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Z
es un film hermoso y, al mismo tiempo, útil.
François Truffaut
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Junto
con Gillo Pontecorvo y Francesco Rosi, el cineasta greco-francés
Constantin Costa-Gavras ha sido el máximo representante
del cine político, corriente surgida a mediados de
los años 60 y definida por su carácter marcadamente
reivindicativo e izquierdista. Actualmente este autor es conocido
por una serie de obras que ponen de manifiesto su ideología
política por medio de la aproximación a los
diferentes conflictos que han atenazado al mundo durante el
siglo XX. Conflictos tales como el colaboracionismo del gobierno
norteamericano en el golpe de estado de Chile (Desaparecido),
la Checoslovaquia estalinista (La confesión),
la Francia del régimen de Vichy (Sección
especial) o la problemática palestino-israelí
(Hanna K.). No obstante, la película
que dio fama internacional a este autor fue Z
(1969), que abordaba el asesinato del líder pacifista
Grigoris Lambrakis como causa inmediata de la dictadura de
los coroneles griegos.
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La novela de Vassili Vassilikos que recoge este hecho fue
a parar a manos de Costa-Gavras gracias a la recomendación
de su hermano. Tras el golpe de estado en Grecia, el cineasta
sintió la necesidad de trasladar la historia a la gran
pantalla y, para ello, contó con la inestimable ayuda
del escritor Jorge Semprún. La colaboración
de ambos dio como resultado un guión que recogía
con detalle las desafortunadas circunstancias que condujeron
a la muerte del diputado Lambrakis, sin aludir específicamente
al país natal de Costa-Gavras. De todos modos, si bien
esta indeterminación geográfica fue una decisión
voluntaria, no fue menos deliberada la idea de corroborar
la implicación política de los autores mediante
el siguiente rótulo que aparece durante los títulos
de crédito:
Cualquier
parecido con acontecimientos reales, personas vivas o muertas,
no es fruto del azar. Es voluntario.
Costa-Gavras
y Jorge Semprún.
Tras
semejante declaración de intenciones era de esperar
que los hechos acaecidos fueran escrupulosamente retratados.
Lambrakis fue víctima de un atentado político
que tuvo lugar en Salónica el 22 de mayo de 1963, el
mismo día que presidió una reunión contra
la instalación de una base de misiles en territorio
griego. Fue arrollado por un motocarro a la salida del teatro
y falleció después de sucesivas operaciones
craneoencefálicas efectuadas por los médicos
a lo largo de dos días durante los cuales se debatió
entre la vida y la muerte. La posterior autopsia determinó
que no se trataba de un accidente ya que las fracturas presentadas
sólo podían haber sido hechas con un objeto
contundente. Este dictamen médico desestimaba la hipótesis
de que los traumatismos se hubiesen debido a la caída
del cuerpo.
La
investigación del caso fue llevada a cabo por el juez
Khristos Sartzetakis, hijo de un oficial de la gendarmería
y persona políticamente imparcial, que descubrió
la connivencia entre los grupos ultraderechistas, el ejército
y la policía. De esta connivencia, se derivó
el complot político que puso fin a la vida de Lambrakis
y que fue llevado a los tribunales, dictándose ridículas
sanciones contra los artífices del crimen y veredictos
de absolución para los oficiales que habían
organizado el atentado. Ante la indignación general,
el presidente del gobierno Konstandinos Karamanlis dimitió
de su cargo. Poco después, la Unión de Centro
se alzó con la victoria en los comicios celebrados
en 1964, pero el golpe de estado de los coroneles acabó
con la libertad de voto e impuso una férrea dictadura
militar. El tiempo dio la razón a aquellos que se movilizaron
a raíz de este escándalo, quienes pudieron ver
cómo en 1985, Khristos Sartzetakis, cesado como juez
durante todo este periodo, fue nombrado presidente de la República
Griega.

Costa-Gavras muestra en Z
todo lo concerniente al affaire Lambrakis y, en un
epílogo final, explica el advenimiento del régimen
fascista como reacción a la actitud de protesta liberadora
del pueblo. El verdadero talento de este cineasta se halla
en la estructura dramática empleada para narrar los
hechos. Si bien conocemos las amenazas que se han difundido
contra la persona del diputado (Yves Montand) desde el mismísimo
arranque del film, la revelación de todo el entramado
político y de la confabulación entre las autoridades
policiales y los sicarios del atentado se va produciendo paulatinamente
por medio de una inteligente estructura de flash backs.
La primera hora de película nos muestra los hechos
y la segunda realiza constantes saltos temporales de presente
a pasado para darnos a conocer las causas ocultas y la existencia
de un complot previo que desmiente la idea del accidente que
sostiene la policía.

El pluriperspectivismo que revela las distintas declaraciones
de los testigos nos transmite una rápida sensación
de inestabilidad política que se transforma en una
visión amenazadora del entorno. La sensación
de caos e inseguridad dentro de la Grecia del momento está
reflejada en Z
de un modo escalofriante que impacta inicialmente en el espectador
para producirle, al término de la película,
un sentimiento de solidaridad hacia las naciones oprimidas
por regímenes dictatoriales.
No
obstante, este retrato requiere de una simplificación
y un maniqueísmo en los personajes que no siempre resulta
grato para el público. La benevolencia con la que Costa-Gavras
admite cualquier actitud de la izquierda y sus colaboradores
contrasta con la imagen caricaturesca y despectiva, excesivamente
obvia, que nos aporta sobre los oficiales del ejército
y la policía. Por otra parte, el realizador greco-francés
se empeña en mostrarnos, con sutiles pero llamativos
flash backs, la vida íntima del diputado con
su esposa (Irene Papas) y su labor de médico para dárnoslo
a conocer en su faceta más humana. Al afrontar la reivindicación
contra un capítulo infame de la historia moderna de
Grecia, el empleo de este vehículo disimuladamente
tendencioso se pone de relieve como un efectivo artilugio
de sensibilización para el espectador. La finalidad
del relato estimula al público a aceptar el medio utilizado
aunque éste pueda ser tildado, en ocasiones, de manipulador.
A
pesar de ello, la contundencia del estilo cinematográfico
de Costa-Gavras queda demostrada con creces a través
del uso envidiable de las convenciones del thriller.
Esto contribuye decisivamente a la hora de proporcionar al
film una consistencia narrativa que se alza como virtud principal
para construir un discurso político. A tal efecto,
merece un especial elogio la labor de montaje realizada por
Françoise Bonnot, quien se convertiría en colaboradora
habitual del autor de Z.
Otro elemento de peso, sobre todo a la hora de situar alusivamente
el escenario geográfico de esta historia, es la banda
sonora compuesta por el músico griego Mikis Theodorakis,
popularmente conocido por la partitura de Zorba el griego
(1964). Los acordes de este estilo de música tan tradicional
y autóctono nos remiten de inmediato a la idea más
universal de Grecia, aunque obviamente la película
no pudo ser rodada allí debido a la coyuntura política
del país.
Z
se rodó en Argelia, país que aportó parte
del presupuesto con el que se subsanaron los problemas financieros.
En ese sentido, la ayuda del actor Jacques Perrin, que en
el film interpreta a un fotógrafo, fue la más
decisiva para que el proyecto pudiera salir adelante, ya que
fue quien asumió la producción desde un primer
momento.
El éxito de la película fue inesperado y se
debió en gran parte a la efervescencia del Mayo francés
y del movimiento hippie, que apoyaron el mensaje reivindicativo
y liberador que postulaba Costa-Gavras para su país.
En España, fue prohibida por la censura franquista
y no pudo estrenarse hasta 1977. Otros países como
México, Portugal, Marruecos, Brasil y la India tampoco
tuvieron acceso a esta obra por razones políticas.
Y, por supuesto, en Grecia fue tajantemente prohibida.
La
repercusión de Z
fue tan grande que, a pesar de la precariedad de medios con
que fue rodada, se alzó con cinco nominaciones a los
Oscar de Hollywood de 1969, convirtiéndose en el primer
film nominado simultáneamente en las categorías
de Mejor Película y Mejor Película Extranjera
(premio que ganó junto con el de Mejor Montaje). En
el Festival de Cannes, consiguió el reconocimiento
público al otorgársele el Premio del Jurado
y el Premio al Mejor Actor para Jean-Louis Trintignant, que
realizó una de las interpretaciones más soberbias
de su carrera encarnando el personaje del juez.
Históricamente, el film ha jugado un papel decisivo
en la evolución de un género tan importante
en la década de los 70 como fue el cine político.
Es por eso que aún hoy en día, cuando este género
ha perdido gran parte de su popularidad tanto entre la crítica
como entre el público exigente, Z
sigue ocupando un lugar de honor entre las obras nacidas a
la luz de esta corriente, ya sea tanto por su calidad artística
como por su carácter pionero.
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