P O R T A D A       moratoria    
      Manuel Garrido Palacios   punto de encuentro
  32 fuego - miscelánea     Un libro llamado
Moratoria,
de Javier Jover
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"Hay en esta ciudad una esquina en la que se fabrica el estrépito. Tan cercana está de la muerte, tan letal es su apariencia, que la fama de accidente ondea en el balcón con cada golpe de viento, con cada asomo de brisa...". Con estas palabras abre su libro Moratoria Javier Jover, y con estas lo cierra: "Ignoraba que soñaba, y despertó ya muerto". En mitad de ambos dichos queda el aliento que nos cerca a todos. Aliento colectivo de un mal día de marzo en el que hasta las flores sintieron vergüenza de tanto teñirse de rojo. No más sangre. "Ese adentro tuyo en mi voz no se acaba", adentro compartido en la "mitad exacta de una sombra, entre alambres quebradizos de niebla, entre el óxido cobrizo de un vacío tangible".

Jover saca lo que le bulle —o se expresa en voz baja— para que las palabras serenas vayan a plasmarse sobre el papel. O grita: uno más que grita hacia su interior. "No más sangre" quiere decir y dice, en suma, el escritor que observa desde cualquier sitio triste un "ocre muñón de luz" en la ciudad. El dolor pare figuras y el poeta sólo se atreve a captarlas. Es su llanto calmo, su plegaria, su verso dirigido "hacia este cielo detenido". Ante un 11 M, sin más nombres que los de los muertos, "busca en el tiempo un anclaje, un resquicio de voz, una cita con nadie. No intenta siquiera alcanzar el reflejo que ansía. Sabe que allí se diluyen sin cesar las formas de la nada más pura".

"Tristes guerras si no son las palabras", decía Miguel Hernández, muerto de frío una madrugada, solo, en la innombrable trinchera del calabozo. Jover conoce que las palabras son ese "dolor contenido que apremia, ese cerciorarse a tientas del velo ardido de estertor". La pena fluye del "incendio antiguo de los días" para poner fechas cada vez más cercanas, para intentar que esto sea otro calabozo para el frío, "una prisión de niebla diluida en el plasma laminado de la arcilla, una senda sin luz".

Jover el poeta ha querido "escribir los versos más tristes esta noche", "postergando el grito" hasta cuando la voz regrese del espanto. Voz para dictar "verdad o sentencia sin lindes" para que envuelva, como sudario de ecos, "ese lugar candente" en el que el suelo es "un lienzo impenetrable".

Te pones a escribir al tiempo que "las agujas de todos los relojes se bifurcan", y te imaginas entonces cuánta luz hay "perdida en el pozo de la memoria". Uno está en su estudio cuando llega el libro Moratoria, de Javier Jover, dedicado a la memoria de las víctimas del atentado terrorista del 11 de Marzo en Madrid, y hecho "a vivir siempre a expensas de una precariedad turbada por la desesperanza impuesta día a día", al leerlo siente de pronto que aún queda fondo por tocar, allá abajo, en el infinito abajo, donde ya no habitan ni las sombras. Fondo frontera entre el ser y la nada. Fondo "implacable de dudas, que la vehemencia renovada de su azogue" pudiera ser un día "presagio de vida".

Ante la sangre nunca supe qué decir. Sólo he abierto el libro para que sus palabras vengan a posarse mansamente en el aire tibio de la mañana.

   
             
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