La
lluvia siempre sube
¿Hasta
dónde me alcanzará esta lluvia?
César
Vallejo
Ahora
comprendo porque la lluvia
siempre sube por el corredor del cielo
para encontrarte.
Hoy quiero salir a caminar y volver
cuando sea necesario.
¿Por qué siempre hay que volver?
¿Por qué no esperar a que la lluvia se
suspenda como una acróbata en el malecón
para que nosotros podamos contarle nuestras
perlas al mar?
¿Y
cuando la lluvia suba, por qué no retornar
a la casa que te espera?
Y
allá arriba pareciera que todo ha muerto,
hasta el faro de la playa que te llama
con la neblina de la noche.
Abajo
los perros soñolientos beben agua de
las calles, y los cuervos solitarios acampan
temerosos en la pradera de la playa.
Mi
casa está sola: su luz amarilla se niega
a desaparecer en el pasillo.
La ventana
Voy
a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme
solo. Plantaré un árbol en medio de la calle,
y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré
pájaros que nunca volarán a otros árboles,
y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido
y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana.
Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas
volverán a volar en círculos sobre mi cabeza.
Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles
para que descanse la lumbre de sus olas.
Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme
solo. Así podré ver el cielo y la gente que
pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan
sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará
mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del
mar, y solo vería el horizonte como una luciérnaga
con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al
otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y
la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya
una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo
a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando
este día parece propicio para descubrir los terrenos
insondables.
Voy
a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo,
me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire
como si fueras un demente que quiere ver el cielo y una vela
encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía
razón: el que mira desde afuera a través de
una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana
cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la
calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.
Mi cuervo anacoreta
Mi
cuervo brilla con el sol y nadie puede verlo como canario.
Escribe con su pico la soledad de la noche y tamborea su cántico
ante la gruta del agua que lo ve caer sin una letra. Mi cuervo
es pájaro anacoreta, canario esculpido con carbón.
El cuervo que se colaba por las alcobas es más vivo
que loro verde repitiendo sílabas sin son. Mi cuervo
brilla y brilla mejor que un cometa prendido en el cristal.
Ya se posa en mis papeles cuando le hablo sin pensarlo, y
cuando me mira es un aire emplumado, flauta de tinta que gotea
mi envoltura.
Mi
cuervo se desata
Yo
aquí con mi pico curvo soy hermoso: me desea la cuerva
blanca que vive en la nevada, mi negrura es divina y en la
miel descansa con la blanca tinta que brota de su cueva rumorosa.
Me persiguen los pájaros de churrigüera por no
creer en su río de barro y de negrura: yo paseo campante
por las siete esferas con la abeja de la flor de Liz. Aquí
la superficie es curva como mi pico jovial, además,
con estas alas avanzo hacia el boscaje de tu gran labio, para
que otra vez me releas y te dilates, y vuelvas a chillar con
mi voz de ave de la calle.
Las dunas
Pienso
en aquella flota de nubes que baja a mi patio con la humedad
de las rosas. Mi mente viaja por la lejanía de los
muelles, por las tablas abandonadas en el naufragio de los
ríos. Intento en vano abandonar la imagen del mar mirando
las nubes que ya están en mi cabeza. El mar está
en mi sangre y es el clavel caliente que me vigila cuando
escribo. Me observa mover mis huesos mientras un río
de leche baja de las nubes. Soy una nube y quiero volar con
ellas para penetrar su vientre lleno de agua salada. El mar
se mueve en su laberinto: no necesito verlo para saber de
su blando movimiento, del hilo que me rodea y me lleva hacia
su cosmos, la aurora de su sencilla felicidad. Tal vez por
eso amo las dunas, son mi consuelo, el laberinto y la espada
sin centro. Escribo al lado del árbol y no puedo destejer
las redes de la piedra con amor. En cambio, encuentro otro
laberinto en este aire, su caos azaroso me lleva a escribir
el primer disparo en la oscuridad.
Voy a escribir
algo
Imagino
que voy a escribir algo sobre el perro que mira extasiado
los cristales o sobre el blancor intenso del árbol
que permanece de pie como un enorme ángel con espadas.
Imagino que voy a subirme a los pinos para tomar fotos de
los copos de nieve que se van deshaciendo sobre la arena.
Pienso en pedir al cielo la gracia de la lluvia fresca. Desnudo,
rezo. Los cerros desesperados se agarran del sonido de la
luz del sol que nos derrite, y las rosas amarillas susurran
en el patio con mi perro.
Ya no tengo
ángel de la guarda
Ya
no tengo ángel de la guarda. Un día inesperado
se perdió en la llanura buscando la plenitud y el reposo.
A pesar de todo, el movimiento del cielo no cesa todavía.
Sigo caminando por el bosque con los ojos abiertos, y a veces
siento en el aire una breve eternidad. Pienso que mi ángel
de la guarda - por ese inmenso cariño por las islas
- está de custodio de las profundidades del mar, que
después de todo, es la otra cara del cielo. Sé
que no está en el monte Nebo contemplando el tiempo
que vendrá. Mi ángel tenía una larga
cabellera negra y sus ojos te seguían por todas partes.
Cuando iba de paseo en mi bicicleta su cabello era una llamarada
de fuego negro que llamaba la atención en todo el vecindario.
Nadie la podía ver, excepto mi perro que agachaba la
cabeza cuando volaba por encima de los geranios. Ya no tengo
ángel de la guarda. Ahora camino solitario por las
oscuras calles de los pinos y presiento que alguien todavía
me vigila.
Mi
perro observa
Parece
que finalmente llegará la lluvia: mi perro observa
atento como van llegando las nubes gordas por detrás
de los cerros. Escribo con las patas de mi perro penetrando
la arena del árbol más grande del jardín.
Cuando la lluvia llega hay una mezcla de alegría y
tristeza, algo que no se puede explicar con palabras. De pronto
cambia el tono del paisaje, las astillas de la luna se clavan
en la ventana que da a la sala, el árbol alumbra el
patio sin hojas, y los geranios cambian el color del cielo.
El cielo rojo envejece con las nubes y mi perro le saca la
lengua a los pájaros muertos.
Camino
a Logroño
Salgo
a la estación del autobús. El cielo extrañamente
gris baja con el vaho a la ciudad. La noche anterior me había
acostado temprano como nunca, y no creí más
en las supersticiones. Desnudo volví a pedir ante la
sombra un poco de sosiego para mi alma agotada y perdida.
Toda la noche el perro de Goya había estado lamiéndome
los brazos, desesperado lloraba por su amo que salía
de un pozo vestido de negro. El perro no podía ladrar
de la pena, y me miraba con ojos lánguidos y movía
ligeramente la cola. Es que el mundo es un pozo, me decía,
y estamos aquí para velar por el alma de nuestros amos.
Y me repetía: veo en tus ojos que tu alma es como la
mía, pero no tienes cola. Claro, le dije, pero en casa
tengo un pequeño perro que vuela con un ángel
desconocido por el vecindario. Mi ángel decidió
abandonarme por un tiempo pero a veces lo veo en los ojos
de mi perro.
Y
ahora que voy por los campos verdes de Soria, veo decenas
de ovejas pastando con algunos perros felices que esperan
la lluvia de mayo con esmero. Nunca vi cerdos tan alegres
regodeándose bajo el sol. Las vacas cruzaban sin prisa
los arroyos, y miraban de reojo a los perros mientras rumiaban
de contento. Al perro de Goya le hubiese gustado estar aquí
entre este celeste cielo y estas nubes que tocan las colinas.
Mientras observo el paisaje pienso en la distancia del tiempo
y aquellos que quieren quemar tus sueños. Quería
bajarme del autobús y correr por estos campos, y quedarme
a escribir las primeras señales. Me esperan en Logroño,
pensé: la lluvia y el cielo de Logroño, la vid
y las flores de Berceo. Vuelve a llover. Y de repente regresa
el olor de los pinos, la neblina que los enciende con los
pájaros, y vuelvo a ver el mar que por aquí
no viene sino del cielo, con su forma de manifestar su presencia
en mi cabeza. Escribo en el cementerio con los mausoleos que
alumbran a la rubia que corre bajo el agua. Sus prendas interiores
vuelan por el aire de estos valles, golpean la ventana del
autobús.
Otra
vaca hermosa bebe agua del arroyo: su único pasatiempo
es mirar el agua y azotar a los insectos que viven en su enorme
lomo. Sus orejas me escuchan hablar solo en el autobús.
La
cama
Haz que tu ojo
en la habitación sea una vela
Paul Celan
Tendido sobre la cama en una habitación de hotel leía
"El tordo" de Turguénev. En este cuarto sin
ventanas he sentido con mayor fuerza mis heridas. Pero a diferencia
del texto de Turguénev, mis heridas no eran de amor,
y los nubarrones que yo sentía provenían de
otra borrasca. Sin embargo, sólo le pedía un
milagro a la noche: conciliar el sueño. Recordé
la oración por los insomnes de Rilke y balbuceaba:
"a quién debo llamar sino a tí, que eres
oscuro y más nocturno que la noche, al único
que, sin lámpara, puede velar sin miedo
".
Abrí mi cuaderno y escribí unas palabras a lápiz
que ya no reconozco.
Ví
al mismo niño esperando el caballo de papá cruzar
el puente del río salado. Mi hermana Carmen miraba
la polvareda que bajaba del cielo como un castigo. Tendido
sobre la cama no podía conciliar el sueño. En
otras ocasiones los pájaros siempre me aliviaron con
su fuerza sólo comparable a la voz irracional de la
naturaleza. Las oraciones no llegaban a mi alma, se quedaban
afuera entre el humo de las calles. Orar es subir a la cima
de tu alma.
Rebuscando
entre mis libros recién comprados en La Gran Vía
hallé por suerte uno de Celan, y estos versos: "Las
dos puertas del mundo están abiertas". Algo me
tranquilizó, el Santo Santo, el Hosanna, Hosanna aquí
en las alturas de este cuarto, entre sus nubes que bajan a
llevarme en su vuelo, mientras el mal olor de la calle subía
por las paredes de mi cuarto.
Celan
tenía temor de las rejas y de las sombras, pero conocía
bien las fuentes y el susurro de las rosas. En "También
esta noche" dice algo que no voy a olvidar: "Con
mayor plenitud, / pues también cayó nieve sobre
este/ mar en que nada el sol, / florece el hielo en las cestas/
que llevas a la ciudad. / Arena/ pides por él, / pues
la última/ rosa en casa/ quiere también esta
noche ser nutrida/ de la hora que corre". La nieve sobre
el mar por donde nada el sol: la hora corre por todas las
cosas, y por la cortina que recubre la pared sobresale el
deseo de abrir un hueco sin crear un abismo. Es que hay noches
que suenan como campanas cuando uno va por ahí con
rosas bajo el brazo en busca de alguna mujer desconocida.
Porque hay noches en que uno se tropieza con las piedras,
y vaciamos en vano todos los jarrones sin agua. El jarrón
de Sancho, por ejemplo, siempre estuvo lleno, aquel filósofo
que venció a su demonio en La Mancha. Por ahí
lo vi tratando de sacarme de este lío mientras el hueco
se caía de la pared colgada como un gran cuadro de
la Vida Dulce.
El fulgor no llegaba, y los muertos nos reclamaban los muslos
firmes que corrieron sobre ellos en el cementerio para descansar
en paz.
Ahora
desalojo mi alma del polvo y de la nieve: la vacío
desde la cima, con una vela para dormir.
Viajando
en tren
Viajo
en tren mirando el mar mediterráneo.
Qué delicia esta vista.
Aquí comienza el mundo: los ángeles se bañan
desnudos en el espumoso mar.
El caracol avanza hacia la cima sin contratiempos.
Un coro de piedras nos canta en el vagón y las rosas
se levantan
su traje azul para poder ver el océano sin fondo.
En el tren mi pobre silencio.
He estado en varios trenes pero éste es el más
bello.
No hay nadie: sólo un televisor que no me mira y una
luna que no se siente.
El mar está desnudo y es mi camino.
La jauría está lejos de mí, y este aire
me limpia con los hilos del horizonte.
Mi ojo es una lupa que se escabulle bajo los pinos que crecen
en el mar.
Nunca vi pinos más hermosos, largos y serenos navegan
hacia otro blancor.
Aquí no hay árboles que tumbar, sólo
párpados que
sortean el cautiverio de las rocas.
Aquí cantan las piedras enterradas, los muertos que
recuerdan los grandes barcos perdidos en alta mar.
No hablo de la rosa que flota sino de la rosa que oye el agua.
La rosa que es azul y es la grieta, el asta y el cordel del
cielo.
El cielo nos mira y nos escribe, no necesitamos decirle nada.
El cielo tiene flores y habla de otra manera: su fragancia
viene de las redes de las islas, de la bruma que irradia el
sol cuando abre su boca para abrazarnos.
Busco una isla con mi canoa pequeña, desde mi bosque
de sombras diviso una llama mientras me ladra el mar.
Cairn Terrier
A
Christian, en sus ocho años
Mi
perro tiene alma,
por eso lo enloquece el geranio púrpura del jardín.
Su único pecado es tratar de atrapar los pájaros
que vienen a beber agua de la fuente de nuestro
patio. Le gusta oír a Mozart cuando llueve, y suele
bailar sobre un puñado de arena cuando hace sol.
El modifica el desierto con sus pequeñas patas y
conoce como nadie el otro lado del jardín.
No tiene memoria, por eso es feliz.
Mi
caballo se ha quedado sin estrellas
Mi
caballo se ha quedado sin estrellas. En la noche ya no levanta
la cabeza para leer el firmamento ni tampoco corre libremente
sin temer el desfiladero. Por primera vez ha sentido el vacío
que otorga la tinta a los olvidados, y galopa con el hocico
babeante por la enramada. Mi caballo ya no relincha como antes,
el amor le ha carcomido la mente y los nervios. Su pelaje
vuela con el viento mientras pasta bajo el sol o camina entre
la niebla de la ciudad, y espera y espera el regreso del gran
fuego para que lentamente lo depure.
Mar reseco
Aquí
hay un mar reseco y cerros que vienen y van para encontrar
su flama. El polvo tiene el color de la cerrazón: sólo
con siete palmeras se puede escribir un milagro. El sol irradia
su fuego sobre la piedra que señala el tiempo que vendrá:
es el reloj sin tiempo que marca mi hora en esta ciudad de
arena que me dice cuándo he de bajar a domar sus caballos
negros. La ciudad está aquí galopando trémula,
al lado del río crece y crece entre el abismo lleno
de sangre.
Saint Escolástica
Allá
fue, en Canon City
Ahora
observo la rosa desde la ventana en el cuarto de la rectoría:
el daguerrotipo viejo lee mi memoria. Duermo aquí,
detrás del árbol que cuidan las hermanas, en
medio de las flores que me dicen de su sombra y su delicia.
Los frailes sin zapatos levitan sobre los arces. En la rectoría
se detiene el tiempo, y cada noche absorbo con lentitud la
soledad de otros: esta noche contemplo la foto de Emily, a
quien me hubiera gustado conocer para caminar con ella por
las calles de Amherst, o sólo sentarme a escuchar sus
poemas al lado de la ventana. Ahora el sol y el agua inundan
los techos: por estos lares el clima se enciende furioso o
se apaga lentamente. No hay vacío pero sí una
desesperación dulce que suele traer la duda y la espera
de la nieve. Deberé seguir enseñando, borrando
la pizarra o ser otro, el que huyó de las lenguas de
fuego del inmenso mar. Aún así, mis dedos trazan
este cielo tan azul y el agua que respira en cada árbol,
como si la vida fuera sólo una gota de agua que te
revive. No quiero que esto sea un himno al desierto ni una
plegaria del que duerme en la rectoría y desayuna todas
las mañanas con las niñas del coro. Con todo,
no podré olvidar sus voces frescas gritándome
en los corredores, esperando los largos trazos de la pizarra,
y el olvido de la lluvia en plena clase.
La luz del sol entra por todas las paredes de mi claustro,
y las rodillas redondas son la memoria de la otra ciudad que
ventilaba mis fracasos y mis sueños. Este cañón
me trae el sosiego del cielo que me escribe, porque aquí
se descuelga el árbol y las calles siempre están
vacías de todo.
Apuntes
para un loro que no conoce tristeza
Para mi hija
Ana
El
loro me mira desde su jaula y no me habla, parece que ya conoce
la felicidad. No sé quién está adentro
ni quién está afuera: él gira su cuello
y mira hacia arriba, su cielo es un árbol seco desde
donde se descuelga la primavera. Este loro sabe empuñar
el aire con sus alas, y aún cuando presiente que no
puede volar como quisiera, me mira y no me dice nada. A veces
baila con su cuerpo ligero, se mece con el sol que cae a través
del árbol que lo mira suspendido en el espacio de la
jaula. Como la mariposa que no conoce tristeza, el loro construye
un modo de vida ideal para que los geranios silben en la mañana:
él sabe silbar y no me habla por algún motivo
que desconozco. Es prestidigitador del silencio, y sabe estar
callado como la poesía.
La iguana de
Cassandra
Para Casandra
Iris
Presiento
que extrañas los arenales del desierto. No eres feliz,
aún cuando mi hija te pone en el árbol de nuestro
patio para que te sientas en casa. En tu mirada veo las dunas
y una luna parda volando con la arena. A veces pienso dejarte
ir pero no quiero ver triste a mi pequeña niña.
Siempre recuerdo cuando te escapaste de tu tanque de cristal
y luego te encontré meditando encima de mi ordenador:
sorprendida mirabas mis palabras con luces y escuchabas las
quenas de mi grabadora Quazar. Veo tus ojos plomos en los
míos y pienso en el desierto: las dunas me atraen,
sus líneas son femeninas, cada trazo es el pincel de
un lenguaje sagrado que vive siglos bajo el sol. Así
el mundo, la lengua, el poema que no quiero ya escribir. No
sé si te compraré un tanque más grande,
con algunos troncos elevados o te dejaré ir uno de
estos días. Creo que morirías en este zoológico
humano, además nadie te daría verduras ni lechugas
frescas y calor. Ya quisiera volar al bosque de tu ensueño,
dejar esta prisión de silencio y entrar en tus ojos
plomizos para bailar en el desierto, donde alguna vez bailaremos
desnudos bajo una tibia duna.
Puta Sal
Aquella
muchacha de ojos verdes
se pasea por una playita solitaria
con su deslumbrante cabellera
trotando sobre un caballo negro.
El
abismo es un lirio en la playa
de Tumbes.
Detrás
de las palmeras está Dios
y su talento.
Una
jungla memoriosa te roza las
entrañas.
Una
rosa húmeda te cabalga como
un jinete que nunca conoció
cansancio.
El
cansancio es para los muertos,
me dice la bruja.
Una
rosa tupida se agita y relincha
sobre mi cuerpo de sal.
El
mar del norte es un caballo de
paso, un redoblante que te rompe
el corazón.
Es
bonito pasear por la arena mirándola
flotar sobre las ancas del mar,
es bonito tenerla a la hora del vino,
y para cuando salga la luna, su relincho
será el comienzo de otra tempestad.
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