P O R T A D A        
Chrystian Zegarra
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  38     Facción de imperdido al arte.    

Salomón Valderrama:
El movimiento pendular
entre la tradición y el desacato ante lo real

prólogo a Facción de imperdido al arte,
de Salomón Valderrama Cruz

 
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Es sabido que cada escritor al momento de iniciar —o reincidir en— el proceso creativo se enfrenta ante un vasto universo de obras literarias que lo anteceden, que proponen un laberinto de posibilidades truncas, recorridas por voces que se incrustan en la conciencia individual del artista, como palabras que pugnan por transformarse en un camino que busca liberarse del polvo del pasado. Las opciones que se proponen ante los poetas en el acto de escritura son múltiples, y podemos categorizar a éstos por las soluciones que optan frente al fenómeno poético. De esta manera, existen creadores que se limitan a seguir, a repetir superficialmente una tradición anterior con el objeto de apelar a una mal pretendida erudición. Por otro lado, hay poetas que observan críticamente el material que les ha sido transmitido para entablar un diálogo, un ardoroso conato de lucha con las diversas voces —en muchos casos muertas pero en estado de latencia— preexistentes. Todo acto poético válido debe asumirse como un reto por establecer una voz propia que, además de insertarse en una tradición viva, la reelabore y, con esto, la encamine hacia formas expresivas inéditas. Salomón Valderrama, en este nuevo libro Facción de imperdido al arte, pertenece a este segundo grupo, ávido por reconstruir y revitalizar el legado lírico que atrapa entre sus manos. Los poemas de esta colección se encuentran en constante trance por delimitar campos asociativos —de ahí la recurrencia al epígrafe que encabeza cada texto—, con el propósito de reformarlos y otorgarles una existencia diferente que actúe como espejo aglutinante entre la voz anterior y la presente. Ninguna cita es vana, antes bien ayuda a edificar un tramado coral, polifónico que repasa y reorganiza la tradición poética, no sólo peruana sino universal. Y el trasfondo de esta empresa revisionista es una voz iniciática, que se sumerge en un ejercicio de transmutación de alquimia verbal: "La flor amarga que es figura esbelta / Está pariendo a su hijo el esperpento / Aquel que erigirá en el propio llanto / La flor que será la materia muerta".  

El arte poética de Valderrama consigna el papel multifacético de la palabra escrita: objeto lúdico, autotélico, destructivo y pacifista. Es en esta complejidad donde radica la intensidad de la prédica poética, en el hecho de constatar el carácter cambiante, nunca unívoco de los vocablos: "Ella misma se inventa en la guerra / Ella misma es el invento que juega". La voz se convierte en arma con la cual se resiste la violencia y devastación que sacude la vida cotidiana, como reza el verso inicial de uno de los poemas más logrados del conjunto: "Quisiera ser inocente en un planeta inocente". Y es que al caos existencial se suma el conflicto inherente que toma lugar en el centro del lenguaje. El poeta se aferra a éste como instrumento precario de resistencia ante una realidad que lo somete a la constatación del vacío: "Estallaban en 20530 pedazos las chozas coches bancos / Cosas de juguetes tristes de los niños recaudando / Los estómagos de sus parientes y vecinos tan distantes / Hechos pedazos y la calle era el Perú". Sin embargo, lo que prevalece a este clima de desorden, producto de una larga saga de irracionalidad que sacude el país —y Latinoamérica en general, por lo cual el libro asume un punto de vista que toma conciencia ante las tragedias nacionales—; lo que se erige como perspectiva redentora es el carácter armónico de la poesía, su efecto catalizador de sentido en medio de la aporía: "A cómo de lugar la palabra es sin duda pacífica".  

Uno de los mayores méritos del poemario de Valderrama radica en poner sobre el tapete el mecanismo que liga al lenguaje con su instancia primaria vinculada al aprendizaje del infante. La manera como esta facultad humana, antes de encallar en el ámbito pragmático, nace y se modela como tal en concordancia con el mundo de la poesía. El poeta es como el niño lacaniano que descubre su integridad en el espejo devastador del lenguaje, que le devuelve una imagen coherente de sí mismo pero desvinculada del todo, de la conexión primordial con el universo. El ingreso al mundo simbólico supone una continua estancia en el recinto de lo fragmentario y arbitrario. La experiencia lírica no conduce a otro lugar que a aquella tierra baldía de imágenes inconclusas que llamamos poemas. A aquellos objetos reducidos a no ser otra cosa que el reflejo de su precariedad. El poeta es el niño que ahora porta una máscara adulta que es el retrato de su ser anterior —difuso pero completo— que aguarda agazapado, bajo un pliegue de la memoria, el momento preciso para perpetrar el ataque en el campo minado de lo real: " Su lengua pura su sagrada historia y no se da cuenta / Y no entiende que ahora su lengua materna lo domina / Que ya no es bilingüe sino convencido o adaptado monolingüe". La escenografía de espejismos que articula Facción de imperdido al arte enfatiza la batalla contra las sombras de una mecánica impuesta por códigos inútiles, por ineficaces programas que sólo recortan los innumerables puntos de mira ante una realidad asfixiante y caduca. El libro invita al lector a ser partícipe de un esquema liberador de potencias interiores para derrocar la falsa validez de lo visible, para celebrar nuevamente la contradanza frente al fuego y los elementos, para por fin "revivir el inconsciente una y otra vez atropellado".

 

Facción de imperdido al arte,
de Salomón Valderrama Cruz

       
       
       
       
       
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