|
Todos
conocen la historia del pastor mentiroso. Les diré
más: el propio Lobo llegó a enterarse. Y razonó
así: un segundo pastor mentiroso no voy a encontrar,
mejor ideo otra cosa. Ya lo tengo, gritó, dando un
salto de alegría. Y diciendo y haciendo, el Lobo se
apareció por sorpresa al pastor que estaba al cuidado
de las ovejas, quien corrió a dar el alerta. Y los
campesinos salieron a cazar al Lobo. Pero ni rastro de éste.
Tan pronto asustara al pastor, había dado media vuelta
y desaparecido.
Las escenas se repiten, el Lobo asusta una segunda vez al
pastor y cuando llegan los campesinos se ha esfumado.
En la tercera y última secuencia, el Lobo se ha atado
una servilleta al cuello y come tranquilamente un guiso de
oveja.
De donde la virtud no hace la diferencia. El efecto resulta
el mismo con uno y otro pastor, el mentiroso y el que dice
la verdad. Al cabo a ninguno creen y el Lobo queda dueño
de la situación.
Y colorín colorado, el Lobo no se ha acabado.
|