P O R T A D A        
Héctor Leonel
Reyes Mora

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  38     Tres poemas.    

Tres poemas dedicados

 
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MI PADRE
(DEL ADAGIO EN COMPOSICIÓN)

 

Llegaría en tren justo a las cuatro de la tarde,

ese día no hubo hormigas laboriosas,

sólo un ruido más continuo en la estación.

Mamá llevaba un vestido nuevo,

mi hermano un raspón en la rodilla derecha.

Sin palabras, sólo risas que sostenían el cielo azul.

El mantel era una demostración de fidelidad;

la comida, el respiro de quienes no viven para trascender,

es decir, la verdadera comunión con los alimentos.

Los juegos giraron en notas meditadas,

inscritas en los cuadernos de la edad.

Portarse bien no costaba mínimo afán.

Los pájaros seguían haciendo planes de mudanza,

el calor era una pertinaz mentira.

La risa de mamá se terminaba.

Veía a mi hermano un poco más enterado de los años.

Mi padre no llegaría.

Diciembre se sentía azul, preciso,

sin inconsistencias;

los trenes eran orugas muy deterioradas por los ojos de la espera,

sin embargo cada vez que pasaban se erguía vistosa la bandera familiar.

Mamá se desvanecía, cambió, ganó la mirada de la resignación,

creció muchos años ese día.

Mi hermano anhelaba la llegada de la Navidad,

yo pensaba en por qué no había venido Vero con nosotros.

 

Un taxi nos depositó en la costumbre.

Creo que mamá no lloró.

Papá no llegó,

luego supimos que el tren que resguardaba había sufrido un accidente.

Mi papá vive aún,

mi hermano está lejos aunque a veces tome o coma conmigo,

de Verónica me pregunto ¿dónde se nos quedó?

 

 

 

 

 

 

PRELUDIO


A Neyla

 

El cielo que veo desde aquí

- un azul amoroso demorado claustrofóbico,

una incipiente manía vuelta humo y la perpetua saliva en mi cintura.

 

Me iré guerrero a colmar mi lengua en tu piel

y una guitarra me desdice, pero calla,

me dice el trasmundo de una decisión por seguir

colmados en el declive milagroso de tu luz.

 

Silente a modo de ser furtiva te irías al reposo

alada sin tocar el suelo,

el agua que me queda en la mirada no responde al eco de la piedra

que cae sin fondo;

nadie quiere asomarse más a su espejo oculto.

 

Incinero el pasado en una pira minúscula

donde quedo de todos erguido y renovado.

 

Solo pero contigo,

solitario pero al fulgor analítico de ti.

 

Y volveré con salmos a buscar mis huellas del regreso

conciliado al sueño interrumpido por la dócil obligación.

 

Me sabe dulce la comunión de la costumbre

con su asedio por vivir,

esto me lo informo y soy ingratamente feliz.

 

Fue como la oscuridad lo quiso,

compás inevitable,

urdimbre que se completaba sin palabras, sin testigos, sin dolor.

 

Y estoy aquí a la vuelta de la angustia,

aún con hierbales del odio,

pero entero escribiente curioso,

gozoso misántropo roedor.

 

Este azul conminatorio sin complicaciones,

este azul individual,

me lleva a amar hasta el musgo de mi exigua voz.

 

Pensé que era mentira

renovar la escritura y ensayar en otro instante la continuación,

he sido derrotado y vuelvo a ti

como hijo benefactor.

El azul envuelve y me lleva hacia otra luz.

 

Otra vez solitario,

lejano pero de lo ficticio y de la sangre imposible

en mi sólido esplendor.

 

 

 

 

 

RECUERDO Y PREDICCIÓN


A Verónica Reyes Mora

 

No lo he de buscar en las trizaduras de un lamento,

no lo he de intentar al ahora de un calor de lluvia de junio erguido,

he de ir a la naturaleza que nunca divaga,

he de presentarme al raciocinio de mangas largas,

para poder encontrar al ser bello y fidedigno.

 

El viaje constaba de escasas cuadras de compañía,

la mano dura sobre la blanda flor,

el mandado rumbo a su conocido propósito,

el camino limpio aunque terroso,

mi hermana y yo jugábamos a crecer.

 

Un día después de clase y con el sol en su voraz mediodía,

yo podía disfrutar de la niñez cuando me asomaba a su jardín

para compartirle una pequeña moneda discreta,

era la hora del recreo una vista que no se pierde

aún con el sufrimiento de la hora en que ninguno de los dos

estuvo para salvar al otro de su marca infame

que ennegrece a cualquiera que sepa llorar.

 

Aquí se asoma el presente y habla de nuevas lágrimas por compartir,

yo intento el poema que hable de ella y de mí,

sin que tenga que ver con las glaciaciones del pasado

ni con la angustia enfebrecida de un incierto vuelo solitario,

es que le he fallado como a nadie en esta vida,

y quiero argüir sin demora mi escarmiento,

mi profunda convicción de mejoría.

 

Pero el viaje aquél siempre se alía con la desdibujada maraña del ahora,

y me conformo con no salir de estas moradas cuatro esquirlas,

aunque den las apresuradas ocho horas de la salida.

 

Si no en esta ficción de noche,

alguna fría mañana

          —lo predigo ahora—

saldrá la hermosa cara del agua que lavará su culpa y la mía

          —dos olvidos por no saber vivir—

para fundar la otra cara de la alegría en el páramo

rígido de la cobardía.

 

       
       
       
       
       
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