tres mujeres.

ABDUL. Las mujeres comparten mucho su intimidad.

LASMA. Se lo cuentan absolutamente todo.

NADIR. (Con una amplia sonrisa.) Por eso las amigas de mi mujer me persiguen por las calles.

ABDUL. Era la foto de la Botella, su secretaria y una amiga.

LASMA. La secretaria estaba buena, la Botella, no.

NADIR. Nosotros secuestramos a la amiga.

LASMA. Y al hijo de la amiga.

DANIEL. La amiga es mi madre. Y el hijo soy yo.

ABDUL. (Mirando a Daniel con ternura.) Iba vestido de mujer.

DANIEL. (Da un par de giros por el escenario) Era para Carnaval.

ABDUL. Los metimos en la furgona. Y enfilamos para Carabanchel Alto.

DANIEL. Yo nunca había estado en Carabanchel Alto.

BARRENDERA. ¡Qué casualidad! Yo vivo en el Bajo.

ACOMODADOR. ¡Y yo también vivo en los bajos!

BARRENDERA. En los bajos fondos.

ACOMODADOR. Yo de fondos tengo pocos.

BARRENDERA. A ver, sabemos que secuestraron a una amiga de Ana Botella y a su hijo, porque se confundieron con la fotografía. Pero de eso a la Tercera Guerra Mundial… No es por menospreciar a nadie, pero que lo que no han conseguido los palestinos en cuarenta años lo consiga una amiga de Ana Botella…

DANIEL. (En el escenario, delante de la Acomodadora.) ¡Y su hijo aquí presente!

ABDUL. Las cosas se han ido enmarañando, no pueden ustedes figurarse cómo.

NADIR. Primero, el Opus Dei.

LASMA. Después, el Vaticano.

DANIEL. ¡Y todo por mi culpa!

ACOMODADOR. (Con tono de oración.) Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…

DANIEL. Oiga, no se mofe, que uno será mariquita, pero muy católica.

ACOMODADOR. Si yo lo decía en serio.

BARRENDERA. (Imperativa.) Cállese, que si exterminan a la especie humana - y por otra parte no se perderá gran cosa - quisiera saber el motivo. Y ya que esos señores parecen saberlo, me gustaría que nos lo contaran.

(El diálogo que sigue también es muy rápido y vocalizando muy bien.)

ABDUL. La culpa de todo la tiene Bush.

BARRENDERA. Eso ya lo sabemos.

ABDUL. Pero de verdad, que la culpa de todo la tiene Bush.

BARRENDERA. Que sí, hombre, que eso ya lo sabemos.

ABDUL. Digo, repito y reitero las veces que haga falta…

NADIR. Ya lo saben, jefe.

LASMA. El culpable es Bush.

BARRENDERA. Y su cuarto Reich.

ACOMODADOR. ¡Fíjese! El tercero se quiso cargar a los judíos y el cuarto se quiere cargar a los árabes.

ABDUL. A los árabes no lo sé, pero los negros están siendo masacrados.

DANIEL. Y todo viene de Cam, el hijo de Noé.

ACOMODADOR. Si hace tanto tiempo, eso no habrá quien lo arregle.

NADIR. (Aquí recobran la velocidad normal.) Nos estamos yendo fuera del tema, y falta poco para que estalle la guerra.

BARRENDERA. ¿Puedo ir a por unas natillas de chocolate? Prometo que vuelvo.

ABDUL. (Con pose de chulo.) De aquí no se va nadie.

BARRENDERA. (Muy seria, levantándose.) Le digo y le redigo que vuelvo. ¿No se da cuenta de que quiero enterarme de todo?

ABDUL. (Parándose, a la Barrendera.) Ustedes dos se quedan aquí, que nosotros cuatro ya nos sabemos la historia y no nos la vamos a contar entre nosotros.

ACOMODADOR. (Con tono servil.) En esto tienen razón estos señores.

BARRENDERA. (Con desparpajo, sentándose.) ¡Qué van a ser señores! Son unos pringaos, como nosotros.

DANIEL. (Con tono de oración.) Yo estaba con mi culpa.

ACOMODADOR. La culpa negra, que no la quiere nadie. Luego decimos que no somos racistas.

BARRENDERA. Deje al chico con su culpa.

ACOMODADOR. (Con resignación.) Yo sólo hago un poco de apuntador. Como hoy tampoco ha venido…

ABDUL. (Abriendo los brazos, entre Lasma y Nadir.) ¡Todo el mundo está en sus casas! ¡Es la guerra! (Cierra los brazos y aprieta los puños.)

ACOMODADOR. Gritando así le da un cierto aire a Sandokán.

DANIEL. (Con tono suplicante.) Abdul, pon orden, que así no hay quien cuente nada.

ABDUL. (Imponiéndose.) Dejen hablar a Daniel.

ACOMODADOR. Somos todos oídos y orejas.

DANIEL. (Paseándose por el escenario, mirando al Acomodador y a la Barrendera.) Ese día había discutido con mi madre. Yo me quería disfrazar de María Antonieta. Me hacía ilusión, no sé porqué, llevar sombrilla y peluca, con un vestido de época, amplio y galmuroso. Quiero decir glamuroso.

ABDUL. (Se sienta en el suelo entre los otros dos hombres. Dice con voz suave.) Estabas muy guapo de María Antonieta.

ACOMODADOR. Debía estar guapo, sí.

BARRENDERA. Nos darán las diez y las once, las doce, la una y las dos.

NADIR. Y las tres.

LASMA. Después ya no nos darán ninguna hora, porque la guerra ya habrá terminado.

DANIEL. (Alegre.) ¡Quién me iba a decir a mí que me secuestrarían ese mismo día!

ABDUL. (Pesaroso.) Y todo por una fotografía de mala calidad.

NADIR. Hay que decirles a los jefazos que se esfuercen un poquito más.

LASMA. Ahora no habrá que decirle nada a nadie.

BARRENDERA. Tenemos al Dani disfrazado de María Antonieta.

DANIEL. (Con pluma, sin dejar de pasear.) Mi mamá no quería. ¡Pero me hacía tanta ilusión! Y claro, no era disfrazarse de cualquier mujer, no. Era disfrazarse de María Antonieta, que fue reina. Y en lugar de llegar a casa de Mariví, nos encontramos metidos en una furgona.

NADIR. Creímos que la madre era la señora Botella, y nos figuramos que la otra mujer era la secretaria.

ACOMODADOR. Ustedes me disculparán, pero ¿cómo pudieron confundir a un hombre disfrazado de María Antonieta con una secretaria?

DANIEL. (Se detiene.) Pero es que ustedes no han oído lo mejor. Mi madre iba disfrazada de ángel.

BARRENDERA. (Muy, muy seria.) Eso es muy meritorio. Confundir a Ana Botella con un ángel.

ABDUL. Oiga, señora, tranquilita.

BARRENDERA. Si yo tranquila ya estoy.

ACOMODADOR. Eso es, todos tranquilos.

ABDUL. Nosotros creímos que eran ellas por la matrícula del coche del que se bajaron.

DANIEL. (Con voz infantil.) Y es que ese día Anita le prestó su coche a mi mamá.

ACOMODADOR. (Con un tono normal.) Así ya lo entendemos todo mejor.

BARRENDERA. (Dudando.) Lo entenderá usted, pero yo, por mucho que me digan, no me trago ni media.

ABDUL. (Se levanta, con fiereza.) ¡Así fue como fue! Ni más, ni menos.

BARRENDERA. ¡Pero llamaría mucho la atención! ¡Tres tíos metiendo en una furgona a un ángel y a una María Antonieta!

DANIEL. El caso es que mi mamá pensó que era un castigo del cielo debido a mi travestismo. Y se dejó hacer. (Acercándose a Abdul.) Y yo, yo sufrí de amores nada más ver a Abdul. De repente mi psicólogo ya no me hizo falta. Aclaré mi identidad sexual nada más verle.

BARRENDERA. El psicólogo contigo se hará de oro. ¿A quién se le ocurre enamorarse de un tío que te está secuestrando?

DANIEL. (A la altura de la Barrendera, dirigiéndose a ella.) De primeras no me enamoré, sólo se me alteraron las hormonas.

ACOMODADOR. (Despistado.) Me perdonarán, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la Tercera Guerra Mundial?

ABDUL. (Con voz de maestro.) Pasito a pasito nos enteraremos todos de todo.

BARRENDERA. (Exclamando.) ¡Claro! Cómo ustedes ya lo saben. Yo no me quiero morir sin saber porqué me muero.

ABDUL (Puntualizando, en el centro del escenario, a la Barrendera.) De eso normalmente la gente no tiene ni idea.

BARRENDERA. (Exigente.) A mí no me venga con excusas. Aquí el señor Marín y yo queremos saber por qué va a estallar una guerra. Además, así, de pronto, sin que hayan dicho nada en el telediario.

ACOMODADOR. La gente se ha enterado de alguna manera. Aquí no aparece nadie, ni los encargados del sonido. Y eso nunca ha pasado en tiempos del señor Masnou.

DANIEL. El caso es que acabamos en la furgona.

ABDUL. Cuando nos dimos cuenta de la confusión pensamos en matarles a los dos.

NADIR. (Con tono irónico.) Entonces al jefe le entró un calentón.

LASMA. (Con sorna.) El jefe se enamoró.

DANIEL. (Imitando a la madre que no aparece en la obra.) Mi madre empezó a gritar que el Papa haría cualquier cosa por ella, que la había recibido en audiencia más de veinte veces, como si fuera una reina.

ABDUL. (Como si contara un cuento de misterio. Daniel y él van paseando por el escenario, cruzándose cada pocos metros.) Entonces le pedimos rescate secreto al Vaticano, en lugar de a George Bush.

(Aquí los personajes vuelven a hablar muy rápido y vocalizando muy bien.)

NADIR. El culpable de todo.

LASMA. El gran dictador.

ACOMODADOR. Le han elegido democráticamente. Eso hay que reconocerlo.

BARRENDERA. A Hitler también le eligieron democráticamente.

ACOMODADOR. Pero hizo quemar el Reichstag.

BARRENDERA. Y quién sabe si fue el mismo Bush el que se cargó las Torres Gemelas.

ABDUL. ¡Ah, no! No nos quite el mérito a nosotros, señora.

BARRENDERA. Aquí, a ver quién es más mala persona. Al final tendrán que conceder un Nobel a la malevolencia.

ACOMODADOR. Estábamos en el Vaticano.

ABDUL. Yo nunca he ido.

NADIR. Yo tampoco.

LASMA. Ni yo.

(Aquí la velocidad vuelve a ser normal.)

ACOMODADOR. Quiero decir que estábamos en el momento en que ustedes pidieron el rescate al Vaticano.

DANIEL. La idea fue mía. Pensé, tonto de mí, que el Papa no nos abandonaría a nuestra suerte.

BARRENDERA. ¿Y qué dijo el Papa?

ABDUL. (Parándose, mirando a la Barrendera.) Como comprenderá, eso no lo sabe nadie.

ACOMODADOR. Pero algo haría.

ABDUL. Dudo mucho que el Papa moviera algo. Con sus enfermedades, no está para muchos trotes.

BARRENDERA. (A Abdul.) Pero algo pasaría para que lleguemos a estar al borde de la Tercera Guerra Mundial.

DANIEL. (Al lado de Abdul.) La diplomacia vaticana contactó con Rasputin.

BARRENDERA. (Con ironía.) ¿Con la ouija?

ABDUL. (Imperativo.) ¡Nada de satanismos ni luciferismos!

BARRENDERA. (Con tono de maestra.) En el Vaticano, claro, tienen contactos con el más allá. Porque Rasputin hace muchos años que murió.

NADIR. (Aclarando,) El jefe ha querido decir que la curia contactó con Putin.

ACOMODADOR. ¿Y ese Putin, quién es?

ABDUL, NADIR, LASMA. (Abdul está entre Nadir y Lasma.) ¡El presidente de Rusia!

DANIEL. (Hablándoles a la Barrendera y al Acomodador.) Sí, el Vaticano, dudando de los propósitos de esta gente, siempre terroristas, eso sí, entabló conversaciones con Putin.

BARRENDERA. Yo esto tampoco termino de verlo. ¿Y para qué contactaron con Putin? ¿Y por qué?

DANIEL. En el Vaticano pensaron que éstos (señalándoles) eran terroristas chechenios. Y ellos no estaban dispuestos a soltar ni un euro ni un dólar. Y ahora como en Rusia ya no son comunistas, se pusieron en contacto con Vladimir.

BARRENDERA. No es por incordiar, ¿pero que tiene que ver Chechenia con el Opus Dei?

DANIEL. (Encogiéndose de hombros.) Y yo que sé.

BARRENDERA. Algo tendrá que ver para que el Vaticano pensara en los de Chechenia y llamaran a Putin.

ABDUL. (Al lado de Daniel, hablando también al Acomodador y a la Barrendera.) Nosotros ayudamos a la confusión. No dijimos que los secuestrados eran españoles, sólo que eran europeos. Y reivindicamos el secuestro en nombre de los chiítas.

ACOMODADOR. Entonces, ¿ustedes son chiítas?

BARRENDERA. (Exclamando.) ¡Qué van a ser! ¡Estos nadie sabe muy bien qué son! Dudo mucho que ellos mismos lo sepan.

ABDUL. Pues claro que lo sabemos. Nosotros somos integristas islámicos.

BARRENDERA. (No muy convencida.) Digamos que son integristas.

ACOMODADOR. (Resoplando.) Esto es un lío tremendo, un embrollo de los buenos. Yo no me estoy enterando de nada.

BARRENDERA. (Paciente.) Resulta que éstos secuestraron al chico y a la madre. Pidieron rescate al Vaticano, en el Vaticano se hicieron la picha un lío y, creyendo que eran chechenios, avisaron a Putin. Y aquí nos hemos quedado.

ACOMODADOR. ¡Ah!

DANIEL. Así fue la cosa, más o menos.

ABDUL. (Poniéndose delante de Daniel.) Deja que cuente yo, que me lo sé más y mejor.

DANIEL. Modestia aparte.

NADIR. De eso el jefe tiene poco.

LASMA. Un piquito, nada más.

ABDUL. (Como si contara un cuento de misterio.) Un comando ex soviético nos intentó localizar, claro que registraron Grozni, y Carabanchel Alto les quedaba un poco lejos. No nos encontraron por ningún sitio.

NADIR. (Desde detrás, con un tono muy serio y casi monocorde.) Total, que el servicio secreto les informó que, a parte de un integrante chechenio, había otros de nacionalidad desconocida.

DANIEL. (Representando la bola de nieve con las manos, al lado de Abdul.) Así fue rodando la madeja, grande, cada vez más grande, como una bola de nieve, pasó de un sitio a otro cada vez más liada, formando un embrollo que nos ha traído hasta estas fatales consecuencias.

ABDUL. (Rápido, vocalizando muy bien, dejando detrás a Daniel.) Sí, los rusos acusaron a los sirios, los sirios a los iraníes, los iraníes a los israelíes, los israelíes a los iraquíes, los iraquíes a ver a quién iban a acusar, con la que tienen encima, pero bueno, a su vez acusaron a los kurdos. Los kurdos se metieron con los turcos, los turcos con la Unión Europea y la Unión Europea con Estados Unidos.

NADIR. (Con voz monocorde.) La ONU se metió por medio y, como es natural, a la media hora los representantes ya se daban de hostias.

BARRENDERA. ¿Y vosotros, cómo os habéis enterado de los entresijos de las acusaciones mutuas entre los distintos países del mundo?

ABDUL. (Con altivez.) Nuestro alto mando nos mantenía informados de todo. Nosotros pretendíamos crear una grave crisis entre España y los Estados Unidos, no queríamos provocar una guerra a gran escala.

BARRENDERA. (Inquisitiva.) ¿Y cómo es posible que los diplomáticos no arreglaran la situación a tiempo?

ABDUL. (Como si lo que dijera fuera lo más lógico del mundo.) Porque lo que arreglaban unos lo desarreglaban otros.

NADIR. (Repite el tono monocorde) Y la gente fue engrandeciendo nuestro número y motivos.

LASMA. (Con una gran ironía.) Llegamos a ser un ejército fundamentalista dispuesto a invadir los Estados Unidos y el Canadá.

ACOMODADOR. (Ingenuo.) ¿Y el Canadá, por qué?

LASMA. (Sigue con ironía.) Allí viven muy tranquilitos, alguna vez les tiene que tocar.

ACOMODADOR. ¡Ay, el Canadá! Es un bello país, frío, muy frío, eso sí, sobre todo en invierno.

BARRENDERA. (Con naturalidad.) Para frío el que hace en el salón de mi casa, sin estufa, sin radiador, y, por supuesto, sin calefacción. Allí sí que podrían organizar carreras de trineo.

DANIEL. Si que es grande.

BARRENDERA. (Sentenciando.) No por grande, por helado.

ABDUL. (Como si fuera un profesor.) ¿Ya les ha quedado todo claro? ¿Ya saben por qué está a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial?

ACOMODADOR. (Con tono servil.) Sí, sí señor.

BARRENDERA. (Con espontaneidad.) Pues yo no tengo ni idea.

DANIEL. (Gesticulando.) ¿No ha quedado claro? Los norteamericanos piensan que un ejército islamista, entrenado por la Unión Europea, está más que dispuesto para invadir sus costas.

NADIR. (Con voz de locutor de radio.) Y las del Canadá.

BARRENDERA. Pero es muy sencillo demostrar que tal ejército no existe.

ABDUL. Es que sí existe.

ACOMODADOR. Ay, madre mía, si el señor Masnou se llega a enterar de esto.

ABDUL. Tenemos un ejército dispuesto a marchar contra el imperio yanqui.

BARRENDERA. Y ese ejército, ¿dónde está?

ABDUL. Es un secreto tan secreto que ni el jefe secreto podría desvelar tal secreto.

BARRENDERA. O sea, que no existe.

NADIR. El jefe dice que sí.

BARRENDERA. Y tú te lo crees, como los de los misterios de Fátima.

ACOMODADOR. Pues allí salía lo de la conversión de Rusia y parece ser que se ha producido.

BARRENDERA. Sí, la reconversión a la mafia y al mercado negro.

DANIEL. ¿Por qué todo lo malo es negro?

BARRENDERA. Porque esta manera de hablar la hemos implantado los blancos.

ACOMODADOR. ¿Cómo sabremos si al final hay guerra?

ABDUL. Si hay guerra lo sabremos inmediata, pronta y seguramente.

DANIEL. Nos desintegraremos de forma inmediata.

BARRENDERA. Y mis natillas, en la nevera.

ACOMODADOR. Y Bobbie esperándome para que le de la cena.

(Se oye un gran Bum, Bum, el escenario se llena de humo, en medio de la confusión desaparecen todos, sólo queda la ropa encima del escenario. Cae el telón.)

 

         
          Teresa Domingo Català Datos sobre el autor   foro de opinión
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