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Una
confrontación entre la expresión literaria
y la cinematográfica es una comparación
entre dos momentos técnicos lingüísticos
sin posible comparación entre sí.
Pier Paolo Pasolini
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Entre los
cineastas cuya aportación al mundo del Séptimo
Arte ha sido más decisiva y entre los preferidos
de un servidor figura con letras mayúsculas el
nombre de Orson Welles (19151985), genio creador de
talento desmesurado. Procedente de la escena y de la radio,
su debut en 1941 con Ciudadano Kane supuso un
soplo de aire fresco que sentó las bases de la narrativa
cinematográfica moderna. La incomprensión de
los productores y del público norteamericanos condujo
a Welles a desarrollar su obra posterior en Europa, donde
halló más aceptación de la que había
recibido en su país natal. Pese a todo, la cantidad
de películas que conservamos de este autor es muy escasa
y casi todas ellas se han visto manipuladas en su proceso
de elaboración o alteradas en las salas de montaje,
de manera que aún hoy en día resulta difícil
saber cómo fueron concebidas inicialmente. En este
sentido, la figura "maldita" de Welles ha tenido
que librar una dura batalla para obtener la óptima
consideración de que goza actualmente, aún a
regañadientes de algunos.
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Gracias al capital que le ofreció el productor Alexander
Salkind, Welles llevó a cabo, en 1962, un proyecto
verdaderamente fascinante: la traslación a la gran
pantalla de la obra de Franz Kafka. Ambas personalidades la
de Welles y la de Kafka se fundieron de manera extraordinaria
en la adaptación de El proceso, novela
de difícil plasmación cinematográfica,
al menos a primera vista. El resultado fue una pieza tan compleja
como el original literario que demostraba las aptitudes de
su realizador para traducir en imágenes estructuras
narrativas infrecuentes y universos tan solipsistas como el
del escritor checo. Welles recurrió a una puesta en
escena repleta de innovadoras soluciones plásticas
que dieron a luz una nueva obra tan personalmente asumida
en forma y contenido por el cineasta que se ha hecho merecedora
de una existencia completamente autónoma e independiente
a la del libro.
Joseph K (Anthony Perkins) despierta una buena mañana
y descubre la presencia en su habitación de dos agentes
de la ley que le informan de que está bajo arresto.
Por más que lo intenta, no consigue averiguar qué
delito se le imputa y acude a todas las esferas posibles del
estamento judicial en busca del origen de una culpabilidad
que se remonta a su propia existencia humana. Finalmente,
K será condenado y morirá en la ignorancia como
víctima de una sociedad absurda y una burocracia inútil.
El
tortuoso y acongojante recorrido del personaje por un mundo
que se le revela irracionalmente cruel y despiadado fue un
concepto que Welles recogió de Kafka en esencia pero
al que el realizador debía encontrarle una expresividad
equiparable, en el aspecto visual, a lo que había significado
la narrativa literaria actual para los críticos y lectores
de la primera mitad de siglo. En ese sentido, un cineasta
que durante toda su carrera había tratado de explotar
al máximo las múltiples posibilidades de la
sintaxis fílmica estaba mucho más capacitado
que nadie para alcanzar ese grado de abstracción. Los
esfuerzos de Welles se encaminaron hacia una representación
ambigua del espacio de manera que éste se volviese
tan inconstante y desconocido para el espectador como lo era
para el protagonista, quien rara vez consigue percatarse del
lugar en que se encuentra.
A tal efecto, fue determinante para el autor de El cuarto
mandamiento la utilización de una antigua estación
de tren parisina como lugar donde recrear los escenarios en
los que transcurriría la particular odisea de Joseph
K. La arquitectura en ruinas de la Gare d'Orsay reunía
plenamente las condiciones para la elaboración de un
decorado simbólico que asumiría las veces de
laberinto pesadillesco. Welles convirtió salas y andenes
en enormes dependencias del tribunal repletas a rebosar de
archivos y habitadas por acusados a la espera de juicio que
ofrecían una imagen desoladora del aparato de la ley.
La película fue rodada también en Zagreb, Dubrava
y Roma, ciudades que ofrecieron localizaciones inesperadamente
idóneas (como la impresionante catedral que aparece
al final) para recrear los lúgubres pasajes de la novela.
El mayor acierto fue emplazar todas y cada una de las acciones
que ocurren de manera sucesiva en lugares que jamás
se comunicarían entre sí en la vida real: de
ese modo, asistimos al deambular incesante de Joseph K por
una asfixiante geometría física de pasadizos
sombríos que conducen lo mismo a las oficinas de trabajo
que al teatro o al despacho del abogado Hustler, sin que el
espectador tenga, en ningún momento, una idea clara
del espacio en que se halla.
Esta aportación a los parámetros fílmicos
del espacio se ha convertido en una característica
fundamental de El proceso y constituye uno de
sus principales hallazgos, sobre todo a la hora de valorar
su influencia como rasgo de modernidad en autores posteriores
que han sabido plasmarlo con mucho acierto en sus respectivas
obras (es el caso, por ejemplo, de Jean-Luc Godard en
Alphaville o Alain Resnais en Providence).
Este modo de conectar diferentes espacios de manera arbitraria
consiguió reproducir a la perfección la sensación
de angustia que debían provocar las calles de Praga
al escritor checo, a juzgar por cómo son descritas
en su libro. También es significativo el uso del encuadre
contrapicado, que destaca la presencia del techo como elemento
que aplasta simbólicamente al protagonista dentro de
su entorno.
Desde la misma escena de la detención, Joseph K es
presentado como un personaje con un sentimiento de culpabilidad
innato que le desestabiliza antes las acusaciones de los demás
y le torna inseguro y vulnerable. A pesar de saberse inocente
de cualquier delito, su conciencia cede continuamente frente
a las palabras intimidatorias de las autoridades. El desaparecido
actor Anthony Perkins encarna maravillosamente a K y le dota
de una enorme fragilidad a través de su físico
frágil y su expresión atormentada.
El film se abre con una secuencia compuesta por dibujos inanimados
que representan la alegoría del hombre que busca acceso
a la ley. Welles creyó necesario incluir este prólogo,
que no aparece en la novela, para que el espectador no se
sintiese sumergido demasiado abruptamente en una historia
de difícil comprensión. Acompañada por
el relato en voz en off del propio director, esta sucesión
de viñetas se muestra como síntesis del espíritu
de la obra.
La escenografía asumió un papel decisivo dadas
las características de la historia, pero igual de importante
fue la planificación que Welles impuso a la hora del
rodaje. Son numerosas las escenas en que la simbiosis entre
ambos aspectos determina la expresividad dramática.
No obstante, un par de ellas merecen una especial mención.
En primer lugar, la llegada de Joseph K a su oficina, una
amplia sala repleta de mecanógrafas que Welles filma
en profundidad de campo y con ángulos de cámara
muy pronunciados para acentuar la crispación. El estruendoso
sonido de las maquinas de escribir está especialmente
intensificado con el propósito de aumentar este mismo
efecto.
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El segundo momento se corresponde con el recorrido del protagonista
entre la muchedumbre de acusados auténticos muertos
en vida, pálidos y semidesnudos que asolan una
explanada sobre la que se alza la estatua de un Cristo amortajado.
De aquí se desprende la amargura del abandono del ser
humano en un mundo caótico y sin sentido donde la vida
es una eterna sala de espera, todo ello remarcado por la penumbra
de la noche.
En otro orden de intereses cabría situar la persecución
que padece el protagonista por parte de unos niños
en los estrechos corredores que conducen al estudio del pintor
del tribunal. El afortunado manejo de la cámara en
travelling, siguiendo a un Joseph K rodeado de sombras
humanas y estridentes chillidos de criatura, trae a la memoria
soluciones de distorsión plástica empleadas
por Welles en otros films (tal es el caso de la secuencia
de la sala de espejos en La dama de Shanghai
o la del asesinato del detective Menzies en Sed de Mal).
Sin embargo, la escena de la discusión final entre
Joseph K y el abogado Hustler es la que resulta más
definitoria a nivel de contenidos. En ella, la condena a la
irracionalidad de la existencia es rotunda, absoluta y desalentadora.
El propio Welles bajo la piel del abogado intenta convencer
al protagonista de la necesidad de adoptar una solución
conformista frente al absurdo de las sociedades humanas, planteamiento
que será rechazado por K sin llegar a vislumbrar una
verdad alternativa.
Pero el desafío planteado con la puesta en escena de
El proceso no se limita tan sólo a esto.
A los aspectos ya comentados habría que añadir
el cariz marcadamente expresionista de la fotografía
con un envidiable uso del claroscuro o la magnificencia
de los planos de grúa. Aspectos que adquieren un especial
énfasis gracias al acierto en el empleo del Adagio
de Albinoni como subrayado musical.
En lo referente al plantel de actores, destaca, junto a Perkins,
la presencia en papeles secundarios de figuras de la talla
de Akim Tamiroff, Jeanne Moreau o Romy Schneider, amigos particulares
de Welles que demostraron siempre su apoyo incondicional al
cineasta en claro contraste con las trabas que le impuso la
industria cinematográfica.
De todos estos elementos, aquél que convierte a El
proceso en una obra de repercusión histórica
es, sin lugar a dudas, el citado empleo del espacio que impuso
a éste como un protagonista más de la historia.
Este rasgo de modernidad hace que, cuarenta años después
de su realización, esta magistral pieza wellesiana
conserve todo el carácter innovador que le fue atribuido
en su día.
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