P O R T A D A    

Casa de Isla Negra. Detalle de una fotografía de Fabio Borquez. César Antonio Sotelo


Que pase
el mar...

Pieza breve en tres escenas

 

Escena 1

En el telón de fondo del horizonte que como un cuadro cuelga frente a la extraña construcción de piedra que parecer emerger de la masa sombría de rocas que forman la isla, el sol apenas roza con sus dedos la frágil lámina del mar, iniciando su lenta despedida. Al centro del escenario, una gran estructura hecha con maderos de la que cuelgan varias campanas; destaca entre ellas una, de mayor tamaño que las otras, verde, oxidada, con una resquebrajadura. Frente al campanario, en primer término, sentado en una robusta silla que asemeja un tronco retorcido, de perfil al público, la cabeza abatida como dormido o sufriendo en silencio el dolor, se encuentra un anciano.

Una suave música de sal y olas salmodia la tristeza de la tarde, mientras una voz de algas milenarias canta y un coro de nereidas le contesta:


Voz:

"Aquí en la isla
el mar
y cuánto mar
se sale de sí mismo
a cada rato, ..."

Nereidas:

"...dice que sí, que no
que no, que no, que no,
dice que sí, en azul,
en espuma, en galope,
dice que sí, que no, ..."

Voz:

"... No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla..."

Nereidas:

"... con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho..."

El anciano se estremece, en su rostro aparece una expresión de angustia, habla entre sueños, desde el opresivo sueño del dolor


Anciano:

"... no golpes tan fuerte
no grites de ese modo..."

Abre los ojos, incorpora su torso, tuerce su figura para mirar el mar y le pide enérgicamente


Anciano:

"... abre tu caja verde
y déjanos a todos
en las manos
tu regalo..."

Intenta ponerse en pie, pero el esfuerzo lo vence y se deja caer en la silla. Cae al piso el papel y la pluma que tenía a su lado. Con acento melodramático exclama:


Anciano:

O envuélveme en tu manto y regrésame al origen de mí mismo.

 

Escena Segunda

Por la derecha del escenario aparece una mujer hermosa en su terrenal madurez de madre, enfermera y amante. El anciano contempla el mar. Ella lo mira a él, amorosamente, con admiración y luego se dirige a su lado. Su mano, como gaviota de barro, señala el horizonte.


Mujer:

De nuevo hablando con él.

Anciano:

Nunca me cansaré de invocarlo, de cantarle, de intentar descifrar su misterio con mis gastadas palabras, torpes herramientas en manos de un viejo gastado por el embate de sus olas.

Mujer:

Hace frío. Debería usted entrar. Podría enfermarse.

Anciano:

Tarde me llega su consejo. Ya estoy enfermo...

Mujer:

Por favor, no juegue con eso. Sabe bien a lo que me refiero.

Anciano:

Lo siento, no pude resistir la tentación de hacerme una broma cruel. Patoja, quite esa cara. Se parece usted a la Panda cuando se enfada. Está bien. Entraré en casa, con la condición de que no me siga mirando con esos ojos de perro al que le han arrebatado su hueso.

El anciano le pone una cara grotesca de súplica. La mujer suelta una carcajada.


Mujer:

¡Con usted no se puede! No se preocupe, puede quedarse toda la noche, si quiere, contemplando a su adorado amigo.

Anciano:

Es verdad. Somos viejos amigos. Tenía ocho años cuando lo vi por primera vez y el encuentro se me quedó grabado en la memoria. ¡Fue una fascinación tan grande! En ese mismo momento supe que nunca más podría vivir sin mirarlo.

Mujer:

A mí siempre me ha dado un poco de miedo. En su incesante ir y venir, apacible a veces, encolerizado de pronto, benéfico y destructor, sustento del hombre, tumba de quienes lo desafían... No sé, a veces siento que en su seno se encuentra el misterio de la vida...

Anciano:

Y el de la muerte; ambos son el mismo, misterios diferentes formando una unidad indivisible: la vida deviene inexorable en la muerte y la muerte nos devuelve irremediablemente a la vida... Desde niño, presentí en el mar lo inefable... Él conserva celosamente guardado el verso que ya nunca escribiré...

Se quedan en silencio. Ella se sienta en el piso, a su lado y lo contempla. Él mira el mar. Sobre la tenue sinfonía del universo marino en movimiento se escuchan las voces en contrapunto.


Voz:

"Allí en las cordilleras de mi patria
alguna vez y hace tiempo
yo vi, toqué y oí
lo que nacía:
un latido, un sonido entre las piedras..."

Nereidas:

"De tantas cosas que tuve,
andando de rodillas por el mundo,
aquí, desnudo,
no tengo más que el duro mediodía
del mar, y una campana..."

Voz:

"... Yo repetí en las puertas
el sonido del mar,
de las campanas..."

Nereidas:

"De tantas cosas que tuve,
andando de rodillas por el mundo,
aquí, desnudo,
no tengo más que el duro mediodía
del mar, y una campana..."

Anciano:

Ahora que el miedo paraliza mi mano, la esperanza que yace en el fondo de la caja, me invita a surcar la inmensidad del mar, en un viaje sin fin porque nunca tuvo principio...

Mujer:

El mar es inmenso como la muerte...

Anciano:

El mar es la eternidad...

Mujer:

¿Crees en ella?

Anciano:

Muy pronto lo sabré.

Se miran fijamente.


Voz:

"Me vine aquí a contar las campanas..."

Nereida 1:

"...que viven en el mar..."

Nereida 2:

"...que suenan en el mar..."

Nereida 3:

"...dentro del mar..."

Voz:

"...Por eso vivo aquí."

Anciano:

(Acariciando el cabello de la mujer)
Por eso estamos aquí... juntos...

Ella besa la mano del anciano, se pone de pie y lo mira.


Mujer:

El sol casi desaparece. Pondré la mesa.

Anciano:

Frío atardecer de septiembre... ¿Llegará la primavera?

La mujer sale. El anciano la llama:


Anciano:


¡Matilde!

Espera un momento. Ella no regresa. Él le habla a su ausencia:


Anciano:

"Fue tan bello vivir
cuando vivías!"

 

Escena Tercera

Un suave aleteo de marinas aves mancha el triste lienzo del atardecer. Las olas salmodian su canción eterna.

El anciano se incorpora, escucha atento; sonríe; su rostro es ahora un espejo de paz.


Anciano:

"Ahí está el mar? Muy bien, que pase."

 

Lentamente, las luces y el sonido se van extinguiendo.



Fin  
Barcelona, primavera del 2004
Poemas de Pablo Neruda:
Odas Elementales: "Oda al mar"
El mar y las campanas: "Hace tiempo, en un viaje", "Inicial", "Todos", "Aquí", "Final", "Ahí está el mar? Muy bien, que pase"
César Antonio Sotelo Datos sobre el autor
Jordi Graupera: Sólo puedo quererte con olas a la espalda. Hernán Andrés Vargas Leguás:  Crecer con Pablo. María José Sánchez-Cascado: Alacena elemental (la cocina de las Odas). Mercedes Serna Arnaiz:  El erotismo doliente. Nostalgia y soledad sexuales. Manuel Garrido Palacios: Nerudiana. César Antonio Sotelo: Que pase el mar... Pieza breve en tres escenas.
Andreu Navarra Ordoño:  Tendido sobre la última sombra (lecho de muerte). Juan Diego Incardona: Mañana de Cobre. Fabio Borquez: Isla Negra. Antología Enlaces Un juego
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