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Cuando Carlos salió del cuarto me acerqué
A la cama, me senté a su lado y me incliné
sobre él:
Sus ojos suplicantes se cruzaron con los míos
por última vez.
¿Qué me quería decir? ¿Qué
lo ayudara a vivir? ¿O que lo ayudara a morir?
A vivir, por supuesto, él nunca quiso morirse.
Fernando
Vallejo (El desbarrancadero, Pág.
131)
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Medellín: una postal en tiempos de guerra
Medellín
la del metro, ciudad de las flores, del Museo Antioquia, de
la Plaza Botero, del Festival Internacional de Poesía.
Medallo o metrallo, la de las mujeres fastuosas y un tanto
sublimes.
Medellín
de las avenidas y las grandes edificaciones, del progreso,
ciudad de claroscuros y difuminados, ciudad de tangos y burdeles,
de parques y bibliotecas, de puertas y ventanas para el mundo.
Y las comunas, ¿dónde están las comunas?
Dónde la serenata de tiros, el cantabile de las balas,
el arpegio de los cuchillos?
Medellín,
como la mayoría de nuestras ciudades, es negada a diario,
suprimida, dividida por fuerzas antagónicas que se
enfrentan y se encuentran en la calle, en las esquinas, en
las curvas vertiginosas del metro.
Es
la misma ciudad que alberga tantos contrastes como lenguajes,
visiones, memorias e identidades. En ella confluyen el poeta,
el ama de casa, el vendedor ambulante, el campesino, el empresario.
Ciudad heterogénea y en permanente construcción,
en lógico ascenso o descenso, en indisoluble fricción
con su tradición conservadora y su realidad múltiple
y disímil.
Ciudad que se destruye y se reinventa, ciclo que termina,
ciclo que comienza. Ciudad-misterio, ciudad-conjuro, ciudad-hechizo,
pero también ciudad-miseria, ciudad-violencia, ciudad-bomba.
Espacio recreado por cientos de poetas que la visitan a diario
y que escriben sobre su piel sus mejores cartografías,
sus ideogramas favoritos. Ciudad híbrida hasta la médula,
de grandes penetraciones culturales, desterritorializada e
invadida, subalternizada y narrada, hablada, con voz propia,
muda.
Sobre
sus calles giran los tangos, el bolero, el rock alternativo,
el metal. En sus habitaciones se levanta la ranchera, el disparo,
el amor, la botella, el vals, la cafetería-bomba donde
departen ingenuamente periodistas y transeúntes de
la noche.
Ciudad
sitiada por el amor y el desafuero, ciudad lluvia, noche,
fantasma, augurio.
El escritor:
descifrar una urbe 
Fernando
Vallejo es uno de los intelectuales más grandes que
ha dado el país. Su grandeza no sólo estriba
en su capacidad creativa sino en su honestidad y en su claridad
para retratar las cosas. Es más, Fernando Vallejo no
recrea, no reinventa, no ficciona. Su pluma es un espejo,
un escalpelo que disecciona los pliegues y las carnes de un
país que esconde sus lipomas, sus tumores, sus excrecencias.
Pese
a ser criticado por su prosa incisiva, visceral y poco poética
Fernando Vallejo resultó ganador del Premio Rómulo
Gallegos, premio que han ganado también los escritores
Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Roberto Bolaño,
Mempo Giardinelli y el mismo García Márquez,
lo que lo ubica en los primeros peldaños de la creación
literaria en América latina.
Sin embargo, no por haber ganado un premio se valida una propuesta
literaria y creativa. Fernando Vallejo "ES" desde
antes del Rómulo Gallejos. Su obra está escrita
desde antes, se defiende sola, narra una época y una
historia, retrata una realidad, presenta una cotidianidad
desde los ojos de la verdad. En sus novelas, pese a que la
mayoría están narradas en primera persona, está
la voz del sicario, la voz del hermano Darío, el sufrimiento
del hermano Carlos, el suicidio, el sida, las drogas.
El acierto más grande del escritor radica en la narración
de una ciudad; al narrarse dicha ciudad (microcosmos) se está
esclareciendo la realidad de una nación (macrocosmos).
Esa nación se presenta desnuda, se desviste, es mostrada
en sus fibras interiores fibras que no están ocultas,
así muchos quieran negarlo. En sus novelas hay un
repaso histórico por la realidad del país: se
narra ese proceso de lo rural a lo urbano, las costumbres
y tradiciones de una familia puede ser cualquier familia
colombiana enfrentadas con las nuevas lógicas de la
modernidad y la heterogeneidad cultural, las luchas interiores,
las transformaciones mentales, los ascensos intelectuales,
el desprendimiento, el desmoronamiento de una casa el país
y la hecatombe de un hogar que se ve transformado por la realidad
imperante: la universalización de los imaginarios y
las costumbres.
Fernando Vallejo no escribe: deja que la ciudad hable a través
suyo, Medellín es otro personaje, la calle es otro
personaje, la muerte es otro personaje, el sida es otro personaje.
Su novela está plagada de héroes de carne y
hueso más de hueso que de carne, personajes que viven
su propia vida, a riesgo de perder la "otra", marginados
por el sistema, omitidos y suprimidos por las clases hegemónicas
del Medellín primoroso y "posmoderno".
Vallejo posee la virtud de crear una comunión entre
lo santo y lo profano, establece una conjunción extraña
entre novela, relato, biografía, periodismo, testimonio,
historia, poesía y todos los géneros que el
lector alcance a sospechar. Su literatura es nueva, se aleja
de los costales, de los bultos homogéneos, de la erudición
del crítico, del academicismo del docto. Su prosa es
bien cuidada, pero no escatima esfuerzos en ponerla al alcance
de un público corriente. En ella se desmorona la ideología,
se tumban grandes murallones de conciencia, se difumina el
paradigma religioso. Vallejo es Vallejo, aunque en su prosa
encontremos mucho de Rendón.
La Virgen
de los Sicarios o la realidad ficcionada
Contrario a lo que muchos piensan la Virgen de los Sicarios
es Medellín y por eso mismo Colombia. Negar La
Virgen de los Sicarios y prohibir su divulgación
cinematográfica es negar y desconocer al país,
es tapar al sol con un ojo nadie tolera el brillo de
esta nación violenta y hermosa.
Desde el inicio del film se ve el movimiento de la urbe, de
la mole, del ladrillo desde una vitrina, desde un vidrio.
Es como si la realidad se levantara solita y comenzara a hablar
a través de sus propios recursos lingüísticos.
Las imágenes corren arduamente por entre la colcha
de los cristales sugiriendo un movimiento propio, íntimo,
personal, autónomo. Parece que el protagonista y esta
es la percepción que tengo fuera el objeto y no el
sujeto a merced de un remolino de sucesos que lo devoran minuto
a minuto, como si el espacio temporal de Medellín fuera
Cronos y Fernando Vallejo uno de sus hijos. El autor ha llegado
a otro mundo, desconoce su realidad, su historia, su lenguaje,
la sincronía de un verbo que ha reinventado nuevas
lógicas y percepciones: Vallejo es devorado por la
boca ávida de una ciudad que lo esperaba desde la década
de los 70's.
De hecho, Fernando es un protagonista secundario en la gran
trama de la vida paisa, en la gran pieza dramática
que es Medellín, en las protuberancias inexplicables
que es ahora el día a día de la capital antioqueña.
Muchas veces se nos presenta al margen del movimiento telúrico
de la cotidianidad, desprendido de una lógica humana,
como un simple voyerista que no puede intervenir en las consideraciones
de los otros individuos, en la lengua particular de la ciudad,
en sus nuevas representaciones, en los imaginarios urbanos
e individuales que se gestan a lo largo del drama amoroso-violento:
el encuentro de Vallejo con su yo, con su ciudad y con sus
amores.
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Vallejo no sólo ha venido a morir estaba muerto
hace 30 años sino a renacer, a reencontrarse
con su memoria o con lo que queda de ella a levantarse
de un olvido y comenzar a trazar un nuevo mapa para sus manos,
sus ojos, sus oídos, su escritura. Allí sufre
una metamorfosis (la de Kafka?) y se diluye en su yo personal
para fundirse en un yo colectivo. Vallejo deja de ser el hombre,
se funde en el plano metafísico de un Ulises en procura
de su otra Ítaca que en este caso viene a ser
el presente, el instante, el ya del hoy y no el del ayer.
Su memoria se ve impregnada de otras memorias, de otros acaecimientos,
de múltiples olfatos.
En La Virgen de los Sicarios hay diversas realidades
y temporalidades. De un lado nos encontramos con una Colombia
semirural, viva en la memoria del "otro" Vallejo,
suspendida en un tiempo pretérito que es el del escritor.
De otro lado, está la Medellín del ahora, la
de Alexis, la del narcotráfico, el sicariato, la muerte,
el ruido, la congestión, la lucha por la vida, la belleza,
el afecto, la naturaleza, la pobreza, la mezquindad, la mediocridad,
el sexo que bien pueden aplicarse a cualquier país
latinoamericano. Por último, se nos instala frente
a frente la Medellín vista por el ojo y la lente de
Barbet Schroeder. Esa Medellín está ataviada
de muchos protagonistas: el Vallejo que vuelve sobre sus pasos
niño que muere en su interior y que vive una
gran aflicción, la urbe (modernidad periférica),
el paso de aldea a ciudad relativamente desarrollada, la cultura
de la violencia, la "pornomiseria" como estética,
la muerte como subcultura, la música y la naturaleza
como personajes.

La ciudad
y ella misma en su idioma
En La Virgen de los Sicarios la ciudad tiene
voz, es una voz estridente, chillona, que molesta a muchos.
Con Medellín sucede lo mismo que con aquellos infantes
que lloran inagotablemente en procura de la compota o el chupo.
El padre llega y suministra a su hijo el alimento y allí
cesa el llanto. ¿Por qué tanta gente se ha molestado
con el llanto de esta niña que no termina de crecer,
que no termina de formarse, de definirse? ¿Por qué
tapar con cortinas de humo una verdad que le pertenece a todas
las periferias del continente americano, urbes en donde se
mezclan todas las posibilidades del caso y donde los antagonismos
se funden como una nueva geografía? La letra está
tatuada en la piel del continente y las modernidades periféricas
ostentan sus cicatrices: allí se entrecruzan las miserias,
los arrobamientos, el hambre, las concupiscencias habidas
y por haber.
Cifrar en lenguaje "distinto" la contemporaneidad
de una ciudad o un país es aborrecerlo? No es mejor
cuando le decimos en la cara a un amigo sus errores y defectos
en procura de un crecimiento absoluto? Será que presentar
a un Brasil violento como el que nos traduce La Ciudad
de Dios, Carandiru o Detrás del sol
es odiarlo en demasía? Prefiero aquellos amantes que
se dicen la verdad sin temor a recriminaciones ni venganzas
sexuales a aquellos que se callan todo con tal de continuar
su aparente paraíso amoroso. Además, qué
aburridos son los paraísos y cuánto las relaciones
perfectas. Muchos quieren ver el Brasil de siempre, el Brasil
que nos han dibujado las clases dominantes, el del carnaval,
el fútbol, las garotas, la bossa nova, Tom Jobim o
Joao Gilberto. En eso radica la importancia de este nuevo
cine: mostrar todas las posibles caras de la realidad; la
realidad, como medusa, posee cientos de serpientes en su rostro.
Medellín
es una ciudad que grita, una ciudad que padece, como toda
ciudad del área continental, injusticias sociales,
cruentas batallas culturales e ideológicas. No obstante,
en La Virgen de los Sicarios la ciudad obtiene
su mayoría de edad y es capaz de reclamarle a sus hijos
lo que han hecho con ella. En La Virgen de los Sicarios
la ciudad habla, se representa a sí misma, se constituye
en un personaje más del entramado cinematográfico.
Es más, me atrevo a asegurar que como personaje contiene
mayor validez que otros que pasan totalmente desapercibidos
(la iglesia, las imágenes religiosas, los sacerdotes?).
En el film se nota la estructura de la ciudad, su andamiaje,
sus temporalidades, sus vasos comunicantes, sus lenguajes
tanto simbólicos como físicos. La
criminalidad y la marginalidad de sus habitantes se palpa
como la inexorable lógica de toda sociedad en crecimiento,
como un resultado más de la cultura de "consumo"
y la consolidación de una nueva categoría: lo
desechable. En la urbe de comienzos de siglo todos
somos eso, un objeto que perece, que naufraga, que se borra.
Lo que no se ajusta al sistema está fuera de él.
En la contemporaneidad todos somos exiliados, estamos desterrados
de un territorio al que nunca pertenecimos, estamos, como
en el libro de Milton, en busca de un paraíso perdido.
Medellín
se configura en la memoria visual de sus hijos como un ente
vivo y esto causa un profundo escozor en los espectadores.
Su voz molesta, su heterogeneidad perturba, sus movimientos
subalternos incomodan. Al tocar las fibras de lo real lo lateral
se siente aludido y por inercia rechaza. La realidad se diluye
a través del juicio ortodoxo. La ciudad se enmudece
de nuevo, es víctima de una persecución, padece
las injusticias de sus tetrarcas, la omisión de sus
sacerdotes, la supresión de sus hijos ilustres (quienes
niegan la existencia de otros hijos ilustres: hijos de la
muerte y la "bazofia" humana), soporta la gasa que
le ponen fielmente en la boca para acallar sus imprecaciones,
sus verdades, sus "debilidades" sexuales, sus perturbaciones
sicológicas, sus carcomas, sus urticarias, sus fiebres,
sus sidas, sus venéreas y demás atributos o,
según como se mire, defectos.
Ahí
está Medellín y allí muere Medellín.
Allí se narra, allí forja sus luchas y en ese
mismo sitio espera con paciencia a que vuelvan a suministrarle
voz para gritar al mundo sus dolores y sus bríos.

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