P O R T A D A       Chorro.    
      Manuel Garrido Palacios   punto de encuentro
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Me pide una lectora que cuente algo de lo que he visto «por ahí». Pienso que ese «por ahí» es «el mundo», y se me ocurre —creo haber hecho una referencia antes a esto— lo que viví en el suburbio de una ciudad de Sri Lanka, al sur de la India; hecho que ensanchó mi capacidad de asombro lo menos un metro. Ahí va:

En el centro de una grada tipo gallera, una dama fornida, arropada por un vocerío digno de un caos, se tendió desnuda de espaldas en una tarima, levantó sus piernas, las abrió y fue colando en su vagina pelotas de pim-pom, de modo que, con una contracción de los músculos del vientre y un «¡Wah!» como un rugido, las hacía salir disparadas como obuses hacia la grada, cuyos ocupantes entraban de lleno en peleas por pillarlas, lo que conducía a una posterior reventa de aquellas joyas blancas y tibias, preferiblemente en dólares.

Me advirtieron que no gastara salvas en aplausos porque faltaba lo mejor. Lo mejor fue que, sin variar de postura, la mujer cogió una botella de Campa-Cola, se introdujo el gollete en la vagina, le quitó el tapón-chapa con esfuerzo cabal o fingido y, tras mostrar a la delirante grada la botella llena y destapada, se la volvió a meter donde mismo para que el líquido desapareciera —glub glub— dentro de su cuerpo. Luego se puso en pie mientras tensaba al máximo los músculos del vientre, y, para delirio de una grada en éxtasis, no se le derramó ni una gota siquiera de la Campa dichosa, y eso que era un litro.

Después fue poniendo vasos de papel entre sus piernas y vertiendo en ellos el líquido resultante, dicho sea: con un control de chorro como si saliera de un grifo; vasos que un ayudante repartió entre los asistentes para que los bebieran a sorbos, con moderación, sin que cundieran abusos por el entusiasmo.

Cuando no le quedó nada dentro, recogió su ropa interior y se fue por donde había venido, dejando al personal festejando semejante placer.

Confieso que quedé absorto ante el dominio de cuerpo de aquella mujer y su técnica muscular, capaz de proporcionar un bebedizo a toda una generación de adeptos. Un hindú me aseguró que no había presenciado un espectáculo, sino una terapia, porque el líquido bebido no era lo que yo me figuraba, no, sino la panacea idónea para curar esto, lo otro y lo de más allá.

Recluido en el hotel seguí rumiando sobre lo que acababa de ver, pero no lo comenté con nadie. Tampoco en los días siguientes, en los que el trabajo me llevó a Bombay. Ni me dejé ilustrar con precisión por algún experto sobre las maravillosas virtudes del néctar. Me limité a anotar en la valija de mi memoria el perfil de aquella dama dominadora de su vientre y de masas, cuya figura vuelco ahora en el folio, tan dispuesto a recibir el testimonio de sesudos temas, para complacer a la lectora. Confieso que, a veces, como recuerdo de aquello, me pongo a botar la pelota de pim-pom que me traje y que no compré en la reventa, sino que conseguí en un impulso sobrehumano por integrarme en un juego del que no conocía —ni conozco aún— las reglas, pero que tenía el misterio como atractivo para aquella cofradía. No sé si pedir número para el psicólogo.

   
             
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