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La Bienal de Flamenco de Sevilla ha escenificado el cante de Huelva con sabiduría, con estilo, con fe y con un saber lo que hay que hacer que impresiona. El patio del Hotel Triana se convirtió en un Foro donde se dijo, cantando, que el alma, la belleza y el sentimiento del pueblo sobreviven a los efímeros mítines de estrado, tribuna o púlpito, cualquiera de ellos a siglos de distancia en expresión y en hondura frente al eco sobrecogedor de una verdad cantada. Alguien sabio dijo una vez que un fandango era una historia dicha en cinco versos. Y eso demostraron las voces en el escenario; voces que supieron contar o cantar historias de vida y muerte, amor y desamor en una noche de emoción pura, que es como decir alosnera. Hacía tiempo que no sentía de ese modo las cosas de esta tierra. Falta me hacía.

Cuando murió Paco Toronjo fueron políticos al Alosno a hacerse la foto en la comitiva triste y hubo función religiosa en la parroquia. Pero todo el protocolo estalló cuando, aún sin salir a la calle, la voz de Eduardo inició un Himno que fue, es y será la seña de identidad capaz de unir más que toda la palabrería andante: el cané. En mitad del silencio que se hizo tras la ceremonia, cantó: 'Alosno, calle Real del Alosno ...', y todos los presentes siguieron el cante en comunión con quien le dio peso y porte al fandango de su pueblo, al cante de Huelva: 'con las esquinas de acero, / es la calle más bonita / que rondan los alosneros / cuando la luna se quita'. Después del fandango sentí eso inexplicable que rebota dentro y no acierta a salir si no es por los ojos. Otra vez fue en Colonia. Le llevé a mi amigo Ricardo Bada uno de los discos que grabé con cantes del Alosno, lo escuchó entero sin un pestañeo y acabamos llorando.

Ahora, en la Bienal ha vuelto a pasar. Y ha sucedido porque sobre las voces magistrales de los cantaores y las cantaoras, sobre los rasgueos recios de los guitarristas, lo que se escuchaba era un coro con ecos de la Conejilla, Abad, Marcos, Juana María y tantos alosneros que decían al público, serenamente, sin poner solemne el gesto, uno a uno a pesar de ser coro, que Huelva tiene un sólo cante: el fandango, pero que es un cante grande por méritos propios, sin necesidad de que los especialistas lo incluyan o no en sus divagaciones corales-filosóficas. ¿Para qué más grandeza que aquello que emociona?. Un cante, además, que se canta de cien formas y que merece que le devolvamos cada uno y cada día toda la emoción que nos regala cuando se hace aire, como en la parroquia aquel día, como en Colonia otro, como en la Bienal éste. Ahí va un fandango: 'Tú te estás viendo que subes; / si piensas que no has de bajar / mira las nubes del cielo / ayer eran agua de mar / mañana, charcos del suelo'. Y otro: 'A mi caballo le eché / hojitas de limón verde / no me las quiso comer / mi caballo se me muere'.

Conmovía la palabra de Plácido, después de los fandangos reñíos, tan justamente presentados entre bastidores por García Barbeito, pidiendo que el colofón de la noche fuera el cané, ese cantar juntos, esa comunión colectiva, suficiente para sentirnos de un mismo sitio. Y el milagro humano se produjo. Se cantó. Se lloró. Y, más allá de lo que nos quieren colar como cultura sin un criterio de lo que en verdad se cuela, las gentes del escenario y las del patio dijeron cantando que la capital de la provincia en su cante propio se llama Alosno. Mi pueblo.

   
             
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