P O R T A D A                 Cuervo    
      Miguel Ángel Zapata   punto de encuentro
  33 aire - poesía    

Poemas de
La vela del cuervo

  índice de autores
             
         

 

La lluvia siempre sube

¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?
César Vallejo

 

Ahora comprendo porque la lluvia
siempre sube por el corredor del cielo
para encontrarte.
Hoy quiero salir a caminar y volver
cuando sea necesario.
¿Por qué siempre hay que volver?
¿Por qué no esperar a que la lluvia se
suspenda como una acróbata en el malecón
para que nosotros podamos contarle nuestras
perlas al mar?

¿Y cuando la lluvia suba, por qué no retornar
a la casa que te espera?

Y allá arriba pareciera que todo ha muerto,
hasta el faro de la playa que te llama
con la neblina de la noche.

Abajo los perros soñolientos beben agua de
las calles, y los cuervos solitarios acampan
temerosos en la pradera de la playa.

Mi casa está sola: su luz amarilla se niega
a desaparecer en el pasillo.

 

 

 

La ventana

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar, y solo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando este día parece propicio para descubrir los terrenos insondables.

Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras un demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.

 

 

 

Mi cuervo anacoreta

Mi cuervo brilla con el sol y nadie puede verlo como canario. Escribe con su pico la soledad de la noche y tamborea su cántico ante la gruta del agua que lo ve caer sin una letra. Mi cuervo es pájaro anacoreta, canario esculpido con carbón. El cuervo que se colaba por las alcobas es más vivo que loro verde repitiendo sílabas sin son. Mi cuervo brilla y brilla mejor que un cometa prendido en el cristal. Ya se posa en mis papeles cuando le hablo sin pensarlo, y cuando me mira es un aire emplumado, flauta de tinta que gotea mi envoltura.

 

 

 

Mi cuervo se desata

Yo aquí con mi pico curvo soy hermoso: me desea la cuerva blanca que vive en la nevada, mi negrura es divina y en la miel descansa con la blanca tinta que brota de su cueva rumorosa. Me persiguen los pájaros de churrigüera por no creer en su río de barro y de negrura: yo paseo campante por las siete esferas con la abeja de la flor de Liz. Aquí la superficie es curva como mi pico jovial, además, con estas alas avanzo hacia el boscaje de tu gran labio, para que otra vez me releas y te dilates, y vuelvas a chillar con mi voz de ave de la calle.

 

 

 

Las dunas

Pienso en aquella flota de nubes que baja a mi patio con la humedad de las rosas. Mi mente viaja por la lejanía de los muelles, por las tablas abandonadas en el naufragio de los ríos. Intento en vano abandonar la imagen del mar mirando las nubes que ya están en mi cabeza. El mar está en mi sangre y es el clavel caliente que me vigila cuando escribo. Me observa mover mis huesos mientras un río de leche baja de las nubes. Soy una nube y quiero volar con ellas para penetrar su vientre lleno de agua salada. El mar se mueve en su laberinto: no necesito verlo para saber de su blando movimiento, del hilo que me rodea y me lleva hacia su cosmos, la aurora de su sencilla felicidad. Tal vez por eso amo las dunas, son mi consuelo, el laberinto y la espada sin centro. Escribo al lado del árbol y no puedo destejer las redes de la piedra con amor. En cambio, encuentro otro laberinto en este aire, su caos azaroso me lleva a escribir el primer disparo en la oscuridad.

 

 

 

Voy a escribir algo

Imagino que voy a escribir algo sobre el perro que mira extasiado los cristales o sobre el blancor intenso del árbol que permanece de pie como un enorme ángel con espadas. Imagino que voy a subirme a los pinos para tomar fotos de los copos de nieve que se van deshaciendo sobre la arena. Pienso en pedir al cielo la gracia de la lluvia fresca. Desnudo, rezo. Los cerros desesperados se agarran del sonido de la luz del sol que nos derrite, y las rosas amarillas susurran en el patio con mi perro.

 

 

 

Ya no tengo ángel de la guarda

Ya no tengo ángel de la guarda. Un día inesperado se perdió en la llanura buscando la plenitud y el reposo. A pesar de todo, el movimiento del cielo no cesa todavía. Sigo caminando por el bosque con los ojos abiertos, y a veces siento en el aire una breve eternidad. Pienso que mi ángel de la guarda - por ese inmenso cariño por las islas - está de custodio de las profundidades del mar, que después de todo, es la otra cara del cielo. Sé que no está en el monte Nebo contemplando el tiempo que vendrá. Mi ángel tenía una larga cabellera negra y sus ojos te seguían por todas partes. Cuando iba de paseo en mi bicicleta su cabello era una llamarada de fuego negro que llamaba la atención en todo el vecindario. Nadie la podía ver, excepto mi perro que agachaba la cabeza cuando volaba por encima de los geranios. Ya no tengo ángel de la guarda. Ahora camino solitario por las oscuras calles de los pinos y presiento que alguien todavía me vigila.

 

 

 

Mi perro observa

Parece que finalmente llegará la lluvia: mi perro observa atento como van llegando las nubes gordas por detrás de los cerros. Escribo con las patas de mi perro penetrando la arena del árbol más grande del jardín. Cuando la lluvia llega hay una mezcla de alegría y tristeza, algo que no se puede explicar con palabras. De pronto cambia el tono del paisaje, las astillas de la luna se clavan en la ventana que da a la sala, el árbol alumbra el patio sin hojas, y los geranios cambian el color del cielo. El cielo rojo envejece con las nubes y mi perro le saca la lengua a los pájaros muertos.

 

 

 

Camino a Logroño

Salgo a la estación del autobús. El cielo extrañamente gris baja con el vaho a la ciudad. La noche anterior me había acostado temprano como nunca, y no creí más en las supersticiones. Desnudo volví a pedir ante la sombra un poco de sosiego para mi alma agotada y perdida. Toda la noche el perro de Goya había estado lamiéndome los brazos, desesperado lloraba por su amo que salía de un pozo vestido de negro. El perro no podía ladrar de la pena, y me miraba con ojos lánguidos y movía ligeramente la cola. Es que el mundo es un pozo, me decía, y estamos aquí para velar por el alma de nuestros amos. Y me repetía: veo en tus ojos que tu alma es como la mía, pero no tienes cola. Claro, le dije, pero en casa tengo un pequeño perro que vuela con un ángel desconocido por el vecindario. Mi ángel decidió abandonarme por un tiempo pero a veces lo veo en los ojos de mi perro.

Y ahora que voy por los campos verdes de Soria, veo decenas de ovejas pastando con algunos perros felices que esperan la lluvia de mayo con esmero. Nunca vi cerdos tan alegres regodeándose bajo el sol. Las vacas cruzaban sin prisa los arroyos, y miraban de reojo a los perros mientras rumiaban de contento. Al perro de Goya le hubiese gustado estar aquí entre este celeste cielo y estas nubes que tocan las colinas. Mientras observo el paisaje pienso en la distancia del tiempo y aquellos que quieren quemar tus sueños. Quería bajarme del autobús y correr por estos campos, y quedarme a escribir las primeras señales. Me esperan en Logroño, pensé: la lluvia y el cielo de Logroño, la vid y las flores de Berceo. Vuelve a llover. Y de repente regresa el olor de los pinos, la neblina que los enciende con los pájaros, y vuelvo a ver el mar que por aquí no viene sino del cielo, con su forma de manifestar su presencia en mi cabeza. Escribo en el cementerio con los mausoleos que alumbran a la rubia que corre bajo el agua. Sus prendas interiores vuelan por el aire de estos valles, golpean la ventana del autobús.

Otra vaca hermosa bebe agua del arroyo: su único pasatiempo es mirar el agua y azotar a los insectos que viven en su enorme lomo. Sus orejas me escuchan hablar solo en el autobús.

 

 

 

La cama

Haz que tu ojo en la habitación sea una vela
Paul Celan

Tendido sobre la cama en una habitación de hotel leía "El tordo" de Turguénev. En este cuarto sin ventanas he sentido con mayor fuerza mis heridas. Pero a diferencia del texto de Turguénev, mis heridas no eran de amor, y los nubarrones que yo sentía provenían de otra borrasca. Sin embargo, sólo le pedía un milagro a la noche: conciliar el sueño. Recordé la oración por los insomnes de Rilke y balbuceaba: "a quién debo llamar sino a tí, que eres oscuro y más nocturno que la noche, al único que, sin lámpara, puede velar sin miedo…". Abrí mi cuaderno y escribí unas palabras a lápiz que ya no reconozco.

Ví al mismo niño esperando el caballo de papá cruzar el puente del río salado. Mi hermana Carmen miraba la polvareda que bajaba del cielo como un castigo. Tendido sobre la cama no podía conciliar el sueño. En otras ocasiones los pájaros siempre me aliviaron con su fuerza sólo comparable a la voz irracional de la naturaleza. Las oraciones no llegaban a mi alma, se quedaban afuera entre el humo de las calles. Orar es subir a la cima de tu alma.

Rebuscando entre mis libros recién comprados en La Gran Vía hallé por suerte uno de Celan, y estos versos: "Las dos puertas del mundo están abiertas". Algo me tranquilizó, el Santo Santo, el Hosanna, Hosanna aquí en las alturas de este cuarto, entre sus nubes que bajan a llevarme en su vuelo, mientras el mal olor de la calle subía por las paredes de mi cuarto.

Celan tenía temor de las rejas y de las sombras, pero conocía bien las fuentes y el susurro de las rosas. En "También esta noche" dice algo que no voy a olvidar: "Con mayor plenitud, / pues también cayó nieve sobre este/ mar en que nada el sol, / florece el hielo en las cestas/ que llevas a la ciudad. / Arena/ pides por él, / pues la última/ rosa en casa/ quiere también esta noche ser nutrida/ de la hora que corre". La nieve sobre el mar por donde nada el sol: la hora corre por todas las cosas, y por la cortina que recubre la pared sobresale el deseo de abrir un hueco sin crear un abismo. Es que hay noches que suenan como campanas cuando uno va por ahí con rosas bajo el brazo en busca de alguna mujer desconocida. Porque hay noches en que uno se tropieza con las piedras, y vaciamos en vano todos los jarrones sin agua. El jarrón de Sancho, por ejemplo, siempre estuvo lleno, aquel filósofo que venció a su demonio en La Mancha. Por ahí lo vi tratando de sacarme de este lío mientras el hueco se caía de la pared colgada como un gran cuadro de la Vida Dulce.

El fulgor no llegaba, y los muertos nos reclamaban los muslos firmes que corrieron sobre ellos en el cementerio para descansar en paz.

Ahora desalojo mi alma del polvo y de la nieve: la vacío desde la cima, con una vela para dormir.

 

 

 

Viajando en tren

Viajo en tren mirando el mar mediterráneo.
Qué delicia esta vista.
Aquí comienza el mundo: los ángeles se bañan
desnudos en el espumoso mar.
El caracol avanza hacia la cima sin contratiempos.
Un coro de piedras nos canta en el vagón y las rosas se levantan
su traje azul para poder ver el océano sin fondo.
En el tren mi pobre silencio.
He estado en varios trenes pero éste es el más bello.
No hay nadie: sólo un televisor que no me mira y una luna que no se siente.
El mar está desnudo y es mi camino.
La jauría está lejos de mí, y este aire me limpia con los hilos del horizonte.
Mi ojo es una lupa que se escabulle bajo los pinos que crecen en el mar.
Nunca vi pinos más hermosos, largos y serenos navegan hacia otro blancor.
Aquí no hay árboles que tumbar, sólo párpados que
sortean el cautiverio de las rocas.
Aquí cantan las piedras enterradas, los muertos que recuerdan los grandes barcos perdidos en alta mar.
No hablo de la rosa que flota sino de la rosa que oye el agua.
La rosa que es azul y es la grieta, el asta y el cordel del cielo.
El cielo nos mira y nos escribe, no necesitamos decirle nada.
El cielo tiene flores y habla de otra manera: su fragancia viene de las redes de las islas, de la bruma que irradia el sol cuando abre su boca para abrazarnos.
Busco una isla con mi canoa pequeña, desde mi bosque de sombras diviso una llama mientras me ladra el mar.

 

 

 

Cairn Terrier

A Christian, en sus ocho años

Mi perro tiene alma,
por eso lo enloquece el geranio púrpura del jardín.
Su único pecado es tratar de atrapar los pájaros
que vienen a beber agua de la fuente de nuestro
patio. Le gusta oír a Mozart cuando llueve, y suele
bailar sobre un puñado de arena cuando hace sol.
El modifica el desierto con sus pequeñas patas y
conoce como nadie el otro lado del jardín.
No tiene memoria, por eso es feliz.

 

 

 

Mi caballo se ha quedado sin estrellas

Mi caballo se ha quedado sin estrellas. En la noche ya no levanta la cabeza para leer el firmamento ni tampoco corre libremente sin temer el desfiladero. Por primera vez ha sentido el vacío que otorga la tinta a los olvidados, y galopa con el hocico babeante por la enramada. Mi caballo ya no relincha como antes, el amor le ha carcomido la mente y los nervios. Su pelaje vuela con el viento mientras pasta bajo el sol o camina entre la niebla de la ciudad, y espera y espera el regreso del gran fuego para que lentamente lo depure.

 

 

 

Mar reseco

Aquí hay un mar reseco y cerros que vienen y van para encontrar su flama. El polvo tiene el color de la cerrazón: sólo con siete palmeras se puede escribir un milagro. El sol irradia su fuego sobre la piedra que señala el tiempo que vendrá: es el reloj sin tiempo que marca mi hora en esta ciudad de arena que me dice cuándo he de bajar a domar sus caballos negros. La ciudad está aquí galopando trémula, al lado del río crece y crece entre el abismo lleno de sangre.

 

 

 

Saint Escolástica

Allá fue, en Canon City

Ahora observo la rosa desde la ventana en el cuarto de la rectoría: el daguerrotipo viejo lee mi memoria. Duermo aquí, detrás del árbol que cuidan las hermanas, en medio de las flores que me dicen de su sombra y su delicia. Los frailes sin zapatos levitan sobre los arces. En la rectoría se detiene el tiempo, y cada noche absorbo con lentitud la soledad de otros: esta noche contemplo la foto de Emily, a quien me hubiera gustado conocer para caminar con ella por las calles de Amherst, o sólo sentarme a escuchar sus poemas al lado de la ventana. Ahora el sol y el agua inundan los techos: por estos lares el clima se enciende furioso o se apaga lentamente. No hay vacío pero sí una desesperación dulce que suele traer la duda y la espera de la nieve. Deberé seguir enseñando, borrando la pizarra o ser otro, el que huyó de las lenguas de fuego del inmenso mar. Aún así, mis dedos trazan este cielo tan azul y el agua que respira en cada árbol, como si la vida fuera sólo una gota de agua que te revive. No quiero que esto sea un himno al desierto ni una plegaria del que duerme en la rectoría y desayuna todas las mañanas con las niñas del coro. Con todo, no podré olvidar sus voces frescas gritándome en los corredores, esperando los largos trazos de la pizarra, y el olvido de la lluvia en plena clase.

La luz del sol entra por todas las paredes de mi claustro, y las rodillas redondas son la memoria de la otra ciudad que ventilaba mis fracasos y mis sueños. Este cañón me trae el sosiego del cielo que me escribe, porque aquí se descuelga el árbol y las calles siempre están vacías de todo.

 

 

 

Apuntes para un loro que no conoce tristeza

Para mi hija Ana

El loro me mira desde su jaula y no me habla, parece que ya conoce la felicidad. No sé quién está adentro ni quién está afuera: él gira su cuello y mira hacia arriba, su cielo es un árbol seco desde donde se descuelga la primavera. Este loro sabe empuñar el aire con sus alas, y aún cuando presiente que no puede volar como quisiera, me mira y no me dice nada. A veces baila con su cuerpo ligero, se mece con el sol que cae a través del árbol que lo mira suspendido en el espacio de la jaula. Como la mariposa que no conoce tristeza, el loro construye un modo de vida ideal para que los geranios silben en la mañana: él sabe silbar y no me habla por algún motivo que desconozco. Es prestidigitador del silencio, y sabe estar callado como la poesía.

 

 

 

La iguana de Cassandra

Para Casandra Iris

Presiento que extrañas los arenales del desierto. No eres feliz, aún cuando mi hija te pone en el árbol de nuestro patio para que te sientas en casa. En tu mirada veo las dunas y una luna parda volando con la arena. A veces pienso dejarte ir pero no quiero ver triste a mi pequeña niña. Siempre recuerdo cuando te escapaste de tu tanque de cristal y luego te encontré meditando encima de mi ordenador: sorprendida mirabas mis palabras con luces y escuchabas las quenas de mi grabadora Quazar. Veo tus ojos plomos en los míos y pienso en el desierto: las dunas me atraen, sus líneas son femeninas, cada trazo es el pincel de un lenguaje sagrado que vive siglos bajo el sol. Así el mundo, la lengua, el poema que no quiero ya escribir. No sé si te compraré un tanque más grande, con algunos troncos elevados o te dejaré ir uno de estos días. Creo que morirías en este zoológico humano, además nadie te daría verduras ni lechugas frescas y calor. Ya quisiera volar al bosque de tu ensueño, dejar esta prisión de silencio y entrar en tus ojos plomizos para bailar en el desierto, donde alguna vez bailaremos desnudos bajo una tibia duna.

 

 

 

Puta Sal

Aquella muchacha de ojos verdes
se pasea por una playita solitaria
con su deslumbrante cabellera
trotando sobre un caballo negro.

El abismo es un lirio en la playa
de Tumbes.

Detrás de las palmeras está Dios
y su talento.

Una jungla memoriosa te roza las
entrañas.

Una rosa húmeda te cabalga como
un jinete que nunca conoció
cansancio.

El cansancio es para los muertos,
me dice la bruja.

Una rosa tupida se agita y relincha
sobre mi cuerpo de sal.

El mar del norte es un caballo de
paso, un redoblante que te rompe
el corazón.

Es bonito pasear por la arena mirándola
flotar sobre las ancas del mar,
es bonito tenerla a la hora del vino,
y para cuando salga la luna, su relincho
será el comienzo de otra tempestad.

 

   
             
          Miguel Ángel Zapata Datos sobre el autor   foro de opinión
  PORTADA                       aire - poesía   inicio de la página