Sumario 25

 

Heider
Rojas

 

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Relato del libro
La Distribuidora de Sueños
y otras empresas



La Distribuidora
de Sueños




Gabriel había consultado en el Seguro Social sin resultados positivos. Por eso accedió a mis ruegos.

No quería hacerlo. Se resistía a ir a exponer su desvelo a un empleado, como si él no pudiera consigo mismo. Pero yo se lo solicitaba a diario. Y él mismo, al final, se dio cuenta que no iba a poder solo, que en su interior había un fondo vacío que contribuía a su desvelo y que se le salía de las manos, y entonces me pidió que le concertara una cita.

Lo acompañé, un jueves. Se sintió mejor cuando vio bastantes usuarios en el salón principal de la casona, en Teusaquillo, aunque no entró en contacto con ellos, tratando de pasar lo más desapercibido posible.

Hubo que esperar un buen rato antes de que el encargado del diagnóstico nos atendiera. Entramos en una especie de consultorio, en el segundo piso, pintado de un blanco brillante, muy iluminado con luz también blanca, dotado de calefacción y con un gran diván mullido en el centro como único mobiliario, en el cual lo hizo sentar mientras amablemente me indicaba que requerían estar solos.

Al salir, media hora después, Gabriel parecía rendido del cansancio y en efecto al llegar a la casa se quedó profundamente dormido. Lo había puesto a hablar de sí mismo, de su infancia, de sus sueños antes de comenzar los desvelos y de lo que lo hacía despertarse.

A la semana siguiente, para completar el diagnóstico, nos visitó una trabajadora social. Indagó minuciosamente sobre nuestro hogar y nuestra permanencia juntos y nos aseguró que la situación mejoraría al cabo de pocos días de empezar las distribuciones de sueños. Y a Gabriel lo visitaron al trabajo, muy discretamente. Sólo se enteró cuando un hombre que había estado merodeando le pidió que firmara un volante de acreditación de visita, en papelería de la distribuidora.

Y luego le llegó por un servicio de correo expreso el instructivo con la prescripción. A diario debía pasar después del trabajo por las instalaciones de la distribuidora, donde se le sometería en uno de los grandes divanes mullidos a las sesiones de suministro de sueños. En las primeras sesiones se le administrarían sedantes. Y para el éxito del tratamiento se le pedía completa disposición, evitando cualquier resistencia de su parte, resistencia que —se aclaraba— podía resultar sumamente perjudicial.

En adelante llegaba de la distribuidora abstraído, mortalmente cansado. Sentía al avanzar la sesión de suministro que el zumo del trabajo diario se le estancaba en el cuerpo. Debía hablar minuciosamente de su actividad durante el día y a veces se quedaba dormido en el diván en medio del relato. Y en todo caso, llegaba ebrio de sueño y apenas acabábamos de cenar cuando ya quería acostarse.

A mí no me importó que eso nos quitara tiempo, quedarme sola por las noches. El efecto había sido benéfico. Dormía profundamente, sin ningún sobresalto. En las mañanas había que incluso zarandearlo para que se despertara. Y al tiempo que dormía soñaba, o era por los sueños que se quedaba enganchado en su profundidad.

En realidad decía que era un solo sueño lento, lentísimo, que de una a otra noche se modificaba un poco. En la distribuidora le explicaron que su situación no aconsejaba una sucesión de sueños múltiples y rápidos. Se trataba de que se habituara a distenderse. Y los sueños eran realmente aptos para eso. Varias noches había vivido un día de campo en los alrededores de una represa. Y toda una noche permaneció echado boca arriba en el césped a la orilla del embalse, "brillante", me dijo, "como una sucesión de láminas de cinc centelleantes". Había sentido el calor crecerle lentamente; como si a su vez los rayos del sol le llegaran lentamente, dijo, en un tiempo que se alargaba. Sólo hacia el final, poco antes de que lo despertara —según eso se había ladeado un poco—, había alcanzado a distinguir algo como golpes en el agua, lentos, demorados para definirse, pero en su conjunto golpes.

En la noche siguiente recobró el mismo sueño, empezando con el sol sobre la cara ladeada. En medio de la luz que se multiplicaba al reflejarse en el agua, tardó en lograr fijar la vista en la escena de los golpes que, al cabo de la noche, se completó en la imagen nítida de alguien ahogándose.

Fue la primera vez que reclamó —un reclamo apresurado— ante la distribuidora, pues no quería asistir al ahogamiento.

—Es su autosugestión —le dijo el artífice de los sueños—; en la autosugestión nos limitamos a velar el curso de su sueño.

—¿No pueden cambiármelo? —le dijo él— ¿No es parte del servicio que ofrecen?

—Podríamos cambiárselo —le dijo el artífice—. Pero qué se saca. En la autosugestión tiene que acostumbrarse a lo que sobrevenga. A no ser que quiera utilizar nuestro servicio por unidades, de por vida —Gabriel se inquietó—. Nosotros —continuó el artífice— aspiramos a que en algunos meses se haya habituado a los sueños que podrían sucederle. Por eso el ritmo lento. Ahora, si quiere —congenió—, podemos adelantar el sueño un poco, seguir una variante y recomenzar pasado el ahogamiento.

Aceptó a regañadientes y la sesión pudo concluirse.

Esa noche empezó a soñar caminando por la orilla soleada del embalse y se sentía solo. Incluso el sentirse solo ocurrió tan lentamente que al despertarse la sensación apenas estaba terminando de definirse.

Los sueños continuaron, en una progresión ondulante, sin brusquedades, sin nada violento que peligrara hacerlo despertar, bordeando el agua hasta que, varias noches después —la materia de sus sueños parecía ir alcanzando cierto dinamismo, en todo caso leve—, salió a la carretera.

Toda una noche duró viendo un carro desde su aparición a lo lejos, su acercamiento, su paso sonoro y su alejamiento por la carretera.

Preguntó en la distribuidora por el movimiento.

—Gradualmente, muy gradualmente irá apareciendo —le dijo el artífice.

Caminó durante varios sueños por la carretera, dijo que no más de un par de cuadras, y lo sobrepasaron una docena de vehículos.

Iba a gusto bajo el sol, compenetrado con el campo visible. Pero en un sueño posterior escuchó una sirena a lo lejos. El vehículo tardó en aparecer y el ulular de la sirena, que se expandía y tomaba un carácter casi físico, transmitía una sensación de urgencia agobiante en medio de la lentitud.

Era una ambulancia que no podía ser veloz. Avanzaba sólo un poco más rápido —a la velocidad a la que iría alguien al trote— que el resto de los vehículos.

Entonces Gabriel se despertó ansioso. Apenas eran las cuatro de la mañana, pero se mantuvo despierto.

Esa tarde reclamó ante el artífice por haberse despertado prematura y súbitamente y por el curso agobiante que había tomado el sueño.

—En su caso —le dijo el artífice después de auscultarlo con un minucioso interrogatorio sobre el cumplimiento de las prescripciones y el desarrollo y efecto de los sueños desde que comenzó el suministro—, tendremos que volver a lentificar.

Le reiteró la necesidad de una completa disposición de su parte, una entrega total al transcurso del sueño evitando la menor resistencia, la cual no sólo lo llevaría a despertarse a deshoras si no que a ellos les haría perder el control sobre los sueños suministrados.

—La compañía no asume responsabilidad en tales casos —le enfatizó.

—¿Aunque se trate de una pesadilla? —replicó Gabriel.

—No hay pesadillas —le dijo el artífice— si se habitúa al apego inconsciente, si aprende a adherirse cada vez a lo que vendrá. Para eso se dispuso la lentificación. Claro —repuso, un poco harto— esto es para los que prefieren la autosugestión, regularizar sus sueños por sus propios medios, como es su caso. Para los demás, basta el contrato de suministro por unidades que ofrece la compañía, del cual hay una oferta de fin de siglo sobre la que pueden darle más detalles nuestros vendedores. El contrato, con periodos de renovación anual, contempla el suministro de sueños dentro del catálogo previsto en las condiciones generales, a un precio asequible, menos del porcentaje de aportes a la seguridad social, y el servicio de la compañía es sin dudas excelente. Sólo que limita su responsabilidad al suministro diario de sueños según las condiciones generales, uno cada noche o la disponibilidad de suministros para dormirse siempre que se requiera, y al servicio de sugestión, que se acompaña con el envío de folletos y la asistencia en urgencias. Pero al usuario no se le capacita para autosugestionarse, por lo cual puede verse abocado a situaciones verdaderamente desagradables si por cualquier causa interrumpe los suministros.

En esa disyuntiva, Gabriel manifestó su deseo de continuar con la adaptación y el artífice lo sometió a una sesión de suministro muy prolongada, en la cual nuevamente debió hablar de su trabajo, pero no sólo del de ese día si no en especial del repetido durante sus últimos años.

Afuera, entretanto, otros usuarios esperaban turno para sus sesiones de suministro con los artífices asignados por la distribuidora. Y, en la sala de espera, me empapé de diversas experiencias cuyo resultado era favorable, pues las existencias de los beneficiados se prolongaban tranquilamente, sin reparos por la monotonía o lo insustancial.

—La distribuidora me ha salvado la vida —me confesó un cuarentón cejijunto—. Yo vivía desganado, cuestionando mi diaria supervivencia por su apariencia gris. Estaba al borde de cometer una locura cuando me recomendaron la distribuidora. Luego no ha ocurrido en mi vida nada plausible, pero eso, con el contrapeso de los sueños, ha dejado de preocuparme.

Le pregunté qué sistema de contratación utilizaba, si el de autosugestión o el de suministro por unidades.

—Por unidades —dijo—. Intenté un tiempo la autosugestión, pero requiere una entrega completa y consciente de la que fui incapaz.

—Por unidades hay que asegurarse la continuidad de los suministros —intervino una mujer bastante pálida y alta—. Después de haberse uno acostumbrado, la carencia del sueño cotidiano es desesperante.

—Es cierto —aceptó el otro—. Pero también con la autosugestión hay que cuidarse. Si uno no se entrega totalmente, los sueños pueden no deshacerse y confundirse con la realidad.

En eso Gabriel salió de las manos del artífice. Y salió tan cansado, tan deseoso de no sentir ni pensar durante un buen tiempo, que tuve que conducir el carro y, al llegar a la casa, sin cenar, cayó en la cama como fulminado, tanto que tuve que desvestirlo dormido.

Durmió profundamente, toda la noche, soñando esta vez que se hallaba en una calle atestada. Era tan lento el transcurso del sueño que apenas tomó forma la masa de cuerpos en movimiento.

Al fin, se levantó con esfuerzo. Dijo sentirse dominado por un magnetismo que lo impulsaba a dormir. Y cuando, tras bañarse, hubo recuperado lo suficiente la lucidez, reconoció que el método de la distribuidora era eficaz y el artífice competente, de modo que se propuso colaborar para terminar cuanto antes la autosugestión.

En adelante se le vio más activo que nunca. Por consiguiente, llegaba agotado a la distribuidora y allí el artífice, haciéndole patente el cansancio en toda su magnitud, lo despachaba postrado de sueño.

Como resultado de sus progresos, después de cierto tiempo las sesiones personales con el artífice se fueron espaciando, reemplazadas por ejercicios de exteriorización del cansancio y de ensoñación consistentes en largos monólogos ante el espejo, al comienzo en voz alta y al final como oraciones, que Gabriel fue aprendiendo a desarrollar.

Pero sus progresos no estuvieron exentos de momentos de dificultad. Pues después de que en sus sueños caminó en medio de la aglomeración por la que fue reconociendo como la Carrera Séptima, bastantes días, ya que esta vez el movimiento se introdujo más gradualmente, durante una semana vivió en lentitud el esplendor de un rayo y el temblor de un trueno estremecedor. Se despertó finalizando el trueno, pero, sin descomponerse, se limitó a preguntarle esa tarde al artífice si en el sueño iba a llover.

—Es inconveniente decírselo —le manifestó el artífice—. En la autosugestión debe habituarse a lo incierto.

No obstante, cuando ya había sorteado los sueños del rayo y el trueno, le confió que en su caso, para la mejor adaptación, la construcción del ambiente de sugestión se estaba compaginando con el clima, por entonces —era noviembre— lluvioso.

Y en efecto llovió en sus sueños. Primero granizo. Lentamente, durante semanas de sueños, en gruesos y abundantes granos que se precipitaban continuamente y él veía en su descenso gradual.

Y no sólo volvió a despertarse a deshoras, si no que despierto sentía caer el granizo.

Sin embargo, en vez de reclamar, volvió pacientemente donde el artífice a comentárselo con franqueza para que lo ayudara. Y el artífice le dijo que la extensión diurna de sus sueños se debía a la ansiedad. Podía evitarla eligiendo en la realidad un albergue —previéndolo habían localizado los sueños en un sitio de la realidad conocida y cercana— donde guarecerse con tranquilidad en el sueño.

—Pásese de día por el escenario de sus sueños —le dijo—. Hay un hotel, el Hotel Italia, que podría servirle.

Gabriel lo hizo; caminó de día por donde transcurría su sueño y ubicó y entró al Hotel Italia. Su fachada angosta se pierde entre las fachadas de los negocios vecinos. Pero podía guarecerse en el largo pasillo de la entrada, que se ensancha al cabo de algunos metros, adonde ya llega disminuido el ruido de la calle, y así llegaría el de la tormenta.

Un par de veces nos alojamos allí, para que Gabriel se familiarizara con el hotel. Hay huéspedes habituales, comerciantes, agentes, transportadores, conocidos por la administración, que suelen ocupar las habitaciones del segundo piso, junto a pensionistas sin familia que han adoptado al hotel como su hogar.

En cambio, en el primer piso alojan por lo general a los huéspedes de paso. Un segundo pasillo, derivado de la recepción, penetra en el gran bloque de habitaciones dispuestas a lo largo y ancho de toda la primera planta. Desde el acceso se distingue poco del lejano fondo, débilmente iluminado. De tanto en tanto, el pasillo se ramifica a la derecha para dar entrada hacia los cuartos, ramificaciones que a su vez se subdividen en el interior. Llegado a lo más profundo, no se ve el acceso a causa de ligeras desviaciones a lo largo de las paredes, ni se oye nada de la calle. Y como el techo es una gran plancha uniforme y todo el bloque está pintado de crema tenue, se siente la luz artificial y gruesa.

Las veces que nos alojamos allí no pude dormir, no tuve sosiego, pero a Gabriel le sirvieron para la autosugestión.

Tardó algunas noches en llegar al Hotel Italia en sus sueños. Y cuando lo hizo llovía recio. Llovió durante decenas de sueños, con rachas que se rompían contra las edificaciones. Y sin embargo, con sólo avanzar hacia el fondo de la primera planta, el ruido de la lluvia primero se iba convirtiendo en un rumor y, a partir de cierto instante, se disipaba por completo.

Y a la vez, a medida que en la realidad Gabriel se familiarizaba con las vivencias del hotel al visitarlo y hospedarse como parte de su autosugestión, se fue sintiendo a gusto en sus sueños en el hotel, todavía lentos aunque ya se percibía la tendencia a agilizarse. De hecho, involucrándose con los huéspedes y el personal de servicio y de la administración, entró en una larga fase de sueños en la que se fue integrando a la vida cotidiana de allí. Una vida que se renueva con las constantes partidas y llegadas de huéspedes.

En ese estado de la autosugestión perdí el hilo de sus sueños. Era claro que Gabriel se había instalado a sus anchas en el ambiente de los sueños del Hotel Italia, dotados progresivamente con la sensación de movimiento, mientras que yo me había quedado sola. Porque él llegaba a la casa extenuado y siempre deseoso de cumplir sus ejercicios de autosugestión para exteriorizar todo su cansancio y dormirse.

Entonces, cuando la sensación de soledad se me hizo nítida y constante, cuando empecé a dormir mal pensando que siempre es necesario que la persona que está contigo te hable con animación y de tanto en tanto te dé a entender algún apego, no dudé en acudir a la distribuidora. Quería dormir como lo hacía Gabriel, profundamente.

Me hicieron el diagnóstico. Y a pesar de que sabían los antecedentes, la auscultación fue exhaustiva, intachable en su profesionalidad; por eso se caracterizan. Y fui franca; yo no soy capaz de una entrega como la necesaria para la autosugestión. De modo que solicité y se me ordenó un suministro por unidades acorde con los resultados del diagnóstico.

Al comienzo tenía que ir a la distribuidora a la sugestión con el artífice. Todas las tardes. Sin falta. Ya conocí los efectos de interrumpir el abasto de sueños y es de verdad angustiante. Así que todas las tardes me sometía a su magnetismo y, como no vivo expuesta a un trajín que me produzca suficiente cansancio para exteriorizar, a la administración controlada —siempre una nada— de sedantes.

Con el tiempo aprendí la mecánica de prepararme. Y por eso actualmente el artífice me atiende por teléfono, en mi propia cama, apenas me tomo el sedante. Pero puedo solicitar que me reciba en el consultorio, usualmente a que me ayude a recordar los sueños más bellos, o a que dé solución inmediata a mis reclamos cuando por ejemplo anhelo algo tentador o simplemente estimulante y lo que se me viene ofreciendo no llena esas expectativas.

Aunque es justo reconocer la variedad de sueños de la que disponen para infundirnos, muchos felices, muchos conmovedores, muchísimos que quisiera ver realizados y, en subsidio, de los que pendo durante el día.

Y la ventaja es que nunca se está solo, que la distribuidora presta asistencia constante. Así no se quiera ellos llaman o, si uno lo impide, buscan la manera de establecer el contacto. Y permanentemente llegan por correo folletos de actualización y de difusión de experiencias.

De esa manera evitan los baches.

Aunque a veces me da miedo, no sé, de la interrupción de los sueños, de que algún sueño falle, se trunque —son posibles los sueños fallidos—, de que uno de los sueños de horror, de los que a veces nos suministran para endurecernos, se convierta en pesadilla. Sé de casos. Entonces hay que acudir de inmediato a la distribuidora, para una sesión presencial con el artífice.

Pero el temor se puede mitigar en casa, con aumentarle un poco a los sedantes. Sólo que se le puede a uno ir la mano. Por eso automedicarse está prohibido; en la distribuidora toman medidas drásticas, incluso la suspensión de servicios.

 

Heider Rojas

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