P O R T A D A       Detalle de una fotografía de Fabio Borquez    
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Servidor no se perdía de chico un festejo en la Plaza de Toros de la Merced. Aún me suenan las famosas dobles parejas: Litri y Aparicio, Chamaco y Carbonell (estaba allí la fatídica tarde). Quizás por esa influencia constante (me llevaban) le tomé gusto a lo de ser torero y con siete años apañé una capa con un retal de cortina, una muleta con una caña y decidí probar suerte; afición que se me fue de repente el día que, citando a un toro imaginario, di de bruces contra las macetas de aspidistra que tenía mi madre en el patio. No fueron dos cuernos los que me quitaron el afán de conseguir la gloria torera, sino dos escobazos en semejante parte; ni tampoco fue una mala tarde (la podía tener cualquiera), sino la rotura de los tiestos de barro.

Me di cuenta entonces de que lo que me gustaba de los toros no era la violencia de la sangre, ni el reto a la muerte, ese juego en la linde de los latidos, sino su estética. Se me quedó prendida la visión de una grada multicolor, bulliciosa: la del coso y la del cabezo (a la que más de un torero dedicó su faena). Me encantó esa belleza. Digo encantar con el valor del término: de dejarme traspuesto las citas del Litri mirando al tendido, y el paseíllo, y los diestros con sus monteras, y el aplauso al buen quite, y el silencio, y las protestas, y la música de banda, y la petición de orejas, y la seriedad con la que se consumaba el rito. No iba a lo que llamaban charlotás porque las sentía una burla ante lo que merecía el mayor de los respetos. Disfrutaba con el trasiego del callejón, el vaso de agua que el mozo de espadas daba al maestro, el traje de luces regalando brillos, el capote de paseo dejado a la dama en la barrera, el desdoble del de brega, la asombrosa danza de las banderillas, el consejo al oído, el clarín anunciador, el murmullo al salir el toro...

Todo se me quedó dentro cuando dejé de ir a la Plaza; los que me llevaban murieron y yo me hice mayorcito sin más. Después sólo he asistido a una corrida en la Monumental de Madrid y, al hacer la película de Curro Romero, a las de la Maestranza durante el rodaje, sin contar tres secuencias sobre el toreo a caballo con los Peralta, las enfermerías taurinas y las capeas de los pueblos.

Me llamaba la atención que, como en la antigüedad, las ciudades dispusieran de un recinto donde, ante un público a salvo, un hombre y un animal salieran a enfrentarse, y que, partiendo de ahí, se hubieran desarrollado a través de los siglos, no ya unas reglas sueltas, sino todo un código de leyes, como se hace con las cosas destinadas a durar.

Esto lo escribo tras saber las desgracias ocurridas en una capea del norte y haber asistido a las de Trigueros, Beas, San Juan.... en el sur. En todas puede observarse que, por unos días, esas reglas talladas entre hombre y animal regresan a sus orígenes, vuelven a recordarnos cómo era todo al principio; o sea: el animal que el hombre lleva dentro persigue al hombre-persona que va por fuera, y el instinto y la inteligencia empiezan de nuevo a jugar la partida de la evolución en el escenario donde la vida y la muerte esperan el desenlace a ver quien gana. Simplemente.

   
             
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