Sumario 24

 

Winston
Morales
Chavarro

 

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Octavio
Escobar Giraldo:
del Hotel
en Shangri-Lá
a La posada
del Almirante Benbow

 




Tenía que encontrarme con Coldplay para entender que todos los universos referenciales de la música y el cine podían ser transmitios a través de la literatura.

Mi encuentro con la banda fue tardío y casi puedo arriesgarme en afirmar que llegué a ellos gracias a Octavio Escobar Giraldo, un escritor que pese a su juventud ha sabido constituirse en uno de los mejores espejos para marcar un derrotero en la narrativa nacional del nuevo milenio.

Pero muchos preguntaran, ¿qué tiene que ver Coldplay con Octavio? La respuesta es triplemente sencilla. Por un lado, Octavio fue el primer escritor colombiano que encontré en el horizonte editorial con un libro cuyo título llevaba el nombre de una canción de Soda Stéreo, uno de los grupos que más me había tocado en los 80's. La canción: De música ligera. De otro lado, el libro (ganador del Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura en 1998) hace alusión, algo que ocasionó un mezcla de sorpresas y descubrimientos, a muchas películas que había presenciado en mis años de cinéfilo y a muchas otras canciones o agrupaciones que responsablemente nos habían colaborado en la trasformación síquica propia de la pre-madurez, pre-madurez que supera con creces a su sucedánea, pues la segunda no es sino una ausencia de la primera, en donde subyace lo verdaderamente valioso y significativo. Finalmente, Octavio narra la ciudad, las trasformaciones de Manizales a través del cine, los bares, la música; las metamorfosis de la pequeña localidad a través de los imaginarios de los jóvenes y adolescentes, prueba de eso, Las láminas más difíciles del álbum, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1995.

Lo que encontraba en Octavio me parecía novedoso, sobre todo si se tiene en cuenta que lo que narraba en sus prosas tenía que ver con nuestro universo referencial. Si bien es cierto que amo a Camus, ¿qué tiene que ver con mi presente inmediato el Orán de La Peste? Lo mismo puedo decir de Joyce, Kafka, Hermann Broch o Yasunari Kawabata. Sin embargo, esto no quiere decir que halle en los universos estéticos de nuestros padres literarios grandes falencias, lo que sucede es que Octavio nos obliga a volver la cara sobre el flujo del río que nos bordea, el río nuestro, no el Sena, el Yangtzé o el Mississippi. Octavio nos habla de los ríos de ladrillo, aquellos que crecen caótica y amorosamente bajo nuestros pies. Ya sé que el Orán de Camus es la condición universal de un sujeto-objeto que se sitúa en un supraespacio y un supratiempo, pero déjenme perseverar en mi visión sobre las literaturas nacionales, sobre todo si estas se levantan de lo particular a lo universal como ocurre en La Posada del Almirante Benbow, El último Diario de Tony Flowers o el más reciente, El Álbum de Mónica Pont.

Alguna vez entramos con Octavio a una de las tantas librerías que ostenta Manizales, algo que la sitúa por encima de Neiva, y por recomendaciones suyas compré un libro de Nick Horby: Alta fidelidad. Posteriormente, y este es un defecto que heredé de él, pues yo no frecuentaba sino las literaturas clásicas, empecé a divagar por los universos de narrativas contemporáneas como De Noche, casa por casa, The Comminments, La cabeza perdida de Damaseno Monteiro, los Detectives Salvajes o la Lista de Latour, para nombrar unas pocas.

A partir de esta circunstancia un tanto accidental —todo accidente es una elección—, asimilé la literatura como un todo integro, en donde la fusión de cine, música, vida nocturna e imaginarios urbanos juegan un papel preponderante en la literatura contemporánea nacional, algo que tenía tradición en Argentina, México, Brasil o Estados Unidos, pero que en Colombia no era tan habitual, hasta cuando abruptamente aparecieron las primeras narrativas urbanas de la nación, transformando no sólo la percepción de lo literario, sino también de lo estético y lo sociológico.

En el caso de Mónica Pont se confirma esta tesis. Octavio Escobar en su transubstanciación reconstruye una serie de acaecimientos nacionales desde la óptica muy personal de un hombre llamado Leonel Orozco, quien pese a estar extraviado sentimentalmente en Europa, guarda una conexión interna-metafísica con el país, narrando una épica moderna que puede recordarnos a Eneas en la búsqueda desenfrenada de un nuevo territorio. Ese territorio es para Octavio la ciudad y concretamente la literatura. Allí nos habla nuevamente de Cine, de Música, de libros y hasta se atreve a mirarse a sí mismo como si fuera un heterónimo de Octavio Escobar, el otro, el mismo. En El Álbum de Mónica Pont casi que se reconstruye un fragmento perdido de la nación, pues la literatura, a diferencia del periodismo, tiende a recordar e instaurar y no a olvidar o a borrar que es lo que hace este último, en su afán por establecernos la memoria o lo memorístico en una porción de realidad y cotidianidad específica.

En Octavio Escobar Giraldo lo urbano se constituye en un elemento estético como lo es para Yasunari Kawabata la Memoria. Sin lugar a dudas que en este punto lo urbano es otra forma de remembranza; la memoria desde la ciudad misma, como si fuese ella la que nos observara y no nosotros, y profiriera sus narraciones desde las manos de sus hijos. Pero existen en él muchos otros elementos en el que se instauran, como en las fibras y los nervios de un gran oleoducto literario por donde circulan buses, tabernas, adolescentes, luces de neón y la música de la ciudad —cada ciudad posee su sello en ese aspecto— el mapa de una Polis en permanente movimiento, en constante cambio metafísico, pues se entiende la ciudad como el gran río Heráclitano, donde el flujo y el reflujo son fundamentales. Sin embargo, además de esa sicología colectiva se encuentra en sus trabajos una sicología individual que puede inscribirse en un todo o en la memoria colectiva de un tiempo y un espacio concreto; los ojos del narrador de Música ligera parecen ser los ojos no de un individuo sino los ojos de un estado mental, de una conciencia, de una época y unos años cuyo atavío es bastante sugestivo y personal: los tiempos de la reconstrucción urbana de un cosmos colombiano, el universo vivido por las gentes en su conversión de parroquianos a citadinos, un paso que aún no termina de darse. Los ojos de Leonel Orozco, en cambio, son los ojos de una nación madurada por la guerra, una patria que se autoflagela y cuestiona, la percepción de una generación que ha vivido de manera descarnada el conflicto, de un país que lleva su sagrado corazón a cuestas, de allí que el espejo que es Leonel hable peyorativamente —lo peyorativo es una impresión mía— del himno nacional y que la bandera de Colombia no sea sino un pedazo de trapo que no terminaremos nunca de asumir.

En la reciente Feria del libro de Bogotá el poeta Juan Manuel Roca se refirió a Mónica Pont como la Octavia, por aquello de Octava Bienal de Novela y por haber caído ésta en manos de un hombre llamado Octavio. Tal vez la alocución del poeta sea premonitoria, pues quién puede negar las alturas y vuelos narrativos de un hombre, que si bien es cierto no puede recordarse como el Primer Emperador Romano en haber restaurado la unidad, sí por lo menos puede perpetuarse por haber hecho una literatura bastante personal, que ya de por sí es un sello ineludible de Manizales y, porqué no, del continente.

 

Winston Morales Chavarro

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