Sumario 25

 

Betuel
Bonilla
Rojas

 

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Después
del silencio

Este relato pertenece al libro
Pasajeros de la memoria

 

 

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No cambiaría los dolorosos placeres
de la inteligencia por todas las alegres frivolidades y vacías actitudes
del hombre común.

Anatole France

 

Muchas de las personas que conocieron a Felipe Rojas antes de los extraños sucesos que rodearon su desaparición, creyeron ver en él a un individuo de los que conformaban el tipo de hombre común. Felipe, según datos iniciales recogidos en diversas partes, entre sus amigos y parientes, se comportaba igual que cualquiera de los muchachos de su edad, con las costumbres, aficiones y angustias propias de la juventud.

Pero todo cambió un sábado de noviembre en que no amaneció en su casa. Se necesitó de un acontecimiento a todas luces insólito para que se revelara el verdadero Felipe. Tenía por ese entonces dieciséis años y cursaba undécimo grado en un colegio oficial de cierto prestigio. De repente desapareció. Los días que antecedieron a su ausencia estuvieron caracterizados por la falta de indicios que sirvieran de pista o rastro para acercarse siquiera a una parte de la verdad. Tal vez tampoco existía una verdad definitiva y única. Aun después que surgió el solitario aviso claro de su supervivencia, la certeza de su paradero real continuó en duda.

— "Felipe —recordó su madre el día en que prestó declaración juramentada—, era el mejor entre sus tres hijos". — "Con él se despertaba el día y con él se acostaban las estrellas", dijo la señora Remedios en una especie de acertijo popular, cuando las autoridades quisieron informarse acerca de los detalles. Ese mismo día, ella se refirió con lujo de descripciones sobre un viernes cualquiera en la vida de su hijo. Su recuento pormenorizado incluía un despertar a eso de las cinco y treinta de la mañana, anticipándose al maldito gallo de la vecina, que se lanzaba a cantar con potencia de tenor hasta después del mediodía, como si su reloj biológico estuviera ligado, no a la aurora, sino al momento en que el implacable sol sumía en un pesado letargo a los habitantes de la ciudad. Luego hacía sus ejercicios de rutina: flexiones, sentadillas, abdominales, y otra serie de maromas y piruetas dignas de un buen trapecista de circo. Simultáneamente se contemplaba en el espejo del baño, de frente y de perfil, para comprobar los resultados que dichos ejercicios lograban en su cuerpo. El desayuno lo tomaba sin prisa y luego de un rápido duchazo. Abundaba en verduras y cantidades exorbitantes de maní. Su madre dijo que con ello Felipe buscaba un aumento en su masa muscular.

— "El resto de la mañana no hacía otra cosa que leer", agregó doña Remedios. Según ella, Felipe se encerraba en su cuarto, y se internaba en un silencio de esos que obligaban a quienes vivían con él a caminar a toda hora como levitando. A eso de las doce y treinta salía para el colegio y regresaba a las seis y treinta. Dejaba los libros en su casa y corría a reunirse con sus amigos. Cuando volvía, iba directo a dormir. Esos pasos, según aclaró la señora, eran inmodificables y revelaban el comportamiento ejemplar de su hijo Felipe. Aun, cuando estaba lejos de su mirada increpadora, en el colegio o con sus amigos, Felipe demostraba que sus actos eran irreprochables.

— "Lo único raro —finalizó doña Remedios—, era ese prurito desmedido que tenía por ayudar a los ancianos en la calle, por repartir limosna a quienes golpeaban a la puerta, o por reunir las raciones sobrantes de comida y entregarlas sin el menor repudio a la tropa de peregrinos que por el mediodía se tomaban la puerta de la casa por asalto".

— "Hasta les cogía la cabeza", concluyó doña Remedios algo molesta.

Por supuesto, los agentes entendieron su confesión como un testimonio de madre, ¿y qué madre no estaría dispuesta a imponer a su hijo un halo de santidad, aun en el caso que se tratara de un reconocido granuja? Porque había que dejar en claro que el caso de Felipe Rojas daba para sospechar que se trataba de un joven impoluto, de esos que en las épocas apasionadas de la adolescencia develan a un anacrónico caballero medieval, o a un retrasado mental. Pero ni lo uno ni lo otro. Las fotografías que la Policía Secreta auscultó minuciosamente reflejaban a un Felipe normal, acorde con su tiempo, con atuendos de chico moderno, y, por otro lado, sus calificaciones, generosas en sobresalientes, desvirtuaban cualquier irregularidad psicológica.

El hecho es que las respuestas desordenadas y acaloradas de doña Remedios, sumaron nuevas incertidumbres a las ya copiosas que embargaban a las autoridades. Había sido descartada la idea de un posible secuestro, debido a su mediana condición social y a la falta de algún tipo de requerimiento económico. Tampoco se podía pensar en una fuga amorosa, porque nadie recordaba que Felipe tuviera entusiasmos duraderos con las mujeres. Sólo quedaba especular sobre un supuesto arrebato de los que suelen atormentar misteriosamente a los muchachos sin causas ni destinos precisos. No obstante, y con el ánimo de no dar cabida a pensar en una nueva impunidad, los agentes delegados se dedicaron a la pesquisa de cabos sueltos, todo aquello que permitiera acallar temporalmente la protesta de familiares, amigos, compañeros y profesores de Felipe, que lo tenían como uno de sus miembros ejemplares.

De sus amigos del barrio escogieron a Carlos y Gonzalo para reconstruir su relación con el desaparecido. Eran los que fungían como depositarios de los secretos de Felipe, al menos permanecían muy cerca de él. Como ambos coincidieron en sus apreciaciones sobre su amigo, los agentes presentaron una sola declaración que, palabras más, palabras menos, renovó el aroma de pontificidad que envolvía al desaparecido.

— "No es que fuera perfecto o algo parecido — decía la declaración —, simplemente Felipe no dejaba lugar a cuestionamientos sobre sus actuaciones. Lideraba las actividades del grupo, era el primero en todo: en el fútbol, en los campamentos que hacíamos los fines de semana, en los clavados desde el puente Baché, en los ejercicios físicos, en musculatura, y en agradar a las mujeres, así a él parecieran importarle muy poco los saludos y besos que ellas le enviaban, o las citas que más que pactar le imploraban. Él se mostraba impasible ante todo eso y frecuentemente dejaba escapar gestos de fastidio ante tanta insistencia".

— "Marica tampoco era —quedó constancia explícita en el documento oficial—, porque jamás se supo de intrigas, acosos o insinuaciones mariconas de él. Quizás era más hombre que todos juntos. Había que verlo nomás desaparecer bajo el agua oscura del río Cuisinde y reaparecer luego detrás de nosotros, como un fantasma, cuando ya todos lo creíamos ahogado; o verlo atravesar hasta diez veces la pista de aterrizaje con un trote que más bien parecía el de un atleta africano en plena maratón. Cualquier desafío que se le hiciera cedía ante su fuerza y voluntad. Pero ni aun así había en él aires de suficiencia o rasgos que demostraran vanidad alguna. Era un ser particular dotado de fortaleza y candor, una combinación poco usual entre los hombres. Todo lo hacía con placer pero con cierto desdén. Había en sus actos una mezcla de furor y de nostalgia cansina. Tal vez lo agotaba tener que derrotarnos tantas veces en una competencia que no se proponía él sino nosotros. Felipe además nos vigilaba en las borracheras sabatinas con el ánimo de proteger nuestra integridad. Soportaba como un estoico las trasnochadas y permanecía sentado esperándonos, mientras nosotros desfogábamos nuestros anhelos reprimidos. Era guardián de nuestra desmesura, era cómplice y vigía".

— "Como verán —decía al final de la declaración—, es imposible que un muchacho así haya desaparecido, sin dejar señal alguna, como se esfuma la calina ante la salida del sol. Algo debió haber quedado, algo más concreto que ese orden desolador que estremeció a su madre al otro día, cuando al entrar extrañada de no sentirlo pujar con sus ejercicios vio todo en orden, como si nadie hubiera estado esa noche en la habitación, como si ella misma no hubiera apagado la luz a las once de la noche y hubiera salido en puntillas para no despertarlo".

Tampoco estas entrevistas aclararon nada. Felipe conformaba el centro de un círculo de amigos y parientes que poco a poco se fue extendiendo alejándose del eje. Ondas de señales cada vez más débiles se fueron disgregando hasta alcanzar una orilla en la que les esperaba el desconcierto. Ninguna evidencia contundente para esclarecer el hecho. Tampoco sirvió de mucho husmear entre sus pertenencias que había dejado intactas, ni entre sus conocidos lejanos, porque parecía que Felipe despertaba un recuerdo común, el de ser un joven casi ideal, un querubín sentado a la diestra exhalando perfume angelical permanentemente.

Pero con el tiempo algo los condujo hacia un nombre de mujer. Leves alusiones de conocidos de Felipe se encargaron de renovar las esperanzas. Un nombre que al principio se antojó incorpóreo, pero que poco a poco fue tomando forma concreta ante los ojos de los investigadores.

— "Sí —había dicho ella—, yo conocí muy de cerca a Felipe. Lo vi por primera vez en circunstancias que nada tienen de particular. A pesar que sabía que era algo menor que yo, no me importó. Él tenía por ese entonces catorce años pero se veía como todo un hombre. Fue el primero que dejó en mi cuerpo un cosquilleo permanente y placentero. Era musculoso y atractivo. Las chicas lo venerábamos como a un galán". En el documento quedó expresa constancia que Milena colaboraba con declaraciones que afectaban su reputación de mujer, sólo por ayudar a encontrar a aquél que la hiciera hembra con su mirada, aun presintiendo que ya nunca lo recuperaría para ella.

— "Créanme, señores —había dictado Milena—, ese chico era una cosa fantástica. La primera vez lo vi con el torso desnudo, de espaldas, en el gimnasio del colegio. Subía y bajaba las barras con su abundante musculatura, haciendo una demostración de fuerza a quienes lo mirábamos. Luego vi su rostro y sabía que no podía ser otro, era como lo había imaginado. Su belleza tenía algo de inmortal. Entonces empecé a insinuármele a diario, atravesándome en su camino; pero nunca quiso algo diferente a conversar. Después de varios intentos accedió por fin a una entrevista a solas, en mi casa, con la excusa de una tarea del colegio. Eso sólo lo supimos él y yo, porque su gallardía y silencio eran ilimitados. Hablamos un rato y lo invité a leer unos poemas. Entró despacio, mirando a todos lados con desconfianza. Enseguida me desnudé aprisa, ansiosa de lanzarme sobre su cuerpo. Y entonces vi que sus ojos no correspondían a la ocasión; miraban en dirección a mi desnudez pero parecían ignorarla, pasaban de largo sobre mis caderas y mis senos, túrgidos y trémulos, y me hablaba maravillas de los poemas. Eso excitaba aún más mis sentidos. Aquel hombre con el que había soñado en las últimas noches estaba a mi lado desnudándose con pesar, no con cobardía, sino con pesar, con una tribulación que lo hacía más atractivo. Luego no aguanté; invoqué su nombre y su cuerpo despacio, luego de prisa, con rabia, con lágrimas, con mis carnes exultadas y próximas a incinerarse. Pero él no hizo nada. Su miembro se había endurecido al contacto con mis manos y ni aun así quiso tenderse a mi lado. Esquivó mis caricias y permaneció sentado. Comprendí que una fuerza contraria le ganaba la partida a sus deseos, era una pugna con triunfo de las huestes de la razón. ¡Vete a la mierda!, le dije, le grité. Aun así no se perturbó. Se vistió de la misma forma parsimoniosa mientras que mis sentidos se negaban a calmarse. Jamás conocí otro hombre así, un monje sin hábitos, un misógino escondido tras sus modales de cortesía, un ser despectivo que no hería con vanidad y brusquedad sino con indiferencia, con una seguridad que parecía provenir de un largo proceso de maduración y autocontrol de los impulsos sexuales. Se fue, o se lo llevaron, y no supe qué era realmente. Hicimos otras cosas juntos, pero la única verdaderamente importante fue esa; por lo extraña, por lo inverosímil que en primera instancia parece".

Desde luego, de la declaración de Milena quedaron otros apuntes, ninguno que contradijera lo ya conocido acerca de las virtudes físicas e intelectuales de Felipe. Por el contrario, después del nuevo relato se supo de su castidad voluntaria, algo que para nada afectaba su comprobada hombría.

El último elemento que consideraron importante fue el colegio, ya que aquel viernes de noviembre Felipe fue hasta allí a corroborar que su grado undécimo había concluido con éxito. Eso fue lo que dijeron los profesores interrogados, que su curso y calificaciones habían resultado un ejemplo para los demás estudiantes.

— "Felipe era el mejor alumno del curso —decía una de las declaraciones—, algo polémico, eso sí. Había en su sosiego y serenidad una actitud de desobediencia y de controversia. Bastaba con mirarlo a los ojos para ver que desaprobaba todo lo que no fuera justo con sus compañeros. Hablaba poco pero de él se desprendía un aire de autoridad y de respeto, incluso en silencio. Siempre estaba del lado de lo que sabíamos que era la verdad, así en algunas ocasiones la ocultáramos para cumplir con las exigencias de las directivas de la institución. En Felipe convivían la actitud decidida de Thoreau y el misticismo provocador del Consejero de Canudos. No instigaba de manera directa, más bien persuadía. En las revueltas que los estudiantes formaban por alzas en las matriculas, o por la expulsión de militantes de los grupos de izquierda, quienes se atrincheraban y gritaban lo hacían pensando en él, en granjearse su simpatía; enarbolaban sus ideas contestatarias pero prudentes. Desde luego, se sospechaba de su militancia con las juventudes de la oposición; pero eso jamás se comprobó. Además, su excelencia académica y su colaboración con el plantel lo protegían de cualquier recelo sobre su virtuosa actitud. Hasta los integrantes del cuerpo directivo consideraban que era el alumno a mostrar, el aventajado lector, el reflexivo y entusiasta pensador que desde que pisó el colegio por primera ocasión engullía con satisfacción cuanto libro llegaba a sus manos, el contertulio con el que se podía conversar sobre Marx y Jesucristo, o sobre Rousseau y Gandhi. Pero raro, lo que se dice raro, nada señores", remataba el texto de la declaración.

— "Alguna vez se dijo que el colegio era custodiado por individuos apostados en las esquinas, vestidos de civil, como esperando a alguien. Pero como no entraban al colegio, ni se metían con los estudiantes, se consideró que era otra de las fantasías heroicas de los muchachos queriendo ver en todos lados enemigos imaginarios creados por sus febriles impulsos". Así quedó expresado en el archivo del desaparecido Felipe, con un sabor de amargura y enigma. En realidad, los profesores describieron a Felipe en su escondida dimensión de estudiante.

Sin embargo, a partir de las ambiguas declaraciones de los docentes, se emprendieron nuevas labores de inteligencia. Había transcurrido un año de la desaparición y de Felipe nada se sabía. Los agentes se encaminaron durante todo el año siguiente a rastrear con insistencia los diferentes grupúsculos de revolucionarios diseminados por la ciudad y sus alrededores. Por supuesto, fue una tarea asumida con gran placer por los agentes. La más agradable y prolongada. Fueron interrogados muchos jóvenes principiantes, a veces simples sospechosos por sus blue jeans descoloridos y su cabello largo; también cayeron reconocidos dirigentes de los diversos brazos del Partido Comunista. Pasaron por calabozos, noches de terror y aberrantes insultos y humillaciones. Hubo consenso en que Felipe era un perfecto desconocido para todos. Nada sabían, o fingían no saber, sobre un joven de dieciséis años llamado Felipe Rojas, desaparecido un viernes de noviembre en circunstancias anormales.

— "Por el contrario — quedaría señalado en el testimonio de muchos de ellos—, aquel joven no serviría para la mesiánica labor de los revolucionarios, porque en él estaba ausente el ánimo de agitador y luchador nato; tampoco se percibían, así fueran mínimos, comportamientos del terrorista que se necesitaba para salvar a la patria de los burgueses que la habían sometido, explotado y vendido al imperialismo antediluviano".

— "Para santos, con los curas nos sobra", cerraba la declaración de uno de los activistas.

Nuevamente las cosas quedaron como en un comienzo, a pesar que habían transcurrido dos años desde el aciago día en que Felipe abandonó voluntaria o forzosamente su cama y su casa. Las autoridades se encontraban en la misma fase de ignorancia frente a los móviles de la desaparición. Arrumes de papeles testimoniaban largos y estériles meses dedicados a girar en vano. Por la simpleza que en primera instancia pareciera tener la fuga —porque eso creían ellos, que se trataba de una fuga—, los agentes tomaron el caso seguros de su pronta solución. Dos años después tenían semblante de derrotados. Fugado o secuestrado, Felipe seguía desconcertando y dando sorpresas con sus cosas impredecibles. No había duda que se trataba de un ser inteligente y singular, y por eso perseveraron en la búsqueda.

Pero entonces apareció aquella carta dirigida a doña Remedios. La encontró ella misma en el piso de su casa, en un sobre arrugado y sin sellos de correo y marcada con una letra que, pese a lo irregular, reconoció como de Felipe. El júbilo embargó a parientes, amigos, admiradoras y encargados del caso. Corrió la voz que por fin se sabría toda la verdad por boca, o mejor, por letra, del propio desaparecido. No se supo cómo llegó la carta ni se volvió a recibir mensaje alguno. Las autoridades la estudiaron, le aplicaron los respectivos análisis psicológicos y grafológicos, y luego la dieron a conocer a la opinión pública para declarar cerrado el caso. Más que darla, la arrojaron, como intentando deshacerse de un objeto que suscitaba el más odioso de los recuerdos. De la autenticidad de la carta y del destino de Felipe nunca se supo. El texto de la carta aclarará las motivaciones de Felipe:

Cuando esta carta llegue, se habrán cumplido dos años de mi repentina desaparición. No sé si fue un acto voluntario o una obligación impuesta por el destino. De improviso me vi arrojado a la calle por una fuerza llamada conciencia, un torrente ígneo en el que se mezclan la razón y la emoción. El conocimiento es doloroso y el dolor es otra de las formas del placer. Quizás ninguno sepa las causas reales de mi ausencia y mi silencio. De una cosa estoy seguro: las fuerzas que me atan a mi actual estado son eternas y no cederán fácilmente porque están mediadas por la voluntad. Difícilmente podré reunirme con quienes conforman mi pasado inmediato. Creo que en estos casos no sólo las ideas influyen nuestras decisiones; es más bien una especie de condicionamiento social, una serie de factores que lentamente toman forma como impulsores de un nuevo orden. Si leen con detenimiento cada uno de los testimonios de los interrogados (porque habrán interrogado a muchas personas, eso creo), cada una de ellas ha dicho una pequeña parte de la verdad. Tal vez logren armar la historia verídica; tal vez se pierdan en las palabras. Porque en ocasiones la razón es la más pueril de las trampas de la inteligencia para resolver lo que se presenta como enigma. Mi nueva realidad está contenida en los documentos, la realidad desde donde contemplo a los seres humanos presos en una despiadada jaula llamada sociedad; no sé cuándo comenzó el encierro. Como verán, no hay fechas, ni lugares, ni siquiera palabras de afecto; esos no son más que convencionalismos adoptados por quienes le temen al simple universo del silencio.

 

Betuel Bonilla Rojas

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