P O R T A D A    
Manuel Quiroga Clérigo
   
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  27 fuego - miscelánea     Jon Juaristi. Cuestiones nacionalistas:
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La tribu atribulada. El nacionalismo vasco explicado a mi padre.
Jon Juaristi. Espasa Calpe, Madrid, 2002, 196 págs.

 

Érase una vez un hombre que andaba siempre entre libros. Este hombre tenía un hijo pequeño, de dos años y medio. Un día, muy temprano, el niño lleva a su padre un libro ("el de la mariquita, encuadernado en canutillo") y le pide que le cuente esa historia. Entonces el hombre comienza a escribir para su hijo, pero le dice que si de momento es suficiente la historia de la mariquita, mas adelante las cosas irán cambiando: "Necesitarás nuevos libros: arrinconarás los que tenían tantas imágenes de animales y también los de los sonidos. Empezarás a oír hablar de algo que se llama literatura y también de poesía; aprenderás de memoria alguna cantinela y a lo mejor olvidarás cómo acaba". El hombre se llama Roberto Cotroneo, nació en Alessandría (Italia) en 1961, su hijo se llama Francesco y el libro se titula Si una mañana de verano un niño, y trata del amor a los libros que los padres deben saber inculcar a sus hijos, tal vez para que vivan en un mundo culto y libre, tal vez para sepan apreciar lo que otros han hecho antes y, ellos mismos, intenten construir un mundo diferente, donde existan la concordia, el aire limpio y la paz. Ahora un autor de entre nosotros nos va a contar una historia de nacionalismos, rencores y violencias, y lo hace de manera indirecta. Nos referimos a Jon Juaristi y a su libro La tribu atribulada. El nacionalismo vasco explicado a mi padre, aunque también este autor tiene un hijo a quien no quiere ver crecer en medio de aquellos que tienen obsesiones poco recomendables, desde su punto de vista.

Dos partes contiene este libro, "Tratado primero: De la religión tribal" y "Tratado segundo: De la guerra tribal". En ambos el autor va a reflexionar, a veces de manera sosegada y otras con cierta ira, en torno al nacionalismo vasco, algunas de las personas que lo componen, sus antecedentes integristas y particulares y su entorno actual. Pero también es el terror de ETA, la difícil actuación de los movimientos cívicos o las leyendas sobre las que se ha cimentado la coexistencia no pacífica de un país con dos diferentes visiones de su mismo entorno, lo que se traduce en un intento de analizar, desde un punto de vista a veces demasiado personal, el nacionalismo y sus consecuencias para la vida de quienes viven en aquel espacio geográfico y social.

El libro, más que una indagación, se convierte a veces en un recorrido, casi íntimo, por la propia biografía del autor y sus seres mas cercanos y por una explicación, no tan desenfadada, de las cuestiones que afectan a nacionalistas y no nacionalistas, habitantes de las mismas geografías y de las mismas historias .O sea que, desde otras geografías y desde otros presupuestos, el escritor llamado Jon Juaristi, nacido en Bilbao en 1951, aunque tal vez escriba o haya escrito alguna historia a o para su hijo, dirige sus reflexiones a otra persona también querida. Se trata de una larga carta sobre un tema algo más prosaico que la literatura, pero que también está lleno de expectativas. Posiblemente Jon Juaristi quiera dirigirse a su padre para que quede constancia de aquel dicho tan popular, "la letra con sangre entra", o mejor las opiniones con dolor tienen mas sentido, porque el libro que escribe con esta larga misiva de 195 páginas es un compendio de insatisfacciones, de dolor, de violencias, de sinrazón y de exilios.

Jon JuaristiJon Juaristi es Catedrático de Filología Española en la Universidad del País Vasco, ha ocupado una plaza de Profesor Investigador en el Colegio de México, en la Cátedra Rey Juan Carlos I de la New York University y en la Universidad de Valencia. Es también un reconocido articulista y conferenciante. Hace años el editor Chus Visor suspiraba por publicar sus versos, dado que, también, Juaristi puede ser considerado un buen poeta. Ha ostentado varios cargos políticos, con la categoría de director general y actualmente es Director del Instituto Cervantes. Fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo en l.998 por su obra El bucle melancólico, Este es un libro en el que Juaristi lleva a cabo un amplio estudio, detallado e incluso crítico, del nacionalismo vasco y de sus posibles alternativas, con conclusiones como la de que los gobernantes de Ajuria Enea son incapaces de admitir cualquier oposición, o simplemente cualquier labor política, en el País Vasco si esta no lleva el marchamo del nacionalismo. El propio Juaristi viene a considerarse una víctima del nacionalismo vasco, incluso aunque confiese (en La tribu atribulada), haber pertenecido a la organización ETA y trata de poner sobre la mesa cuestiones que favorezcan algún tipo de alternativa a las esgrimidas por los nacionalistas cuando, también se refieren a ellos mismos como víctimas de los atropellos del gobierno central o de la indiferencia del resto de España ante sus particulares característica políticas y sociales. El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos, así, nos resume unos temas que Juaristi parece conocer muy bien, tanto por su pasado como por sus estudios en torno a asuntos de tan delicados escenarios y, sobretodo, por tratar de encontrar esos paralelismos que continuamente se han querido descubrir con el caso irlandés y que, acaso, no son más que unos apoyos, o unas referencias, para querer trasladar al País Vasco las circunstancias que han hecho posible, a lo largo de la historia reciente, el extenso desfile de personas y propuestas interesados en configurar un sentimiento y una historia tan particulares como difíciles de admitir, mas aún si se basan en el enfrentamiento, en la exclusión, en la intolerancia y en la verborrea contenida en determinados análisis y en ciertas conclusiones sólo válidas, tal vez, para continuar en ese camino a ninguna parte en que aquellos que hacen del nacionalismo una forma de vida pretenden seguir. Pero también es cierto que los agravios, los silencios cómplices y las vanas victorias siguen trabajando en pro del secular enfrentamiento, y desde luego cuestiones como el valor de la lengua para justificar determinadas teorías de autoafirmación, objeto de reflexión al capítulo titulado "Neolenguas" en "El bucle melancólico", aunque se trate de temas candentes que en nada ayudan a una solución del conflicto. En ese libro el escritor Joseph-Augustin Chaho aparece como un precursor del nacionalismo vasco. Chaho, vascofrancés, igual que Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya o los vascos en el siglo VII, van a emparentarse en la historia con figuras como Sabino Arana o Miguel de Unamuno, unos y otros vistos de cerca por nacionalistas y no nacionalistas y de cuyo conocimiento podremos obtener algunas conclusiones sustanciosas o comprender los motivos que algunos vascos esgrimen, en su afán personalista de dotarse de un protagonismo literario o histórico propio. Juaristi recuerda a personas como Federico Krutwig Sagrado que, en su libro Vasconia. Estudio dialéctico de una nacionalidad se refiere a específicas normas o formas de conducta capaces de instigar de manera interesada a jóvenes combativos, mas allá de la kale borroka, como sucedió asimismo con las doctrinas de Jean Mirande Ayphasoro que sirvieron de base, inequívoca, para la creación de determinadas organizaciones sociales dispuestas a luchar por unas concretas purezas vascas, seguramente alardeadas por Arzallus, y que, al final, se fueron a congregar alrededor de Julen Madariaga, quien en 1959 fundara el movimiento que mas belicosidad ha demostrado hasta la fecha, no solamente en las provincias españolas o francesas que componen el País Vasco sino en lo que ahora se conoce como Estado Español. Los seguidores de Madariaga venían, vienen, a reivindicar tanto los derechos históricos que habían esgrimido sus antecesores como ese futuro de autodeterminación o independencia que, con mejores o peores modales, están pidiendo los Arzallus, Eguibar, Ibarreche y todos aquellos que, pretendidamente, se encuentran a su izquierda, aunque sus actuaciones pudieran tener otra connotación política. Ahora mismo, con motivo del Aberri Eguna, sin embargo, Arzallus ha dicho que "Será un gran día cuando ETA deje las pistolas porque no les llevan a ninguna parte. En El bucle melancólico, Jon Juaristi habla de una serie de precursores de estas teorías como son el mismo Sabino Arana, Zumalacárregui o, incluso, algunas figuras concretas del carlismo. Pero también se habla de rencores, de enemigos imaginarios o reales de lo vasco o, de algunos llamados "amigos" existentes dentro de lo que desde allí se conoce como centralismo político español, como es el caso concreto de la gran admiración de Arzallus por el "viejo profesor" Enrique Tierno Galván. Es de esta manera como el libro nos deja un panorama bastante clarificador, necesariamente poco conocido o bastante mal interpretado por el resto de España, para poder llegar a comprender en alguna medida el nacionalismo vasco, las actuaciones de sus protagonistas y algunas de las raíces históricas, reales o inventadas, que pueden justificar su existencia, sus programas concretos o sus argumentos particulares frente al tipo de organización política y social que propone la Constitución. Los paralelismos con el caso norirlandés no parecen excesiva, o suficientemente, razonados pues llegan a contener muy diferentes condicionantes de todo tipo , aunque en el breve capítulo de El bucle melancólico, titulado "¿Qué hacer?", Jon Juaristi ofrece determinados datos para poder comprender los movimientos posteriores a 1960, época de cierto cerrilismo oficial que no intentó superarse hasta después de la muerte de Franco, y que se analizan formando parte del elenco de actos que en ciertos momentos orquestaban el enfrentamiento con el gobierno central. La liberación de Ortega Lara y la trágica muerte de Miguel Angel Blanco forman parte de un capítulo denominado "Las turbias potestades", pero cuestiones como el "espíritu de Ermua", los pactos de Estella o Lizarra o la llegada a Ajuria Enea de Ibarreche, con su pretensión de llevar a cabo un referéndum sobre la autodeterminación del País Vasco o, últimamente, su propuesta de crear un estado libre asociado, tipo Puerto Rico, a las puertas mismas de La Rioja, ya son temas mas cercanos. Atraviesa todo el libro una gran tristeza, algo así como la sensación de forzados abandonos, de violencias gratuitas, de terror innecesario, de angustias irreparables. Pero también queda patente lucha de un pueblo por su propia imagen, tal vez buscada por vías diferentes por unos u otros y desde luego, y sobre todo, basándose en postulados, leyendas, hitos históricos o cuestiones que puedan ser interpretados de muy diversa manera según sean nacionalistas o no nacionalistas quienes puedan llegar a reflexionar sobre ellos.

El bosque originario es otra obra de Jon Juaristi que, aunque se titula exactamente El bosque originario. Genealogías míticas de los pueblos de Europa ofrece, asimismo, sustanciosos apartados relativos a nuestro tema como cuando, en el capítulo dedicado a "Caldea", leemos que "España era la tierra de los metales y, en España, el País Vasco era la tierra del hierro. Lo que podría llamarse la vía Túbal-Caín conducía directamente a los vascos como representantes de las destrezas inventadas por ese héroe cultural. La otra razón es todavía mas poderosa y explica la rápida y eficaz captura, por parte de los tratadistas vascos, de la genealogía caldea. El problema se planteaba así: ¿qué lengua había hablado Túbal? ¿Cuál fue el idioma de aquellos prisci hispani sobre los que reinó? Se recordará que Nebrija había rebatido con indignación la tesis implícita en la etimología que daba para cetúbales o celtíberos Jiménez de Rada; esto es, que Túbal hablaba latín. El seudo-Beroso apuntaba hacia otra solución del enigma: Túbal, como su abuelo, hablaba caldeo". Esta tesis —dice Juaristi— "podía ser vista con agrado por los conversos, porque ratificaba en cierta medida la presencia judía en la España antigua. Que sus antepasados habían inferido de la leyenda de las expediciones de Nabucodonosor", pero como los hebreos no estaban demasiado bien vistos en los siglos XVI y XVII el tema quedaba un tanto oscurecido. "Los vascos, por el contrario, —continúa Juaristi— no levantaban recelos inquisitoriales. Identificados con el estereotipo del cristiano viejo y arriscados defensores de su hidalguía colectiva, se jactaban de poseer la lengua mas antigua de España y de proceder de los primeros pobladores de la península, circunstancia en la que fundamentaban sus privilegios provinciales, los Fueros. Hasta muy tarde, sin embargo, no se admitió que la lengua de Túbal fuera el vasco". Y ya tenemos aquí justificación para algunas de las opiniones de Arzallus, por ejemplo, para quien no sólo la lengua sino otras características concretas hacen del vasco un pueblo singular permitiendo su exaltación y, tal vez, sus deseos de ser diferentes de sus mas cercanos vecinos, riojanos o cántabros.

Tales datos, antecedentes, leyendas o reflexiones vienen, precisamente, a confluir en La tribu atribulada donde además de pronunciarse por su característica de totalitario, Jon Juaristi habla del nacionalismo vasco como de algo cercano y lo analiza a la luz de sus propias referencias personales o familiares, a veces, decíamos, penetrando algo innecesariamente en temas o cuestiones que poco o nada añaden a ese interés por explicar a los demás, en la persona de su padre, un movimiento o una alternativa que si el País Vasco puede hacer propia en un elevado porcentaje de sus habitantes, está claro que choca con la identidad de otros ciudadanos que también se sienten vascos y que tienen sus miradas y su existencia dirigidas a España, y a lo español, como parte inseparable de sus calles, sus ríos o sus devociones. El autor comienza preguntando(se) "por qué me dirijo a ti en público con palabras que deberían reservarse para una conversación privada", y el propio Juaristi responde a esa cuestión. "Ni yo mismo sé cómo me he metido en este jardín, pero estoy seguro de que debía hacerlo. [...] Sé que necesito escribirte para que otros lean lo que te escribo, que debo explicarte lo que quiero que otros entienden". Y en ello estamos.

Juaristi comienza escribiendo "desde un pueblo de la costa de Istria, frente al Adriático tachonado de verdes islotes", es decir lejos de Bilbao, lejos de Madrid, de España. Tal vez lo hace para ver con mas claridad las cuestiones de que quiere a hablar a su padre, a nosotros. Y comienza su tratado primero, "De la religión tribal". A veces el escritor se va un poco por los cerros de Úbeda, relatando anécdotas, sucesos o asuntos que poco importan al fondo del ensayo, pero todos ellos suelen tener un valor ejemplificante, pues tratan de poner sobre el tapete historias y cuestiones que van a servir para ayudar a comprender qué sucede en el País Vasco, o cómo sucede, o porqué sucede. Por ejemplo habla casi de refilón de la desintegración de Yugoslavia al referir "la expulsión de la población serbia de la Krajina por los soldados croatas" o al sentir "una profunda comprensión del estado de ánimo de los refugiados de Vukovar que abandonaron precipitadamente su ciudad con lo puesto, ante la inminente llegada de los tanques serbios". Tantas guerras, tanto dolor para recobrar supuestas identidades... Pero luego van apareciendo retazos de la vida del padre, católico, y cercano a gentes de Iglesia, como Ander, un cura que sustituye en el corazón del padre a un hermano muerto,y a otros dos sacerdotes, para quienes el autor muestra sensible afecto." Nuestro párroco de entonces, José Luis [...] que estaba entusiasmado con el nuevo espíritu de compromiso social de la Iglesias y, por fin, Joseba, "Es decir, mi auténtico tío cura". De Joseba se habla y no se acaba. Hombre de acción posee una biografía intensa y un universo amplio en el que los demás encuentran apoyo y comprensión, tanto en España como en México, en Cuba, en Miami y, al final, en el corazón de todos aquellos que le trataron y se beneficiaron de su bondad. Pero a Joseba "No le gustaba el nacionalismo. Del PNV, el partido de su padre y su abuelo, decía que era un guiso de sacristía". "Los tres son dignos representantes de la Iglesia, pero cada uno de ellos de una Iglesia que no parece ser la misma, de esa Iglesia vasca acerca de la cual hace unos días un oyente se preguntaba en un programa de radio si creía en Dios. Juaristi relata que el mismo día de su jura de bandera como soldado de reemplazo, Ander se expresa de manera bastante terminante. "Empezó a hablar del catolicismo español. Era este —dijo— una religión de conquista e intolerancia, una religión militar forjada en la guerra contra el moro. [...] A esta religión, y como si fuera otra totalmente distinta, contrapuso el catolicismo vasco, dulce, tierno, maternal, con la Virgen Madre —la Amatxu de Begoña— como figura central". Estamos ante una distinta concepción de esa Iglesia que el Vaticano proclama como universal y que, seguramente, forma parte también del entramado de creencias de quienes ven en el nacionalismo vasco una suerte de diferente cariz al que deben sentir los otros pueblos, a la Iglesia vasco como protectora de sus derechos frente al resto de España y a determinados sacerdotes como parte de su entramado. Sigue Juaristi reflejando los datos que hace mas dignos a los curas cercanos a su familia, pero también habla de otros, representantes al fin de esa Iglesia pretendidamente diferente, aunque de paso hace referencia a su conversión al judaísmo, acerca de lo cual dice: "Mi judaísmo empieza y termina en mí. No lo transmitiré a nadie. En lo cultural, nunca dejará de ser un judaísmo tentativo, porque mi cultura de origen, mi cultura en sentido antropológico sigue siendo católica", siendo esa situación lo que, afirma, le indigna al oír hablar de "Iglesia vasca", sobre todo porque, simplificando, no parece exacto que ningún pueblo pueda beneficiarse de postulados concretos que en la Iglesia de Roma, la Iglesia de todos, aquella Iglesia de Pedro hoy demasiado mercantilizada y con los ojos puestos en tantos asuntos materiales, quieren que sean aplicados a todos los fieles por igual, aunque el Apóstol Santiago pueda verse, en unos lugares, como un aguerrido matador de moros y en otros como un "inofensivo peregrino". Así que Juaristi indica que "No hay raza vasca, por supuesto. Como tampoco hay Iglesia vasca". Y aquí ya estaría servida la controversia, pues de todos es sabido que existe una cohorte de sacerdotes que se alinean con los nacionalistas y que, incluso, cierran las puertas de sus iglesias a quienes no lo son. La referencia, sin embargo, al antiguo párroco de Ermua Teodoro Zuazúa dista bastante de la figura que ofrece el Obispo Setién, nada parecida por cierto a la figura del Buen Pastor. "Todos sabemos —escribe Juaristi— quien es don Teodoro. Durante varios días, en aquel terrible julio de 1997, fue la imagen misma de la caridad y la valentía, encarnó los mejores impulsos y valores que nos quedaban, dio voz a la desolación y a la esperanza que sentíamos. Todos le veíamos salir de la casa de Miguel Angel Blanco con el rostro desfigurado por la consternación y la furia, con los ojos llenos de lágrimas. No pronunció imprecación alguna contra los secuestradores. No perdió el tiempo en condenas formales. Levantó los puños y, quebrándosele la voz de angustia, gritó varias veces: "¡A este que yo bauticé no le matéis!". El párroco de Ermua está claro que representa otra Iglesia diferente a la que representan otros sacerdotes y el mismo Obispo Setién, pues este se contrapone claramente a aquel hombre de fe, y también a otros como Jaime Larrínaga quien "no pertenece a la Iglesia vasca, luego es un cura franquista", cuando la Iglesia debe atender a todos los igual y poco caritativo parece erigirse en abogada de causas concretas, sobre todo de aquellas que puedan dejar fuera del redil a quienes no mantengan determinados postulados o admitir la separación efectiva entre unos fieles y otros, como sucedía en la Turquía del sultanato donde "cortinas y celosías de madera separaban a las mujeres de los hombres en los tranvías, trnes y transbordadores", según leemos en el precioso libro De parte de la princesa muerta, de Kenizé Mourad, quien también refiere que en la Universidad de Estambul "las salas de clase estaban separadas por espesas cortinas que preservaban la modestia de las raras jóvenes que seguían estudios superiores", verdaderos apartheids para sociedades ancladas en siglos pasados y donde la idea de progreso queda aplastada por la negada por aspiraciones particulares, ahora precisamente que los nacionalismos se hacen globales y las ideas se expanden por espacios transnacionales. Estaríamos —recuerda Juaristi— ante aquella "Política de sotanas que le volvió más loco de lo que ya estaba a aquel señorito vago y rencoroso que se llamó Sabino Arana Goiri. Lee sus escritos —recomienda el autor—: están trufados de insidias contra el párroco de aquí y el coadjutor de acullá". Pero sí parece cierto que Setién, "intelectual dubitativo y escurridizo", quien al ser reprochado por no mostrar "el mismo cuidado y afecto" a las gentes del PP que a los nacionalistas, respondía con cierta desfachatez "¿Dónde está escrito que un padre deba querer por igual a todos sus hijos?", no debe ser una persona muy aplaudida por la grey apartada del camino de ese padre irresponsable. La verdad, de todas formas, es que si no está escrito aquello de "querer por igual a todos sus hijos" debería escribirse y, desde luego, los Evangelios sí admiten que para el Padre todos los hijos son iguales. Hasta Jesús mostró igual afecto a los discípulos mas cercanos que a la pecadora de Magdalena, aunque tal vez para Setién el pecado de no ser nacionalista vasco sea demasiado, como dicen los jóvenes metropolitanos, o algo excesivo para sus deberes de padre. Y luego está Ricardo Blázquez, un obispo que llega con ánimo conciliador y que tiene que sufrir los descaros de Arzallus y los desplantes de católicos nacionalistas o las burlas por su pretensión de aprender a hablar vasco, como si este obispo viniera a ser un extraño en Bilbao, por ser la Iglesia de Bilbao diferente a la Iglesia de Palencia o diferente a las otras iglesias. O como si supusiérase es sólo para los elegidos y que la Tribu que pertenece a esa exclusiva Iglesia tiene unas especiales connotaciones, unos especiales derechos que un religioso no nacionalista mal puede comprender. Es el momento en que el autor de La tribu atribulada se dirige a su padre, esta vez ya con el corazón en la mano, o mas con el corazón en la mano que en las anteriores explicaciones y escribe: "Los católicos vascos, también los que se consideran nacionalistas (y hablo de los católicos en bloque, no solo de sus curas y obispos), deberían ser conscientes del peligro que supone eso que el tío Joseba llamaba 'mezcla de religión y política' y que yo, de un modo más pedante, he denominado etnocristianismo. Tampoco soy muy optimista a este respecto. Mientras subsista el mito de la Iglesia vasca, no hay nada que hacer. El tribalismo seguirá minando lo que una vez se tuvo por bastión del catolicismo hispano, y un día os encontraréis sin Iglesia ni Cristo que lo fundó. Y perdona otra vez la brusquedad de la expresión".

Con motivo del Día de la Patria Vasca Arzallus afirma "casi estamos en guerra con Madrid". Buen titular para seguir comentando el libro de Jon Juaristi y, sobre todo ese "Tratado segundo: De la guerra tribal". Bueno, Arzallus también pide que los vascos "sean un concepto en Europa", lo cual está bien, igual que deben ser un concepto los galeses, toscanos, extremeños o bretones. Cosa diferente es que ese concepto esté teñido por la tragedia. Es algo habitual escuchar comparaciones tremendas, como la que en Tel Aviv equipara los terrorismos palestino y etarra. Pero, de todas formas, esa pretendida guerra con Madrid no debería ir más allá del diálogo, los intentos conciliadores y la búsqueda de maneras de entenderse, lo cual no parece tan difícil ahora que incluso el IRA parece haber hallado una fórmula para crear expectativas de cierto entendimiento. En el comentario de Luis R. Aizpeolea aparecido en El País sobre el libro de Florencio Domínguez Iribarren Las raíces del miedo. Euskadi, una sociedad atemorizada, editado por Aguilar, leemos que el escritor Fernando Savater afirmaba recientemente que la continuidad de ETA tras más de 25 años de democracia sólo se explica por las enormes complicidades de que ha disfrutado y aún disfruta en las instituciones vascas, gobernadas por los nacionalistas, y en el miedo de la sociedad a la banda porque ha palpado su poder real" (Babelia,12-4-2003). Así que tenemos esas complicidades como motivo, o posibilidad, de la existencia del grupo creado por Madariaga, grupo que incluso acusa a los peneuvistas de convertir el Aberri Eguna en "un pic-nic abertzale" mientras se forman las listas de AuB de cara a las elecciones del 25 de mayo. Aizpeolea continúa su comentario explicando que "el libro de Florencio Domínguez, redactor jefe de la agencia Vasco Press y auténtico experto del mundo de ETA, desvela esas claves con mucha información y con una gran valentía, honestidad y sutileza que le alejan de los bodrios que proliferan desde que escribir sobre ETA se ha puesto de moda" porque, esa es otra, hay una gran facilidad para opinar, aconsejar o dar recomendaciones sobre el llamado "problema vasco", pero hay pocas iniciativas para buscar verdaderas soluciones a un tema tan candente. Incluso cuando han existido conversaciones con los gobiernos parece que todo ha sido demasiado tibio, sin forzar conclusiones realmente importantes y con significativas rupturas de esos débiles diálogos. "El texto, —prosigue Aizpeolea— con un estilo lúcido y ameno , penetra uno a uno en los distintos escenarios en que se produce esa complicidad y el mecanismo que culmina en el miedo social. Así, el lector se queda perplejo al constatar el papel legitimador de ETA que han jugado algunos ayuntamientos gobernados por el nacionalismo democrático, como en el caso del etarra, acusado de asesinato, que en Navidades, es felicitado por carta por el alcalde nacionalista de su municipio y el en que le dice que ambos luchas por la libertad de Euskadi aunque por distintos métodos". Bueno, pues entramos en este segundo tratado de La tribu atribulada precisamente cuando el mundo entero aborrece una guerra que Bush y Rumsfeld dieron por terminada mucho antes de que los Estados Unidos siguieran recibiendo cadáveres, heridos o prisioneros liberados, y cuando la empresa de Shultz comenzaba sus preparativos para la reconstrucción de lo destruido por los marines en Iraq poniendo el petróleo se pone a buen recaudo, no tanto los museos, mezquitas, colegios o viviendas de los iraquíes. Así que tras el ataque contra las tierras y las gentes de Iraq por parte de los señores del Imperio que, lógicamente, se han guardado muy mucho de no salir de sus despachos para evitar cualquier "efecto colateral", igual que Bush se buscó un buen enchufe en las oficinas de la Marina en Tejas, tal vez para evitar el desgaste que podría suponer a un futuro presidente ir a Vietnam a luchar por la civilización occidental. O sea que, queramos o no, vivimos en un mundo globalizado donde podemos ver el horror mientras comemos cómodamente en nuestra casa y, por ello, se nos permite sufrir por ver como se bombardea a las gentes de un país que, además de haber soportado a un dictador intolerable y sanguinario, ha visto sus hogares destruidos, sus carreteras devastadas y sus jóvenes muertos al borde los caminos, aunque después llegara Jay Garner, un astuto fabricante de misiles, para organizar todo lo que se ha desorganizado y procurar la felicidad y la democracia a los iraquíes, labor que continuara un indeciso Bremer, mientras el gobernante español José María Aznar enviaba 1300 a una zona presuntamente pacífica, pero con órdenes de tirar a matar en caso de ser atacados… Sin embargo de todo ello se desprende que, en definitiva, la guerra no es la solución, ni tampoco lo es ninguna intifada o los asaltos nocturnos a Gaza y Cisjordania del ejército israelí. La guerra nunca es la solución, como no es el terror, ni lo es la venganza. El recuerdo de la Mala Strana, la calle de Praga que se enseñorea sobre el río Vltava y que hizo célebre Jan Neruda, cuya imponente estatua preludia la subida al teleférico de la ciudad, en sus cuentos nos va a rememorar algún tan terrible como las guerras que surgieron a raíz de la caída del Muro de Berlín y la rápida desintegración de las geografías artificiales que existían tras el Telón de Acero: la ex-Yugoslavia, las guerras con las exrepúblicas soviéticas , desde Chechenia y Daguestán o los conflictos en Ingushetia y Georgia o los descontentos de esos moldavos, que se sienten rumanos, o las gentes de la Vojvodina, que tienen a Hungría por Madre Patria y los complejos problemas de etnias y fronteras de Albania, Macedonia, Bulgaria… Sólo queda la Mala Strana como testigo mudo de esa "revolución de terciopelo" que Václav Havel y la gente cercana supieron conducir hacia la existencia, pacífica, de dos países tras tantos años de existencia de Checoslovaquia, avanzada en Occidente de aquel marxismo con rostro humano que comenzó el deshielo de los países alineados con la Unión Soviética durante, tal vez, demasiado tiempo. La historia juzgará, no obstante, a quienes posibilitaron tanto horror en aras de unas ideas y de unos intereses no siempre materiales. Pero es a propósito de unas palabras de Claudio Magris sobre la Mala Strana y una referencia a El Danubio, la obra de éste autor donde se evoca la muerte de dos jóvenes cristianos de Ulm ejecutados por los nazis en 1943, cuando llega el momento de situarnos en nuestro hoy. Frente a los dos jóvenes de Magris que "afrontaban el aparato político y militar del Estado nazi provistos únicamente de su ciclostil, con el que difundían las proclamas contra Hitler" y que entregan su vida por lo que suponen, y es, una causa noble Juaristi enfrenta las opiniones de Juan Aranzadi, quien "sostiene que nada está por encima de la vida, y que la huída es una actitud éticamente superior a cualquier otra alternativa cuando se halla en peligro", aunque cabría añadir que, efectivamente, por encima de la vida no hay nada y ni siquiera los estados que aplican la pena de muerte tienen suficiente autoridad para aplicarla, ya sean Estados Unidos o Cuba o China, pues el criminal tiene suficiente con que se le condene a privación de libertad para que su propia capacidad humana se vea reducida al terror y a la angustia que ha causado a sus víctimas y a las familias de sus víctimas. Y también está claro que el terror de estado engendrará un nuevo terror, como advertían Noam Chomsky al inicio de la guerra de Irak y Arafat en los momentos de mayor escalada bélica de Sharon, cuando aquel indicaba que los integristas musulmanes de todo el mundo podían estar preparando una respuesta sangrienta y éste mencionada la existencia de un millón de jóvenes dispuestos a convertirse en mártires mediante ataques suicidas dentro y fuera de Israel. Pero también es bien es cierto que la huída, el exilio, el abandono del hogar, es una actitud razonablemente humana para aquellos que vean su vida en peligro, sea por el motivo que sea. El escritor húngaro Imre Kertész, último Premio Nobel de Literatura, ha escrito que "Es propio del ser humano instalarse en un mundo dado como en un hogar. (Y que) Quien sale de este mundo , pierde su hogar. Pierde su escondrijo, la protección amenazada, la seguridad rodeada de alambradas". Se trata de una conferencia que, junto a otros escritos, forman el volumen titulado "Un instante de silencio en el paredón.El holocausto como cultura", historias del desarraigo y el terror que el nazismo fue capaz de crear en una Europa prácticamente indefensa y donde sus habitantes, judíos o no, tenían pocas posibilidades de escapar a su suerte, de huir, de buscar una alternativa a la "solución final" que preparaban los estetas de la muerte.

Cubierta del libro LA TRIBU ATRIBULADA, de Jon Juaristi. Espasa-Calpe, Madrid, 2002, 195 págs.Aranzadi, Patxo Unzueta y Jon Juaristi son autores de un libro titulado Auto de Terminación que aunque estaba escrito "contra ETA" causó gran e inexplicable irritación en el PNV. "Arzallus —explica Juaristi— nos tachó de inquisidores y perseguidores del nacionalismo". Pero ahora Aranzadi expresa otras opiniones particulares en un libro, El escudo de Arquíloco con —dice Juaristi— "una tesis muy sencilla: ninguna causa justifica el sacrificio de una vida humana". Valdrían unas palabras para terminar con este asunto. Ni la autodeterminación, ni la hegemonía de una ikurriña o una bandera tricolor, ni el pertenecer a un cuerpo de seguridad del estado, ni el compartir las tesis abertzales, nada, justifica cualquier violencia, cualquier asesinato, y menos el ser militante de un determinado político o simpatizar por las tesis constitucionales. Las guerras si se hacen deberían estar basadas en temas de mas altura, por ejemplo arramblar con el petróleo de un país, que es lo que ha perseguido el tejano Bush en Iraq. .Pero lo que sucede en el País Vasco es que, pese a lo que proclamara en su dia Xavier Arzallus y que, con mejores modos pero igual filosofía puede decir ahora su sucesor en las urnas Josu Jon Imaz, nadie está en guerra con nadie, si acaso se crea una ficción de enfrentamiento cuando se es incapaz de utilizar instituciones, diálogo o medios democráticos para dar sentido a las aspiraciones de autonomía, autogestión o identidad de un pueblo. Dice Juaristi que dado que la "política de permisividad y hasta de contemporización con el terrorismo indigna a muchos" habría que pedir cuentas al PNV y al Gobierno Vasco por esa política y, además, estaría permitida una cierta resistencia ante esa política, aunque el autor afirma también: "No creo que sea un problema de resistencia, sino de defensa de un orden", y ahí llegamos, porque todo lo que esté fuera de ese posible orden no es guerra pero tampoco es paz. Y el orden se consigue también permitiendo que un pueblo tenga sus instituciones, su lengua, su cultura, su policía e incluso su control de los presos o de las carreteras. Entonces la guerra tribal consiste en vivir en un país donde todos se sienten amenazados por todos, pero hay unos que para responder a estas amenazas incluso disparan contra quienes creen que son sus amenazadores, o que lo son porque han ocupado sus calles o no conocen su historia o no hablan su lengua. Así nace el terrorismo que, dice Juaristi, "es siempre aleatorio" y de esa manera todos pueden ser sus víctimas potenciales, desde el político más antinacionalista hasta el niño Muñagorri, que da una insolidaria patada a un objeto que alguien casualmente ha llenado de metralla. El autor, ante un panorama de estas características, confiesa cuando dejó de ser nacionalista, relata sus experiencias como profesor en Estados Unidos o en Valencia y, entonces, se entera de se le va a brindar protección. Poco después al romper ETA, "La prensa y los medios nacionalistas, y alguno no nacionalista, comenzaron a pedir mi cabeza, imputándose la responsabilidad del fracaso de la esperanzadora estrategia de Estella", explica Juaristi. "Entonces huí", concluye. Bueno, su vida como protagonista directo de esta parte del libro va por cauces determinados, lamentando que el hecho de alejarse de Bilbao no sea nada excepcional. "Madrid —explica a su padre—, por si no lo sabías, está llena de vascos: de ministros vascos, de exministros vascos, de secretarios y exsecretarios vascos de partidos y sindicatos muy españoles, de militares vascos, de directores vascos de cine y actores vascos de televisión, de presentadores vascos y sopranos vascas y hasta sospecho que no faltan tampoco etarras vascos". Y volvemos con Aranzadi para recordar que según éste "El nacionalismo no distingue entre Estado Español y España", a lo cual habría que responder que España no suele actuar así, es decir no confunde al Gobierno Vasco con los vascos, mientras que "Los abertzales no hacen distinciones tan sutiles como las de Aranzadi entre Estado y sociedad civil. El Estado y la nación son, para ellos, la misma cosa. Para ETA es tan legítimo asesinar a un guardia civil como a un anciano jubilado , a un juez como a una niña de seis años, mientras sean españoles". Eso si es la guerra, la inútil guerra tribal instaurada a partir de frustraciones históricas ("todo parte del fracaso de las guerras carlistas", afirmaba el director de una ikastola hace años) o el deseo de lograr futuros diferentes a los programados por los no nacionalistas. ¿Cómo responder a esa guerra inútil y sangrienta?. Pues precisamente actuando a sensu contrario, es decir evitando eso que parece como mas aconsejable, o sea el "armarnos y liquidar al primer tipo con pinta de batasuno que nos cruzásemos por la calle, sin esperar a que el comando del barrio viniera a por nosotros o a que el Estado se decidiera a intervenir", comenta Juaristi. Nada es bueno tampoco que, aprovechándose de las manifestaciones que los españoles hemos protagonizado en contra de la guerra, el borrador del nuevo Código Militar llegue a prever cárcel por manifestarse contra cualquier conflicto armado en el que España tenga algún "interés", y al decir España estamos hablando ahora de su Presidente de Gobierno, su inútil Ministra de Exteriores y algunos otros acólitos.. Sigue la polémica con Aranzadi, incluso en terrenos demasiado personales, y poco después Jon Juaristi, profesor de Universidad y poeta, nos habla de "la tesis central de todo este enrevesado discurso: ETA fue una red a la que el PNV proporcionó un movimiento de apoyo. La tesis no es mía, —dice— sino de Arzalluz". Sigamos El mito nacionalista es un pequeño librito que contiene muy interesantes artículos de Fernando Savater. En uno de ellos escribe: "Cuando uno repara la nómina de las principales amenazas que a finales del siglo pasado los europeos vislumbraban en el XX, sorprende no encontrar apenas menciones al nacionalismo que habría de ensangrentarlo".

Llegamos a un momento en que ETA aparece con el aura de un movimiento intrépido, bien visto por la izquierda, porque esa red incluso es capaz de cometer un magnicidio capaz de modificar el curso de la historia. No era así desde luego, pues la muerte del Almirante Carrero Blanco en diciembre de 1973, once meses antes de la muerte de su preclaro superior, no iba a modificar nada, pues Franco creía tener todo "atado y bien atado", como recuerda Paul Preston y la sucesión del Régimen iba a recaer en Juan Carlos, tal vez mas por dejar de lado a su padre, que habría reinado como Juan III y era el depositario de los derechos dinásticos, que por creer que Juan Carlos iba a ser un buen rey y digno sucesor de la España del 18 de julio. El general bajito nunca podría suponer que Juan Carlos, hábilmente, iba a saber/poder desmontar todo el tinglado del movimiento y dar a España una cara democrática con el juego de los odiados partidos y con la posibilidad de iniciar una etapa de menos sombras que la encarnada por la Falange y sus postulados. Preston en Juan Carlos. El Rey de un pueblo ofrece las claves históricas y sociales para comprender esa transición. O sea que ETA pasa enseguida a un segundo plano y su guerra particular deja de interesar, aunque aguce el ingenio para situar al PNV en un protagonismo delicado. Arzallus da las razones de la existencia de la violencia en la oscura etapa. "Durante el franquismo, —recuerda Juaristi— vino a decir, había nacionalistas de tres tipos. Unos, como este (señaló a Eugenio Ibarzábal, portavoz entonces del Gobierno Autónomo Vasco) y el lehendakari Ardanza, que no hacían otra cosa que leer libros. Otros, estos (y nos tocó el turno esta vez a Mario Onaindía y a mí), que ponían bombas. Y luego estábamos nosotros, que ni leíamos ni poníamos bombas, pero ayudábamos a los que ponían bombas a escapar de la policía". Todo eso se decía en un seminario cerca de Madrid, como si de esta manera se quisiera justificar el valor del PNV en los momentos de mayor resistencia, no solo abertzale, a un régimen poco estimado. Juaristi, no obstante, recuerda que en general los del PNV leían, y leen, poco, pero también que no solo el PNV ayudaba a ETA, sino que, en general, le dejaba la tarea de poner bombas y , desde luego, que había "gente, como Arzalluz, que se jactaba de ayudar". Luego llegan los problemas internos de los que ponen las bombas, la estrategia de formar un partido, incluso de llevar esta formación a la fusión con los socialistas de Bandrés y el convertir a la ikurriña no en la bandera de un pueblo sino, sobre todo, en la enseña del enfrentamiento o el elegir un himno, que no parece agradar a todos los vascos, como es el "Himno de la Raza Vasca" de Sabino Arana en detrimento de aquel que mejor representa los ideales de libertad y universalidad, el "Gernikako Arbola" de José María de Iparraguirre. De todas formas, y hablando del prócer de la Patria Vasca, está claro que como toda su filosofía sea igual que algunas perlas que nos ofrecen los medios o que leemos en determinadas obras, poco o nada se podrá avanzar a caballo de sus dogmas o proclamas. El periódico El Mundo abría su edición del jueves 13 de noviembre de 2003 con una cita que atribuye a Sabino Arana y que dice así: "Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas, como agobia y aflige al ánimo del náufrago el no divisar en el horizonte ni costa ni embarcación, el que España prosperara y se engrandeciera". Esas y parecidas son las coordinadas en las que se movía tan curioso personaje. Pero volviendo a nuestro tema es como si la guerra tribal hubiera que llevarla hasta estas cuestiones, al parecer poco importantes, llenas de emotividad y de significado. Hay un tema que demuestra como los nacionalismos también pueden ser manipulados: es una comparencia de Jon Juaristi y otros intelectuales en un ciclo de conferencias sobre nacionalismo en la Universidad de Barcelona, cuya simple descripción produce escalofríos. También hay una historia de la guerra de Argelia, con ese terrorismo de extrema derecha y cómo los cristianos tratan de intervenir en aquellos desgraciados momentos, pero todo puede confluir en algo que parecía de gran interés, como fue que "En el País Vasco, el pacifismo surgió de la elevación de la no violencia a ideología. Fue un fenómeno de los años ochenta y tuvo dos fuentes muy claras. El catolicismo militar y Euskadiko Ezkerra", de manera que se llegaría a lo que Juaristi resume como que "La Resistencia armada daba paso a la Resistencia desarmada. Son intentos vanos, pues ETA toma otra dirección y es la de situarse en la órbita del nacionalismo oficial, de manera que pueda llevar la voz cantante, y obtener resultados, como sucedió en el caso "de la impugnación terrorista del trazado previsto para la autovía de Leizarán" y que se llegara a una "estrategia diseñada por ETA y apoyada por el PNV". Esa sería una manera ideal de ir consiguiendo objetivos dentro de la planificación nacionalista y abertzale, pero en el caso de no llegar a un entendimiento de este tipo también valdría— escribe Juaristi— "A falta de una ETA [...] bien dispuesta, el PNV no puede prescindir de Batasuna". Y llegamos casi al presente, cuando los tribunales dan al traste con el partido abertzale, después de dar demasiadas vueltas a sus conexiones con el terrorismo, y el PNV se ve como desarbolado, como inseguro. Parece, pues, que la guerra tribal ha quedado estancada, pero el nacionalismo respira intranquilo. ¿Qué puede suceder entonces?. Bueno, lo que el autor desea es que su hijo viva en otras geografías, con otros horizontes."No puedo permitir que crezca a merced de la Tribu Paranoica", dice.

 

 

Bibliografía:

  • Cotroneo, Roberto: SI UNA MAÑANA DE VERANO UN NIÑO, Taurus, Madrid, 1995, 162 págs.
  • Juaristi, Jon: EL BUCLE MELANCOLICO. HISTORIAS DE NACIONALISTAS VASCOS. Espasa-Calpe, Madrid, 1997, 389 págs.
  • Juaristi, Jon: EL BOSQUE ORIGINARIO. Taurus, Madrid, 2000, 347 págs.
  • Juaristi, Jon: LA TRIBU ATRIBULADA. EL NACIONALISMO EXPLICADO A MI PADRE. Espasa-Calpe, Madrid, 2002, 195 págs.
  • Kertész, Imre. UN INSTANTE DE SILENCIO EN EL PAREDÓN. EL HOLOCAUSTO COMO CULTURA. Editorial Herder, Barcelona, 2002, 142 págs
  • Mourad, Kenizé. DE PARTE DE LA PRINCESA MUERTA. Muchnik Editores, Baracelona 1988, 583 págs.
  • Preston, Paul. JUAN CARLOS. EL REY DE UN PUEBLO. Plaza & Janés, Barcelona, 2003, 654 págs.
  • Savater, Fernando. EL MITO NACIONALISTA. Alianza Editorial, Madrid, 1996, 63 págs.
   
             
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