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Valerio Moreaz
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  37     Introducción (leyendo las necrológicas un día de lluvia)        

Introducción (leyendo las necrológicas un día de lluvia)

 
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Murió de cólico miserere, o tal vez tuvo una hemorragia interna provocada por alguno de los cientos de perdigones que minutos antes habían penetrado en su cuerpo debido a un disparo vengativo y despiadado.

 

Murió de pena, o tal vez su cráneo no aguanto el brutal golpe de aquel bate de béisbol empuñado por ese niño al que sus padres maltrataban y utilizaban de cenicero cuando regresaba de clase.

 

Murió de viejo, o tal vez a los cuidadores de la residencia se les fue la mano con la sedación que practicaban sin recomendación médica.

Introducción (leyendo las necrológicas un día de lluvia)

Murió de amor, o tal vez su marido no debería haber bebido tanto al reprocharle sus problemas conyugales que ocultaban una celotipia aguda.

 

Murió de rabia, o tal vez esa mina estaba activa y cargada de explosivos que esperaban latentes segar una vida antes de ir al cielo del armamento.

 

Murió por una fatalidad, o tal vez los cuerpos de seguridad deberían tener más claros los derechos humanos y lo que un interrogatorio legal significa.

Introducción (leyendo las necrológicas un día de lluvia)

Murió en una refriega callejera, o tal vez él únicamente pasaba por allí porque no tenía tabaco y era un adicto a la nicotina.

 

Murió defendiendo los ideales de la democracia, o tal vez la democracia no es lo mismo que el sacrificio negligente de los superiores que lo mandaron a una muerte segura y dolorosa.

 

Murió de risa, o tal vez le torturaron frotándole la palma de los pies con una pluma de ganso para que se ahogara en su propio carcajeo.

Introducción (leyendo las necrológicas un día de lluvia)

Murió feliz, o tal vez sus parientes aprovechando su agonía le cosieron una sonrisa para que nadie sospechara nada raro y los auditores pasaran de largo.

 

Murió por matar, o tal vez los cuerpos antiterroristas rusos deberían haberle proporcionado asistencia médica mientras se asfixiaba, como marca la convención de Ginebra, y no matarlo con un fusil de asalto de fabricación Estadounidense.

 

Murió de camino al hospital, o tal vez tuvo un coma químico antes de entrar a la ambulancia debido a la extrema adulteración de la heroína que se inyectó, ya que era un toxicómano en un programa de reducción de daños.

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Murió varada en la playa, o tal vez los pescadores que la recogieron con sus redes ilegales de deriva de dos kilómetros de largo la mataron antes de que la patrullera hiciera su ronda.

 

Murieron recordados por una tinta sensacionalista y ante la mirada indiferente de millares de ojos que leyeron sus historias de muerte pero que no pudieron llorar porque la sociedad había cosido sus lagrimales.

 

O tal vez la culpa es sólo nuestra por creernos todo lo que nos cuentan.

 

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