EL
ASOMBRO
Asombrarme
de ver
cómo la flor se abre y el ruiseñor se acerca,
cómo el rocío resbala
y en su gota el reflejo de los árboles brilla,
cómo duerme en tus ojos
un incógnito duende de magia y locura,
cómo la cabra salta
y deja por los riscos su perfil de gigante,
cómo sueña la hormiga
en su rueda incesante de granos y agujeros,
cómo envuelve la oruga
en su cápsula el cuerpo deforme y luego es mariposa,
cómo el sol se arrebata
en cielos encarnados que luego traga el malva,
cómo llega el silencio
y traga en su penacho de negros la existencia
y contemplarlo todo
como si sucediera hoy por primera vez.
LA
INOCENCIA GANADA
Fue
primero el ingenuo palor del pabilo. La llama era cálida
y limpia. Venían
polillas danzantes a su halo y, lejos, la noche rendía
en las charcas el
canto de ranas y había en los árboles tibias
sonatas de grillos y luna
arrobada.
Hubo
luego la impronta feroz de la fronda surgente. El hondo latido
que marca
la tierra. La lluvia feraz y el verdor de la hierba. Las frescas
manzanas
vestían sus pieles de escarcha y el sol era un fuego
de halcones y jarcia.
Y
llegaron después las palomas heridas. La tarde vestía
un dolor de aceituna y de
ortiga y el agua lloraba rendida en el pálido azogue
del lago dormido. Las puertas se habían cerrado y un
légamo turbio llenaba de orín los rincones.
Con
los álamos rotos se hicieron entonces refugios umbríos.
Por toda la sierra
crecieron los ósculos, monstruos sonrientes de urbana
ansiedad que
aparenta ser libre pero no es más que un vértigo
negro que busca
esconderse de sí, olvidar su vacío interior,
renegar de la muerte y huir
sin cesar de la vida diciendo que así es la única
forma que hay de vivir.
Mas
las sombras dejaron también un lugar para el claro
de luna. Y hubo un bosque
y un duende tardío que vino montado en luciérnaga
y quiso dejarme su
vieja canción como mágica fórmula y yo
recobré la alegría de entonces.
He
encontrado una senda que es limpia y que se abre entre cañas
lozanas. Arroyos
fulgentes extienden regatos que brillan al sol y a la luna
y dejan
serpientes de luz por los campos. Y ahora recojo otra vez
los aromas de
siempre: la tierra mojada, la abierta madera, el barro y el
musgo, la
hierba que llena de amor la vereda
Canto
al fin la canción que olvidé y el recuerdo me
oprime y me hace llorar de
alegría, pues abro mi ser a la noche y al día
y dejo otra vez que me
inunde la antigua inocencia que ahora está iluminada.
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