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EL
DÍA MÁS ESPESO
Ausentarse,
acariciar
la joroba del día más espeso,
desenterrar
soles acostumbrados al silencio,
al
tacto frío de las cosas,
a
la sonoridad de caracoles aéreos,
perfectamente
acordes con el llanto,
al
dolor que duele desde antes del viaje,
y
de incendiar la memoria y la palabra,
y
los días que ya no están en el bienamar,
y
el recuerdo de paredes impregnadas de sudor,
de
remotas oscilaciones,
de
soñolientas horas,
así,
yo
conozco el mar que tengo por consigna.
He
aquí la caricia que muere a dentelladas,
la
palabra en desuso
y
el corazón de pie en el poema.
Con
todo esto,
digo
que quizá estamos cansados
en
el fondo de olvidarnos,
de
perder toda esperanza
al
no encontrar la llaga entumecida,
de
compartir a solas el agua
y
el estigma,
de
darle a diario los buenos días
a
las mismas cosas,
para
que no asciendan a manera de preguntas,
de
ausencias floreciendo
en el sol de la memoria.
Los viajes tienen todo el color de una lágrima.
Cuando
uno viaja,
sepulta
nombres marchitos
que
se entretienen en lo amarillo de las hojas,
en
la espesura de la ausencia,
que
siempre es húmeda
en
el oficio de perpetuar imágenes.
Y
así regreso a la vigilia,
cuando
soy pretil y caño y sal añeja,
que
me sitúo detrás de la sangre,
escondiendo
la mirada en el hueco
que
todos sabemos desde niños,
y
me quedo estéril de floración en la tristeza.
Viajar
es tener el tono grisáceo
de
la palabra que yace
en
la profundidad del viento.
EL
DÍA MÁS CIEGO
En un principio,
cuando la palabra y tú crecían imperceptibles,
cuando todo era despertar en zonas amargas,
en lugares innombrables, desde entonces,
cuando el éxito consistía en crecer bajo tu
sombra,
a todo tu tamaño,
desdoblando los silencios que te habitan,
y soñar que te resolvías con tus cosas y tus
gentes,
yo viajaba solo desde mi pequeña muerte hasta tus manos.
Era necesario repetir aquella costumbre de buscarnos,
de refugiarnos en nosotros,
en nuestra enorme vergüenza,
y desde ahí, de ser posible,
inventar discretamente nuestro hundimiento,
la sincera destrucción del día más ciego,
con aquel descaro de pulsar el corazón
para encontrarnos.
De ahí que fuera necesario, también,
Que supiéramos qué era el mar,
la blancura de los árboles,
el dolor a medio madurar,
la esperanza de esperarnos,
la sórdida liviandad de la tristeza,
la playa más remota del sollozo,
y sobre todo,
el pedúnculo decidido a temblar.
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