P O R T A D A    
Héctor Leonel
Reyes Mora
aparición de otoño    
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En la memoria del maguey,
en su inmaculada espina,
en la reserva comprimida del risco,
en su apacible acecho,
en la crin del arroyo,
en su desnuda anatomía,
en las mejillas de la nube,
en su diagonal beso con la montaña:
mañana de gotas caídas del séptimo día,.

Del sendero de acacias a la caprina vigilancia,
al balbuceo de la víbora y al vivo vivir;
siendo inmóvil la mirada de la oveja,
entre el agua y el fango del caminar,
sin el ansiado mirador pero con la sonrisa interna por fluir.

Sentir siendo la chimenea encendida de mi cabeza,
su trampa de fiebre que desbarata el gélido diálogo racional,
la pasión crítica de la ignorancia:
la flor desierta al temblor del labio infinitivo,
luego hablaba de mí y el cabrío y tú me atendían.

Si pudiera disponer de una cabaña donde posar la poesía.

Cansancio de anhelar el beso,
cansancio de ser soledad,
espigados caminantes en la pesquisa de una alta visibilidad
para la mirada.

Como crecer sin sentir madurar el fruto de la resignación
y ser testigos de la otra criatura que germina,
en medio del no hacer en temprana hora avistado.

Pasar de largo sin importar el rastro,
que a nadie sirve por querer seguir el vacío,
donde todo se llena de la fascinación del aguaviento
y sin haberlo solicitado.

Sin pasado ni futuro,
sólo desgajando el ser que en viva luz
desciende buscando la hondonada de algún húmedo reposo.


Ir como venir sin miradas humanas,
ascender sin discernir que primero es preciso el descenso
hasta la raíz del fantasma;
y desear labrar la tristeza al lado del amarillo
y lila de la mínima consagración.

Limpidez aérea aunque no se vea
el ojo que sostiene el paisaje.

Seguir como animales concentrados en sí,
sin pensar el instante de invisible claridad;
quizá enterrar la inicial del dolor
en los alambres de la niebla,
que como exhalaciones sobrehumanas
disipan el temor del asedio.

Transcurrir sin fijar la fecha del peregrinaje,
ni el ánima del entusiasmo en el excremento promisorio del rebaño;
ser vocales del viento y regresar al punto
donde la hojas se adhieren en su vejez
a la planicie del recuerdo.

En la memoria del agave su adhesión:
otra vez el cuerpo redimido en una seña fiel,
una mañana de otoño azul en el camino inventado sin retorno posible.

 

   
             
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