P O R T A D A                 Quentin Tarantino    
      Carlos Giménez Soria   punto de encuentro
  28 fuego - miscelánea     Kill Bill:
un pastiche tarantiniano
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Yo aprendí cine por ósmosis. Uno capta una especie de sentido interno que le dice cómo se construye una película. No creo que uno pueda, de verdad, aprender a dirigir.
Peter Bogdanovich

Han transcurrido tres décadas desde la época del auge del cine oriental de artes marciales que proporcionó fama mundial al karateka Bruce Lee y puso de moda este tipo de subgénero de acción en occidente con una repercusión sociológica que se reflejó a través de la gran cantidad de fans que corrieron de forma despavorida a apuntarse a los gimnasios para emular a sus ídolos de la pantalla. Figuras que, dicho sea de paso, produjeron un tipo de cine execrable y de baja calidad que fue consumido a carretadas por espectadores poco exigentes. Las referencias a los grandes maestros del cine japonés (Kurosawa, Inagaki, Kobayashi) se perdieron por completo y el modelo del samurái o del ronin, maravillosamente encarnado por Toshiro Mifune en títulos como Los siete samuráis (1954) o Yojimbo (1961), se banalizó hasta el extremo de convertirse en la imagen caricaturesca de una cinematografía tan excelsa como había sido la asiática.

Recientemente se han realizado intentos, tanto por parte de la industria americana como por parte de la japonesa, de resucitar este género de películas con resultados más bien pobres a nivel artístico y que sólo han dado su fruto en taquilla. Tal es el caso, por ejemplo, de El último samurái (2003), donde el cineasta estadounidense Edward Zwick ha intentado insuflar, sin demasiada fortuna, un cierto aliento épico y espiritual a la historia de un soldado americano (Tom Cruise) que adopta el modo de vida y el código de honor de un guerrero japonés, proyecto para el cual se han tomado como referentes estéticos los films de Akira Kurosawa sin que, por ello, se le pueda hacer mayor elogio que el de la espectacularidad y el colorismo de sus imágenes.

No obstante, la aproximación nipona ha resultado ser tan decepcionante como la americana, motivo de gran desdicha para los amantes del cine, puesto que su artífice ha sido un Takeshi Kitano obviamente desorientado ante la riquísima tradición cinematográfica de su propio país. Su último film Zatoichi (2003), basado en la legendaria figura de un samurái ciego del que se habían rodado ya varias adaptaciones —a cual de ellas más lamentable—, dice muy poco a favor del autor de El verano de Kikujiro (1999), quien ha abordado el imaginario autóctono de su Japón natal de manera más superflua, si cabe, que la industria norteamericana, permitiéndose incluso ciertas licencias de cine musical que rematan la ridiculez del conjunto.

Kill Bill      En medio de esta coyuntura ha llegado a las pantallas, después de seis años de silencio cinematográfico, la última película de Quentin Tarantino, enfant sauvage del independiente USA y autor de tres films que, gracias a su innovador uso de las estructuras narrativo—temporales, han influido decisivamente en el cine contemporáneo: Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994) y Jackie Brown (1997). Su reciente Kill Bill (2003), que será estrenado internacionalmente en dos partes a causa de su larga duración, ha servido para añadir más leña al fuego dentro de la polémica sobre el resurgimiento del cine de artes marciales. En cualquier caso, no haríamos digna justicia a esta obra si redujésemos el amplio abanico de referentes en los que se ha basado Tarantino tan sólo al cine asiático de acción, aunque éste sea el substrato de base para la construcción de su argumento.

Kill BillEn realidad, la cosa va mucho más allá en ambiciones y pericias: ante la cámara de Tarantino desfilan todo tipo de heterogéneas influencias —procedentes de las culturas y tradiciones más opuestas y también de los más opuestos y dispares substratos cinematográficos, musicales, estéticos y literarios— que hacen de Kill Bill un pastiche casi indescriptible. Con la fluidez del experto narrador que siempre ha demostrado ser, Quentin Tarantino deambula indistintamente por el terreno del cine de artes marciales, del anime (el cine de animación japonés), del spaghetti western o de la subcultura de los seriales televisivos y del cómic con toda su estética colorista y chillona. Sin solución de continuidad, el artífice de esta virguería visual extrae anotaciones directas de la indumentaria de Bruce Lee y también de innumerables personajes de ficción, hace alusiones precisas a escenas y planos pertenecientes a otros films —de Sergio Leone, Peckinpah, Kurosawa o del propio Lee—, utiliza en apariciones estelares a actores fetiche del género de artes marciales (como es el caso de Sonny Chiba) y emplea una banda sonora plagada de extravagantes temas musicales ya existentes y compuestos por músicos de procedencias y estilos muy distintos (podemos escuchar desde canciones de Nancy Sinatra a partituras de Luis Bacalov o Bernard Herrmann, pasando por alocadas melodías niponas propias de las series manga).

Kill Bill
Kill Bill Kill Bill

La acción sigue siendo tan palpitante o incluso más de lo que suele ser habitual en el cine de su autor, pero lo que ha aumentado, sin lugar a dudas, es el grado de violencia: la sanguinolencia de Reservoir Dogs o Pulp Fiction está llevada hasta al paroxismo en Kill Bill, en donde asistimos a decapitaciones, cercenamientos de extremidades humanas y ríos de sangre que llegan a salpicar literalmente a la propia cámara. No obstante, el exceso no mengua los atributos estéticos del film que son verdaderamente abrumadores. Todo —hasta el más mínimo detalle de cada plano— ha sido concebido por Tarantino con una asombrosa perfección formal y escénica con el fin de lograr una obra irreprochable a nivel visual: contraluces sobre fondo azul, abundancia de planos de endiablado ritmo y frenético montaje, elaboradísimos escenarios donde las luchas tienen lugar bajo el esplendor de los elementos, cuidadísimo tratamiento pictórico-colorista (casi se puede hablar de una "estética de la sangre")...

Kill BillSin olvidar toda una secuencia completa de animación manga —de más de diez minutos de duración— absolutamente insólita en el cine de su autor y, por supuesto, inusual en el cine americano corriente. Son precisamente todas estas aportaciones las que suponen una nueva innovación en el estilo cinematográfico tarantiniano. A tal efecto, este realizador ha optado por dar una importancia mucho mayor al impacto visual que al contenido argumental, que queda así reducido a poco más que una simple anécdota: el mismo día de su boda, Beatrix (Uma Thurman), ex componente de la organización Deadly Viper Assassination Squad (DVAS), sufre un atentado mortal ordenado por Bill (David Carradine), jefe del escuadrón y ex amante de Beatrix; dada por muerta, acaba recuperándose después de permanecer cuatro años en coma y decide emprender su particular venganza contra el cuerpo de DVAS y, especialmente, contra su antiguo jefe.

Kill Bill

Pese a la evidente insignificancia del argumento, Kill Bill funciona a las mil maravillas porque lo primordial para Tarantino es que asistamos a un concepto de puesta en escena al que no nos tiene acostumbrados, en donde prescinde de la brillantez del guión y de los diálogos para conferírsela a las imágenes. Es posible que a muchos espectadores les cueste entrar en este film por su carácter atípico que puede llevarles a valorarlo, en parámetros meramente informales, como un simple pastiche. Pero lo que es innegable es que se trata de un film de sólidos planteamientos ante el cual hay que desistir en el empeño de buscarle una trascendencia a la historia y degustar la perfecta armonía que se desprende entre fondo y forma.

Kill BillPor lo tanto, podemos afirmar que Quentin Tarantino, en comparación con Zwick y Kitano, ha sabido renunciar a la adopción sistemática de unos modelos de representación cinematográfica y cultural ya establecidos para llevar a cabo un proyecto particular y genuino. Nos hallamos, por consiguiente, ante una labor digna de elogio en virtud del talento demostrado por su autor, que ha sido capaz de mantener su personalidad artístico-creadora por encima de la enorme variedad de fuentes distintas empleadas para la construcción de su Kill Bill.

 

Quentin Tarantino

   
             
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