P O R T A D A       Benarés    
      Manuel Garrido Palacios   punto de encuentro
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A su paso por Benarés, ciudad sagrada de la India, el Ganges reserva virgen toda su orilla Este para ofrecérsela al Sol cada mañana. No hay casas en esa banda de arena dulce arrastrada por la corriente; arena que es llevada a la orilla Oeste en viejas barcazas que rozan con su borda el agua, y de ahí a peores camiones sobre cabezas de adolescentes envueltas en saris: cariátides de un país de mil millones de almas, muchas de las cuales —me dicen que seis de cada diez— nacen, viven y mueren sin conocer un techo.

Esa orilla Este no admite tapia que oculte la aparición del astro rey cada día. Erigida en horizonte de luz de esta ciudad, deja que el río le traiga arena revuelta en unas aguas que conocieron ayer el Tibet y que mueven los barqueros y la cinta humana femenina: fila de mujeres que pasan del barco a tierra en difícil equilibrio con su carga en la cabeza, a las que el capataz va dando una señal que cambiarán por rupias más tarde.

Frente, recibiendo los rayos de estreno del día, la orilla Oeste aparece cuajada de templos en los que un centenar largo de credos entonan cánticos a sus divinidades en el momento del amanecer, estableciendo una cadena de oraciones y ritos imposible de traducir en palabras: es un sincretismo sonoro de todas las formas religiosas conocidas en la India.

En esa orilla se inician a la vez las ceremonias funerarias. Los cuerpos, envueltos en saris de seda, van a su «más allá» por dos caminos distintos: el de ser incinerados al aire libre mientras los familiares, vestidos de blanco, en círculo, se rasuran la cabeza entre lamentos, y el de ser depositados en mitad del Ganges con pesos atados a los pies y al cuello.

El primer día vi estos dos casos. En el primero, se trataba de una joven cuyo cuerpo colocaron sobre la pira de leña seca, dejando su cabello negro y largo pendiendo de la cabecera. Cabello untado de grasa que ardió en una llamarada de segundos. El fuego de leña seca abrazó luego su cuerpo y lo hizo humo. Alguien quiso fotografiar la escena y los familiares se lo negaron. Aparte del respeto humano, su razonamiento fue: «Si la coge la cámara no irá al Paraíso y se quedará ahí dentro para siempre».

En el segundo caso, desde una barca observé cómo ataban ladrillos gruesos a los pies y al cuello del muerto y lo dejaban resbalar hacia el seno del río. Alrededor flotaban cadáveres de otros días a los que la humedad les había roto la cuerda que los anclaba al fondo. Ahora los buitres se posaban sobre ellos y los devoraban.

Le conté la experiencia semana más tarde a un santón en Calcuta. Mi voz era un río de palabras que desembocaban en la hondura insondable de su gesto. Me dijo que el Ganges llevaba a diario sus aguas al Golfo de Bengala con estas historias y no se producía una ola mayor que otra, sino que en religioso silencio se mezclaban con todas las aguas que morían en el mar de mares, el «más allá» de cada uno.

Ni un día de mi estancia en Benarés dejé de ir al alba a ver salir el Sol, a sentir los ritos, a ser una figura absorta en el paisaje, a ensanchar mi capacidad de un asombro que no cabe en una columna, por más que intente apretarla.

   
             
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