P O R T A D A       Botella de Leyden.    
      Carlos Barbarito   punto de encuentro
  28 aire - poesía    

Botella de Leyden

  índice de autores
             
         

A María y Cecilia.
A Egon Schiele, vivió, ardió y fue oscuro.
A Guillermo Cúneo.

 

 

En este suelo, diseminados. Arriba,
cuanto hiela. Abajo, cuanto arde y crepita.
Sopla un juicio confuso,
que no distingue culpables
de inocentes.
                      Un insecto
empuja una bola de barro;
un niño delira por la fiebre
y ve lo que mañana
será su demencia o su arte.
Y, en alguna parte,
lo obviado, escarnecido,
para tantos, sucio, impío,
incapaz de dormir, de despertar,
vientre que ningún animal husmea,
espalda que se apoya contra muros
que apenas dan reparo
a hierbas duras, sin flores ni perfumes.
Adonde desde siempre me dirijo.

 

 

 

 

En carne magra, todavía difuso,
las vías en penumbras
desde la pupila hasta la idea.
Y la sombra, en porción,
recortada, entre ir y venir,
dubitativa y por ello inmóvil.
¿Y el sentido, la médula,
el vaso y adentro la sustancia,
el vuelo del poliedro
desde la madera hacia el cristal?
Por ahora, el pájaro picotea la cáscara,
la piedra reproduce piedra,
del papel no salta chispa,
todo es deriva por agua y los pies amarrados.
Adelante, antes de despertar,
no el súbito cromatismo,
no el relámpago bajando por el hilo hasta la llave,
no el silente tributo del mineral:
apenas un poco de aceite derramado
y en la puerta, aún superflua, ociosa,
la campanilla.

 

 

 

 

Voces. Hablan lenguas diferentes,
sibilinas, furtivas, sinuosas.
En lo profundo, entre las raíces,
raras criaturas ciegas.
Hablan idiomas sumergidos,
umbríos, brumosos, nocturnos.
Dicen: almagre, cardenillo,
herrín, herrumbre, verdín
.
Se lo dicen unos a otros,
no saben de otra vida,
no saben de otra muerte.

 

 

 

 

En el último remolino en el agua fangosa
En la tinta descolorida
En la danza inmóvil, sin espesor
En el frágil azar, abajo orines, huesos
En la ciega semejanza, toda escamas
En la chispa que debiera recorrer el cuerpo entero,
     adherida a un frío pez esmaltado
En la pared del musgo y la hormiga, donde se
     apoyan los amantes bajo la noche cúbica,
     inmensa hasta ser abatidos sin tardanza por
     una punta afilada y sin cloroformo
En el hueco en el costado
En la casi palabra, pólipo
Materia desnuda, sepultada antes de respirar y
     ver la luz

 

 

 

 

Desde arriba llegan,
en enjambres, en bandadas,
y no son insectos ni aves.
Ensombrecen la tierra
y se abaten sobre las cosas,
las arruinan y las abandonan.
Se ensañan sobre todo
con lo flamante, lo tierno,
lo huérfano de pasado,
lo que anda confiado y desnudo
en dirección opuesta al hilo
que sin un temblor se devana,
al viento que hipnotiza a la veleta.
Se abalanzan, enseguida lo envuelven,
lo muerden, lo lastiman,
pero, sobre todo, lo llenan de temores
y casi nunca tienen que regresar.

 

 

 

 

I

El tiempo pasa, trae, finalmente,
podredumbre, enmohecimiento,
desintegración, la muerte.
Esto produce temor, espanto.
Ahora, ¿si se detuviese,
ahora mismo, en este preciso instante,
y ya no hubiese más
que un eterno presente,
habría en nosotros tranquilidad, sosiego?

 

II

¿Qué sobrevive a lo oscuro que esconde al reflejo,
a la marea que sepulta los incendios?

 

III

Un triste gato husmea su comida
y se aleja sin probarla siquiera.
Ahora voy abajo con los ojos cerrados.
Ni hilo de plata ni útero.
Desnudo y lejano
aunque esté cubierto
y lleve zapatos y pañuelo.

 

IV

Arropado en lo impropio,
amanecido ante lo ajeno y discordante.
En lo aislado y desguarnecido,
sumergido en lo diluido, lo licuado.

 

 

 

 

(Greco)

(Retrato de familia, 1963)

Madre, padre, nunca hijo.
Nunca la unión de dios y sombra,
la mañana a ras de suelo, reverberando,
un coro de voces metálicas:
que lo internen, que lo internen...

 

 

 

 

(Verde quemado, 1961)

¿Hasta cuándo? Hasta el fin;
el comienzo: la espera
junto a un cuerpo que respira
un aire turbio, enviciado,
la devoción del caracol
adherido al vidrio,
el masticarse la propia lengua,
el comerse los propios labios,
los dientes.

 

 

 

 

(Nada, 1963)

La curva de la pierna ajena
vista a través de una grieta
en el Gran Muro;
esa carne
—como toda carne—
crece y madura
como madura y crece
cualquier animal
bajo un cielo en llamas
que no tardará en precipitarse.

 

 

 

 

El mundo,
lo que parece ser el mundo:
dilatadas orillas
llenas de bestias sedientas,
estiran sus lenguas
ante ríos secos, todo polvo.
Arriba ni una nube.

 

 

 

 

El dolor no duele como dolor,
duele como otra cosa,
como un papel que se consume,
todavía en blanco, ante los ojos.

 

 

 

 

(Pompeii)

Apenas una descolorida vasija
sobre una piedra gastada
y, en la penumbra,
un perro eternizado en el momento
de ladrar a eso que no entiende
y que lo quema y asfixia.

 

 

 

 

¿Es la vigilia ahora? Relámpagos
lejanos, detrás de los últimos árboles.
Tiene que haber un hombre allá,
con él una mujer. Huesos,
nervios, desdichas, palabras,
líquidos, hambre y sed.
Con ellos ni mi sombra estuvo.
Aquí sólo ras de tierra, breve océano mudo,
papeles esparcidos.
                              ¿Es la vigilia
torpe calotipo que se consume?

 

 

 

 

La carne viva. El pellejo al aire.
El mundo lo parió,
un desnudo sobre otro desnudo
vistos por azar y al trasluz.
Lo parió un mar sumegido,
un mar bajo un mar,
allí, el temor a las tijeras,
al grito de los roedores,
a la llama en el papel,
al cartón rasgado,
a cuanto al respirar se evapora.
Duerme apenas, entreabre
las cortinas, se sopla las manos porque siempre tiene frío,
bebe un sorbo, se deja
tocar en la frente por un fugaz hilo de luz,
poco más que eso.
Si alguien lo llamara.
Si al menos hubiese un agua
para que sumergiera un dedo y luego toda la mano.

 

 

 

 

 

 

(Scatterpieces)

 

Cal, barro, sal,
óxidos de clavo,
escamas, papeles apelmazados,
cadmio, unas gotas de sangre,
baba de caracol,
vellos púbicos,
un ala rota de paloma,
una cola de vaca,
algunos dientes,
gotas de tinta,
un trozo de fieltro,
todo disperso en el suelo,
sin un orden, una lógica,
pero que parezca
que algo poderoso,
urgente, salta
desde cada una de esas cosas
sobre quien las contempla,
lo asedia,
lo envuelve,
lo interroga.

 

 

 

 

I

Las horas acaban entre sílabas,
casi inaudibles, una sombra escarba
las hojas secas, una culpa
—clavo, olor a orina en un trapo—
tuerce hacia abajo
el recorrido del cuerpo hacia la estrella.

 

II

En una casa remota
alguien provoca chispas
en una botella de Leyden.
Sin que nadie, ni siquiera él, lo sepa,
a cada destello, en ciudades emergidas
o bajo el mar, algo evapora el Tarot,
desata hija de padre
y la empuja, desvestida,
más allá de la puerta
hacia lo que se entreabre y respira.

 

   
             
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