P O R T A D A       Rostro3, obra digital de Eldígoras.    
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El individuo despertó antes que de costumbre y al incorporarse se dio cuenta de que no existía. Con el natural susto -que estas cosas calan lo suyo- fue a mirarse en el espejo y no se vio reflejado. Se palpó el cuerpo y no sintió que estuviera tocando nada. Y ante semejante conflicto íntimo llamó por teléfono a la Oficina de Sujetos Perdidos (OSP) a ver si alguien, al encontrarlo por ahí, lo había depositado allí por no saber qué hacer con él, que no sería el primer caso. Pero en la OSP le dijeron que no, que allí no, que mirara en otro sitio porque, con esto de las competencias de cada administración, igual aquí guardaban a los extraviados en el cajón de las gafas y allí en el de las carteras vacías y los peines, dándose la circunstancia en que nunca sabían los interesados a qué señas acudir para recoger a quien fuera.

Así que, con las mismas, además de soportar una lógica crisis de identidad, aprovechando que la santa había ido al mercado, el individuo salió a la calle y notó que nadie le correspondía al saludo, ni el portero, ni el de la prensa, ni los conocidos de siempre, y no porque se hubiera vuelto transparente, sino porque al no existir, no lo veían. Sólo le quedaba la palabra, pero decía: «Adiós» y la gente miraba buscando al dueño de la voz sin dar con él. Incluso llegó al bar, pidió un café, repitió la petición seis veces y el de la barra le puso seis cafés al que estaba a su lado, con la consiguiente protesta de éste y la no menos consiguiente del camarero diciendo que él había escuchado: «Un café, por favor, oiga».

De esta guisa vagó por la ciudad hasta que se hizo de noche, ocurriéndole durante tantas horas lo mismo que por la mañana. Y ya de regreso a su casa, esperanzado en que, al menos, la santa lo librara del raro laberinto -que un brete así habría que pasarlo para saber lo molesto que debe ser- llamó a su propia puerta. La santa abrió, vio el vacío que tenía delante y la cerró de nuevo rezongando sobre los equívocos de la vecindad.

Desde entonces -y va para dos semanas-, el individuo vive en el rellano de su escalera viendo el trasiego de gente día y noche sin que nadie advierta su presencia. Cuando limpian el suelo pasan la fregona por sus pies y ésta no tropieza; y cuando barren tampoco lo desplazan junto al polvo, sino que pasa desapercibido. Él ve subir a las diferentes plantas al cartero, al del gas, al que viene a salvar tu alma, al que quiere venderte otra Biblia y ni siquiera uno solo hace por preguntarle algo, por ejemplo: «Oiga, ¿dónde vive Fulanitez?». De modo que en un estado anímico lamentable, sin saber qué hacer, sin hambre, sin sed, sin un documento que declare su pérdida o su desaparición, el individuo sigue allí, a veces sentado en un escalón, a veces a la vera del ascensor, a ver qué se le tercia al Destino. Por variar, cada tres horas baja al zaguán, o sale a la acera, o rodea la plaza, pero enseguida vuelve al rellano, que es ya su cobijo tan inesperado como su situación.

Lo que parece más chocante es que la santa no lo haya echado en falta llamándolo: «Individuo, ¿dónde estás?», porque da la sensación de que a ella le da igual su ausencia.

   
             
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