P O R T A D A    
Manuel José
de Lara Ródenas
Detalle de la cubierta de El abandonario, de Manuel Garrido Palacios.    
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  27 fuego - miscelánea     El Abandonario. Novela reflejo
de Manuel Garrido Palacios
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No es verdad, claro, pero he visto el retrato de Manuel Garrido Palacios en un libro de texto de dentro de muchos años. Despeinado a lo escéptico, colgado de unas gafas de pequeños cristales que no necesita (porque no es con los ojos con lo que él mira), compartía página con don Antonio y don Julio, sin apellidos, en un descolorido Manual de Etnografía para desocupados que alguien subrayó alguna vez y en cuyo margen se apretaba el siguiente pie de foto o uno parecido: «Nacido en Huelva y fallecido en una isla del Pacífico en una fecha aún por dilucidar, vio, escuchó y escribió cuanto pudo. Habló más. Fue poeta, novelista y director de cine; hizo ensayo y televisión (la de entonces, la anterior al derribo), contó cuentos y verdades, amó las cosas y tuvo simpatía por lo humano. Publicó veinte libros, todos buenos. Resistió a la envidia, a la vanidad, a la estupidez, a la política. Dijo lo que quiso. Con palabras e imágenes construyó un mundo y ayudó a bien morir a otro. Perduró. Nunca se supo de donde sacaba el tiempo».

A mí me ha dicho que se levanta muy temprano y, lo que es peor, que disfruta con la comparación. Mientras el universo nace y llora, desperezándose, Garrido Palacios se sienta delante del ordenador y, palabra a palabra, sin discursos ni aspavientos, da sentido a su carga de experiencia diaria: matutino fiat lux por el que, mágicamente, se ensamblan de pronto las voces y los ecos, las luces y las penumbras de muchas historias oídas por el camino, contadas, cantadas por gentes que ya no están, pero que nos parieron como somos. De él puedo decir, como se dijo de otro, que «adoro el ingenio, admiro las obras y la dedicación continua y virtuosa». Andar y mirar: esa ha sido, es, su dedicación, su virtud. Probablemente la vida auténtica, la sencilla, consista sólo en eso de andar y mirar, contándolo a los hijos. Cuánto siento no haber estado con él mientras andaba las veredas como un tomasillo, como una santateresa sin conventos, parándose a escuchar, girándose a saludar, sentándose a anotar o a registrar, según el momento, los perfiles de unas horas que, como decía Peter Laslett en un libro que ahora no viene al caso, componen ese mundo que hemos perdido, que acabamos de perder. No recuerdo que mala lengua dijo que le hubiera gustado ver qué hacia Charles L. Dodgson, es decir, Lewis Carroll, en aquellas maravillosas meriendas campestres, con te y barcas, en las que éste hablaba y retrataba a Alice Liddell y a sus dos hermanas. Lo que me hubiera gustado a mí es estar en las expediciones de Manolo Garrido Palacios con José María Franco por las cocinas y corrales de las aldeas de la sierra, con el alma afilada para pillar el gesto y reconocer los acentos, que vienen volando desde los nidos de antaño. Él lo ha dicho: «se me están muriendo los viejos; a veces llego un día tarde». No es poca ni mala responsabilidad la de ser testigos de la agonía de ese mundo complejo de romances y cacharros que la televisión ha derribado de un manotazo impúdico.

Conozco pocos casos como el de Garrido Palacios de tanta velocidad mental. Habla y escribe sin dolor, como un parto de cuadrúpedo, invocando rapidisimamente con insultante naturalidad la expresión exacta para cada instante, la metáfora justa, el adjetivo completo, la ironía espléndida que es capaz de desmontar de un plumazo de ave toda la palabrería convencional. Alguien tendría que contar los megahercios con los que trabaja su cerebro, y decírselo a Microsoft. Y. sin embargo, con el escepticismo que mana de su propia velocidad, con todo lo vivido, soñado y contado, qué sorprentende es la visión que depara esa cabeza llena de proyectos. semejante a una olla panzuda, mejor, un perol cuya agua hirviendo levanta la tapa de vez en cuando. Me llama por teléfono: «se me ha ocurrido una idea...», que siempre realiza. En curiosidad, tengo que decirlo, se me parece hoy a mi hija Julia, de seis meses de edad, que ve interesantes todas las cosas del mundo, que mañana comenzará la prodigiosa aventura de nombrarlas, y que hoy las pasea de los ojos a las manos y de las manos a la boca. Como individuo, como personaje, Garrido Palacios es incansable. No se le puede seguir. Yo creo que no se fatiga, o que lo disimula. Hago las cuentas y veo que va para los sesenta años (con perdón) y pienso que le quedan otros sesenta de literatura. Ahora, por tanto, está en el centro de su vida, y no damos abasto de leerle y de envidiarle el nervio que va de su mente a su mano, por el atajo de su espina dorsal.

Con todo, para ser justos, hay que aclarar que su mejor cualidad aún no está dicha. Garrido Palacios no es, como otros, un ser de papel que anda en dos dimensiones por las calles y plazas de lo intelectual, de lo literario. Ya he escrito en alguna otra ocasión que sus obras se ahondan en una tercera dimensión: la del pozo fresco en el que se vivifica. Su prosa, tan honda a fuerza de ser ligera, tan difícilmente fácil, aspira el aire de los hombres no como unos pulmones, ni como una chimenea, ni como un acordeón, sino como el cántaro que respira a través de los poros de la arcilla. Eso es: arcilla. Pero su mejor cualidad, digo, es la densidad. Manuel Garrido Palacios es un hombre denso. Ya se darán cuenta cuando lo vayan a incinerar. Por eso escribe tan bien los cuentos. Para escribir bien un cuento hay que resumir la vida en unas pocas páginas y, si se puede, en unas pocas líneas. Hay que ir a lo universal prescindiendo de nuestras tristezas cotidianas, de nuestra vocación de poetas anecdóticos. Cuando se lee a Perrault y se ve que en dos páginas cabe una vida entera, sin concesiones, sin explicaciones, sin justificaciones, se comprende en un momento por qué esos cuentos han sido universales, antes de que Disney los destrozara saturándolos de azúcar. En Perrault, el lobo se come a Caperucita y ya está. En Collodi, el trozo de madera habla y ya está. En Barrie, Peter Pan no crece y ya está. Nos pasamos la vida dando explicaciones, sacando a Caperucita una y otra vez de la barriga del lobo. Garrido Palacios no lo hace: ha vuelto a la antigua economía de palabras, a la misteriosa densidad del argumento. En las poco más de cien paginas de El Abandonario, la vida, la muerte y la inmortalidad dialogan tan sabiamente las tres, tan de verdad las tres, que a mí me asusta la segunda parte que, como Cervantes con La Galatea, ha prometido ya Garrido varias veces. No vaya a ser que Victor Laszlo e Ilsa Lund desciendan del avión en marcha.

Yo creo, en fin, que, cuando el viento levante y arrastre las hojas, Manuel Garrido Palacios será uno de los poquísimos que quedarán. A él y a dos o tres mas, probablemente no los que parece, les toca la tarea de representarnos para el futuro y decir quiénes fuimos y de qué nos quejábamos. Ha rescatado un mundo y ahora tiene que rescatar otro. Los días huyen y mañana es hoy. Por ello estoy pensando que, en realidad, Garrido Palacios no está vivo, ni con nosotros. Es un personaje cuyo retrato está ya en los libros de texto de dentro de muchos años. Murió hace tiempo. Lo que vemos aquí es un reflejo.


El abandonario, de Manuel Garrido Palacios.

   
             
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