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Desde
que el hombre habita la superficie de la Tierra, cuando ya
no hay lugar para el entendimiento con el prójimo,
cuando se acaban las palabras y no hay nada más que
decir parece que no queda más alternativa que la agresión,
así desde tiempos inmemoriales, los hombres han hecho
gala de su estupidez atacándose mutuamente y generando
de ese modo "las guerras".
La
historia de la humanidad está plagada de enfrentamientos,
entre uno y otro pueblo, y estos se han ido sucediendo uno
tras otro hasta que el pecado se hizo carne en una especie
de ecosistema que diezmó la población una y
otra vez, abriendo y cerrando heridas que sólo el tiempo
se encargaría de curar.
Si
bien el siglo XX tuvo varios centenares de conflictos armados
entre los pueblos del mundo, la llamada II Guerra Mundial
fue el acontecimiento que abrió una de las heridas
más lacerantes que la humanidad haya podido sufrir.
A partir del 1 de septiembre de 1939 y durante cinco largos
años, 60 millones de hombres bajo las banderas más
diversas se sumaron al conflicto. Concretamente, se trató
de quince millones de americanos, trece millones de rusos,
once millones de alemanes, nueve millones de británicos,
cinco millones de japoneses, cuatro millones de italianos,
tres millones de franceses, sin contar los polacos, los yugoslavos,
los griegos, los finlandeses, los rumanos , etc. Una gran
cantidad de estos millones de personas que participaron en
la contienda alcanzaron la muerte, convencidas o no de los
motivos por los cuales les había tocado combatir, en
los campos de batalla . Las ciudades fueron bombardeadas y
el teatro de operaciones que se desarrolló en Europa
dejó como saldo sólo escombros y muerte.
Con
el tiempo las ciudades se reconstruyeron ladrillo a ladrillo,
la gente volvió a sus casas, los hogares volvieron
a constituirse y lentamente la gente trato de olvidar. Hacer
referencia a la guerra se convirtió en una especie
de tabú y para un par de generaciones fue como un agujero
negro, hablar del tema podía resultar demasiado doloroso,
demasiado polémico, demasiado difícil de digerir...
Hoy,
cuando ya sesenta años han pasado, las cicatrices se
han cerrado, Europa se encuentra nuevamente en una hermandad,
sacralizada de alguna manera por la Comunidad Europea y, si
uno pudiera soslayar los problemas internos rusos en el caso
de Tschetschnja o la guerra yugoslava de la pasada década,
podría decirse que Europa ha aprendido la lección
que le dejó el infierno vivido. Ahora, tratar de aprender
a partir de la experiencia propia puede ser en algunos casos
devastador.
Para
mí existen todavía lugares donde uno puede palpar
esas cicatrices, donde uno puede reflexionar sobre la brutal
guerra que azotó a Europa en la década del 40
y esos lugares son los cementerios de los caídos, donde
descansan los soldados que lamentablemente perdieron su vida
en la acción.
No
sé qué razón me ha llevado a visitar
tales lugares, no he perdido familiar alguno en la Guerra
y, sin embargo, me he dedicado a visitar cuanto cementerio
de guerra he encontrado en mi camino: cementerios ingleses,
americanos, alemanes, franceses, griegos , italianos, egipcios,
turcos, etc. Al principio me interesé sólo por
caminar entre las cruces y tratar de leer los nombres de los
soldados o calcular cuantos años tenían a la
hora de morir, a veces solo rezaba en voz baja, reflexionaba
y trataba de entender el porqué.
¿Por
qué tanta muerte? ¿Por qué tanta locura?,
y si bien hoy, cuando uno visita Europa, puede visitar el
lugar donde se desarrollo la batalla de Waterloo en tiempos
de Napoleón o puede también, por ejemplo, visitar
la línea Maginot (frontera defensiva francesa de la
II Guerra) en las Árdenas, también puede entrar
en cada uno de los cementerios de la guerra, y no precisamente
por una morbosa inquietud; creo que, excepto la gente que
los visita porque allí se encuentra la tumba de algún
familiar, la gran mayoría de personas que cruza sus
puertas lo hace sólo para reflexionar... En algunos,
hasta donde la vista se pierde, uno puede observar cruces
blancas o grises que se desvanecen en el horizonte, en algunos
mil o dos mil, cuando uno ve 10.000 tumbas como en el cementerio
americano de St. Avold se siente más que abrumado,
ni hablar de visitar el osario de Douaumont en Verdún,
que aunque es de la I Guerra Mundial contiene las tumbas de
130.000 soldados.
Hoy
los gobiernos de distintos países, por ejemplo Alemania,
organizan viajes para jóvenes que estén entre
los 16 y los 21 años para realizar tareas de mantenimiento
o restauración en los diferentes cementerios de Europa,
a partir de estos trabajos muchos soldados desconocidos pueden
recuperar su identidad y los jóvenes voluntarios pueden
tener la posibilidad no sólo de realizar un trabajo
cívico, sino además de conocer otro país
u otra cultura y, a su vez, como fin pedagógico estas
nuevas generaciones toman conciencia de lo trágica
que puede ser una guerra. En el caso de Alemania existe un
organismo del Estado llamado "Volksbund" que mantiene
dos millones de tumbas, que están diseminadas en 842
cementerios de unos cien países distintos.
Estados
Unidos perdió en la II Guerra Mundial 405.399 hombres,
se podría enumerar la gente que perdió cada
país entre civiles y militares: Francia, 605.000 personas;
Alemania y Austria, 9.500.000; Inglaterra, 388.000; Italia,
310.000; etc. Se podría sumar hasta totalizar los 40
millones de muertos que costó el conflicto. Se podrían
dar números, hablar de millones de muertos, hacer estadísticas,
etc. pero no tener la dimensión de lo que esto significa
hasta después de haber atravesado las puertas de estas
tangibles cicatrices, tal vez entonces se alcanza a imaginar
la dimensión de lo que la condición humana puede
llegar a producir...
las
imágenes
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