P O R T A D A      

 


Cementerios de la II Guerra Mundial, serie fotográfica de Fabio Borquez
Desde que el hombre habita la superficie de la Tierra, cuando ya no hay lugar para el entendimiento con el prójimo, cuando se acaban las palabras y no hay nada más que decir parece que no queda más alternativa que la agresión, así desde tiempos inmemoriales, los hombres han hecho gala de su estupidez atacándose mutuamente y generando de ese modo "las guerras".

La historia de la humanidad está plagada de enfrentamientos, entre uno y otro pueblo, y estos se han ido sucediendo uno tras otro hasta que el pecado se hizo carne en una especie de ecosistema que diezmó la población una y otra vez, abriendo y cerrando heridas que sólo el tiempo se encargaría de curar.

Si bien el siglo XX tuvo varios centenares de conflictos armados entre los pueblos del mundo, la llamada II Guerra Mundial fue el acontecimiento que abrió una de las heridas más lacerantes que la humanidad haya podido sufrir. A partir del 1 de septiembre de 1939 y durante cinco largos años, 60 millones de hombres bajo las banderas más diversas se sumaron al conflicto. Concretamente, se trató de quince millones de americanos, trece millones de rusos, once millones de alemanes, nueve millones de británicos, cinco millones de japoneses, cuatro millones de italianos, tres millones de franceses, sin contar los polacos, los yugoslavos, los griegos, los finlandeses, los rumanos , etc. Una gran cantidad de estos millones de personas que participaron en la contienda alcanzaron la muerte, convencidas o no de los motivos por los cuales les había tocado combatir, en los campos de batalla . Las ciudades fueron bombardeadas y el teatro de operaciones que se desarrolló en Europa dejó como saldo sólo escombros y muerte.

Con el tiempo las ciudades se reconstruyeron ladrillo a ladrillo, la gente volvió a sus casas, los hogares volvieron a constituirse y lentamente la gente trato de olvidar. Hacer referencia a la guerra se convirtió en una especie de tabú y para un par de generaciones fue como un agujero negro, hablar del tema podía resultar demasiado doloroso, demasiado polémico, demasiado difícil de digerir...

Hoy, cuando ya sesenta años han pasado, las cicatrices se han cerrado, Europa se encuentra nuevamente en una hermandad, sacralizada de alguna manera por la Comunidad Europea y, si uno pudiera soslayar los problemas internos rusos en el caso de Tschetschnja o la guerra yugoslava de la pasada década, podría decirse que Europa ha aprendido la lección que le dejó el infierno vivido. Ahora, tratar de aprender a partir de la experiencia propia puede ser en algunos casos devastador.

Para mí existen todavía lugares donde uno puede palpar esas cicatrices, donde uno puede reflexionar sobre la brutal guerra que azotó a Europa en la década del 40 y esos lugares son los cementerios de los caídos, donde descansan los soldados que lamentablemente perdieron su vida en la acción.

No sé qué razón me ha llevado a visitar tales lugares, no he perdido familiar alguno en la Guerra y, sin embargo, me he dedicado a visitar cuanto cementerio de guerra he encontrado en mi camino: cementerios ingleses, americanos, alemanes, franceses, griegos , italianos, egipcios, turcos, etc. Al principio me interesé sólo por caminar entre las cruces y tratar de leer los nombres de los soldados o calcular cuantos años tenían a la hora de morir, a veces solo rezaba en voz baja, reflexionaba y trataba de entender el porqué.

¿Por qué tanta muerte? ¿Por qué tanta locura?, y si bien hoy, cuando uno visita Europa, puede visitar el lugar donde se desarrollo la batalla de Waterloo en tiempos de Napoleón o puede también, por ejemplo, visitar la línea Maginot (frontera defensiva francesa de la II Guerra) en las Árdenas, también puede entrar en cada uno de los cementerios de la guerra, y no precisamente por una morbosa inquietud; creo que, excepto la gente que los visita porque allí se encuentra la tumba de algún familiar, la gran mayoría de personas que cruza sus puertas lo hace sólo para reflexionar... En algunos, hasta donde la vista se pierde, uno puede observar cruces blancas o grises que se desvanecen en el horizonte, en algunos mil o dos mil, cuando uno ve 10.000 tumbas como en el cementerio americano de St. Avold se siente más que abrumado, ni hablar de visitar el osario de Douaumont en Verdún, que aunque es de la I Guerra Mundial contiene las tumbas de 130.000 soldados.

Hoy los gobiernos de distintos países, por ejemplo Alemania, organizan viajes para jóvenes que estén entre los 16 y los 21 años para realizar tareas de mantenimiento o restauración en los diferentes cementerios de Europa, a partir de estos trabajos muchos soldados desconocidos pueden recuperar su identidad y los jóvenes voluntarios pueden tener la posibilidad no sólo de realizar un trabajo cívico, sino además de conocer otro país u otra cultura y, a su vez, como fin pedagógico estas nuevas generaciones toman conciencia de lo trágica que puede ser una guerra. En el caso de Alemania existe un organismo del Estado llamado "Volksbund" que mantiene dos millones de tumbas, que están diseminadas en 842 cementerios de unos cien países distintos.

Estados Unidos perdió en la II Guerra Mundial 405.399 hombres, se podría enumerar la gente que perdió cada país entre civiles y militares: Francia, 605.000 personas; Alemania y Austria, 9.500.000; Inglaterra, 388.000; Italia, 310.000; etc. Se podría sumar hasta totalizar los 40 millones de muertos que costó el conflicto. Se podrían dar números, hablar de millones de muertos, hacer estadísticas, etc. pero no tener la dimensión de lo que esto significa hasta después de haber atravesado las puertas de estas tangibles cicatrices, tal vez entonces se alcanza a imaginar la dimensión de lo que la condición humana puede llegar a producir...

 

las imágenes

 

Fabio Borquez Datos sobre el autor
 
         
  34 agua - imagen        
             
  Fabio Borquez  
 

Cementerios
de la II Guerra Mundial,

cicatrices
de un conflicto
que conmocionó
a la humanidad.


las imágenes

 
   
  índice de autores punto de encuentro foro de opinión