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PLANTO
A mi padre
J. M. P. L.
(1936-1995)
Me
gusta andar por la ciudad
cuando viste su fino gabán de melancolía,
y sin prisa,
con el párpado hincado en el coraje,
llorar a mis muertos.
Lentamente
llorarlos,
tal la caída de la última caricia a lo profundo
de sus huesos,
así, como no queriendo.
Lento,
en tanto la lágrima esgrima busca el umbral del lamento,
e intenta eliminar todo rastro de locura,
todo bosquejo de sonrisa.
*
¡
Hey ! dime:
¿Qué se escucha cuando rueda la pena
por la orilla del catafalco desierto?
¿Qué pasa con el golpe de la pisada asesina?
¿Qué pasa con la semilla?
¡¿Qué
pasa?! ¡Díganme! Dime:
¿Qué pasa con la música del beso,
con el amor acumulado en la sangre,
con el temor a estar muerto?
Harto
de tanto dolor,
vagabundeo con mis dos alegres titiriteros:
la soledad al izquierdo, la muerte al derecho.
Harto
de tanto dolor,
de tanto respiro necio:
os lo digo,
de aquí no hay salida...
si no por entre el suspiro de los deudos.
TUXTLAS
Algunos árboles son transparentes y saben hablar
Gonzalo Rojas
El abuelo lo sabe, pero uno se pregunta:
¿Qué harán los árboles bajo la
niebla?
Quizás
acaricien la cabellera del vecino
y le espulguen los frutos ya maduros,
los nidos mal heridos.
Habrá
quienes se desvistan sin pudor alguno,
olviden su condición sedentaria,
y bailen y beban goliardamente enloquecidos,
y se escuche por doquier: "¡Vino! ¡Vino!...
¡más Vino!"
Los
más ancianos han de contar antiguas leyendas,
historias de hachas y sierras,
de masacres y olvido,
de robledales y pinedas extintos.
Quizá se miren >< y se pregunten ¿?:
quién será el próximo que caiga,
y sea entonces piano, cama, muro...
alimento del hogar, o centurión de los mulos.
Algunos
han de jugar a la ouija con las escolopendras,
o se lamenten por no poderse quitar aquel hongo
que les provoca morir de risa,
rápido, aprisa.
Quizá,
con las piernas abiertas, soberbia,
envuelta en copal,
ha de estar la Ceiba.
Abierta:
dando a luz los cantos y los colores,
de todos los pájaros,
de todas las flores.
Quizá,
en verdad, no hagan nada de esto,
y nos miren con la clemencia de un dios antiguo,
y se pregunten:
Y esas pequeñas criaturitas... ¿qué harán
bajo la niebla?
MARINA
No
es verdad que el agua marina sea salada.
Sucede que cuando nace bajo el horizonte,
es dulce y clara;
pero a medida que se acerca a la costa
envejece y se amarga,
se
enturbia y se sala.
Es por esto
que nunca nadie ha probado la dulce agua del mar.
Excepto,
aquellos que algún día zarparon
para nunca regresar...
Publicados
originalmente en el libro Imago,
Universidad Autónoma Metropolitana, 1996.
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