P O R T A D A                 Texto    
      Cristian Palazzi   punto de encuentro
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Visiones

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Movimiento

Despacio va viniendo, se hace
rompiendo el letargo inquieto de la duda.
Uno se pasea hasta la útima gota antes
de desfallecer delante los muertos. Poco a poco,
más acá resuena un eco, reberbera la garganta en furioso hueco,
¿quién lentamente me agota, donde estoy en ello?

Es una chapa blanca el frío de esta nocturnidad. Viscoso el ser,
amorfo, informe,
amorfas reflexiones sobre el espasmo hermético.

Crían en las cavidades, como huella de la imperfección, un ladrido negro les sirve de almohada.. Y cuando desnudo, por dentro, me concentro en salir de sí para volver a mí y no dañarme con la lanza cegadora de la rotura,

entonces me sedo, me duermo, tintineo,

y ya no soy el mismo.

 

 

 

Se puede seguir diciendo
que ha muerto la poesia,
o ¿para qué poetas
en tiempos de indiferencia?

Se puede aullar aún,
que no cantar, magullar tan solo
la blanda piel que resta.

Hablar. O seguir nombrando
la vida como principio de todo
o la muerte como infortunio.

Soñar
reviste el otro lado,
estar, más acá que ser, nombrar:
saber decir lo que alcanza la poesia.

 

 

 

La piedra como indivisa
recuerda a un ciego cuya
mirada es sombra. Esos
ojillos malcerrados, esas
pestañas no encierran nada,
no se ve la exterioridad.

Ese cuerpo
friega con los demás cuerpos
por medio del calor y el frio,
entonces la mañana no es bella
por sus colores sino por la caricia
solar, el lago
no vive de algas
ni siquiera de peces, vive solo
de la lluvia. De la espesa lluvia
que le convierte en mundo.

 

 

 

Más adentro que la grieta, o que el silencio o
que la cueva. Tan adentro que se torne
fresca la impresión de estar vivo.

 

 

 

Se estremece el suelo, el rojo desierto,
abundan los agujeros, se hace la pena al pisar.

Todo, en una tierra amasable y cristalina,
hijos del fuego y de la inconsistencia.

Y eso que las anémonas no dejan de revolotear entorno nuestro,
nos predicen y se dejan llevar por su fluido.

La verdad es que este cansino desperezarse
quizás no lleva donde relatan las abuelas en voz baja,
y se torna primario el deseo
más allá del verso. Entonces,

cuando la salubridad de la poetisa se ve amenazada.

Trastea su cuerpo magullado
recorriendo el sendero de las voces impuras que la penetran,
recurre al ingenio
(y siempre es capaz de zafarse de quien no le es digno)
y no puede ya mirarse en el espejo. Entonces se aleja. Tornea su
magullado pellejo y se despereza..

Cada día un día más.

 

 

 

Yo te observo.
Y tú me sientes desde la antecámara del cielo.
Y te retuerces:

             eres como un destello, como una sencilla chispa
             que no llega a fuego. Orgánicamente:
             respondes al deseo insatisfecho
             a la siempre viva raíz de la existencia,
             la que se desdobla al oler el sol
             y se enrosca furiosa antes de destapar el llanto.

No me consigues ver. No me consigues. Pero yo sí.

 

 

 

Bajo medallones sueño
un lugar mejor donde escondernos
esas humildes mañanas de baja
persiana de pestañas,
cuando hacíamos el amor entre revuelcos.

Como tierra, de fuego y de aire.
Juntos vivimos la frescura
de este despertar contínuo,
apaisado, letárgico.

Nos seremos nuevamente
bajo el aullido final,
y entonces las campanas sonarán
alrededor nuestro.

 

 

 

La verdad es una congoja nauseabunda
en forma de sonrisa desbordada,
más capaz que todo,
(se seca y se pone pálida la rosa,
se evita.)

Sobreviven sólo los embistes poéticos, la cadera-nuez, la actitud
del verso, la trastienda del tropo.

La senectud en cambio
se vive como un recuerdo,
y aunque algunos morirán por la victoria final
los caballos permanecen ligados con sus bridas
al suelo.

 

         
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