Sumario 26

 

Betuel
Bonilla
Rojas

 

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Andanzas
de un marginado

Este relato pertenece al libro
Pasajeros de la memoria

 

 

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De todos modos
uno siempre es un poco culpable.

Albert Camus

 

José Aurelio, joven como cualquiera, sumergido en ciudad, en cemento, permanece rígido, hierático, mamá lo contempla, va a ser poeta, dice ella, va a ser filósofo, dice María, hermana mayor de José, lado masculino de la familia, porque los poetas son como él, silenciosos, fijos los ojos en la noche que se los traga, dicen ver cosas, locos, yo siempre veo todo oscuro, agrega melancólica mamá, algo preocupada, ni siquiera hoy que cumple quince años ha querido cambiar, y esa gorra que ya hiede de estar posada sobre su cabeza, como si hubiera nacido al mismo momento que él, pobre José, suspira mamá, José Aurelio observa impávido la algarabía, la parafernalia del festejo, desdeña las chicas, las lisonjas, contempla, sonríe, sólo blasfema con las voces lejanas del televisor, que muertos, que secuestrados, que alzas para solucionar la crisis bancaria, maldice José Aurelio, lanza improperios contra don Guillermo, el presidente, se ríe, se retira, todos claman la presencia de José, es su fiesta, no ha comido ponqué, no ha abierto los regalos, sólo tanteos como de médico a paciente, ropa, juegos de salón, trivialidades, grita José, con esta muda de ropa puedo estar varios días más, añade, entra a su habitación, suya porque María está ocupada con los invitados, cierra la puerta, saca lápiz, papel, escribe sin parar, dice ser surrealista, quiere imitarlos, sin puntos, sin plan previo, escribe, duerme José Aurelio, la fiesta ha seguido sin el festejado.

Abre José, sale, como siempre con libros debajo del brazo, a dónde vas, corean desde el comedor padre, madre y María, voltea su cabeza José, semibarbado, se incrusta la gorra hasta desaparecer sus orejas, piensa en el ritual familiar que siempre ha evadido, no sabe por qué, se mete parcialmente la camisa, se distrae momentáneamente con las noticias de la radio, denota perplejidad, cabrones, dice José, otro vez lo mismo, gira nuevamente, sale, todos saben que se llama José Aurelio, figura algo rara, loco, dicen algunos, vago, agregan otros, todos lo saludan, que José cómo estás, que cuándo nos vas a llevar a conocer tu casa, que la conferencia de esta noche, que si vas a ir, no sé, dice José, porque en él lo único seguro es la incertidumbre, desdeñoso, sibilino, huraño, y José transita por la carrera tercera de una Ibagué congestionada, manos se levantan a su paso, José hace un solo saludo por cuadra, porque ni la alcaldesa lo supera en popularidad, le resulta imposible saludar a todo el mundo, recuerda pocas caras, sólo observa movimientos dispares, mirada perdida en la distancia, no entra a ningún lado, se pierde, reaparece por detrás, gira en una esquina, mira puestos de revistas, pregunta algo, hace dos vueltas sobre sí, como un planeta en busca de su satélite, como un perro en busca de su sombra, vuelve y camina, José en la biblioteca Darío Echandía, hace la venia al entrar, no hay portero, ante los libros, dice él, sólo ante la inteligencia me le inclino, se quita la gorra, pisa lo que él llama el altar, sitio en el que se le rinde tributo al saber, entra, le reciben sus libros, desvía su atención el paquetero hacia José, hace diez años que fue lo de tu fiesta, recuerdas José, paquetero amigo, vecino de José, cómplice paso a paso del feliz deterioro de su gorra, ahora rucia, vaciada completamente en la frente de José, que a qué horas es la charla, dice José, a las seis y media, responde paquetero, que quién es, que un tal Sánchez, cavila José, Sánchez... Sánchez, claro, los Sánchez de La Pola, los patriarcas, murmura José, nuevamente los mismos, hablando de whisky, de vagabundas, que Proust al entrar, en medio de los corbatudos, y córranle a Cueros Show al salir, intelectuales estos, qué desastre Ibagué, disocia José, luego lee, libros de aquí y de allá, espera la hora, llega de primero como siempre, la sala despoblada, conferencista tarde, todos son así, piensa José, tan pronto como dictan su primera charla empiezan a llegar tarde a las otras, cada charla diez minutos más que agregan, comenta José a su vecino, se fija en él, por fin una nueva cara en este olvidado recinto, cierran la puerta, atiende José, Sánchez habla.

Sale José, vocifera, claro, primero fue Sánchez, hace quince años, el día en que el paquetero recordó la insulsa fiesta, y este es Pérez Sánchez, debe ser sobrino del otro, deduce José, como si fuera obligatorio perpetuar la intelectualidad, ahora la asignan por decreto, por herencia, que Gómez con Gómez, que Pastrana con Pastrana, que Lleras con Lleras, que Turbay con Turbay, todos los mismos, razas degradándose, y José sin apellido, sólo José Aurelio, oriundo de no se sabe dónde, algo apaisado, algo boyaco, algo costeño, una torre de Babel José, dicen quienes lo conocen, y José en el café Capristano, paseando de mesa en mesa, su gorra con él, de varios tonos ahora, ha empezado a colorearse de nuevo, con tinte natural, que buena tu intervención José, gritan de una mesa, que cada día están mejores tus preguntas, añaden de otra, y José en el centro, reparte su boletín El Marginado, porque eso dice ser él, un marginado, y no explica por qué, que lean el boletín, así me entenderán, dice José, un coro de voces dice no entender, que para el próximo colocará indicaciones para poder leerlo, sonríe José, como en Rayuela, agrega serio, solemne, con su camisa por fuera, se sienta en compañía del grupo más numeroso, que una vaca para comprar cerveza, porque José Aurelio no tiene dinero, sólo anda, recorre Ibagué, se dice peripatético, que discípulo de Fernando González, concluye arrogante José, y mañana quién va, un tal Peña, contestan con algo de temor a las respuestas de José, cavila él, Peña... Peña, apellido poco usual por estos lados, que viene de Bogotá, la cuna del alto pensamiento, la élite intelectual, la Atenas suramericana, dice alguien con sorna, y José sale, camina solo, evade los sitios claros, golpea en una puerta, que quién es, que yo, José Aurelio, entra, que si hay comida, pregunta, que no, dice María, lado masculino de la familia, acuérdate que aún no pagan la deuda que tenían con papá, ni tampoco solucionan lo de la pensión, sonríe José, eso ya se perdió, dice pausadamente, pobres abogados, ya ni ellos pueden con tanta ley, agrega, rezamos dice María, un año más de la muerte de madre, rezar, afirma José, es más importante el sueño que Dios, y duerme José.

Chao, dice José, no responde María, sólo piensa, este hermano mío tan raro, sin mujer, sin amigos, sin preocupaciones, únicamente libros y libros, y sale temprano José, se sumerge en la ciudad, en su bullicio, sucumbe ante su encanto, ante su horror, pasa la calle quince y entra de lleno al comercio, se detiene, va a ser la hora, espera, mira el reloj de pared de la farmacia, se ajusta la gorra que ya no tiene derecho ni revés, aparecen ellos, los agentes, corren, corren también los vendedores ambulantes, caen cosas al suelo, los agentes guardan en sus bolsillos, toma nota José, para su boletín El Marginado, porque su materia prima es la carrera tercera, de la quince a la diez, lugar obligatorio de Ibagué, sitio de adoración al dios consumo, refunfuña José, se escabulle entre el gentío, sube escaleras, elabora el borrador del boletín, sin fecha, sin número, porque en Ibagué qué importa el tiempo si nada cambia, desde aquel primer ejemplar que no recuerda en qué año ni en qué mes fue editado sus notas no han salido de la tercera, y es que allí están todos, dicen detestar el tumulto y son felices involucrándose en él, en esa avalancha humana que inevitablemente conduce al vértigo, piensa José, sube un poco, se dirige a la Biblioteca, hace la venia de rigor, saluda al paquetero, que mi último boletín, le dice, mira la cartelera, conferencia seis y treinta, El Oficio de Escribir, lee José, como si aquí se escribiera, piensa, revisa El Marginado, los reparte entre los que van pasando, quiubo José, le dicen de soslayo, entran por la otra puerta, la que está distante de José, él sospecha, levanta el brazo airado, entra, José en primera fila, fin de la conferencia, que si hay preguntas, el brazo de José arriba de primero, como en un duelo, que quién es el mejor escritor de Ibagué, que usted qué ha escrito, que para qué escribir, no más preguntas José, dice el señor director, y José furioso, que es para que los demás también puedan preguntar, aclara un tanto molesto el señor director, José toma nota, mira al conferencista, al señor director, a quienes levantan el brazo, piensa en su boletín, se acomoda la gorra, que estás mejorando, le dice al señor traído de Medellín para la conferencia, sale José, suspira aliviado el público.

Que cómo no me van a dejar entrar, que si luego éste no es un espacio público, y mi boletín, necesito difundirlo, todos lo esperan, necesito entregarlo, alega desesperado José, todavía no me conocen en Ibagué, mucho menos afuera, y el portero firme, serio, que cumplo órdenes señor, que me dijeron que no dejara entrar al de la gorra, que si quería que dejara los boletines en la portería, en últimas nadie los lee ya, porque nunca se explicó por dónde había que abrirlo, cuál era el comienzo y cuál el fin, dice el portero, eso dicen los que salen, añade, y José sentado en las gradas, esperando a los conocidos, tomando nota para ajusticiar en el próximo boletín, y todos salen, pasan junto a José, lo miran, dormido, roncando, la gorra apoyada en el regazo, caminan y arrojan papeles al cesto de la basura al frente de donde está José, despierta él, clarea ya, se levanta maltrecho, mira el cajón de la basura al frente suyo, se asoma, cuenta ciento cincuenta, el tiraje completo, dice José, crápulas, sentencia mirando con decisión, toma nota, nadie escribe, pero tampoco leen lo que otros escriben, claro, tienen miedo de encontrarse atacados por mi ácida pluma, murmura para sí José, mezcla de amargura y socarronería en su rostro, qué importa, exclama, piensa en su siguiente boletín.

Que no insista señor, hoy tampoco, hace un año que le estoy diciendo que no puede entrar, órdenes de la dirección, maldice José, llega gente, saluda José, ah sí, hola, responden los asistentes, y José se sienta, espera en la escalera, toma nota, mira el cesto de la basura, roto, herrumbroso, sonríe José, levanta su gorra, compara, arroja un papel, sigue derecho por el cesto perforado, debe ser por el peso de tamaño ladrillo, se burla el portero, cretino, dice José, permanece impávido, seis y treinta y cinco, hoy debe empezar a las siete, tarde como siempre, balbucea José, y José Aurelio se interna en la carrera tercera, lápiz en mano y ojos dispuestos, no sabe por qué pero le parece que la gente que camina en dirección contraria a la suya ha empezado a pasarse para la otra acera.

 

Betuel Bonilla Rojas

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