P O R T A D A    

Objeto de la casa de Isla Negra. Andreu Navarra Ordoño


Tendido
sobre la última
sombra

(lecho de muerte)

 


         Ciudad desde los cerros en la noche los segadores duermen
         debatida a las últimas hogueras
         pero estás allí pegada a tu horizonte
         como una lancha al muelle lista para zarpar lo creo antes del alba

 

Llevo sesenta y nueve años muerto. Justo cuando empecé a morir, a ser este cadáver que ahora soy, yo desperté a la vida justo para tener que abandonarla. Ya.

No valen guerras ni suspensiones del juicio. La sentencia me urge.

Nacer para despedirse. Abandonar los cuerpos tantas veces perforados de tantas mujeres para tener que admitir la paz, la ya no vida, la serenidad. El páramo.

Tener que abandonar estas luces grisáceas que me ciegan, que una vez fueron estos rostros que ahora no conozco. Quién es esta mujer que me acompaña, aquí a mi lado. Quién soy yo. Quién masticó mis miembros y me los escupió en la cara, convertidos en una pasta seria de la que me avergüenzo.

Qué demonios eran todos esos fotógrafos, todas esas personas agradecidas que se me acercaban, en las bibliotecas, los palacios, los hemiciclos, los ateneos y los trenes públicos. Creo que huí a caballo de la cárcel y me sentí peor, no como ahora. Hoy he nacido claro, vidente, por primera vez. Creo que ahora, por fin, soy César.

Creo que ahora, por fin, camino completamente desnudo por la calle, como César, como César Vallejo, que enseñaba sus vergüenzas cada día y cada noche a todos aquellos que se detenían, en la putrefacta esquina de París, para contemplarlo.

Ahora me miran igual que a él.

Con la misma expresión culpable de conmiseración. Me insultan.

Fíjate, un muerto en vida.

Humillémoslo.


         ciudad desde los cerros entre la noche de hojas
         mancha amarilla su rostro abre la sombra
         mientras tendido sobre el pasto deletreo
         ahí pasan ardiendo sólo yo vivo

 

No reconozco caras ni cosas pero sí espíritus. Todo este mundo se me ha deteriorado, ya no soy yo quien te recorre, tierra. Yo ya no palpo ni tus arenas ni tus espigas, tierra negra. Tierra gris. Río amarillo. Ahora camino únicamente por las entrañas secas y abandonadas que pertenecen a las almas trasparentes. No todos son espíritus abiertos. No todos nos desesperaremos. Hay quien pasea felizmente casado por las calles. Hay quien impone la dura ley de la masacre, siempre, mientras sueña con el burdel reverdecido que constituirá su paraíso.

Casa de Isla Negra, salón.

Por el fondo de las cosas, por el fin de todos los rostros, ando yo desnudo y me cuelgan todos mis versos todos. Todos me atan y me pesan mucho. Me arden.

Soy esa presa incandescente de mi propia masticación. Me caigo, incendiado por mis propios versos, y no me pueden apagar ni siquiera los profesores.

Todos me harán parecer un espantapájaros, un monstruo. Todos me harán pertenecer al polvo.

Las palabras se aceleraron. Fui, más que nunca, fotografiado por la pandilla de epilépticos. Qué decir. Cómo confesar que les escupiría. Mi desprecio es infinito, y mi amor también. Me he lacerado como un amante enfermo. Soy un molusco de amor incrustado en esta habitación., por cierto, odiosa.

La Chascona, salón.

Cuánto tiempo llevaré permaneciendo aquí tendido, sin moverme. La disposición exactamente geométrica de todas estas cosas me recuerda la cárcel perfumada de odio en que yací comiéndome a mí mismo.

Mis amigos también fueron encerrados por esposas, hijitas e hijos, seres alados, dictadores, rejas, indigestiones, asesinatos, versos, soledades, monjas e infinitas formas más de desaparecer borrados inmediatamente por el mundo. También conspiraron contra mí y también vencieron. Pero yo los aplasto con mi pluma, no importa cómo. Los inundo, los maltrato, que teman.

Amo mi desintegración, mi vida convertida en una muerte del espíritu que se dibuja con extrema nitidez aquí en mi frente, ¿no lo veis? Pobres desgraciados: brillo. Ya no os conozco porque sé quiénes sois. Sé que me enterrabais con fotografías y discursos. ¿Por qué debería preocuparme que lo hagáis con tierra y losas?


          la tristeza del hombre tirada entre los brazos del sueño

 

Mi cuerpo fracturado ya no me importa, ya no se estremece ante ninguna mujer. Para qué servirá. Su justificación ha desaparecido. Si no puedo amar sólo me queda derrarmarme, deshacerme, licuarme y mezclarme con la carne gris de los arenales para maldecir la vida en forma de detritus. Para abrazarla de forma exacta y definitiva. De un solo golpe. Con la luz: quemado.

Basta de timidez. Ya se acabaron las miradas y las complicidades. Ya sé que os doy asco, ya os cansé, ¿verdad que sí? ¿Por qué no os largáis todos y me dejáis en paz? No hace falta que me mintáis. No os escucho. Sé que hay sombras sobre Santiago, y que las sombras se alargan bajo todos los árboles para estrangularnos.

Ya estoy oyendo sin descanso los alaridos de los torturados. A veces me alegro de no poder ver, no poder escuchar, no poder palpar la sangre inmaculada que corroe nuestras vísceras. Brilla con demasiada luz, me seca, me destroza, me fragmenta como la granada influye sobre nuestra carne convirtiéndola en mil hilos de inutilidad y espanto. Actualmente soy una masa más de fibras.

Apártenme las uvas. No me vengan con la mentira mineral. Necesito ser desagradable, pudrirme más de prisa, acabar con esto cuanto antes.


         
aparecían estrépitos humedad nieblas
         y vuelto a la pared escribí
         oh noche huracán muerto resbala tu oscura lava

 

NOTA:
Los fragmentos incluidos en cursiva pertenecen al texto Tentativa del hombre infinito, de 1925.
Andreu Navarra Ordoño Datos sobre el autor
Jordi Graupera: Sólo puedo quererte con olas a la espalda. Hernán Andrés Vargas Leguás:  Crecer con Pablo. María José Sánchez-Cascado: Alacena elemental (la cocina de las Odas). Mercedes Serna Arnaiz:  El erotismo doliente. Nostalgia y soledad sexuales. Manuel Garrido Palacios: Nerudiana. César Antonio Sotelo: Que pase el mar... Pieza breve en tres escenas.
Andreu Navarra Ordoño:  Tendido sobre la última sombra (lecho de muerte). Juan Diego Incardona: Mañana de Cobre. Fabio Borquez: Isla Negra. Antología Enlaces Un juego
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