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  31 aire - poesía    

Rito de mares
y sombras

(primera parte del libro distinguido con la Mención Honorífica Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» 2003)

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I
DE LOS MARES Y LAS SOMBRAS

 

1

 

Seguramente
—cuando la fiebre
es un voraz incendio
que amenaza con arrasar
la tierra entera,
cuando sólo quedan los grillos
que rompen el silencio arrasador
de un mundo inexplorado
donde la desolación
es señal inexorable
de lo breve del instante,
único como el destello fugaz del azul—
estarás bordeando las orillas
de una noche
en que parecen llover estrellas
en la otra cara de un mundo
que tus ojos nunca imaginaron:

Allí donde se deslumbraron las miradas
de aquella mañana primera
en que una delgada línea de tierra
separó a la mar del firmamento.

 

 

2

 

En la playa,
mientras alguien traza filigranas,
bellas caligrafías
en los mapas del anochecer,
desovan las tortugas
a la sombra de ese mar
que fuera visto por vez primera
una mañana de septiembre.

 

 

3

 

Aquí
—tal vez no lo sepas—
se edificó la estatua
de aquel que fue decapitado
en Acla
luego de contemplar
esas aguas deslumbrantes
que nunca se apaciguan
y el architalassos,
alucinado en un rapto de la iluminación,
aún se despeina
con el rumor de los vientos del nordeste,
mientras su nao avanza
hacia un poniente
que parece no tener alcance
y huye de las naos
como una presa mal herida
que se escabulle
a través de las tempestades
de todos los octubres.

 

 

4

 

Y muy lejos,
allá donde Cook trazó los mapas
de un inmenso océano
aún inexplorado,
al sur de todos los sueños
y palmeras
que rascan el cielo
siempre azul
que se precipita en las mañanas,
más al sur, aún,
de donde Tusitala
—acompañado tal vez
por la sombra amiga
y traicionera de Long John Silver
(…y su siempre inseparable
botella de ron)—
contempló los tesoros de sus islas:
collares que se desprenden del mar
con sus corales vestidos de arco iris
y recitó sus oraciones
a la sombra protectora
del Vaea que habría de amortajarlo,
un pintor vislumbró nuevos colores
agitados en el aire tropical
que baña la luz del paraíso
para posarse en los cabellos
de una bella vahiné
semidesnuda.

 

 

5

 

Mientras tanto,
cuando los recuerdos
aún disputan espacios
que son inaprensibles
tragados por la brisa
que persigue
estas calles despobladas,
donde una estela va dejando su luz
en las resacas
de un mar indescifrable
y siempre idéntico a sí mismo,
la ciudad parece distraída,
dislocada por un destello inentendible
y tú eres un ángel de alas rotas
que cayó del paraíso
como la sombra
de un resplandor alucinante.

 

 

6

 

Ahora,
cuando el siroco es el aire,
ardiente y seco,
con que la danza traza
exóticos reflejos
en el centro de tus piernas
que recorren el paso de los caracoles
que dejó la incertidumbre,
la sensación de un espacio
en que se traman
emboscadas y silencios,
quizás pudiéramos limpiar los ojos
del polvo amargo
que dejan las despedidas
con largas cartas
en que nos reencontramos
—inútilmente desteñidos—
imaginando la silueta
de unos volcanes
que penden aún en la certera cercanía,
ajenos a la desesperación
de las ciudades que se tragan
nuestro asombro.

 

 

7

 

Cuando la tarde,
finalmente,
tienda a rendirse
sobre los horizontes
y la luz se haya negado
a las esquinas,
no sé si edificaremos cápsulas
en las que desprendernos del entorno
para evitar los golpes
que asestan las ciudades,
intoxicadas
de ensombrecidos alacranes,
mientras alguien vislumbra ya
a las bestias que traen la desesperanza
a pesar de una derrota
ya cercana.

 

 

8

 

Pero tocan ya a la puerta
los adioses
con la urgencia de deshacer
las tempestades
con los extraños conjuros
de los alquimistas.

En los cuadernos,
la tinta se disipa
como el humo que intoxicó
todos los fuegos
y en las paredes,
el mundo parece gritar
sin atinar a alguien
que le escuche.

 

 

9

 

Mañana,
cuando las sombras
hayan de escapar
con la cautela de quien se oculta
de la luz más pura,
conjuraremos estas simas abisales
que intentan devorar
todas las naos
que van hacia el oeste,
en tanto que no logre alcanzarnos
la noche última e irremediable.

 

   
             
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