P O R T A D A                 Texto    
      Herminio Martínez   punto de encuentro
  34 aire - poesía    

Animales
de amor

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En el planeta de tu cuerpo
—astro de leche agazapada
y de hambre de ti que se me hace agua en la boca—
vives igual que la estación
violada en un día del verano:
Bella como la rama del saúz
adonde el viento baja a pulir su gemido.
y como la piedra que le quebró el cabello
al adolescente que se observa
—desde lunas clavadas—
el vidrio de la piel,
el polvo de oro de su cuerpo,
el visto bueno que le dan los años.
Bella como la intrusa que supones
oculta en la bocina del teléfono.
Y como el venablo de cupido
que vuelve loco a quien le pega.
Tanto o más que el paraguas
de un hongo alucinante.
Te llamas como la tarde
que es mejilla del mundo.
Más bella que la lengua de Dios
cuando lame la lluvia
o igual que el arco iris de la baba que deja.
Te llamas como las nubes,
que únicamente son sombras de agua,
tú, la que me incitas a un aroma de lima,
a una noche de rieles que son piernas
sobre los que se descarrila el tren de mi cintura;
tú, caballo de caderas mojadas,
serpiente que se duerme enroscada a mi pecho,
mujer de cascabel resquebrajado.
Me llamas armadillo para exigirme el gasto,
agua de tempestad, pomo de oxígeno.
Tú, lo más saludable por tu peso en sol,
lo más desnudo entre mis metros de aire,
perfecta invención contra el aburrimiento,
hierba eriza con chapas
para los cumpleaños de mi edad.
Terraza donde la luz se sienta
a tejer horas en el lavado lienzo de tu nombre;
tortuga con un hijo mío en cada ojo.
Historia increíble
que el Tentador escribió en mis cuadernos.
Te llamas como lo que hay al revés del follaje
donde al huevo del tiempo
lo calientan las vírgenes.
Como la música que remienda personas.
Como la primavera que corona gusanos.
Bella como una calle con gente que conversa
mientras la luna se hincha
y la mano del frío deshoja estrellas.
Llano reverberante que atravieso
con la cabeza ardiendo como antorcha,
la aflicción me ha pesado en su balanza.
Agonizo rodeado de macetas.
Quiero gritar que cargo una vigilia
que pesa más que la extensión del aire
donde la nieve finca su edificio.
¿A qué región de asfixia habré llegado?
Me pregunto, sabiéndome manjar
entre las cenicientas fauces del fracaso,
preso en las bodegas del granizo,
pintado en la osamenta de la lástima.
Tu imagen es la llaga que no duerme
royendo el zancarrón de mi infortunio.
Orgullosa, obstinada,
luna veloz como animal que arde,
aerolito en su trono de brasas,
canción de espuma en este invierno mío.
Bella como las plumas de la nieve,
hermosa como el pie de la montaña,
como la camelina con su cresta colgante.
Nada se te parece:
ni el manantial que es diáfano en sus cifras.
Nada tiene tu pulso.
Nada es como tu cáscara de vidrio,
oh hermosa como la pubertad
que en cada esquina besa a un niño con fiebre.
Fuera de la mujer el hombre es lástima.
Nadie le pone aceite a sus herrumbres.
Nadie viste de música sus cosas.
Nadie engendra esplendores que lo nutran
porque sin ella a él ¿quién le barre los ojos
y le endereza el tulipán del ánimo?
Nadie le amplía la luz, nadie lo habita.
Nadie está en sus orillas esperándolo.
Fuera de la mujer nadie le aúlla.
Queda sin su varilla de importancia.
Oh, Circe, luz y océano de colores,
conviérteme en el sapo de tu oficio
o hasta en el tecolote de todas tus vigilias.
Entiérrame el fistol de tus presagios,
dame a beber el néctar de tus flores,
mientras estas paredes no se caigan,
mientras tengan raíces de concreto
para el amor que es cosa tan mudable.
Orilla donde la desesperación se da silvestre,
sílaba que se incendia al caer a mi boca,
materia destinada al cincel de mi canto.
Por ti, que eres hermosa, el hígado se enfada,
los riñones se inundan y los nervios se estiran
como tigres ganosos.
Por ti la sangre en todos sus caminos
pelea contra lo amargo de la espiga
de la que cae la gota de la bilis.
Por ti que eres hermosa
como esos pueblos de ceniza
donde la mano del metate
dirige sin batuta la pobreza.
Emperadora del berrinche,
perra brava con lunares y ombligo.
Cangreja que me poda los deseos,
pezuña que me aplasta con su rumor de avispas,
viento aparte que se mece en mis canas,
dispersa el chorro de mi orina
y me roe hasta el último hueso.
Desalmada y eterna,
amarte es contemplar esa pintura
de un niño que sonríe
desde el enorme desgarrón del llanto.
O barrer, en silencio,
el traste hecho pedazos de tu orgullo.
Es dorar el arroz aunque se queme.
Es calentar un poco las lentejas
y respirar tus aires con ponzoña
que van y vienen por los corredores.
Es recostarse un rato en las almohadas
que sólo son cadáveres implumes.
Es conversar aparte con la máquina
y no romperte un plato en la cabeza,
al fin, ¿qué vale una vasija rota?
¿Qué el caldo de frijoles en mis jetas?
¿Qué el parche y qué la arruga en el trasero
si el amor es el huésped memorable
que se lleva los metros de mis tripas
como cualquier lechuza carnicera?
Es ver el tiempo sobre mis camisas
y columpios de arañas en el baño.
Es el acontecimiento venturoso
que ocurre en el sabor de la saliva,
en la región musgosa de la lengua,
al pie del campanario del galillo.
Prenda de mi medida.
Viento que trae al campo del hocico.
Berenjena, lechuga,
el amor es el nudo en que se amarran
nuestros perdidos puntos cardinales.
Es la nariz que respingamos juntos
y con mucha frecuencia las estatuas
que se ven de reojo.
Piedra y patrona mía.
Mandarina con chile en cada gota.
Nuestro amor es un túnel de gruñidos.
Lo sabe la guitarra de Paracho,
la alacena acostada entre pocillos,
las rosas de la jícara de Uruapan,
la estufa nueva con su llama vieja.
Amarte es aplaudir mil tonterías
en la misma pantalla
y hacer necesidades en el mismo hoyo.
Lo sabe el trapeador lleno de pánico,
la escoba manca, la cubeta mustia,
mi traje con viruela en los ojales,
el sauce y su enramada de violines,
la puerta por la que entras a la calle,
también por la que sales a mi vida
y el oficial mayor de tu carácter
ordena que me arrojen por la borda
al océano con piel de tu figura.
Señora y piedra mía,
calcetín para el pie de mi quebranto,
pitón de cabellera como lluvia,
gorriona con caderas de muchacha,
hermosa como el pozo
en el que los secretos tiemblan muriéndose de frío,
pastora de mis días,
entre las llamas me alzo como un bosque.
Llego sin consumirme a tus aguajes.
Me los bebo, te abrazo, me desnudo.
Señora, con tu orquesta de almohadones,
te pareces al eco en su covacha.
Déjame en los andamios de esta historia,
dueña de lo que gano y lo que debo.
Guerrillera feroz de cucarachas.
Abrázame, tizón, yo soy un árbol,
quema mis hojas, tienta mis raíces.
Te lo suplico con la voz de un loro.
Te lo pido en el nombre de las garzas
y hasta en el del zorrillo, si deseas:
hagamos el amor de los halcones
en el nombre del pez fuera del agua.
Hagámoslo con todo y pulmonía.
Hagámoslo a trompadas, como sea,
en una bicicleta, sobre un mueble,
detrás de alguna puerta o en un cesto.
Torre donde el relámpago se achata,
eres la madreselva de mis muros.
Clavo que me perfora los sentidos,
hagámoslo en el nombre de la Virgen
y de la Providencia que es su escolta.
En el nombre de todas las culebras
y en el del Padre Eterno que las cuida.
En el nombre del sol que todo sabe
y en el de tantos perros olvidados
que arrastran su fulgor de gente en gente.
Lugar donde la primavera se desploma,
hagámoslo en el nombre de las reinas
de los juegos florales que en los cines
reúnen a políticos y artistas.
Con pomada, rompiéndonos la boca,
bajo una bugambilia, oyendo un piano,
embarrados de miel para darle hambre
al corazón que tiene también lengua.
Hagámoslo en el nombre de las alas
que abren las ilusiones en los niños.
O hasta en el del Santo Padre que prohíbe
todo lo que le dicta su gordura.
Como quieras: mordiendo rebanadas
de pan o de melón, me da lo mismo.
En el nombre del cielo y sus sillones
que ya han de estar plagados de alacranes.
En el de las bacinicas y las lámparas,
en el del envidioso que no es hombre,
sino paja, pellejo y dentadura.
Mujer hermosa como el ojo avieso
de la ágata que vio nacer al mundo,
hagámoslo en el nombre de los tordos
y en el del volantín que me pasea
atado a la ebriedad igual que a un mástil.
En el nombre del grillo porque pule
su canto en el terrón de la lujuria.
Y en el de las ardillas porque chiflan,
y en el de las terneras porque lamen
un futuro de leche en sales húmedas.
A la pata del odio que es muy gruesa.
Y en el nombre también de los gusanos
que les comen los ojos a las flores.
En el del buey, monarca del potrero.
En el de los venerables y sus pulgas.
En el de los profetas y sus piojos.
Te lo suplico con la voz de un árbol:
abrázame, tizón, quema mis hojas.
Hagámoslo hasta el alba, ojo por diente.
Hasta la transparencia, hasta la espuma.
Muertos de ti y de mí, vivos de ambos.
Hasta el último polvo del empuje.
Hasta el último labio del almíbar.
Hagámoslo en el nombre de los héroes.
En el de las ciudades cuando tiembla
y en el áspero y gris de la catástrofe.
Eres la chispa que imagina el día.
Tus pestañas son bosques de oyameles.
Tu cuello un surtidor entre pirules.
No hay nada semejante a ti en la vida:
ni los hombros del álamo,
ni la piel del reflejo,
ni siquiera la trompa de la noche
cuando se embarra de constelaciones.
Ni un rebaño de fresnos nadando en la laguna.
Tu ombligo es un oasis de gladiolas.
Toda la Biblia con sus tentaciones
hojeada por la mano del otoño.
Amada, uva tiñendo su vocablo,
señora de lo cerca y de lo lejos,
estrella que se enciende peor que el caos,
cuánta imaginación me cabestrea
al hotel donde siguen esperándonos
un catre sin tender y un foco muerto
velado por sí mismo, y una cómoda.
Cantera donde está escrito el decálogo
que cumplo yo para ganarme el cielo.
Muero de puro amor
porque nadie me dio jamás lecciones
de cómo no morir
con una quemadura en el cachete,
con un hueco, como éste, en el cadáver.
Amarte es respirar estos perfumes
que van y vienen por los corredores.
Déjame ser el mundo que ha saltado
las trancas y te sigue como un hombre.
Déjame ser el manto del estío
que vista de esplendores tu silueta.
Conoces el pantano donde nace
el insecto patón de mis angustias.
Has visto los estragos del insomnio
cuando me pisa con su bota anciana;
cierva con rabo de cometa ebrio,
estrella con los pechos amarillos,
te seguiría como un ciego a su tacto,
como el melocotón a su fragancia.
Por el metal flexible de tu abdomen
y el arpa sin barniz de mi esqueleto,
hagamos el amor de las estatuas
que se ven de reojo aun con frío.
Hagámoslo en el nombre de tus pómulos
y en el de tu raíz, blanca conífera.
Hagámoslo al estilo de los bóvidos
con los lomos cargados de llovizna.
Sin hablar o gritándolo en el nombre
del pino y su enramada de violines.

En el nombre de Dios que es puro cuento
que bailen tus lunares y mi arruga.
En el nombre del ruido que estremece
de punta a punta el ámbito del orbe,
vamos a amarnos ya
en el nombre del mar que también sueña
que llueve en sus montañas sumergidas.
Óyelo relinchar en los balcones,
salta las islas, sopla, se sacude.
Es el mar a caballo por la arena.
El mar bailando con los flamboyanes.
Óyelo en las esquinas de tu lecho,
hermosa como un tallo con rocío.
Enjambre de murciélagos sonrientes.
Tierna calabacita con perfume,
tu ombligo es un jardín de jacarandas,
pobre sauce llorón, hoy lo recuerdo:
compramos tejocotes en Huajúmbaro,
en Acámbaro pan, luz en Morelia;
vimos a Zinapécuaro en sus hombres
apuntalando el néctar de los frutos.
Muero de puro amor bajo mis cejas;
debajo de las nubes y mis lágrimas.
¿Qué sería de mí si de veras te fueras
por las ciudades,
al lado de los hombres que transitan
detrás de la carreta del olvido?
¿En qué oído amanecería tu última palabra?
¿En qué banca de jardín público
sentaría la nostalgia como a un niño?
Los eucaliptus me contarían tu historia,
remolino del Diablo,
señora del exabrupto y la catástrofe.
Adjetivo cercado con alambres de púas,
¿qué va a ser de mí cuando tu sitio en el colchón
tenga la figura de un hoyo negro en el espacio?
¿Quién me dirá que no me necesita,
que me lleve mi música a otra parte?
Todo es bello, inclusive la orzuela
que podas mientras bramas.
Las piedras, el sarcasmo, los desaires,
que llueven sobre mí a la conjuración de tu inventiva.
El frío me llegará envuelto en el oleaje de su manto.
Todo será quebradizo como la porcelana de la gripe.
¿Con quién discutiré debajo del durazno,
a la sombra del níspero, meciéndome en la hamaca?

Así es como nos damos a querer
porque si no el casado no soporta
la lentitud con que se va y se viene
por el viscoso corredor del tedio;
así sea presidente o policía,
o venda, en rebanadas de amargura,
la vida como un género cualquiera.
Nos damos a querer acostados encima de una tabla
donde renace nuevamente el plan
de mandar al carajo a la que tantas cremas nos exige
y tantos detergentes que nos limpian del todo.
Amor es también un día sin almorzar, otro con moscas;
el trono en el que Dios nunca se sienta
a repartir sonrisas como panes.
Un tapete en el patio junto al perro,
la flor de un puñetazo en la mandíbula.
Hay que regar con sangre sus almácigos.
Hay que cantar su salmo a cuatro patas.
Mejor hagámoslo ahora que el día va a comenzar,
su natalicio es traje de borlote;
hagámoslo hasta que la última estrella se desnude.
Se acumula en bandejas la abundancia
porque el día va a empezar
y cómo duermes tú, cangreja de ámbar.
Asómate al abismo de ese baúl sin asas.
Ven conmigo a integrar el combustible humano.
Remáchate el carácter contra un muro.
Ábreles sus compuertas a las ganas
de salir a escuchar mientras escuchas
el programa risueño de los pájaros.
El animal de Dios ya asoma la melena:
el monstruo que se come media noche,
y cómo duermes tú, pianola en llamas,
mi reptil con pestañas de señora.
Quiero asumir el riesgo de mis bronquios
y llevarte a brincar de puro gusto
y si puedo también de puro vidrio.
No estés tan sola, amada, en el severo púlpito del mando.
No estés tan cabizbaja en tu hermosura;
arrójale aerolitos al fracaso, señora de lo cerca y de lo lejos.
La noche, remojándose en su charco,
le huele una rodilla a tu destino.
¡Qué horror por ese huevo en que te anidas
como una enfermedad de terciopelo!
Entra la primavera inflando nubes.
Lo sabe el hombre y se le calienta el rayo.
Lo sabe la mujer y busca un hoyo
donde meterse a germinar su dicha.
El azúcar del sol llega en costales.
Los árboles la prueban y florecen,
quedan embarazados de mil frutos.
Aquí ya es primavera con su escolta
de estrellas encalándole a la noche
los muros para dar comienzo al baile.
La oigo pasar desnuda entre las flores
y ella misma se rasca en las cortezas
la emoción de dormir con un amante.
Admira por la forma de su escote
de tantas margaritas, que hasta duele
ponerle allí la mano de los ojos.
Es el mes que suspira por las nubes.
El que ensaliva todas las gladiolas.
Le revive a la vid su mano seca,
invade el corazón que es un tumulto
y estrena en el cumpleaños de la larva.
El que pone su mano en los deseos
que braman y se muerden encerrados
en el corral sin muros del instinto.
La noche lleva aretes de relámpago
y un collar de aguaceros.
Estoy leyendo un libro donde se oye
llover;
letras mojadas brincan a la mesa
en busca de algún techo o una sombrilla.
Las sílabas abordan el lenguaje
temerosas de ahogarse.
También es primavera en la lectura.
La veo salir de allí, ya desvestida;
con su tiempo lluvioso se introduce
debajo de las camas. A los cuartos.
Saca una lengua larga en que se envuelve;
su mano abre mis piernas y se posa
en donde más aprietan las costuras.
Abril contempla esta labor de flores
desde un sillón de plumas y retoños.
Mi mamá fue modista muchos años,
por eso, con sus hábiles puntadas,
le teje a la estación túnicas frescas.
Señora de los suéteres, le digo;
reina de los ajuares y las lágrimas.
Mujer de los bordados, le susurro.
Arropa con tus manos la negrura
que cubre al corazón como una hiedra.

Pienso que va a llover, querida espada.
Revientan los tumores del escrúpulo,
se les cae el calzón a mis preguntas:
¿Viniste del averno a enflaquecerme?
¿La soberbia te crió bajo su cola
sólo para ceñirme de aflicciones?
Una nube te brota por la ceja
y yo el valle de lágrimas transito
donde mora la luz atada a un sauce.
La memoria estimula, desperézate.
Perfúmate esa carne de ave altiva.
Tu actitud en mi honor es una estaca.
Oh majestad en un convoy sin frenos.
Autora de mis fémures hinchados.
Abrazo que me enreda su neblina.
Cumbre donde la poesía posa su prosa,
orden sacerdotal que yo profeso
—como un volcán bebiendo litros de hombre—
sin vocación, ni obispo ni misales.
Ahí se sienta a carcajear tu estirpe.
Ahí se orina de placer tu santo.
Conozco los arrieros del romance
que transitan los siglos siempre pobres.
Y a muchos querubines que se alisan
el amor con la mano de la gloria.
Vámonos a correr, aunque nos parta
el rayo sin comer de la pelea.
Amada, tú padeces por la espiga
a veces tan cortante de mi culpa
y yo en tu garabato me destruyo.
Las cuatro esquinas de mi ser me duelen
cuando vacías de sopetón tu alma.
Vámonos a la fronda y olvidémonos
que en el estante vive una pistola
que me malaconseja con tres balas,
desde que los problemas en nosotros
traen en las sienes yerbas para el aire.
Déjame ser tu perro de uñas rotas,
tu apéndice altanero como un toro,
el buitre que se coma tus legañas,
la mosca que tú aplastes de un chanclazo,
por hoy, sólo por hoy, aunque mañana
volvamos a rondar nuestro albedrío
de padecernos mudos, diente a diente.
Vámonos ya a habitar el corazón,
ése que tú confundes con los trenes.
Vámonos ya y te regalo el mundo
si dejas que recueste mi quebranto
en el cojín azul de tu confianza.
Desbarato adjetivos, si me ordenas;
acerco a tu rescoldo los apuntes
en los que guardo algún dolor portátil.
Armado de tu pecho hasta la boca
déjame ser tu patria de bolsillo.
Quiero bailar contigo en cualquier parte.
Tu lumbre no me espanta hija del viento,
tampoco el Diablo con sus cocodrilos.
Quieres venir, lo leo en los renglones
de tus pómulos.
En tu nariz con hambre de la mía.
Me moriría si yo no te llevara
como un escapulario en el pescuezo.
Conoces mis derrotas, pulmonaria,
vámonos pues, ahora, licopodia.
Verás bajar un ángel de su peana
para invitarte a ver el espectáculo.
Vámonos pues, ahora, flor de mirto,
vámonos a almorzar o a lo que gustes,
que animales de amor es lo que somos
y animales de amor siempre seremos.

Estírate, respira, resplandece,
ponte ya el corazón o la persona.
Ponte tu ojo de liebre, Salomé,
y baila aunque me corten la cabeza.

   
             
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