P O R T A D A       Detalle de una fotografía de Fabio Borquez.    
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En todo rodaje serio hay un sujeto al que se le llama el niño. Puede que esto venga de cuando un meritorio hacía los recados o iba por el búcaro. Hoy se le dice al más joven, ya sea productor, operador, segundo, ayudante, script, conductor, etc., menos al director: puede que sea por un fleco de cuando su presencia imponía tal respeto en el plató que era recibido poniéndose en pie los presentes. Pasaba también con algún operador, como Pepe Aguayo, que tanto trabajó con Luis Buñuel.

Parece que esto va de cine, pero va de bodas. El niño por antonomasia de un equipo con el que rodé unos veinte años de vellón, acaba de casarse en Las Vegas. Omito nombres de contrayentes porque no vienen al caso. Lo que sí digo es que ha tirado la casa por la ventana y ha invitado a la boda en una de esas capillitas donde, en vez de casarte, es como si te fueras a bautizar, a una docena de compañeros con los que durante décadas compartió aviones, hoteles, penas y alegrías. Era el solitario que quedaba en el grupo, y sin más aviso que el billete de avión en Vírgin y la reserva de habitación en César, ha dicho a la novia y luego ha sonreído. No hemos faltado ninguno, como si fuera una citación de producción para rodar determinada escena. Sólo que aquí se nos pedía que vistiéramos algo decente (es su palabra) y no el desbaratamiento con el que hemos rodado millones de metros de celuloide por el mundo. Así que me he alquilado un traje de pingüino (¿será esa la decencia?) y, junto a los amigos, que parecíamos una orquesta sin instrumentos (musicales me refiero) he sido testigo de la boda del niño.

La noche ha transcurrido casi sin salir del César. Las atracciones no te dejan y, por otra parte, lo más que puedes hacer en Las Vegas es salir de un casino y meterte en otro. La estancia nos ha cundido porque hemos repasado las escenas de varias películas rodadas allí (una de Robert de Niro, otra de Julia Roberts), reconociendo ángulos, ascensores, tiros de cámara y esas cosas que hacen posible hacerlo bien en vez de mal.

Y tras ganar una mano a no sé qué y de perder veinte a lo mismo, me he ido a dormir, no sin antes dejar el traje alquilado en recepción con tal de pagar sólo un día; más o menos, lo que han hecho mis colegas, excepto uno, que se lo ha manchado y ha bajado a la tintorería del hotel a ver qué apaño le dan.

Ya de día (durmiendo estaba) suena el teléfono de la mesilla. Es el niño, que nos avisa a todos para que no salgamos porque tenemos que ir con él a la capillita para asistir a su divorcio. De inmediato me comunico con los cuartos contiguos para tener un cónclave en el comedor mientras desayunamos. Nadie lo entiende, pero tampoco hay quién se lance a preguntar al niño el motivo de su decisión, convencidos todos hasta el tuétano de que, tanto la unión como la desunión son asuntos exclusivos de dos. Alguien comenta: 'En España van a poner el divorcio en cuestión de días. Vamos con retraso. Aquí es cuestión de horas'.

He ido a la tienda de alquiler a por mi traje de pingüino. Le he dicho al sorprendido planchador que lo necesito para ir como testigo de lo contrario de lo de ayer. Al final, me saldrá caro.

   
             
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