Sumario 26

 

 

Ángel
González

 

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Yo esto, en realidad, no puedo decirlo. Por varias razones. La primera, porque ni yo hablo tu idioma ni tú el mío. Lo mismo que el de la barca, igual que los soldados, y que el del camión que nos llevó a la playa, ninguno de ellos hablaba nada que pudiera entenderse. Claro que ellos pensarían igual de lo que yo dije, si es que llegué a decir algo; pero eso lo sé ahora, porque tengo mucho tiempo para pensar.

Al que sí entendí fue al paisano que me puso en contacto con los otros. Ése sí que hablaba como yo, cuando abrió la mano para apretar los billetes, que desaparecieron rápidamente en su bolsillo sucio. El tiempo que pasó desde esa mano hasta la última, mojada, tirando de mí (¿para qué?) está salpicado de manos que estrujan fajos y se esconden, como las morenas que regresan a sus oquedades, cada una con su ración. Miran con ojos de bruja blanca. Sus bocas son nudos de sarmiento y su cuello largo un brazo que se retrae...

La segunda razón por la que yo no puedo decir esto que estoy diciendo es que todo es mentira. Y yo nunca miento.

Los que mintieron fueron los otros. Justo antes de que las morenas desaparezcan, ellos siempre mienten. Ya después, hablan poco, y no se esfuerzan para hacerse entender, aunque sea con gestos. Lo único que les entendí desde que crujió el último fajo fueron tres palabras: España, Madrid, Europa. A los soldados ni eso, porque no dio tiempo de nada, ni de entender, ni de decir, ni de mentir.

Primero fue la noche negra de las morenas hambrientas. Negra como yo. Luego el ojo de hielo del barco de los militares. El de la barca calló, y se sentó entre nosotros. Los militares dijeron cosas que no pudimos entender, que no oímos, igual que ahora nadie puede oír, ni entender lo que yo no puedo decir. Porque a nadie le importa, y ésa es la tercera razón.

Como ahora tengo tiempo para pensar, para recordar, creo que lo que gritaron con voz metálica los soldados fue "sit down". Pero cuando los militares te dicen que te quedes en el suelo, algo malo están tramando. Total, que de haber entendido aquellos sonidos del diablo, aquella jerigonza incomprensible, tampoco habría podido evitar ponerme en pie, con las manos en alto, como todos los otros, menos el de la barca, que en cuanto pudo saltó en dirección a la luz.

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. El agua estaba fría. Unas manos sin billetes tiraron y forcejearon. ¿Para qué?

Ahora no hay manos, negras, blancas, ni morenas. Ahora las morenas arrancan trozos de mi cuerpo y vuelven a sus tugurios sin dejar de mirarme con sus ojillos de bruja. Y ésa es la cuarta razón por la que yo no puedo decir lo que he dicho, si lo he dicho... En el fondo, no puedo estar seguro.

 

Ángel González

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