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      Marcos Winocur   punto de encuentro
  27 fuego - miscelánea     No me descubrieron, luego soy inocente   índice de autores
             
         

 

 

— En esta clase voy a hablar de la obra de tres clásicos de la literatura universal: Cervantes, Shakespeare y del creador del personaje de Ulyses...

— ¿...?

— No me digan que no saben quiénes son...

— ¿...?

— No puedo creerlo... está bien, olvídenlo. Voy a hablar de, de... de ustedes —anunció el profesor sacando un pañuelo de tela de la bolsa trasera del pantalón—. ¿Les interesa que hable de ustedes? —desplegó el pañuelo con rápido movimiento—. Estoy seguro que les interesa. Si me preguntaran por los jóvenes de hoy, menos de dieciocho años, diría que... —el pañuelo voló a la nariz—, diría que —se sonó—, el rasgo más destacado es marchar hacia una nueva moral, la moral de la no—culpa —el pañuelo se replegó al tamaño de un puño y regresó a la bolsa trasera del pantalón.

— Se los explicaré. ¿Están de acuerdo con que se los explique?.

— Profe —intervino un alumno— ¿es cierto que en Argentina fajar se dice franeliar?

Cayáte vos, dejáte de joder, che —otro alumno.

— La moral de la no—culpa —prosiguió el profesor—. Antes el tipo cometía un crimen, venía a resultar que tenía suerte y escapaba a la justicia. Pero no a su conciencia. Si quieren conocer el prototipo de aquella moral, les recomiendo leer la novela Lord Jim de Conrad.

— Profe, está lloviendo —un alumno.

— ¿Está yo-viendo? —otro le hizo eco—, no sabes hablar, se dice estoy yo-viendo.

— ¿Llo-viendo? No veo cómo yo pueda llover.

— Allí, en su conciencia —la voz del maestro apagó la polémica—, estaba instalada la culpa como un segmento listo a activarse, a dar lata, dirían ustedes. Y el tipo, a pesar de haber escapado al castigo, no podía vivir tranquilo. Y ni qué hablar si era creyente. Era preferible pagar aquí, en la tierra, sus deudas, y no en el más allá. Y un buen día, no soportando más el peso de la culpa, el tipo corrió a confesar todo a la delegación. Y esa noche, entre rejas, por fin pudo dormir tranquilo. O bien el sujeto se encargaba de dejar un indicio acusatorio. Ya el dicho "el asesino vuelve al lugar del crimen" estaba sancionando la imprudencia como acto fallido. Hoy, cuando la mayoría de los delitos queda impune, la mala conciencia ya no dice "el que la hace la paga" sino: aprovecha la situación no seas... bueno, no seas pendex, digo, para que me entiendan, bueno, no te dejes agarrar, cuida bien de no dejar indicios, no me vengas con acto fallido ni nada. En rigor, la mala conciencia se ha jubilado y en su lugar...

— Profe, el alumno Maracachimba me está molestando.

— Él empezó primero —se defendió el aludido.

— En el hogar de mis padres —prosiguió el profesor— bastaba una mirada severa para anularme porque, como digo, la culpa estaba ya instalada dentro mío, dentro del niño que entonces era, lista para activarse. Pero ustedes han reaccionado frente a ese manipuleo de las conciencias. ¿Pecado original? —se han preguntado. Y contestado: de lo que menos somos culpables es de haber nacido. Y yo los comprendo, los culpables son gente del segundo milenio cristiano, ya expirado.

— Profe, voy al baño.

— Y bien —prosiguió el maestro—, la moral de la culpa está en crisis. Para muchos, cede su lugar a la contraria, la moral de la no—culpa. ¿Saben qué es eso? Se los voy a explicar. ¿Cometí un crimen y quedó impune? Qué bueno. Soy doblemente feliz: me di el gusto de hacer daño, de ser violento con el otro y, si he tenido suerte, con crueldad; y luego hice pendejas —dirían ustedes y no encuentro mejor expresión— a las instituciones. O triplemente feliz: obtuve, además, sin mayor trabajo, un beneficio del crimen, sea pecuniario o en prestigio. Soy culpable si me agarran, soy inocente si no me agarran.

— El alumno Maracachimba se echó un pedo, yo lo escuché —dijo el que se sienta al lado.

— Y yo lo olí —dijo el que se sienta atrás.

— Luego les escribo la bibliografía en el pizarrón —anunció el maestro—. La llamada generación ye, a la cual ustedes por edad pertenecen... bueno, les decía de la bibliografía, vamos a trabajar con una novela que, a pesar de pronósticos negativos, fue editada y obtuvo un éxito espectacular, novela que seguramente ustedes ya conocen, donde el autor se describe como un caso patológico de culpa, yendo a tocar a las puertas del suicidio. Naturalmente, estoy hablando de El buen perdedor de Marcos Winocur.

—¿ ...?

— Se escribe con doble u —aclaró el profesor.

— Entonces, es Uinocourt.

— No, el maestro dijo Betancourt.

— ¿Betancourt con Be grande o Vetancourt con Ve chica?

— Betancourt con doble u.

— ¿Con doble u? Entonces es Winnipu.

— Uilson, el maestro dijo Güilson.

— Un caso patológico de culpa y autopunición —repitió el profesor—. Y bien, para el nuevo criterio, un acto es moral si escapa el castigo. Pero puede suceder que las cosas me salgan mal, y me descubran. Entonces sí, me siento culpable y arrepentido. Y lo demuestro en cada una de mis actitudes, en cada uno de mis gestos. Naturalmente, forma parte de mi defensa, me lo aconsejaría cualquier abogado, y no es necesario que lo haga: me surge espontáneamente, me siento culpable de veras, no estoy simulando para obtener la absolución judicial o la más baja condena. No, al punto que es entonces —y sólo entonces— que llego a plantearme el suicidio como forma de expiación y como salida a una situación agobiante. Culpa y arrepentimiento son gatillados cuando estoy entre rejas, no antes. Caso contrario, si no soy descubierto y penado, vivo feliz, me siento —soy— inocente. Y ahí reside la distinción entre el bien y el mal, según esta nueva moral. Ultimamente el cine, pienso en Asesinos por naturaleza, también en un filme de Woody Allen, creo que se llama Crímenes y pecados, y desde luego Dostoievski, el novelista ruso del siglo XIX, Crimen y castigo...

— Terminó la hora —varios alumnos a coro, mientras la clase se levanta tumultuariamente.

— En suma —la lección acaba ante el aula vacía—, y a manera de conclusión, cabe plantearse: ¿es la nueva moral un síntoma aberrante más, indicador del próximo fin de la especie humana?.

— Y todavía, una cuestión accesoria: ¿valía la pena habérmela jugado para terminar preguntándome eso, nada más que eso?

El viejo profesor recoge su portafolios luego de echar una mirada a su alrededor, y sale. Cruza el patio donde varios alumnos lo saludan:

— Adióóós, profe, adióóós.

Y más lejos sigue la polémica:

— ¡Winnipu!

— ¡Güilson!

   
             
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